Noah Gordon - El Médico

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Esta arrebatadora novela describe la pasion de un hombre del siglo XI por vencer la enfermedad y la muerte, aliviar el dolor ajeno e impartir el don casi mistico de sanar que le ha sido otorgado. Arrastrado por esa pasion, recorrera un largo camino que le conducira, desde una Inglaterra en la que domina la brutalidad y la ignorancia, a la sensual turbulencia y el esplendor de la remota Persia, donde conocera al legendario maestro Avicena, que esta experimentando con las primeras armas de la medicina moderna.

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Siguieron su camino en silencio.

Siglos de violentas invasiones habían hecho creer a todos los ingleses que eran soldados. La ley no permitía que los esclavos llevaran armas, y los aprendices no podían permitirse ese lujo, pero cualquier otro varón exteriorizaba su condición de nacido libre por el pelo largo y por las armas que portaba.

"Claro que un hombre pequeño con un arma puede matar fácilmente a un joven corpulento sin ella”, se dijo Barber.

– Tienes que saber manejar las armas cuando te llegue el momento empuñarlas -decidió-. Esa es una parte de tu instrucción que hemos descuidado. Por tanto, comenzaré a adiestrarte en el uso de la espada y la daga

Rob sonrió de oreja a oreja.

– Gracias, Barber.

En un claro, se pusieron frente a frente, y Barber sacó la daga del cinto.

– No debes empuñarla como un niño que quiere apuñalar hormigas. Equilibra la hoja en la palma hacia arriba, como si tuvieras la intención de hacer malabarismos. Los cuatro dedos se cierran alrededor del mango. El pulgar puede quedar plano a lo largo del mango o cubrir los dedos, dependiendo de la trayectoria que se imprima a la hoja. La peor y de la que más hay que protegerse, es la que va de abajo arriba.

"El luchador con cuchillo dobla las rodillas y se mueve ligeramente sobre sus pies, listo para saltar hacia adelante o hacia atrás. Listo para zigzaguear con el fin de evitar la puñalada del agresor. Listo para matar, pues este instrumento se usa para el cuerpo a cuerpo y el trabajo sucio. El metal con que está hecho es tan bueno como el de un escalpelo. Una vez que te has entregado a cualquiera de los dos, debes cortar como si de ellos dependiera la vida, que es lo que suele suceder.

Devolvió la daga a su vaina y entregó su espada a Rob, quien la sopesó, sosteniéndola delante de el.

– Romanus sum -dijo en voz muy baja.

Barber sonrió.

– No, no eres un puñetero romano. Al menos con esta espada inglesa. La romana era corta y puntiaguda, con dos bordes de acero afilados. A ellos les gustaba pelear de cerca, y a veces la usaban como una daga. Pero esto es un sable, Rob J., más largo y más pesado. La mejor de las armas, que mantiene a nuestro enemigo a distancia. Es una cuchilla, un hacha que corta seres humanos en lugar de árboles.

Recuperó la espada y se alejó de Rob. Sujetándola con ambas manos, pero mientras la hoja destellaba y relumbraba en amplios círculos mortales, al acuchillar la luz del sol.

De improviso se detuvo y se inclinó sobre el sable, sin aliento.

– Prueba tú -le dijo, y le entregó el arma.

Escaso consuelo fue para Barber advertir cuán fácilmente su aprendiz empuñaba el pesado sable con una mano. "Es el arma de un hombre fuerte -pensó con cierta envidia-, más eficaz cuando se la usa con la agilidad de juventud.”

A imitación de Barber, Rob la esgrimió y empezó a dar vueltas por el pequeño claro. La hoja silbaba a través del aire, y un ronco grito ajeno a su voluntad salió de su garganta. Barber lo observaba, más que vagamente perturbado, mientras barría a una invisible hueste a cintarazos.

La siguiente lección tuvo lugar varias noches más tarde, en una abarrotada y bulliciosa taberna de Fulford. Unos traficantes de ganado ingleses, de una caravana de caballos que iba hacia el norte, se encontraron allí con los boyeros daneses de una caravana que viajaba al sur. Ambos grupos pasarían la noche en el lugar; ahora bebían copiosamente y se observaban entre sí como manadas de perros de riña.

Rob estaba con Barber, bebiendo sidra, y no se sentía incomodo. No era una situación nueva, y sabían lo suficiente como para no dejarse llevar por el espíritu combativo.

