Sharon Penman - El sol en esplendor

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Inglaterra, segunda mitad del siglo XV. Transcurren tiempos interesantes: el país está dividido, sumido en un caos de intrigas y alianzas cambiantes. Dos bandos irreconciliables, los York y los Lancaster, libran una lucha a muerte por el trono. Los reyes autoproclamados se multiplican; hombres y mujeres ambiciosos pujan por la corona. Pero en este juego de poder no hay lugar para los perdedores: una derrota en el campo de batalla puede significar una muerte brutal y la destrucción de toda una familia Ricardo, el hijo más joven del poderoso duque de York, ha nacido en medio de la cruenta lucha por la corona inglesa que la historia conocerá como la Guerra de las Dos Rosas. Eclipsado desde pequeño por su carismático hermano Eduardo, se ha esforzado toda su vida en ser un aliado fiel y un buen soldado para su causa, lo que no es una tarea fácil en el clima de traición y desconfianza imperante; y mantener la lealtad a toda costa puede requerir el mayor de los sacrificios.

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– Fui separado de mi joven príncipe cuando mi caballo recibió un flechazo en el gaznate. Pero él iba bien montado y se dirigía a la aldea cuando lo vi por última vez, y nadie le pisaba los talones. Sé que sus acompañantes no permitirían que sufriera ningún daño. Es muy probable que haya escapado.

Clifton elevó una rápida plegaria de agradecimiento, y también Audley. Luego una voz habló desde las sombras.

– No, no escapó -dijo lisa y llanamente.

Todos giraron hacia la diminuta capilla del Niño Jesús, hacia el desconocido que yacía jadeando contra el altar. Llevaba la insignia del caído conde de Devon y tenía la cara gris con un agotamiento que no permitía más emoción que la indiferencia. Sangraba profusamente, pero le importaba tan poco como las miradas hostiles que había atraído.

– ¿Qué sabes de nuestro príncipe? -exclamó Audley-. ¡Habla, hombre, y Dios te guarde si mientes!

El muchacho (pues ahora veían que era apenas un mozo) recibió la amenaza con la misma apatía. Miró a Audley con ojos sin edad.

– Está muerto -dijo.

En cuanto pronunció estas palabras, Gower se le abalanzó con un grito que era un sollozo y una imprecación.

– ¡Mientes! ¡Que tu alma se pudra en el infierno, mientes!

Varios hombres lo contuvieron antes de que pudiera llegar al joven soldado, que no se había movido y miraba sin curiosidad mientras el frenético Gower era derribado, y súbitamente se aflojaba y empezaba a jadear con gimoteos secos y trémulos.

Arrodillándose junto a Somerset, Audley vio el temblor que se adueñaba del otro.

– ¿Estás seguro, muchacho? -urgió-. ¡Por amor de Dios, piensa antes de responder!

– Lo vi todo -respondió la voz juvenil sin interés-. Él y su guardia. Fueron los hombres del duque de Clarence, que lo arrinconaron en el molino de la abadía.

Se movió apenas, pareció reparar en la aflicción que había causado. Miró fatigosamente a Audley, apiadándose de una congoja que él no comprendía ni podía sentir. Tosió.

– Fue una muerte rápida… -dijo con esfuerzo-. Todo terminó en minutos.

Tosió de nuevo, y esta vez escupió sangre.

Al cabo, los hombres se pusieron a hablar de nuevo, en el tono recatado que parecía exigir ese entorno. Audley se apoyó en el suelo, miró un rato el vacío, sin concentrar los ojos ni los pensamientos. Al fin miró a Somerset y vio que el otro estaba encorvado, con la cara oculta entre los brazos. No emitía ningún sonido, pero Audley se inclinó y, con asombrosa ternura, le acarició la cabeza gacha, dejó la mano allí mientras Somerset lloraba.

Eduardo se quitó el yelmo y se arrodilló a orillas del arroyo llamado Swillgate («Puerta de la Bazofia»), un nombre que bastaba para disuadir al sediento. Pero él se entregó al deleite de echarse agua en la cara y la cabeza. Nunca había sentido tanta fatiga. Su cuerpo nunca había desafiado tanto su voluntad; un dolor espasmódico le mordía los muslos, le punzaba la espalda. La respiración ya no era una función corporal mecánica, y debía ejercerla con cuidado, pues tenía magulladuras en las costillas y la menor presión del aire que entrara en los pulmones bastaba para hacerlas palpitar. Tenía la boca aureolada de blanco, y los ojos de rojo, inflamados por el sudor y el polvo. El cansancio le había enronquecido la voz. Pero nunca había conocido la dicha que sentía en ese momento, pura, perfecta y embriagadora, con una aguda percepción de la renovada dulzura de la vida, el sol, la frialdad del agua que le lavaba la piel castigada, le goteaba por el cuello hacia el cabello.

