Juan Galán - En busca del unicornio

Здесь есть возможность читать онлайн «Juan Galán - En busca del unicornio» весь текст электронной книги совершенно бесплатно (целиком полную версию без сокращений). В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: Историческая проза, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.

En busca del unicornio: краткое содержание, описание и аннотация

Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «En busca del unicornio»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.

La novela, ambientada a finales del siglo XV, narra la historia de un personaje ficticio a quien se envía en busca del cuerno del unicornio, que se supone aumentará la virilidad del rey Enrique IV de Castilla, llamado el Impotente. En la trama argumental, habilísima y muy amena, dentro de una escrupulosa fidelidad a la ambientación histórica, se suceden las más curiosas e inesperadas peripecias, siempre con un fondo emotivo y poético que da fuerza y encanto mítico al relato.
El autor ha logrado un estilo que es un maravilloso equilibrio entre la soltura y agilidad narrativa y el sabor arcaico que requería el tema. En suma, una deliciosa novela de aventuras en donde coexisten lo fantástico, lo humorístico y lo dramático. La obra ha sido galardonada con el Premio Planeta 1987.

En busca del unicornio — читать онлайн бесплатно полную книгу (весь текст) целиком

Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «En busca del unicornio», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.

Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Y así que cada cual se hubo aderezado como convenía a la decencia y solemnidad de la casa y de los huéspedes, sonaron chirimías convocando a la comida y todos salieron de sus cuartos y fuéronse para la sala grande que abajo estaba, donde el maestresala había dispuesto seis mesas largas cubiertas con manteles de hilo, cada una con sus aparadores de plata, donde un trinchador servía muy ordenadamente, y así que nos hubimos asentado, según el maestresala nos repartió, vinieron los yantares y dio comienzo el banquete.

Y el orden de los asentamientos fue como diré: en la mesa principal, donde los bancos de terciopelo estaban, debajo del tapiz francés que representaba el señor de Nabucodonosor, se sentaron el Condestable y mi señora la condesa y al otro lado doña Josefina vestida para la ocasión ya sin tocas, el cabello recogido en una redecilla de oro y mostrando su alto cuello de garza con aquella su natural modestia que le encendía más la belleza y mucho más la brasa viva de que padecía mi corazón. Y llevaba doña Josefina un vestido asimismo dorado de sargo raso con muchas cadenillas de perlas por el lado de los pechos que parecía que, teniéndolos menudicos, se los sustentaba y realzaba. Y al otro lado de doña Josefina sentábanse otras dueñas principales de la ciudad y a continuación los caballeros del concejo y entre ellos yo, que unté la mano del maestresala para que me acomodase enfrente de doña Josefina y él así lo otorgó, de manera que en la comida le fuese forzoso hablar conmigo cuando no hablara con mi señor el Condestable, que a su lado estaba. Y en las otras mesas se sentaban los otros caballeros de la ciudad y en la final los clérigos del cabildo, unos y otros según el orden y concierto que en sus propias juntas usan. Y todos estaban de muy buen humor y reían y hacían chascarrillos y levantaban las voces y mostraban las copas vacías a los escanciadores que iban de un lado a otro con jarras de buen vino especiado, llenando copas, y no daban abasto, tan aprisa bebían los otros, y los perros andaban por debajo de las tablas y por entre los sirvientes a la caza del hueso que por el aire venía, no gruñendo ni altercando entre ellos, que el que un hueso no acababa de mondar ya recibía otro mal apurado, con media libra de carne pegada a los tendones. Y así fue viniendo la cena concertadamente a las órdenes del maestresala que todo lo atendía y concertaba, y, tras el cocido, vinieron los manjares blancos y detrás la carne asada oliendo a ajo y a pimienta, y, finalmente, los postres, y con cada cosa el vino que mejor la acompañara, según la fortaleza de los humores de la carne requiriese y ¿quién podría decir el número de las aves y cabritos y carneros y cazuelas y pasteles y quesadillas y pan candeal y confites y vinos muy finos tanto tintos como blancos que así gastaron aquella noche? Tal fue la abundancia que, después de ahítos, aún sobró para que entraran los criados y la ballestería de la guarda y también ellos alcanzaron cumplida colación de lo que había sobrado en platos y bandejas, que se hartaron como saqueadores y aún sobró.

Y era de ver que Paliques, tan serio otras veces, se achispó un poco, se conoce que en la escuela de traductores lo tenían acostumbrado tan sólo a la destemplanza del agua del Tajo, y le dio por hablar en las más desatinadas lenguas, ora en latín, ora en hebreo, ora en griego, ora en arábigo, ora en vaya usted a saber qué chamullo, lo que fue muy celebrado y causó gran risa y grita entre los que le eran fronteros de mesa, que ninguno de ellos alcanzaba a entender más que esta parla nuestra castellana y muchos de ellos me atrevería yo a certificar que ni siquiera ésta.

