Richard Woodman - El vigía de la flota

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Octubre de 1779. Nathaniel Drinkwater ingresa a sus catorce años en la Armada Real británica como guardiamarina. Su primer destino será la fragata Cyclops, de treinta y seis cañones. A partir de ese momento su vida dará un giro radical; aprenderá la dureza de la vida entrecubiertas, llegará su bautismo en combate frente a las costas del Cabo Santa María y llevará a cabo misiones en el Mediterráneo, en las islas del Canal y, finalmente, en las Carolinas justo en el momento en que los rebeldes americanos presionan más a las tropas leales a la Corona.

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Hope detecto una posible solución y ordenó cerrar el timón a la banda para seguir virando a babor. Devaux miró a proa y luego al capitán.

– Ajusten la mesana, preparen otra cangreja y desplieguen el velacho -exclamó el capitán con brusquedad. El primer teniente corrió hacia proa llamando a gritos a los gavieros, a cualquiera, apartando a las brigadas de artilleros de la cubierta superior de sus cañones, arrastrando a los ayudantes del segundo oficial allá donde estuviesen.

Los hombres corrieron hacia el aparejo… desaparecieron bajo él, apresurándose azuzados por las histéricas órdenes proferidas por el primer teniente.

– ¡Wheeler! ¡Que sus muchachos halen de la verga de la mesana!

– ¡Entendido, señor!

La brigada de Wheeler se alejó con sus ruidosos pisotones para bracear de la mesana mientras los gavieros desplegaban la vela. Un ayudante del segundo oficial extendió la escota de barlovento y haló junto con otro ayudante, mientras dos o tres marineros soltaban los puños de escota y los brioles. La gran superficie de lona explosionó en un alarde blanco a la luz de la luna, azotada por el temporal; entonces, se estiró y la Cyclops comenzó a virar.

Aún en la cofa, Drinkwater ya divisaba los bajíos, una línea gris a unas cuatro o cinco millas por avante. Entonces se percató de que una voz le llamaba.

– ¡Eh, cofa del trinquete!

– ¿Sí, señor? -respondió, mientras se inclinaba para ver al primer teniente observándolo desde abajo.

– ¡Arriba y aferre esas gavias!

Drinkwater comenzó su ascenso. El velacho perdía ya su tirantez, las empuñiduras se aflojaban y los puños de escota y los brioles lo arrastraban hacia la verga. La vela azotaba con fuerza y el mástil tembloroso daba fe de que los cañonazos habían alcanzado muchos de los estayes.

Tregembo ya estaba en el aparejo cuando Drinkwater abandonó la cofa, mareado por la endemoniada excitación de la noche. Cuando terminaron de pelear con el velamen, Drinkwater se apoyó sobre la verga, agotado, hambriento y aterido. Miró a estribor. La línea blanca de los bajíos parecía estar muy cerca y la Cyclops se balanceaba al tiempo que aumentaba el oleaje en torno a los bancos de arena. Pero comenzó ya a navegar con el viento de costado y casi en paralelo a los bajíos. Seguiría desviándose a sotavento pero, al menos, no se dirigía hacia los bancos.

Hacia el sur y el oeste, las negras siluetas y los fogonazos revelaban dónde combatían las dos flotas. Más cerca, a babor, oscilaba la fragata española, azotada de través por el viento y el oleaje y balanceándose hacia los bancos de arena.

Una brigada de hombres exhaustos y ennegrecidos por la pólvora, asignados a la cubierta de cañones, se esforzaba por desplegar la cangreja sobre cubierta. La alargada culebra de resistente lona llegó cimbreando hasta cubierta desde su estante. Trece minutos más tarde, se izó la nueva vela en las perchas intactas.

La Cyclops volvía a estar bajo control. La mesana estaba aferrada y se aflojaron las escotas de las velas de proa. De nuevo, el bauprés giró hacia el bajío y Hope viró en redondo, preocupado, para navegar amurado a estribor, rumbo a la fragata española que seguía bamboleándose inútilmente.

La fragata británica cayó a barlovento. Después, el bauprés viró alejándose del bajío. El viento le dio por la aleta de estribor y, luego, por el través. Se tensaron las vergas y se afianzaron las velas de proa. El viento aulló por la amura de estribor, con más fuerza que antes pues navegaban en su contra. La Cyclops arfó y una cortina de punzante agua barrió la popa. Los cañoneros semidesnudos se apresuraron bajo cubierta para preparar los cañones.

