Sharon Penman - El sol en esplendor

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Inglaterra, segunda mitad del siglo XV. Transcurren tiempos interesantes: el país está dividido, sumido en un caos de intrigas y alianzas cambiantes. Dos bandos irreconciliables, los York y los Lancaster, libran una lucha a muerte por el trono. Los reyes autoproclamados se multiplican; hombres y mujeres ambiciosos pujan por la corona. Pero en este juego de poder no hay lugar para los perdedores: una derrota en el campo de batalla puede significar una muerte brutal y la destrucción de toda una familia Ricardo, el hijo más joven del poderoso duque de York, ha nacido en medio de la cruenta lucha por la corona inglesa que la historia conocerá como la Guerra de las Dos Rosas. Eclipsado desde pequeño por su carismático hermano Eduardo, se ha esforzado toda su vida en ser un aliado fiel y un buen soldado para su causa, lo que no es una tarea fácil en el clima de traición y desconfianza imperante; y mantener la lealtad a toda costa puede requerir el mayor de los sacrificios.

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Se echó a reír.

– Me pregunto qué motivó a Jorge. ¿Se proponía prestarme un servicio? ¿O habrá pensado que me negaba una venganza que yo me había prometido tiempo atrás?

Will suponía que Jorge se había propuesto granjearse el favor de su hermano, pero quedó intrigado por la sugerencia de Eduardo.

– Una pregunta interesante -dijo con una sonrisa-. Depende, supongo, de la clase de hombre que tu hermano ve en ti. El mundo está lleno de hombres que se complacen al ver el acero clavado en la carne. Yo sé que tú buscas tus placeres en otras partes. ¿Pero lo sabe tu hermano de Clarence?

– No tengo ni idea. Supongo que nadie ignora dónde prefiero envainar mi espada. ¡Dios sabe que mi confesor no tiene esas dudas! Aunque sospecho que el celibato compulsivo de esta última semana lo está desgastando tanto como a mí. ¿Te conté que la última vez que me dio la absolución comentó, con cierta nostalgia, que hacía muchísimos días que no le confesaba un pecado mortal?

– Que no pierda el ánimo. Sin duda lo remediarás pronto -dijo secamente Will.

– Antes de que caiga el sol, aunque mis necesidades deban prevalecer sobre mis deseos. Pues te aseguro, Will, que esta mañana hubo un momento en que dudé que pudiéramos llegar a viejos.

– Todos lo dudamos. ¿Por qué crees, Ned, que Wenlock contuvo el centro? ¡Virgen santa, qué suerte tuvimos!

Pero Eduardo ya no escuchaba. Miraba a unos jinetes que venían del campo de batalla, y se alegró al ver que enarbolaban el estandarte de su hermano. Llegaban con gran celeridad, y Eduardo se preguntó por qué, pues ya no se requería tanta prisa, y también estaba seguro de que el cuerpo de Ricardo debía de estar aterido de dolor, sólo apenas menos que el suyo. Sonrió, maravillándose de la flexibilidad de los muy jóvenes, y decidió que había algo más en esa ávida aproximación.

Reconoció también a Francis Lovell, y a otro joven que había visto a menudo en compañía de su hermano, pero cuyo nombre se le escapaba, y a esa distancia ya podía ver su excitación. Ricardo estaba arrebolado, y saltó de la silla casi antes de que el caballo se hubiera detenido.

– Majestad-dijo, con correcta pero jadeante formalidad. Pero buscaba al hermano, no al rey, y no veía el momento de darle la noticia-. ¡Ned, no creerás lo que oímos! Y nos lo dijo alguien que fue testigo y jura que es la verdad. Como Wenlock no acudió en ayuda de Somerset, Somerset pensó que Wenlock se había vendido a York. Se las apañó para regresar a las líneas de Wenlock, lo buscó y le destrozó los sesos con el hacha.

– Cristo misericordioso. -Eduardo no esperaba que Ricardo le trajera semejante noticia. Al cabo de un momento de reflexión, añadió cínicamente-: En tal caso, es la primera vez que Somerset hace un trabajo meritorio.

Ricardo asintió.

– Meritorio, y afortunado para York.

Eduardo sonrió y extendió los brazos para estrechar a Ricardo.

– Por lo de hoy, puedes pedirme lo que quieras -murmuró, y añadió seriamente-: Sólo tienes que nombrarlo.

Ricardo se acaloró; lo había descolocado la inesperada gravedad de Eduardo, más que la magnitud del ofrecimiento. Sintió agitación, como hacía años que no la sentía en presencia de Eduardo, y pronto comprendió por qué. Era la primera vez que Eduardo no le hablaba como soberano ni como hermano mayor con diez años de diferencia en edad y autoridad. Era un diálogo entre iguales. Eduardo había tenido esa intención.

