Noah Gordon - El Médico

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Esta arrebatadora novela describe la pasion de un hombre del siglo XI por vencer la enfermedad y la muerte, aliviar el dolor ajeno e impartir el don casi mistico de sanar que le ha sido otorgado. Arrastrado por esa pasion, recorrera un largo camino que le conducira, desde una Inglaterra en la que domina la brutalidad y la ignorancia, a la sensual turbulencia y el esplendor de la remota Persia, donde conocera al legendario maestro Avicena, que esta experimentando con las primeras armas de la medicina moderna.

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Barber suspiró.

– Esa es la autentica maravilla que opera de señuelo en el caso del hombre.

Rob se incorporó y fue hasta el carromato. Al volver llevaba en la mano un cuadrado liso de pino en el que había dibujado en tinta el rostro de una muchacha. Se puso en cuclillas junto a Barber y le dio la tabla.

– ¿La reconoces?

Barber estudió el dibujo.

– Es la chica de la semana pasada, la muñequita de Fairt Ives.

Rob recuperó el dibujo y lo observó, complacido.

– ¿Por qué le pusiste esa marca tan fea en la mejilla?

– Porque la tenía.

Barber asintió.

– La recuerdo. Pero con tu pluma y tu tinta estás en condiciones de embellecer la realidad. ¿Por qué no permites que se vea a sí misma más favorablemente de lo que la ve el mundo?

Rob frunció el ceño, preocupado sin saber por qué. Volvió a estudiar el parecido.

– De cualquier manera, no lo ha visto, pues lo dibujé después de dejarla.

– Pero podrías haber hecho el dibujo en su presencia. -Rob se encogió de hombros y sonrió. Barber se levantó, plenamente despierto-. Ha llegado el momento de que demos un uso práctico a tu habilidad.

A la mañana siguiente, fueron a ver a un leñador y le pidieron que aserrara rodajas del tronco de un pino. Los cortes de madera resultaron decepcionantes: demasiado ásperos para dibujar con pluma y tinta. Pero las rodajas de una joven haya eran lisas y duras, y el leñador cortó de buena gana un árbol de tamaño mediano a cambio de una moneda.

A continuación del espectáculo de aquella tarde, Barber anunció que su compañero dibujaría gratuitamente retratos de media docena de residentes de Chipping Norton.

Se produjo un bullicioso alud. Alrededor de Rob se reunió una multitud para observar, con curiosidad, cómo mezclaba la tinta. Pero hacía tiempo que dominaba el arte de la representación, y estaba habituado al escrutinio. Dibujó un rostro en cada uno de los seis discos de madera: una anciana, dos jóvenes, un par de lecheras que olían a vaca, y un hombre con un lobanillo en la nariz.

La mujer tenía los ojos hundidos y la boca desdentada, con los labios arrugados. Uno de los jóvenes era regordete y carirredondo, de modo que fue lo mismo que dibujarle rasgos a una calabaza. El otro era delgado y moreno, con ojos siniestros. Las lecheras eran hermanas y se parecían tanto que el desafío consistió en tratar de captar las sutiles diferencias; allí Rob fracasó porque podrían haber intercambiado sus retratos sin que se notara. De lo seis dibujos, sólo se sintió satisfecho con el último. El hombre era casi viejo. Sus ojos y todos los surcos de su cara estaban inundados de melancolía. Si saber cómo, Rob logró plasmar toda su tristeza. Dibujó el lobanillo sin la menor vacilación. Barber no protestó, pues todos los modelos estaban visiblemente contentos y se oyeron sostenidos aplausos de los mirones.

– ¡Comprad seis frascos y tendréis gratis, amigos míos, un retrato similar! -vociferó Barber, sosteniendo en alto la Panacea Universal y emprendiendo su habitual discurso.

En breve se formó una cola delante de Rob, que dibujaba concentradamente, y una cola más larga aún delante de la tarima, en la que permaneció Barber vendiendo su medicina.

Desde que el rey Canuto había liberalizado las leyes de caza, empezaron a aparecer venados en los puestos de carne. En la plaza del mercado de Adreth, Barber compró un buen cuarto trasero. Lo frotó con ajo silvestre e hizo tajos profundos que rellenó con pequeños cuadrados de grasa de cerdo y cebolla, lardeando sabrosamente el exterior con mantequilla dulce; mientras se asaba, roció constantemente la pieza con una mezcla de miel, mostaza y cerveza negra.