Pero, a tantas vueltas del banquete, ando yo remiso a describir lo que conmigo ocurrió porque temo no saber ponerlo en palabras que sean derechamente entendidas. Es el caso que a poco de empezar a venir bandejas, cuando aún me andaba yo secando los dedos del aguamanil y no osaba levantar los ojos a mi señora doña Josefina, que allí delante de mí, al otro lado de la mesa, la tenía, y andaba rebuscando en mi cabeza con qué concertadas razones habrían de iniciar mi parlamento para que ella me tuviese por hombre de discreta razón y sazonados juicios, sentí que, por debajo de las tablas, un menudo pie se me deslizaba entre las piernas y me subía por ellas suavemente, acariciándomelas del tobillo a las rodillas y aún me pareció que no subía más arriba porque ya la longura de su pierna no daba para tanto y mayor atrevimiento. Y yo quedé más quieto que el león de piedra que hay en los baños del Sordo, y me subió la calor tan en llamaradas que me sentía arder la cara del sofoco y asimismo el pescuezo todo, entre picores muy agudos, y cuanto más lo pensaba que sería notado de los otros, más encendido me ponía. Y la cosa fue hasta el punto que mi señor el Condestable vino a percatarse de mi mudanza y me preguntó: "Juanito, ¿estás bien?, ¿te sientes bien, amigo? ¿No tienes que salir a tomar el aire y respirar?" A lo que yo balbucí, sin osar levantar los ojos: "Sí, señor, que me siento muy bien". Y, aunque tenía delante de mí la causa de mi rubor, no osaba mirarla, sino que sentía un como dulce hormigueo que me subía de mis partes verendas hasta el estómago y allí tomaba asiento, con muy dulces cosquilleos y deleitosos, y luego, por la espalda, se iba a la cabeza en forma de pausado escalofrío, que de buena gana me hubiera quedado en tan gustoso sentimiento y postura por toda la eternidad, sin saber si pasaba el tiempo. Y el pie de doña Josefina bajaba y tornaba a subir por mi pierna adentro y la curva dulce de aquel su empeine, menudo, suave y caliente, se iba amoldando a la de mi pantorrilla y se apretaba contra ella como gato mimoso y yo estiraba un poco la pierna, lo uno por facilitarle la caricia y lo otro por hacerme más musculoso y que admirara mi viril postura. Y así varias veces a lo largo de la comida, que yo ya no cuidé de beber ni de comer más que cuando mi señor el Condestable tornaba a preguntarme: "¿Te pasa algo, Juanillo, que parece que no comes?" Y yo, para que mi turbación no fuese de él notada, me metía un pedazo de carne en la boca y me demoraba masticándolo sin apetito ni pensamiento de comer porque estaba en la hartura que da la gloria y sabido es que los ángeles no tienen necesidad de yantar. Y las dos o tres veces en que me atreví a alzar la mirada a mi señora doña Josefina, siempre halléla igualmente recatada y como ajena a lo que por debajo de las tablas me estaba requebrando y prometiendo, de cuyo femenil disimulo mucho me admiraba que fuera tan fría y comedida por arriba y tan ardiente y osada por abajo.

Llegó por fin la hora del alzar los manteles, ya hecha la colación, y, aunque muchos habíanse levantado, no osaba yo ponerme de pie, pues mi señora doña Josefina estaba aún a los postres y su pie no dejaba de acariciar mis pantorrillas, que alguna vez temí que me había de abrir un zancajo en las calzas de tanto como insistía en la caricia, y en el alma y en la carne hubiéramelo yo dejado hacer de muy buena gana. Estando en esto, mi señor el Condestable me preguntó: "Juanillo, ¿no te levantas? ¿No has acabado aún tu pitanza?", y yo le dije: "Estoy aquí bien, señor". Y él dejó escapar una risa maliciosa y me dijo: "Pues te doy licencia para alzarte cuando quieras porque has de saber que el pie del que tanto te cuidas no era sino el mío". A lo que sentí que el mundo se abría a mis pies y quedé tan corrido y avergonzado que no supe qué decir, sólo que mi señor el Condestable fue piadoso y discreto en decírmelo de modo y manera que no fuera sentido ni entendido por los otros que allí juntos estaban, y en esto obró comedidamente para que yo no me corriera delante de tanta gente. Y yo quedé tan vencido de esta chanza que no quise quedarme a ver los momos mancos que después de la cena se anunciaban y que vinieron la mitad brocados de plata y la otra mitad dorados, y la música y la danza en que todos se entretuvieron con mucho placer en el patio de columnas porque la noche, con ser tan templada, se dejaba estar fuera, donde el jazmín embalsamaba el aire. Mas yo, cuitado y herido del alma y con la tristura del amor contrariado, dije que me dolía la cabeza y me retraje a mi cuarto y al pasar por delante del zaguán de las cocinas, donde comían los criados de la casa, y con ellos Andrés de Premió y las criadas de doña Josefina, vi cómo Andrés tenía sentada en sus rodillas a Inesilla y algo le decía al oído, puestas las manos por la fina cintura de ella, por donde conocí que ya Inesilla no vendría a mí esa noche como viniera la otra, pues que había encontrado más alegre galán. Y con esto me retraje a mi cámara y, atrancando la puerta con un escabel, me desnudé y me acosté y si no lloré no fue por falta de ganas sino porque me sentía tan estragado y cansado de las emociones de la cena que di dos o tres suspiros y en seguida me vino el piadoso sueño, con su misericordia y olvido.

Читать дальше
Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Похожие книги на «En busca del unicornio»

Представляем Вашему вниманию похожие книги на «En busca del unicornio» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.


Отзывы о книге «En busca del unicornio»

Обсуждение, отзывы о книге «En busca del unicornio» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.

x