Noah Gordon - El Médico

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Esta arrebatadora novela describe la pasion de un hombre del siglo XI por vencer la enfermedad y la muerte, aliviar el dolor ajeno e impartir el don casi mistico de sanar que le ha sido otorgado. Arrastrado por esa pasion, recorrera un largo camino que le conducira, desde una Inglaterra en la que domina la brutalidad y la ignorancia, a la sensual turbulencia y el esplendor de la remota Persia, donde conocera al legendario maestro Avicena, que esta experimentando con las primeras armas de la medicina moderna.

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Cuando llegaron Barber y Rob, había caído el crepúsculo: el prado que rodeaba el foso estaba iluminado por las lenguas de fuego de una docena de antorchas. En el campo sólo se oían palabrotas y risas masculinas. Unos amaestradores retenían a tres perros con bozal que tironeaban de sus cortas traíllas: un abigarrado mastín esquelético, un perro pelirrojo que parecía el primo pequeño del mastín, y un gran danés de tamaño espectacular.

Wat y un par de ayudantes llevaron a Godiva. La decrépita osa olió a los perros e instintivamente se volvió para hacerles frente.

Los hombres la llevaron hasta un grueso poste hincado en el centro del reñidero. En la parte superior e inferior del poste había sólidas abrazaderas de cuero. El amo del reñidero usó la de abajo para atar a la osa por la pata trasera derecha. Al instante se oyeron gritos de protesta:

– La correa de arriba, la correa de arriba

– ¡Ata a la bestia por el cuello!

– ¡Engánchala por el aro del hocico, condenado imbécil!

El aludido permaneció impasible ante los insultos, pues tenía una larga experiencia en esas lides.

– El oso no tiene zarpas. Por tanto, muy pobre sería el espectáculo si le ataba la cabeza. Le permitiré, en cambio, usar los colmillos.

Wat le quitó la capucha a Godiva y saltó hacia atrás.

La osa miró a su alrededor bajo las luces parpadeantes y fijó sus ojos desconcertados en los hombres y los perros. Obviamente era una bestia vieja y de mala salud; los hombres que gritaban las apuestas recibieron muy pocas respuestas hasta que ofrecieron tres a la los perros, que se veían salvajes y sanos, mientras los llevaban hasta el reñidero. Los entrenadores les rascaban la cabeza y les masajeaban el cogote. Luego les quitaron los bozales y las traíllas, antes de alejarse.

En seguida el mastín y el pequeño pelirrojo se echaron de panza, con la mirada fija en Godiva. Gruñían, mordían el aire y retrocedían, porque aún no sabían que la osa no tenía zarpas, un arma que temían y respetaban.

El gran danés recorría a paso largo el perímetro del ruedo y la osa le arrojaba nerviosas miradas por encima de la paletilla.

– ¡Presta atención al pequeño pelirrojo! -gritó Wat en el oído de Rob.

– Parece el menos temible.

– Es de una raza excepcional, criada a partir del mastín, para matar toros en el ruedo.

Parpadeando, la osa permanecía erguida sobre sus patas traseras, con la espalda contra el poste. Godiva parecía confundida; comprendía la autentica amenaza que representaban los perros, pero era una bestia amaestrada, acostumbrada a las ataduras y a los gritos de los seres humanos, y no estaba bastante furiosa para el gusto del amo del ruedo. El hombre cogió una lanza y pinchó una de sus arrugadas tetas, haciéndole un corte en el pezón oscuro.

La osa aulló de dolor.

Estimulado, el mastín se abalanzó. Quería desgarrar la suave carne de la parte inferior de la panza, pero la osa se volvió, y los terribles dientes del perro se hundieron en su cadera izquierda. Godiva bramó y dio un manotazo Si de cachorra no le hubieran arrancado cruelmente las zarpas, el mastín habría quedado destripado, pero la garra sólo lo rozó de manera inofensiva.

El perro notó que no era el peligro que esperaba, escupió pellejo y carne, y arremetió para proseguir la faena, ahora enloquecido por el sabor de la sangre.

El pequeño pelirrojo había saltado en el aire hacia la garganta de Godiva. Sus dientes eran tan espantosos como los del mastín; su larga quijada inferior se cerró sobre la superior y el perro quedó colgado por debajo del morro de la osa, a la manera en que una fruta madura cuelga de un árbol.