Hope dio órdenes de reiniciar el combate y la Cyclops se echó sobre el adversario, arrastrando poco a poco a la fragata mutilada a sotavento. Los cañones de la Cyclops abrieron fuego y los españoles respondieron con otra andanada.

Devaux intentaba entenderse con Blackmore a gritos, por el rugido de los cañones.

– ¿Por qué no echa el ancla?

– ¿Y hacernos cabecear con el viento de través, tomando a la otra fragata de enfilada? -resopló el piloto de derrota.

– ¿Qué otra cosa puede hacer? Además, no podemos aguantar indefinidamente. Nos hace falta distanciarnos de la costa.

Hope lo oyó. Ahora que ya no estaba sometido a la tensión de un peligro inmediato, volvía a comandar la nave y la conversación le irritó.

– Preocúpese de luchar contra la fragata, señor Devaux, y déjeme las decisiones tácticas.

Devaux no dijo nada. Miró con resentimiento hacia el barco español y escuchó asombrado la orden de Hope:

– Eche un cabo de amarre por una porta de popa, ¡deprisa, muévase!

Al principio, Devaux no lo entendió, pero entonces la luna se dejó ver y el teniente siguió con la mirada el brazo extendido de Hope:

– ¡Mire!

La insignia de tonos rojizos y dorados de Castilla no estaba a popa. La fragata española se había rendido.

– ¡Alto el fuego! ¡Alto el fuego!

Los cañones de la Cyclops enmudecieron mientras continuaba con su cabeceo; los cañoneros se desplomaron extenuados por el esfuerzo. Sin embargo, Devaux, que ya había olvidado la disputa debido a las nuevas circunstancias, estaba de nuevo con ellos, apremiándolos para que se esforzasen un poco más. Devaux gritó sus órdenes, los ayudantes del contramaestre giraron sus viradores y, en un instante, la rendición de los españoles inundó el barco. La fatiga se desvaneció en un periquete, pues la fragata era una presa de guerra si podían evitar que llegase a tierra, en los bajíos de San Lucar.

Ni siquiera el aristócrata Devaux menospreciaba la avaricia de su capitán y aprovecharía la oportunidad de aumentar su exiguo patrimonio. Devaux deseaba ahora que la Cyclops no hubiese causado demasiados daños…

En el alcázar, el capitán Hope atendía a las objeciones del piloto de derrota. Siendo la única persona a bordo que podía contradecir legítimamente las decisiones del capitán, desde el punto de vista de la navegación, Blackmore se manifestaba vehementemente en contra de abatir a la Cyclops otra vez a sotavento para remolcar a una fragata separada de un peligroso banco de arena por no más de media legua.

Los excesos de la noche afectaban a los hombres de forma distinta. Cuando Blackmore se dio la vuelta, derrotado, Hope vio su última oportunidad. Muchos años había esperado para hacer realidad la captura de un botín como éste, y su precaución fue víctima de la tentación. Tras una vida dedicada a la Armada, que le había escatimado una y otra vez el reconocimiento de su reputación, el destino le ofrecía un botín pecuniario de enorme magnitud. No tenía más que poner en práctica parte de la experiencia que sus años como navegante le habían conferido.

– Vire en redondo, señor Blackmore.

El capitán giró sobre sus talones y tropezó con una silueta esbelta que se apresuraba a popa.

– Dis… Disculpe, señor.

Drinkwater había descendido desde la cofa del trinquete. Saludó al capitán llevándose la mano al sombrero.

– ¿Y bien?

– El banco de arena está a una milla a sotavento, señor. -Durante un momento, Hope estudió la joven faz que tenía delante. Apuntaba maneras.

– Gracias, señor…

– Drinkwater, señor.

– Desde luego. No se retire; me he quedado sin mensajero… -El capitán señaló hacia lo que quedaba del guardiamarina de doce años. Al ver aquel pequeño cuerpo destrozado, Drinkwater se notó desfallecer. Tenía frío y estaba hambriento. Era consciente de que estaban maniobrando muy cerca de la fragata inutilizada, a sotavento…

– El primer teniente se halla en la cubierta de cañones, entérese de cuánto tiempo tardará.

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