Noah Gordon - El Médico

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Esta arrebatadora novela describe la pasion de un hombre del siglo XI por vencer la enfermedad y la muerte, aliviar el dolor ajeno e impartir el don casi mistico de sanar que le ha sido otorgado. Arrastrado por esa pasion, recorrera un largo camino que le conducira, desde una Inglaterra en la que domina la brutalidad y la ignorancia, a la sensual turbulencia y el esplendor de la remota Persia, donde conocera al legendario maestro Avicena, que esta experimentando con las primeras armas de la medicina moderna.

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– La muy zorra pateó el cubo. Luego, cuando me estiré para enderezarlo, la condenada me pisó.

Rob palpó suavemente la articulación y al instante olvidó cualquier otra cosa. Había una magulladura dolorosa. También un hueso roto, el que bajaba del pulgar. Un hueso importante. Le llevó un rato vendar correctamente la muñeca y amarrar un cabestrillo.

El siguiente era la personificación de sus temores: una mujer delgada angulosa de aire sombrío.

– He perdido el oído -declaró.

Rob le examinó las orejas, que no parecían tener ningún tapón, No conocía nada que pudiera mejorarla.

– No puedo ayudarla -dijo con tono pesaroso.

La mujer sacudió la cabeza.

– ¡NO PUEDO AYUDAROS! -gritó Rob.

– ENTONCES, PREGUNTADLE AL OTRO BARBERO.

– ÉL TAMPOCO PODRÁ AYUDAROS.

Ahora la mujer tenía expresión colérica.

– ¡CONDENAOS EN LOS INFIERNOS! SE LO PREGUNTARÉ YO MISMA.

Rob oyó la risa de Barber y notó cuánto se divertían los otros pacientes cuando la mujer salió como una tromba.

Aguardaba detrás del biombo, ruborizado, cuando entró un joven que tendría uno o dos años más que él. Rob reprimió el impulso de suspirar cuando vio el dedo índice izquierdo en avanzado estado de gangrena.

– No tiene buen aspecto.

El joven tenía blancas las comisuras de los labios, pero de alguna forma logró sonreír.

– Me lo aplasté cortando madera para el fuego hará una quincena. Dolió, por supuesto, pero aparentemente mejoraba. Entonces…

La primera articulación estaba negra y abarcaba una superficie de inflado descoloramiento que se convertía en carne ampollada. Las grandes ampollas despedían un fluido sanguinolento y un olor gaseoso.

– ¿Cómo fuisteis tratado?

– Un vecino me aconsejó que lo envolviera en cenizas húmedas mezcladas con mierda de ganso, para aliviar el dolor. -Rob movió la cabeza afirmativamente, pues este era el remedio más común.

– Bien. Ahora es una enfermedad que si no se trata os comerá la mano, luego el brazo. Mucho antes de que llegue al cuerpo, moriréis. Es necesario amputar el dedo. -El joven asintió, con expresión valerosa.

Ahora Rob dejó escapar el suspiro. Tenía que estar doblemente seguro:

Cortar un apéndice era un paso serio, y aquel joven notaría su falta el resto su vida cuando intentara ganarse el pan.

Pasó al otro lado del biombo de Barber.

– ¿Qué pasa? -Barber parpadeó.

– Tengo que mostrarte algo -dijo Rob y volvió con su paciente, mientras el gordo Barber lo seguía a ritmo laborioso.

– Le he dicho que es necesario cortarlo.

– Sí -afirmó Barber, y su sonrisa desapareció-. ¿Quieres ayuda?

Rob meneó la cabeza. Dio a beber al paciente tres frascos de Panacea universal y a continuación reunió con gran cuidado todo lo que necesitaría para no tener que buscarlo en medio del procedimiento, ni tener que gritar a Barber pidiendo ayuda. Cogió dos bisturís afilados, una aguja e hilo, una tabla corta, tiras de trapos para vendar y una pequeña sierra de dientes finos. Ató el brazo del joven a la tabla, con la palma de la mano hacia arriba.

– Cerrad el puño dejando fuera el dedo malo.

Envolvió la mano con vendas y la ató por separado para que los dedos no le obstaculizaran el camino.

Se asomó y reclutó a tres hombres fuertes que haraganeaban por allí, dos para sostener al joven y uno para sujetar la tabla.

En una docena de ocasiones se lo había visto hacer a Barber, y dos veces lo había hecho personalmente bajo la supervisión de aquel, pero nunca lo había intentado sólo. El truco consistía en cortar lo bastante lejos de la gangrena como para detener su progreso, aunque dejándolo al mismo tiempo lo más largo posible.

