Sharon Penman - El sol en esplendor

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Inglaterra, segunda mitad del siglo XV. Transcurren tiempos interesantes: el país está dividido, sumido en un caos de intrigas y alianzas cambiantes. Dos bandos irreconciliables, los York y los Lancaster, libran una lucha a muerte por el trono. Los reyes autoproclamados se multiplican; hombres y mujeres ambiciosos pujan por la corona. Pero en este juego de poder no hay lugar para los perdedores: una derrota en el campo de batalla puede significar una muerte brutal y la destrucción de toda una familia Ricardo, el hijo más joven del poderoso duque de York, ha nacido en medio de la cruenta lucha por la corona inglesa que la historia conocerá como la Guerra de las Dos Rosas. Eclipsado desde pequeño por su carismático hermano Eduardo, se ha esforzado toda su vida en ser un aliado fiel y un buen soldado para su causa, lo que no es una tarea fácil en el clima de traición y desconfianza imperante; y mantener la lealtad a toda costa puede requerir el mayor de los sacrificios.

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Pero ahora el príncipe estaba intranquilo; anoche no había sabido valorar la seguridad de sus trincheras, la ventaja que les daban sobre los yorkistas. Mientras los hombres de Somerset se internaban en el bosque, parecían muy expuestos, muy vulnerables, y de pronto desaparecieron. Pidió agua, bebió con la sed más profunda de su vida. Somerset era un soldado veterano. Conocía las artes de la guerra mejor que él, concedió Eduardo con renuencia, por primera vez. El juego mortífero que se desarrollaba allá abajo lo superaba; la brecha entre la expectativa y la realidad era tan vasta que la imaginación no podía franquearla. Era el juego de Somerset, de Somerset y York.

Al cabo de una eternidad, Eduardo vio que la vanguardia lancasteriana emergía del bosque, justo sobre el flanco de York, tal como Somerset había predicho. Los yorkistas retrocedieron alarmados, presa de la confusión. El príncipe vio que los hombres arrojaban las armas, echaban a correr. Por un momento fascinante, pensó que la línea yorkista se rompería, se desperdigaría. Pero pronto algunos se reagruparon y estalló una feroz lucha cuerpo a cuerpo en toda la línea.

Estaban tan mezclados que Eduardo ya no distinguía un bando del otro, sólo veía el choque de las armas y la contorsión de los cuerpos. Sus guardaespaldas le dijeron que York mismo encabezaba la contraofensiva; no era preciso que le dijeran. Lo sabía. No podía apartar los ojos del caballero que montaba ese brioso corcel blanco. Vio que el caballo cerraba las fauces sobre el rostro de un hombre, dejaba expuesto el hueso. Vio que el caballero desviaba mandobles para contraatacar con aterradora destreza, con la determinación de matar y mutilar. Eduardo de York.

Miró fascinado, hasta que una imprecación explosiva le llamó la atención sobre la vanguardia yorkista. Entendió de inmediato por qué sus hombres maldecían. Había movimiento en las líneas yorkistas, una erupción de actividad. Gloucester sabía lo que había ocurrido, y hacía virar su vanguardia con desesperada velocidad. Los capitanes yorkistas, ahora a caballo, galopaban de aquí para allá, organizando las filas; pronto identificó a un caballero en un caballo castaño con manchas blancas.

Qué raro, pensó con aturdimiento, que Gloucester no supiera que cuatro patas blancas traían mala suerte, que convenía evitar esas cabalgaduras. Sin duda era Gloucester. Parecía estar en todas partes al mismo tiempo, despotricando, persuadiendo, gesticulando. En un momento se topó con una zanja inmensa; en vez de sortearla, espoleó al caballo y la cruzó de un salto. El castaño voló sobre la zanja con facilidad y los hombres que rodeaban al príncipe volvieron a maldecir. Sabía que la vanguardia de un ejército solía ser el ala más numerosa, pues le tocaba la tarea crucial de encabezar el primer ataque frontal, y suponía que Gloucester tendría dos millares de hombres a su mando. Parecía imposible que pudiera reagrupar a tantos efectivos tan rápidamente, y sabía que Somerset no esperaba eso.

El resto fue tan rápido que para el príncipe fue un borrón que perdió toda semblanza de realidad. El centro yorkista cedía terreno; los hombres de Somerset olían la victoria, continuaban su avance. De pronto, desde una loma boscosa a retaguardia y a la izquierda de las líneas yorkistas, surgió un contingente de jinetes. Era imposible calcular el número a esa distancia, pero parecían centenares, aureolados por el resplandor del sol que rebotaba en lanzas y escudos. Se estrellaron contra la línea de Somerset, sembrando tanto caos y confusión como el que habían sembrado los lancasterianos al salir del bosque. Los hombres de Somerset ya no estaban a la ofensiva; vacilaban con súbita incertidumbre, enervados por la inesperada aparición de esa nueva fuerza enemiga. York aprovechó la oportunidad y contraatacó con un denuedo nacido de la desesperación. Y entonces la vanguardia yorkista entró en escena.

