Juan Galán - En busca del unicornio

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La novela, ambientada a finales del siglo XV, narra la historia de un personaje ficticio a quien se envía en busca del cuerno del unicornio, que se supone aumentará la virilidad del rey Enrique IV de Castilla, llamado el Impotente. En la trama argumental, habilísima y muy amena, dentro de una escrupulosa fidelidad a la ambientación histórica, se suceden las más curiosas e inesperadas peripecias, siempre con un fondo emotivo y poético que da fuerza y encanto mítico al relato.
El autor ha logrado un estilo que es un maravilloso equilibrio entre la soltura y agilidad narrativa y el sabor arcaico que requería el tema. En suma, una deliciosa novela de aventuras en donde coexisten lo fantástico, lo humorístico y lo dramático. La obra ha sido galardonada con el Premio Planeta 1987.

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Había levantado la cabeza y miraba distraído por la ventana del huerto.

El sol empezaba a bajar, allá a lo lejos, y los muros del alcázar real, al otro lado de los barrancos, parecían dorarse y brillar como joya bruñida. "También tiene otras virtudes el cuerno -prosiguió-, apuntala la virilidad desfalleciente de los hombres poderosos en el otoño de sus vidas y les devuelve los ardores de la juventud". Bajó la voz sin dejar de mirar el lento atardecer y prosiguió: "En las boticas de Oriente se venden polvos de unicornio por remedio de virtud, pero el Rey los ha probado y no le sirven. Es posible que no sean legítimos o que sean molimiento de colmillo de elefante. No hay seguridad de que en toda la Cristiandad haya un cuerno de unicornio verdadero fuera de los tres que hay en la iglesia de San Marcos de Venecia. El Canciller real les ha escrito a los venecianos y hasta les ha mandado un embajador, pero ellos perjuran que los dichos cuernos no están ya allí. Parece que el único modo de hacerse con él es yendo a África y cazando al monstruo. Ese es el mandado que nos encomienda el Rey nuestro señor".

Seguí departiendo con el buen fraile sobre las trazas de la caza del unicornio y él, que era persona de mucho juicio, me dijo que con cebo virginal era seguro que podríamos tomarlo porque entonces se conduce con la mansedumbre de una oveja. Y supe que, por si en tierra de infieles no hubiera ninguna doncella, pues es sabido que sin el freno de la verdadera religión hacen más uso de la lujuria que los cristianos, el Canciller había previsto que llevásemos en nuestra compañía a una doña Josefina de Horcajadas, doncella certificada, de noble linaje de la ciudad de Cuenca, que sería, llegado el caso, nuestro señuelo con que amansar y pacificar a cuantos unicornios topásemos en los confines del África. Y al darme noticia de ella, fray Jordi me encomendó mucho que, puesto que yo iba a ser el sargento y mariscal de la milicia del Rey, me cuidara mucho que ninguno de mis hombres osara acercarse a doña Josefina ni para tocarle un pelo de la ropa so pena de ejemplar castigo, lo que yo prometí de muy buena gana.

En estas pláticas nos fue entrando la noche, apenas desmentida por la luz de una triste palmatoria que sobre la mesa ardía, cuando sonó la campana de los frailes llamándolos a colación y con esto me despedí de Fray Jordi y me volví a "Alonsillo" y a mi aposento del alcázar muy embargado de pensamientos y cavilaciones y trazas, y acabó de cerrar la noche, en lo que bajé a cenar con los pajes y los maestresalas y luego excusando conversaciones, retiréme a dormir y no pude pegar ojo imaginando la pintura de las nuevas tierras y personas que habría de conocer por mandado del Rey, en los confines de la tierra ignota, y cómo acrecentaría mi estado y nombre con las hazañas y grandes hechos que pensaba cumplir en mi encomienda, que a las veces no pensaba que fuera yo sino un Rolando o un Alejandro de los que en las historias antiguas vienen. Y del mucho velar y dar tornadas en la cama e impacientarme anduve, los otros días que allí esperé, muy mal despierto, sin mostrar mucha cortesía, como manda la buena crianza, para corresponder las finezas y atenciones que Manolito de Valladolid de continuo gastaba conmigo. Mas él no tomaba enojo, pensando que era mi natural arisco, y luego volvía en busca de mi compaña y poca conversación.