Cogió el bisturí y lo hundió en la carne sana. El paciente gritó e intentó levantarse de la silla.

– Sujetadlo.

Cortó un círculo alrededor del dedo e hizo una breve pausa para lavar la herida con un trapo antes de hender el sector sano del dedo por ambos lados y desollar cuidadosamente la piel hacia el nudillo, formando dos colgajos. El hombre que sostenía la tabla empezó a vomitar.

– Coge tú la tabla -dijo Rob al que le sujetaba los hombros.

No hubo ningún problema con el cambio de manos porque el paciente se había desmayado.

El hueso era una sustancia fácil de cortar, y la sierra produjo un raspado tranquilizador cuando serró el dedo y lo seccionó.

Recortó con gran cuidado los colgajos e hizo un esmerado muñón, tal como le habían enseñado, no tan ceñido como para que doliera ni tan flojo como para provocar engorros; después cogió la aguja y el hilo, y lo cosió con puntadas pequeñas y precisas. Restañó una exudación sanguinolenta volcando más panacea sobre el muñón. Después, ayudó a llevar al joven quejumbroso a la sombra de un árbol, para que se recuperara.

Luego, en rápida sucesión, vendó un tobillo torcido, un corte profundo en el brazo de un niño, y vendió tres frascos de medicina a una viuda aquejada de dolores de cabeza y otra media docena a un hombre que padecía gota. Comenzaba a sentirse un tanto engreído cuando entró una mujer que evidentemente se estaba consumiendo.

No había error posible: estaba demacrada, tenía la tez cerúlea, y el sudor le brillaba en las mejillas. Rob tuvo que obligarse a mirarla después de haber percibido su sino a través de las manos.

– …ni deseos de comer -estaba diciendo-, aunque tampoco retengo nada de lo que como, pues lo que no vomito se me escapa en forma de deposiciones sanguinolentas.

Rob le apoyó la mano en el pobre vientre y palpó la abultada rigidez, hacia la que dirigió la palma de la mano de la paciente.

– Buba.

– ¿Qué es buba, señor?

– Un bulto que crece alimentándose de la carne sana. Ahora mismo podéis sentir una serie de bubas debajo de vuestra mano.

– El dolor es terrible. ¿No hay cura? -preguntó serenamente.

Le gusto su valentía y no se sintió tentado a responder con una mentira misericordiosa. Movió la cabeza de un lado a otro, porque Barber le había dicho que muchas personas sufren bubas de estómago y todas mueren.

Cuando la mujer lo dejó, lamentó no haberse hecho carpintero. Vio el dedo cortado en el suelo. Lo recogió, lo envolvió en un trapo y lo llevó hacia el árbol bajo cuya sombra se recuperaba el joven. Se lo puso en la manos

Desconcertado, el paciente miró a Rob.

– ¿Qué haré con esto?

– Los sacerdotes dicen que se deben enterrar las partes perdidas para que le esperen a uno en el camposanto, y se pueda levantar entero el día del juicio final.

El joven meditó un instante y luego asintió.

– Gracias, cirujano barbero.

Lo primero que vieron al llegar a Rockingham fue la cabellera canosa de Wat, el vendedor de ungüentos. Junto a Rob, en el asiento del carromato Barber refunfuñó decepcionado, suponiendo que el otro charlatán les había ganado por la mano el derecho a montar allí un espectáculo. Pero después de intercambiar los saludos de rigor, Wat lo tranquilizó.

– No daré ninguna representación aquí. Permitidme a cambio que os invite a un azuzamiento.

Los llevó entonces a ver a su oso, una robusta bestia a la que un aro de hierro le atravesaba el negro hocico.

– El animal está enfermo y en breve morirá de causas naturales, de modo que quiero obtener esta noche el último beneficio que puede darme.

– ¿Es Bartram, el oso con el que luché? -preguntó Rob, con una voz que sonó extraña en sus propios oídos.

– No; Bartram nos dejó hace ya cuatro años. Esta es una hembra que responde al nombre de Godiva -dijo Wat mientras sacaba el paño de la jaula.

Esa tarde Wat asistió al espectáculo y a la posterior venta de la panacea. Con permiso de Barber, el vendedor ambulante del famoso ungüento subió a tarima y anunció el azuzamiento de la osa, que tendría lugar por la noche en el prado situado tras la curtilería a medio penique la entrada.

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