Amin Maalouf - Los Jardines De Luz

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Conmovedora historia en la que que Amin Maalouf nos sitúa en Mesopotamia en los albores de la Era Cristiana. Allí nos cuenta la historia de Mani, el hombre que fundó la doctrina que consiguió unir tres religiones y que ha llegado a nuestros días con el nombre de maniqueismo. A pesar de ser perseguido, humillado y, finalmente torturado y asesinado, Mani intentó dar a sus coetáneos una nueva forma de ver el mundo y de entender a Dios, aunque en su intento sólo consiguió ganarse el miedo y odio de emperadores, sacerdotes y magos, que no contentos con destruirle intentaron borrar todas las huellas de su presencia en la historia. Una bellísima historia y un libro fantástico. Absorbe, principalmente por la belleza de sus frases y de la historia que nos relata, porque nos llega directamente al corazón.

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– Es necesario que conduzca al ejército a Edesa lo más rápidamente posible. Hay que salvar a Mesopotamia y, si es posible, conservar Armenia. Si tú me acompañaras ahora, me ayudarías quizá a tomar las decisiones justas.

Mani hizo un gesto imperceptible como para separarse, pero el cuerpo de Sapor se apoyaba cada vez más sobre su nombro.

– Esta mañana -dijo el rey de reyes- he firmado un decreto confiando a mi hijo Ormuz el gobierno de Armenia, con el título de gran rey. Va a ordenar a los magos que abandonen el reino. Todas las creencias, antiguas o recientes, serán respetadas de nuevo. ¿No es eso lo que deseabas?

El tono de Mani se hizo apenas interrogativo.

– ¿Se reconstruirán todos los lugares de culto? ¿Se colocarán de nuevo las divinidades en sus pedestales?

– Así se hará.

El rey de reyes hizo una nueva mueca de dolor y pareció vacilar, como si sólo pudiera sostenerse apoyándose en su visitante. A cada palabra, su voz sonaba más cansada.

– Se me venera de sol a sol como a un ser divino. Dime entonces, Mani, ¿es conforme a los decretos del Cielo que los seres divinos sufran de las fiebres cuartanas?

Mani dio un suspiro de impotencia.

– Esos médicos que se ocupan de mí -prosiguió Sapor-, se reúnen en torno a mi lecho hasta siete u ocho al mismo tiempo y esparcen humo de alcanfor y de incienso farfullando algunas fórmulas sagradas; luego, me sangran y me sangran hasta que me pongo lívido y comienzo a temblar. ¿Es así como se tratan las fiebres cuartanas?

Mani se indignó.

– ¡Pero qué medicina es ésa! ¿En qué manual de brujería se enseñan semejantes prácticas?

– ¿Cómo quieres que lo sepa yo? Kirdir me repite que esa medicina es la única conforme a la Ley y la única que puede curarme; pero cada vez me siento más débil. ¡Ay, Mani, médico de Babel! ¡Tú que posees los secretos de las plantas! Si quisieras quedarte a mi lado, si pudieras prodigarme tus cuidados, me libraría al instante de todos esos envenenadores.

– ¿Puede el señor dudar un momento de mi respuesta?

Apenas hubo pronunciado Mani estas palabras, Sapor se incorporó, recuperando súbitamente su estatura imperial. Y también el acento.

– Sabía que podía contar con tu adhesión. Mañana, al alba, partiré hacia el norte al encuentro de los romanos, y tú serás el único médico de mi séquito.

Sólo en ese instante comprendió Mani adonde había querido arrastrarle el monarca. Pero era demasiado tarde para desdecirse y tuvo que poner buena cara.

– ¿No ha estado siempre mi humilde medicina al servicio de la dinastía?

Sapor se había levantado ya y se dirigía hacia la puerta que llevaba a los aposentos de sus mujeres.

– ¡Qué sumisas son tus palabras, Mani, y qué rebeldes son tus pensamientos!

* * *

Si bien durante la audiencia imperial Mani se había esforzado por olvidar su propia dolencia para mostrarse sólo preocupado por la de Sapor, a la salida su debilidad se agudizó hasta tal punto que hubo que sostenerle y llevarle casi hasta la litera, a él, que unos minutos antes sostenía al monarca. Y cuando llegó a casa de Maleo, hubo que llevarle también hasta su habitación, donde durmió con un sueño febril y agitado, sin haber dicho una sola palabra de su entrevista.

Cuando al día siguiente el tirio fue a buscar noticias, la puerta de la habitación estaba entreabierta. La empujó lentamente con una mano, llamando tímidamente con la otra, mientras contemplaba una escena que no se borraría jamás de su memoria.