Y al tercer día salimos de Segovia sin despedirnos del Rey ni de su secretario, que en el mientras tanto el rey y toda la Corte fueron partidos a Guadalajara con el mayor secreto del mundo como, por excusar traiciones, solían. Y esta vez hice el camino muy bien acompañado porque iban conmigo cuarenta ballesteros a caballo y fray Jordi de Monserrate, en una mula andariega, seguido de otra de reata donde llevaba los bultos y apechusques de su botica. Y con nosotros iba Manolito de Valladolid que había alcanzado del Canciller, su tío, ser mayordomo y aposentador de la expedición, y en buena mula cisterciense, pausada de andares, con tijera de mujeriegas y quitasol colorado, llevada de reata por un mozo de mulas, viajaba, silenciosa y tapada por unas espesas tocas que le colgaban de las puntas del sombrero, doña Josefina de Horcajadas, la doncella. Y con ella venían dos criaditas jóvenes y otra vieja. Además llevábamos tres mozos de mulas y un hermano lego que iba al cuidado de fray Jordi de Monserrate y detrás destos iban hasta cinco mulos buenos con fardaje de todas las cosas de que para nuestra despensa menester hubimos, provistas muy cumplida y abundosamente por mandato del Rey nuestro señor.

Tres

Partimos tan secretamente de Segovia, cuando aún dormían los gallos, que persona en el mundo supo dónde íbamos. Y, en saliendo al pago que dicen del Quejigal, tomamos el camino de Toledo y, en descansadas jornadas, pernoctando en ventas y posadas, fuimos acercándonos a tierras de las Andalucías. Manolito de Valladolid, en puesto de mayordomo real, no se apartaba de mi estribera, mal jinete, siempre quejándose de la incomodidad del camino, del polvo, de las moscas y de la inclemencia del sol, para cuya defensa iba tocado de gorro morisco de seda carmesí, con pañuelo de lo mismo velándole la cara, y fingía no oír las chanzas y coplas de la chusma ballesteril. Fastidiado iba yo de su amistad tan asidua y empalagosa, y de no saber qué hacer para quitármelo de encima, que cuanto de peor talante contestaba sus muchas preguntas e inquisiciones, más afición parecía tomarme él y más chistes y bromas de mi persona imaginaba yo en la comitiva zumbona. Hubiera preferido gastar el camino en conversación y amigable coloquio con fray Jordi, que me parecía un pozo de ciencia y me había aficionado yo, en dos o tres paliques que con él tuve, a sus muchos y variados saberes, pero el buen fraile prefería ir cerca de la zaga, con los lacayos y las mujeres, lejos del mucho blasfemar y entonar lascivos cantos de la tropa, y aún dos o tres veces se nos quedó retrasado y hubimos de esperarlo porque, cuando descubría alguna yerba o alguna piedra nueva, no cuidando del asunto común, se bajaba a recogerla, y así iba haciendo sus cosechillas de yerbas y hojas y raíces que luego guardaba en ciertas taleguillas de lino, y cuando hacíamos parada larga, para yantar o para que descansaran las bestias, él ponía su agosto a secar encima de las peñas, mirando a Oriente, donde mejor hiciera el sol, y alababa la virtud de Dios en aquellas plantas. Y era maravilla ver cómo tales saberes y labores lo tenían entretenido, que ni se quejaba de las incomodidades del viaje, siendo él, por su mucha grosura y poca costumbre de cabalgar, el que me pareció en un principio que peor había de sufrir el camino. En cuanto a la dama Josefina de Horcajadas poco he de decir. A cada descanso íbanseme los ojos a ella sin poder remediarlo, que me parecía adivinar que había de ser de reposada presencia y bellas facciones y que habría de tener los pechicos redondos y pequeños y los muslos gordezuelos y torneados, pero nunca me atreví a acercarme a más de quince pasos della porque, habiendo de dar ejemplo a los ballesteros, me pareció que sería de mucha torpeza y poco recato que me viesen requebrándola o haciéndome el cortesano entre sus dueñas. Así que me mantuve a prudente distancia, aunque me pareció que algunas veces ella me miraba y, cuando tal sentía, procuraba enderezarme sobre "Alonsillo", y sacar pecho, y dar órdenes a los ballesteros y mozos que más cerca anduvieran, con la voz recia y capitana, y vinieran o no a cuento, cosas todas que, por ser joven, bien creo que se me podrían excusar.

