– Mujeres holandesas -observé-. No hay mujeres judías dedicadas a eso.
– No -asintió ella-, pero estamos en un país nuevo, en una época diferente. Para Miguel, para el mundo, para ti, Benjamín, yo he sido prácticamente invisible por el hecho de ser una mujer. Pero ahora él se ha ido y no hay nadie que pueda oscurecer la visión que tengas de mí. Tal vez descubras que soy una mujer diferente de como me has visto toda tu vida.
– Tal vez sí -dije, devolviéndole su sonrisa.
– ¿Han hablado contigo el señor Franco y tu amigo Gordon?
– Lo han hecho, sí.
– Excelente -dijo, y asintió pensativa, como si completara su idea en la intimidad de su espíritu-. ¿Te parece que podrás cumplir con tu deber? ¿Volver a visitar a ese hombre, a ese tal Cobb, y actuar como te pide para poder averiguar qué es y qué se propone?
– No sé si podré -respondí-. No sé si podré contener mi ira.
– Debes hacerlo -dijo con voz serena-. No basta con causarle algún daño. Tienes que hacer más, y para eso es preciso que domines tu ira y la apartes de ti. Que la guardes en un armario y cierres la puerta.
– Para soltarla cuando llegue el momento -dije.
– Sí -asintió-. Pero solo cuando llegue el momento oportuno. -Se inclinó hacia mí y me besó en la mejilla-. Hoy has sido un buen sobrino, mío y de Miguel. Mañana debes ser un buen hombre. Ese Jerome Cobb destruyó a tu tío. Necesito que tú lo destruyas a él por lo que ha hecho.
Debería haber pasado otra noche insomne, pero el agotamiento que se había apoderado de mí era tal que podía sentirlo como una verdadera carga. Aunque, de alguna manera, a medida que avanzaban las horas, pasé más allá del dolor, la tristeza y la ira para alcanzar una especie de insensible objetividad. Sabía que despertaría por la mañana y que mi vida debería continuar prácticamente igual que antes. Que volvería a Craven House, que tendría que hablar nuevamente con Cobb y que tendría que seguir obedeciendo sus órdenes y trabajando en su contra.
Por eso, a la mañana siguiente me preparé para llevar a cabo todo aquello. El sueño había devuelto algo de vida a mi tristeza, pero pensaba también en mi tía, en su fortaleza y en su férrea determinación para salir de la sombra de mi tío. Decía que se ocuparía del negocio, y parecía tan deseosa de ocuparse de mí y de ofrecerme su consejo como había hecho mi tío Miguel. Por mi parte, no podía hacer otra cosa más que descubrirme ante su fortaleza y tratar de emularla.
En consecuencia, me lavé en mi jofaina, me vestí y me dirigí a la casa de Cobb, adonde llegué poco después de que el reloj hubiera dado las siete. Ignoraba si lo encontraría o no despierto, pero siempre podría encontrar su dormitorio y despertarlo personalmente, si era necesario. Edgar salió a la puerta para responder a mi llamada, deferente y distante esta vez. No quería mirarme a los ojos, comprendiendo quizá que ese día, en la presente ocasión, no debía oponerme resistencia.
– El señor Cobb aguarda vuestra visita. Está en la salita -me dijo.
Allí lo encontré, en efecto. Al entrar yo, se puso de pie y me estrechó la mano como si fuéramos viejos amigos. Ciertamente, a juzgar por la expresión de su rostro, cualquiera que no estuviese al corriente de la situación hubiera podido pensar que era su familia la que había sufrido una desgraciada pérdida, y yo, un mero visitante que acudía a ofrecerle mis condolencias.
– Señor Weaver -empezó con voz trémula-, permitidme que os exprese la pena que he sentido al enterarme de la muerte de vuestro tío. Es una verdadera tragedia, aunque ya se sabe que la pleuresía es una dolencia muy grave contra la que un médico puede hacer poca cosa.