Denagh estaba arrodillada y sentada sobre los talones, dándole la espalda a Mani, quien, con una mano que denotaba la costumbre, rehacía su trenza deshecha. Maleo se quedó sin voz. De ordinario -se dijo-, son las jóvenes las que hacen las trenzas de los guerreros. ¿Quién es este descendiente de guerrero parto que se aplica así en hacerle la trenza a una mujer? ¡Hacía más de treinta años que se conocían y Mani aún conseguía asombrarle! Cuando Denagh se percató de su presencia, enrojeció, y él dio un paso hacia atrás, pero Mani le llamó, obligándole casi a sentarse y a hacer sus preguntas, a las que él respondió mientras proseguía, como por desafío, su curiosa ocupación.

– Sapor ha terminado por conseguir de mí, astutamente, lo que yo siempre le había negado: seguir a su ejército en sus campañas. Y ya ves, me siento más avergonzado de eso que de estar haciendo esta trenza.

Maleo no pudo evitar contar esa escena a los fieles, quienes, desde aquel momento, sintieron hacia Denagh y su cabellera un respeto que, en algunos, rayaba en la veneración. Y fue a fuerza de contemplar la trenza día tras día cómo descubrieron que tema su propio lenguaje: cuando la compañera de Mani estaba tranquila y serena, se colocaba la trenza, como por instinto, hacia adelante, en el lado derecho; cuando sentía alegría, pero una alegría teñida de espera, de impaciencia, se la echaba sobre el hombro izquierdo; finalmente, cuando estaba inquieta, angustiada, cuando se sentía desgraciada, su trenza permanecía hacia atrás.

Durante el periodo que se avecinaba, la trenza de Denagh no permanecería durante mucho tiempo en el mismo lugar.

Tres

Frente a frente en la región de Edesa, los dos grandes imperios se acechaban; los romanos dominaban la ciudad fortificada y los sasánidas la asediaban a distancia sin decidirse a llevar a cabo el asalto, ya que a su retaguardia, tanto por el norte como por el sur y el oeste, estaban los legionarios de Valeriano; unos legionarios que se desplazaban permanentemente, ocultando así sus intenciones y su número.

El otoño tocaba a su fin, y al estar tan lejos del mar y tan cerca de las montañas, las noches eran gélidas. Los víveres escaseaban, las tierras de los alrededores eran áridas, o se habían incendiado, o estaban ya cosechadas. Sapor sentía que la impaciencia de los caballeros iba en aumento y, de cuando en cuando, suscitaba una escaramuza sabiamente circunscrita. Se regresaba al campamento con un cadáver heroico e imberbe, en torno al cual todo el mundo se reunía para una fiesta mortuoria. Lo cotidiano de la guerra estaba servido y el minotauro alimentado. Si fuera necesario, se le alimentaría de nuevo mañana y cada vez que la sangre de los guerreros estuviera pronta a desbordarse. Pero nadie podía obligar al rey de reyes a entablar el combate antes del minuto elegido con detenimiento. Por el momento, mantenía sus tropas en las colinas en posición defensiva; iba apretando la tenaza en torno a Edesa… y esperaba.

¿Qué esperaba, exactamente? Nadie lo sabía con certeza, ni siquiera sus allegados. Verdad es que había subido hacia el norte con las únicas tropas disponibles, a las que se había unido Ormuz a la cabeza de su caballería armenia. Sin duda, el soberano esperaba refuerzos, pero nada probaba que Valeriano no los recibiera por su lado, procedentes de Emesa, de Gaza, de Palmira o de Ponto. Sapor sabía todo esto e intentaba elaborar una estrategia, pesando y sopesando las diferentes opciones que se le ofrecían. Los escasos momentos en que una chispa de excitación animaba sus ojos era cuando su chambelán hacía entrar en su tienda a un oficial de exploradores o a algún espía disfrazado de cabrero de Osroena. El soberano podía pasar largas horas a solas con ellos, interrumpiendo rara vez sus relatos e interrogándolos febrilmente y, a veces, incluso, los honraba invitándolos a su mesa.

Mani jamás había visto a Sapor en campaña. Él, que le había seguido para velar, en principio, por su salud, le encontraba de pronto vigorizado, rejuvenecido; sus fiebres se habían evaporado. El rey de reyes daba a todos la impresión de dominar el menor elemento de la situación y de saber cada día con certeza lo que sucedería al día siguiente. Impresión excesiva, sin duda, pero así era como le veían todos los combatientes en ese instante y por eso le reconocían como jefe y contaban con él para la vida y para la muerte. Mani le observaba, pues, no sin admiración, y aunque se encontraba con el soberano en diversas ocasiones, principalmente en la ceremonia del despertar, éste rara vez le consultaba.

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