– Tengo mi recompensa -dijo, en vez de reaccionar como de costumbre, bromeando, comentando que sólo había actuado por interés personal.

– Aún no -dijo Eduardo crípticamente, y esperó a que Ricardo intercambiara saludos y enhorabuenas con Will antes de llevarlo aparte-. Yo también tengo noticias, hermano, y creo que te resultarán de gran interés. -Añadió con una sonrisa-: Lancaster ha muerto.

Ricardo no reaccionó de inmediato. Su rostro estaba quieto, concentrado. Y luego los ojos oscuros ardieron con una luz súbita.

– No podrías darme mejor noticia, Ned -dijo, con una satisfacción tan desbordante que Rob le clavó una mirada de sorpresa, y Francis pensó: «Conque el viento aún sopla en esa dirección».

En ese momento, John Howard, que conversaba con algunos soldados yorkistas a poca distancia, llamó a Eduardo con una urgencia que llamó la atención de todos.

– Majestad, entre los hombres que pidieron asilo en la abadía está el duque de Somerset -dijo sombríamente.

Eduardo se volvió hacia la abadía.

– ¿De veras? -murmuró. El cambio de expresión fue sorprendente. De pronto sus ojos estaban opacos y duros como ágatas-. ¿Me toman por tonto? -preguntó. Dio media vuelta, dispuesto a ladrar una orden, y vio que Ricardo se le había adelantado y había llamado con un gesto a varios soldados yorkistas que dejaron de remolonear para correr hacia ellos.

– Apostad guardias alrededor de la abadía -rugió Eduardo-. Que ningún hombre salga de la iglesia. Si el abad protesta, que me vea a mí o a Gloucester. ¡Andando! Y Dios se apiade de vosotros si alguno se os escabulle.

El lunes 6 de mayo, a pesar de las protestas del abad, soldados yorkistas entraron en la abadía espada en mano. Eduardo respetó su promesa de clemencia e indultó a todos los refugiados, salvo a Edmundo Beaufort, duque de Somerset, y trece capitanes de Lancaster con cuya lealtad nunca podría contar.

Los hombres fueron apresados, por la fuerza si era necesario, y conducidos bajo custodia al tribunal del señor de Tewkesbury, para ser juzgados por traición ante el duque de Norfolk, conde mariscal de Inglaterra, y el duque de Gloucester, lord condestable del reino.

Somerset echó un vistazo a la sala apresuradamente convertida en tribunal. Ya se estaba llenando de hombres, con sus camaradas prisioneros, soldados, lores yorkistas, los curiosos y los vengativos. Los miró con tan poco interés como el que sentía por el juicio.

A su lado, Tresham maldecía. Desde que los soldados yorkistas habían transformado su refugio en una prisión, había denostado sin cesar a Eduardo de York, y aún ahora expresaba un odio amargo.

Somerset desvió la vista con desdeñosa piedad. Le costaba entender que Tresham hubiera esperado otra cosa. Sólo se preguntaba por qué York se había molestado en prestarse a la farsa de un juicio. Eso le había sorprendido un poco; cuando los soldados fueron a buscarlos, pensó que los sacarían de la abadía para despacharlos en el acto.

Un pensamiento le congeló el aliento en los pulmones. Un hombre juzgado y sentenciado por traición era despanzurrado antes de la ejecución. Lo colgaban del cuello, conservándolo con vida, lo destripaban, lo castraban y le arrancaban las visceras y las quemaban ante sus ojos, y la muerte se demoraba hasta que el cuerpo ya no soportaba el dolor. ¿Era ésa la intención de York, el motivo del juicio? Un sudor frío le bajó por las costillas. No temía la muerte; en su actual angustia de alma y espíritu, hasta la acogería con gusto. Pero sufrir semejante muerte… No pudo contener un escalofrío, y esperó que nadie lo hubiera notado.

Le llamó la atención alguien que acababa de entrar en la sala, un joven agraciado de reluciente pelo rubio, ataviado con un jubón pardo de terciopelo con tajos en las mangas y forrado de satén esmeralda. En una pierna calzada de seda lucía con orgullo la prueba enjoyada de su pertenencia a una minoría selecta, los Caballeros de la Jarretera. Centellearon anillos en sus manos cuando se volvió para escuchar la ocurrencia de un compañero; se rió, mostrando dientes blancos, con obvia consciencia de su prestancia, del alboroto que causaba en la sala. Somerset comprendió que era el duque de Clarence y soltó un suspiro sibilante. Sintió un odio que sólo había experimentado una vez en la vida, cuando dos días atrás se había encontrado atrapado entre los hombres de Gloucester y York, y había tenido que presenciar la muerte de sus hombres porque Wenlock lo había traicionado.

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