A la altura de Toledo sólo paramos un día y fue lo justo para no entrar en tan famosa ciudad, sino que posamos con gran prevención y secreto en uno de los huertos que están cabe el Tajo que allí hay, lugar deleitoso de altos árboles y yerba fresca y mullida, y en tal lugar nos solazamos hasta que nos vinieron tres o cuatro mulas con pan y bastimentos y un escribano real por nombre Paliques que nos acompañaría al moro y al negro, cuyas parlas entendía, pues era licenciado por la afamada escuela de traductores y aun uno de los más ilustres platicantes della, según todos decían, no embargante su mediana mocedad. Y éste era hombre menudo y lampiño y delgado de cuerpo y de piel un algo oscura y tenía los labios henchidos del mucho ejercicio en la pronunciación de parlas extranjeras y nunca se descubría la cabeza, que llevaba recatada por un gorrillo verde con sus vueltas de gasa, debajo del cual lo que había era, como desde el principio sospechamos, una calva escandalosa, amelonada, monda y lironda. Era Paliques de poco y articulado hablar y yo no le quise dar mayor confianza porque ya me dejaba recomendado mi señor el Condestable que un oficial de mando debe tener poca trabazón con sus mandados y esta poca bien administrada. Y con esto pasamos adelante y a los pocos días nos metimos por los campos de La Mancha, buena tierra de hidalgos y de barberos, e iba siendo ya el tiempo de la siega, pues estaban los panes crecidos y acostados y se veían cuadrillas de segadores que bajaban por los caminos en busca de sus amos y asientos, y en los descansos se juntaban a nosotros algunos y cantaban y parlaban con los ballesteros y con los mozos de mulas, y por sus hablillas vine a entender que la ballestería estaba en que íbamos a tierra de moros donde la señora Josefina de Horcajadas había de casar con un conde mahometano que prometiera, a cambio tomar las aguas bautismales y volverse a la fe de Cristo y hacerle guerra, con nuestro señor don Enrique, a sus antiguos hermanos. Y que, por este motivo, la señora iba muy recelada, que era virgen y convenía que lo siguiera siendo por lo menos hasta meterla en el tálamo del tornadizo moro enamorado. Y decían sobre esto que, por este motivo, ella iba sufridora como penitente pues habíase enamorado del capitán de aquella tropilla que era don Juan de Olid, un joven famoso tanto por su apostura como por los hechos de armas que dejaba acabados en la linde del moro y que corrían de boca en romances y cantares de ciego. Sobresaltéme yo al oírme puesto en tales hablillas y no sabía si tomarlo todo a exageraciones de la ballestería, que está ociosa y se emborracha y da en pensar e imaginar lo que no es ni puede ser y luego lo cree y lo cuenta sin curar de invenciones, mas, por otra parte, el cuento me halagaba y por la otra me ponía una como leve angustia en el pecho pues, si bien es cierto que yo nunca fuera famoso adalid de la frontera como ellos me predicaban, también era verdad que nunca volví la espalda al moro cuando asistía a mi señor el Condestable en las reñidas escaramuzas y batallas peleadas en que con él anduve, y nunca herí en moro muerto por enturbiar la espada como hacen otros. Reflexionaba yo que, siendo lo de mi afamada milicia manifiesta desmesura, también lo habría de ser el dar a doña Josefina por mi enamorada, pero, aún así, no me curaba dello con las buenas razones de la prudencia, siendo joven y de natural fogoso, y miraba a la dama más que era prudente y me parecía, según andaban los días con sus aparejadas ocasiones, que también ella me miraba a mí, y, a veces yendo en la cabalgada, yo delante de los otros, abriendo camino sobre el esforzado "Alonsillo", volvía la cabeza so pretexto de ordenar algo, mas, en mi corazón, por sólo verla a ella, y me parecía que mis ojos se cruzaban con los de la dama, allá a lo lejos, donde ella andaba, detrás de la caballería en tropel, rodeada de sus dueñas, a prudente distancia de la ballestería por excusar oídos de las indelicadezas de tal chusma y por no tragarse los espesos polvos que iban levantando.

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