Uno de los daneses salió a aliviar la vejiga. Al volver, acarreaba un cochinillo chillón bajo el brazo, y una cuerda. Ató un extremo de la cuerda al cuello del lechón y el otro a una estaca hincada en el centro de la taberna. A continuación golpeó la mesa con una jarra.

– ¿Quién es lo bastante hombre para jugar conmigo al cerdo atascado? -gritó en dirección a los boyeros ingleses.

– ¡Ah, Vitus! -gritó, alentador, uno de sus compañeros, y comenzó a golpear su mesa, a lo que se unieron rápidamente todos sus amigos.

Los ingleses escucharon ceñudos el martilleo y las pullas; después, uno de ellos se encaminó a la estaca y movió la cabeza afirmativamente.

Media docena de los parroquianos más prudentes de la taberna tragaron sus bebidas y abandonaron el local.

Rob había empezado a incorporarse, siguiendo la costumbre de Barber de alejarse de cualquier sitio antes de que hubiera camorra, pero se sorprendió cuando su amo le apoyó una mano en el brazo para que volviera a sentarse.

– ¡Dos peniques por Dustin! -gritó un boyero inglés.

En breve los dos grupos se afanaban en apostar. Los dos hombres eran más o menos equiparables. Ambos parecían estar en la veintena. El danés era más robusto y algo más bajo, mientras que el inglés tenía el alcance de brazo más largo.

Les vendaron los ojos con trapos y los ataron a la estaca, en sitios opuestos, mediante una cuerda de tres yardas de largo que rodeaba sus tobillos

– Un momento -pidió Dustin-. ¡Otro trago!

Sus amigos lo aclamaron, y cada uno de ellos le llevó un vaso de hidromiel, que él se echó rápidamente al coleto.

Los hombres con los ojos vendados desenvainaron sus dagas.

El cerdo, al que habían mantenido en ángulo recto con respecto a ambos, fue depositado en el suelo. Inmediatamente, el animal intentó huir pero, atado como estaba, sólo pudo correr en círculo.

– ¡Dustin, el muy cabrón se acerca! -gritó alguien.

El inglés se preparó y esperó, pero el sonido de las pisadas del cerdo quedó ahogado por los gritos de los hombres, y pasó delante de él sin que se diera cuenta.

– ¡Ahora, Vitus! -gritó un danés.

Aterrorizado, el lechón se dirigió hacia el boyero danés. El hombre apuñaló tres veces sin acercarse, y la bestia huyó por donde había venido, chillando.

Dustin logró diferenciar los ruidos y se acercó al cochinillo por una dirección mientras Vitus se cerraba desde la otra.

El danés atacó al cerdo y Dustin resolló cuando la afilada hoja le hizo un tajo en el brazo.

– ¡Norteño mal nacido!

Apuñaló el aire en un arco, pero no llegó cerca del cerdo chillón como el otro hombre.

Ahora el animal pasó como un rayo entre los pies de Vitus. El danés se aferró a la cuerda y logró acercarlo a su puñal en ristre. La primera puñalada acertó en la pata delantera derecha y el cerdo emitió una prolongada que]a.

– ¡Lo tienes, Vitus!

– ¡Liquídalo para que mañana podamos comerlo!

El lechón era ahora un blanco excelente a causa de sus chillidos, y Dustin se abalanzó. La mano que empuñaba el arma rozó el costado del animal, con un ruido sordo la hoja se enterró hasta la empuñadura en el vientre de Vitus.

El danés se limitó a gruñir suavemente, pero dio un paso atrás, abriéndose las carnes al retroceder.

Sólo se oían en la taberna los alaridos del lechón.

– Deja la daga, Dustin; lo has mandado al otro mundo -ordenó uno de los ingleses.

Entre todos rodearon al boyero, le arrancaron la venda de los ojos y le cortaron las ataduras.

Mudos, los boyeros daneses sacaron a su amigo antes de que los sajones reaccionaran o alguien llamara a los ayudantes del magistrado. Barber suspiró.

– Vayamos a examinarlo, pues como cirujanos barberos que somos debemos prestarle auxilio.

Pero era evidente que no podían hacer mucho por él. Vitus yacía de espaldas, como si estuviera roto, con los ojos muy abiertos y la cara gris. En la herida abierta de su vientre rasgado vieron que tenía las entrañas partidas en dos. Barber cogió a Rob del brazo y lo forzó a ponerse en cuclillas a lado

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