La matanza que siguió fue rápida, horripilante. Atrapados entre Gloucester y York, los hombres de Somerset fueron exterminados. El príncipe Eduardo había visto muertes, había visto ejecuciones. Nunca había visto nada como esto, no sabía que los moribundos gritaban así, no sabía que un cuerpo podía contener tanta sangre. Notó que alguien le hablaba, tirando del estribo. Bajó la vista. No reconoció esa cara asombrada. Le llamó la atención que un soldado se tomara la libertad de acercársele como un igual, que los hombres de su séquito no le hubieran cerrado el paso. El soldado tenía el gesto demudado; con un respingo, Eduardo comprendió que el hombre lloraba.

– ¿Deseas hablar conmigo? -atinó a preguntarle.

– Santa Madre de Dios… -El hombre sollozaba sin reservas, y ni siquiera intentaba contener las lágrimas que surcaban ese rostro curtido y lleno de cicatrices, un rostro de guerrero-. ¿Por qué, Vuestra Gracia? ¿Por qué no acudimos en ayuda de Somerset? ¿Por qué milord Wenlock no dio el apoyo que Somerset esperaba? ¿Por qué, mi señor? ¿Por qué?

Cuando sus lanceros ocultos se sumaron a la lucha contra Somerset, Eduardo se permitió creer en el triunfo. ¿Dónde diantre estaba Wenlock? No lo entendía, y sólo podía dar gracias a Dios por la inexplicable demora, la suerte turbadora que siempre había tenido. Y luego dio gracias a Dios por su hermano, pues de pronto apareció la vanguardia yorkista. No sabía cómo ni le importaba, pero una vez más había vencido, contra viento y marea. Su caballo cojeaba; se bajó de la silla, se apoyó en el flanco palpitante del animal y se echó a reír.

Los hombres de Somerset que habían sobrevivido se dieron a la fuga. Los yorkistas del centro y la vanguardia querían ajustar cuentas, y no estaban dispuestos a mostrar misericordia. Tampoco los comandantes yorkistas. Eduardo tenía la costumbre de advertir a sus hombres que mataran a los señores y perdonaran a los plebeyos. Esta vez no hizo esa advertencia y nadie frenó la carnicería. Durante años, el terreno por donde huyeron los lancasterianos sería conocido como Pastizal Sangriento.

Eduardo de York resollaba, conformándose con presenciar los estertores de muerte de la vanguardia lancasteriana. Hasta sus inagotables reservas de energía se habían consumido; se había esforzado más allá de lo que habría sido el punto de ruptura de un hombre común, sabiendo que sólo él podía reagrupar a sus hombres desmoralizados, impedir la desbandada. Alguien le alcanzó una petaca de agua; la aceptó con gratitud, y al levantar la vista vio la montura de Ricardo. Su hermano alzó la visera, y ojos azules como la medianoche lo escrutaron.

– ¿Estás bien? -Eso fue todo, y era suficiente.

Eduardo asintió, sonrió, una sonrisa deformada por un músculo de la mejilla que palpitaba espasmódicamente por su cuenta. Su hermano no devolvió la sonrisa; sólo asintió con inexpresable alivio y no perdió más tiempo. Espoleó al caballo y lanzó su vanguardia contra los lancasterianos en fuga.

Eduardo arrojó la petaca a las manos más próximas, miró a sus fatigados capitanes. Todos tenían la misma expresión, la ñera satisfacción de hombres que habían estado en el infierno y habían regresado luchando a brazo partido, un regreso imposible.

– Dad la orden de reagruparse. Reunid a vuestros hombres. Y conseguidme otro caballo. Aún no hemos terminado.

Eduardo notó que su cuerpo exhausto revivía, sintió un borbotón de energía. El ardor, que se había reducido a un cálido parpadeo, volvía a consumirlo con su llama. Era contagioso, y lo vio reflejado en los demás rostros. La victoria impregnaba el aire, aún más fuerte que el hedor de la sangre.

– Ya -ordenó.

El príncipe Eduardo escuchó mientras John Wenlock explicaba por qué había retenido el centro y no había acudido en auxilio de Somerset. Hablaba de Gloucester, decía que Gloucester se había movido con demasiada celeridad, que no le había dado tiempo. Le parecía mejor mantener el centro en su posición, esperar a que los yorkistas fueran a ellos. Habría sido una locura desperdiciar la ventaja natural que tenían allí, el terreno escarpado que había detenido el ataque de la vanguardia yorkista. No podía haber salvado a Somerset, insistía; ya era demasiado tarde. Si se hubiera movido, habría sacrificado también el centro. Sin duda el príncipe lo entendía.

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