Emitió algunos sonidos más, palabras iniciadas tan solo, creo, pero que, en definitiva, no llegó a pronunciar. Me pareció comprender su esfuerzo: quería expresar la idea de que mi tío había muerto por su enfermedad, no por la aflicción que le hubieran causado sus deudas. Pero tenia que darse cuenta también de que el mero hecho de hacer esa observación iba a enfurecerme, por lo cual no se atrevía a hablar.
– Veo que estáis tratando de evitar vuestra responsabilidad -dije.
– Solo pretendo deciros que nada… -Cortó aquí su frase, sin duda porque no sabía cómo continuar.
– Os diré lo que he pensado yo, señor Cobb… He pensado deciros que os fuerais al diablo, y permitir que se dieran las consecuencias que fuesen. He pensado mataros, señor, lo que pienso que me libraría de cualquier obligación hacia vos…
– Debéis saber que ya he tomado medidas por si acaso me sucediera algo…
Levanté la mano pidiendo silencio.
– No he elegido esa opción. Solo os pediré que libréis a mi tía de las cargas que habéis hecho sufrir a mi difunto tío. Si canceláis esas deudas, le devolvéis las mercancías de mi tío que tenéis retenidas y no obligáis a esa dama, en estas dolorosas circunstancias, a responder a las demandas de acreedores rapaces, las cosas podrán continuar como antes.
Él guardó silencio unos momentos. Al final, concedió:
– No puedo hacer lo que me pedís -dijo-, pero sí paralizar las cosas, señor. Puedo retrasar las reclamaciones de pagos y asegurarme de que los acreedores no la molesten hasta, por ejemplo, que haya pasado la asamblea de accionistas. Si cuando llegue ese momento estamos satisfechos de vuestro trabajo, liberaré a esa dama, y solo a ella, de todos estos agobios. Si no, no podrá haber ninguna apelación a la indulgencia.
Era, en realidad, un arreglo mejor de lo que yo había previsto, así que presté mi conformidad.
– Y ahora que estáis aquí -dijo Cobb-, ¿tenéis que darme alguna información nueva? ¿Algún progreso que hayáis hecho?
– No tentéis la suerte, señor -dije, y me despedí al punto.
Ya en Craven House, los hombres con quienes trabajaba, incluido el señor Ellershaw, se mostraron corteses y deferentes al verme pero, como suele ocurrir en lugares así, pronto olvidaron mi pesar y, para el final de la jornada, las cosas habían vuelto a ser casi igual que antes. Tuve ocasión de pasar varias veces durante el día por donde estaba Aadil, y él me dedicó gruñendo sus habituales comentarios hoscos, a los que respondí también como solía replicarle normalmente. Tenía motivos para creer que yo no sospechaba de él en cuanto al robo de mis notas, y no vi ninguna necesidad de cederle esta que tal vez era la única ventaja que tenía y sobre él. En realidad, no tardé mucho en restaurar mis habituales recelos hacia él y en verlo de la misma manera a como lo veía antes de la carrera de faetones.
Había, sin embargo, una diferencia porque Aadil me recordaba constantemente las muchas dificultades a que me enfrentaba, las responsabilidades que me tenían agobiado, y eso me espoleaba para olvidar mi malestar y pasar a la acción. En algunos momentos de soledad podía lamentar la muerte de mi tío, pero tenía demasiado que hacer al servicio de los que vivían, y el recuerdo de la fortaleza y determinación de mi tía me impulsaba a seguir.
Hacia el final del día, me las arreglé para buscar una excusa que me permitiera pasar por el despacho del señor Blackburn. Tenía gran curiosidad por saber si recordaba algo de las informaciones que me había dado y si creía tener motivos para temer el uso que pudiera hacer de ellas. Para mi gran sorpresa, no lo encontré trabajando, sino ocupado en reunir sus efectos personales y ordenar sus cosas.
– Señor Blackburn -lo llamé para atraer su atención-. ¿Qué está ocurriendo aquí?
– Ocurre -respondió con la voz alterada- que me han despedido. Tras tantos años de servir fielmente a la Compañía, han decidido prescindir de mí.
– Pero… ¿por qué motivo?
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