Tras dejar su caballo cojo en buenas manos, había decidido quedarse allí, a orillas del arroyo, para recibir el informe sobre los heridos, los muertos, los comandantes lancasterianos. Merodeaban monjes en el fondo, criticándolo entre murmullos por su disposición para trabar una conversación amistosa con sus soldados, incluso para bromear con los más atrevidos. No entendían que un personaje de la realeza fuera tan accesible como este hombre que alimentaba con una manzana a un caballo gris plateado, y que ahora entregaba la preciada jarra de vino de los monjes a un joven que se había acercado para contarle, tímidamente al principio, que había dejado su aldea de Wiltshire una quincena atrás, y que había viajado al norte a pie, temiendo no llegar a tiempo para luchar por York. Mirándose la sangre seca y endurecida, el color óxido de su armadura, llena de raspones y melladuras, las marcas de mandobles desviados, Eduardo asintió.

– Sí -dijo gravemente-, entiendo que no hayas querido perderte esto, chico.

Y se rió hasta que sus costillas doloridas amenazaron con cruzarse en medio de sus pulmones.

Esa mañana Eduardo no sólo fue generoso con el vino. Había nombrado caballeros a varios hombres después de la batalla y pensaba dar el espaldarazo a muchos más, pues estaba complacido con el desempeño de sus tropas en Tewkesbury. Después de la victoria más dulce de su vida, podía darse el lujo de ser magnánimo, y se proponía recompensar bien a su ejército. John Howard estaba sentado en el suelo, a sus pies; ya no estaba en la flor de la juventud, y respiraba como un hombre hambriento para quien el aire fuera comida. Eduardo lo miró. Qué no haría por hombres como Howard, que lo habrían seguido hasta el infierno. O por Will, que de hecho lo había seguido. Ante todo, por Dickon, que una vez más había estado donde debía.

Mucho antes del mediodía, Eduardo tuvo una noción de las dramáticas dimensiones de su victoria. La estimación de las bajas aún era imprecisa, pero parecía probable que York hubiera perdido a lo sumo cuatrocientos, mientras que los muertos de Lancaster quizá ascendieran a dos mil. Esto satisfizo a Eduardo pero no le sorprendió; tenía plena consciencia de esa siniestra ironía de la guerra: cuando se desbandaban y huían, los hombres eran más vulnerables que nunca, más propensos a sufrir la muerte violenta de la que procuraban escapar. Había sido un día afortunado para York; no había perdido a ninguno de sus allegados ni capitanes, mientras que Lancaster había perdido al conde de Devon, John Beaufort y John Wenlock. Aún no tenía noticias sobre el destino de Somerset. Pero Will Hastings le había informado que el hijo de Margarita había muerto. También le complacía que Jorge lo hubiera liberado de la desagradable tarea de despachar a Lancaster. Se proponía acabar con la vida de Lancaster, por la corona de oro de Inglaterra y por el castillo de Sandal. Pero no le complacía matar y no habría querido estar presente cuando Lancaster muriera. Por el contrario, le repugnaba la idea, y en su intimidad reconocía que era reacio a ejecutar al príncipe lancasteriano en circunstancias que evocaban la muerte de su propio hermano.

A fuer de ser justo, Eduardo debía reconocer una verdad indigesta: matar a puñaladas a un muchacho de diecisiete años era asesinato, sin importar si la víctima era Edmundo, conde de Rutland, o Eduardo, príncipe de Lancaster. Pero aunque no se hacía ilusiones en cuanto a la naturaleza de ese acto, se proponía cometerlo, y esperaba que la muerte del joven fuera una puñalada en el corazón para Margarita de Anjou, y que el puñal se revolviera con cada bocanada de aire que aspirase mientras viviera, una herida que se llevaría a la tumba, de modo que el nombre Tewkesbury fuera para ella lo que Sandal era para su madre y para él.

Mientras Will le relataba cómo los hombres de su hermano habían abatido a Lancaster, sintió, por primera vez en años, cierta calidez por Jorge, que había resuelto pulcramente el problema planteado por el príncipe. Gracias a Jorge, se había liberado de un rival que aspiraba a la corona inglesa, una amenaza para el ascenso pacífico de su pequeño hijo, y sin mancharse las manos con la sangre del muchacho. Cuanto más pensaba en ello, más le complacía. Estaba en deuda con Jorge.

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