Entonces el danés vio que era su turno y saltó hacia Godiva por la izquierda, trepando encima del mastín en su entusiasmo por cogerla. En una misma dentellada tajante, Godiva perdió la oreja y el ojo izquierdo; unos bocados de color carmesí volaron por los aires cuando la osa sacudió su estropeada cabeza.

El dogo se había concentrado en un gran pliegue de pellejo denso. Sus mandíbulas apretadas ejercían una presión implacable en la tráquea de la osa, que empezó a jadear en busca de aire. Ahora el mastín había descubierto su panza y la estaba desgarrando.

– ¡Una pelea mediocre! -gritó Wat, decepcionado-. Ya tienen a la Godiva golpeó su enorme pata delantera derecha sobre el lomo del mastín. El crujido de la espina del perro no se oyó a causa de los demás ruidos pero el agonizante mastín se retorció sobre la arena y la osa volvió sus colmillos hacia el gran danés.

Los asistentes rugieron de deleite.

El gran danés fue arrojado prácticamente fuera del ruedo y allí permaneció inmóvil, pues tenía la garganta rajada. Godiva dio un manotazo al ruedo, que estaba más rojo que nunca por la sangre de la osa y del mastín.

Sus tenaces quijadas se cerraron en la garganta de Godiva. La osa dobló sus miembros delanteros y apretó, triturando, mientras oscilaba de un lado a otro.

Hasta que el pequeño pelirrojo quedó exánime, no se relajaron las mandíbulas. Finalmente, la osa logró golpearlo contra el poste una y otra vez hasta que lo soltó en la arena pisoteada, como una lapa desprendida.

Godiva cayó de cuatro patas junto a los perros muertos, pero no se interesó por ellos. Agonizante y temblorosa, empezó a lamerse sus carnes vivas y sangrantes.

Flotaban los murmullos de las conversaciones mientras los espectadores pagaban o cobraban las apuestas.

– Demasiado rápido, demasiado rápido -farfulló un hombre, cerca de Rob.

– La maldita bestia aún vive y podemos divertirnos un poco más-dijo.

Un joven borracho había cogido la lanza del amo del reñidero y acosó a Godiva desde atrás, pinchándole el ano. Los hombres aplaudieron cuando la osa giró, rugiendo, pero no pudo moverse, pues estaba sujeta por las ataduras de la pata.

– ¡EI otro ojo! -gritó alguien desde el fondo de la turba-. ¡Arráncale otro ojo!

La osa volvió a incorporarse, inestable, en dos patas. El ojo sano los miraba desafiante aunque con serena presencia, y Rob recordó a la mujer que había visto en Northampton y que tenía una enfermedad consuntiva. El borracho hombre acercaba la punta de la lanza a la enorme cabeza cuando Rob cayó sobre él y se la quitó de las manos.

– ¡Ven aquí, puñetero imbécil! -gritó Barber a Rob, y corrió tras él.

– Eres una buena chica, Godiva -dijo Rob.

Apuntó y hundió la lanza en el pecho desgarrado; casi instantáneamente brotó la sangre desde un rincón del hocico contorsionado.

La muchedumbre rugió, emitiendo un gruñido semejante al de los perros cuando se habían acercado.

– Ha enloquecido y debemos asistirlo -se apresuró a decir Barber.

Rob permitió que Barber y Wat lo sacaran a rastras del foso y lo llevaran hasta el círculo de luces.

– ¿De dónde has sacado un aprendiz tan estúpido? -preguntó Wat.

– Confieso que lo ignoro.

La respiración de Barber sonaba como un fuelle. Rob notó que en los últimos tiempos su respiración era cada vez más laboriosa.

En el interior del ruedo iluminado, el amo anunciaba tranquilizadoramente que había un fuerte tejón esperando a que lo azuzaran, y las quejas se convirtieron en discordantes vítores.

Rob se alejó, mientras Barber se disculpaba con Wat.

Estaba sentado cerca del carromato, junto al fuego, cuando Barber volvió tambaleándose, abrió un frasco de licor y se bebió la mitad de un trago. Luego cayó pesadamente en su cama, al otro de la fogata, con la vista fija.

– Eres un asno.

Rob sonrió.

– Si en ese momento no hubiesen estado pagadas y cobradas las apuestas, te habrían desangrado. Y yo no les habría hecho el menor reproche.

Rob acercó la mano a la piel de oso sobre la que dormía. El pelaje estaba estropeado y pronto tendría que descartarla, pensó, acariciándola.

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