Rob comió vorazmente, pero Barber dio cuenta de casi todo el cuarto pero acompañado con una prodigiosa cantidad de puré de nabos y una pieza de pan fresco.

– Un poco más, quizá. Para conservar las fuerzas -dijo, sonriente.

Desde que Rob lo conocía, había engordado notablemente… sus buenas piedras, pensó Rob. Las carnes surcaban su cuello, sus antebrazos eran como jamones y su barriga navegaba delante de él, como una vela suelta en vendaval. Y su sed era tan portentosa como su apetito.

Dos días después de dejar Aldreth llegaron al pueblo de Ramsey, donde en la taberna Barber consiguió la atención del propietario tragando en silencio 2 jarros llenos de cerveza antes de imitar el sonido de un trueno con un acto y pasar a la cuestión inmediata.

– Estamos buscando a una mujer de nombre Della Hargreaves. -El hombre se encogió de hombros y meneó la cabeza-. Hargreaves era el apellido de su marido. Es viuda. Vino hace cuatro años para quedarse con su hermano. No conozco el nombre de este, pero le ruego que reflexione, pues es una población pequeña.

Barber pidió más cerveza, para estimularlo. El dueño de la taberna puso ojos en blanco.

– Oswald Sweeter -susurró su mujer mientras servía la bebida.

– ¡Ah! Entonces es la hermana de Sweeter -concluyó el hombre, al tiempo que aceptaba el dinero de Barber.

Oswald Sweeter era el herrero de Ramsey, tan corpulento como Barber, puro músculo. Los escuchó algo cejijunto y luego habló, como si lo hiciera de mala gana.

– ¿Della? La recogí -dijo-. De mi propia sangre. -con unas tenazas blandió una rama de cerezo en las ascuas incandescentes-. Mi mujer la llenó de bondades, pero Della tiene talento para no trabajar. No se llevaban. Antes de medio año, Della nos abandonó.

– Para ir ¿adónde? -preguntó Rob.

– A Bath.

– ¿Y qué hace en Bath?

.-Lo mismo que aquí antes de que la echáramos -dijo Sweeter en voz baja- Se largó con un hombre, escabulléndose como una rata.

– Fue vecina nuestra durante años en Londres, donde siempre se la consideró una mujer respetable -se sintió obligado a decir Rob, aunque nunca le había caído bien.

– Así será, mozalbete, pero hoy mi hermana es una tunanta que prefiere revolcarse con cualquiera antes que trabajar para ganarse el pan. Búscala en el barrio de las putas.

Sacando una barra al rojo vivo de las ascuas, Sweeter terminó la conversación a martillazos, de modo que una desenfrenada lluvia de chispas siguió a Rob y a Barber hasta la puerta.

Llovió una semana seguida mientras se abrían camino costa arriba. Una mañana salieron a rastras de sus húmedas camas bajo el carromato, y descubrieron un día tan suave y glorioso que olvidaron todo salvo su buena fortuna de ser libres y bienaventurados.

– ¡Demos un paseo por el mundo inocente! -gritó Barber, y Rob supo exactamente qué quería decir, pues a pesar de la terrible urgencia de encontrar a sus hermanos, era joven, sano y cargado de energías en aquel día esplendoroso.

Entre toques del cuerno cantaban exuberantes himnos y tonadas maliciosas, una señal de su presencia más audible que cualquier otra. Rodaba despacio por un sendero arbolado que les proporcionaba alternativamente la cálida luz del sol y la fresca sombra, con mil distintos tonos de verde.

– ¿Qué más puedes pedir? -dijo Barber.

– Armas -respondió Rob al instante.

A Barber se le borró la sonrisa.

– No pienso comprarte armas -dijo con tono cortante.

– No necesariamente una espada. Pero me parece sensato llevar una daga, pues en cualquier momento pueden atacarnos.

– Cualquier salteador de caminos lo pensaría dos veces antes de asaltarnos, porque somos dos hombres fornidos.

– Es a causa de mi estatura, precisamente. Cuando entro en una taberna los hombres más menudos que yo me miran y piensan: "Es grandote, pero de una estocada se le pueden parar los pies”, y se llevan la mano a la empuñadura de sus armas.

– Y después se dan cuenta de que vas desarmado y comprenden que eres un cachorro que no ha llegado a mastín a pesar de su tamaño. Entonces se sienten muy tontos y te dejan en paz. Con un puñal en el cinto, morirías en quince días.

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