Sin embargo, si lo dejaba marchar, era posible que no volviera a tenerlo a mi alcance y, si me prendieran y me ahorcaran por su crimen, el recuerdo de este momento me amargaría mis últimos días en este mundo.
Aflojé el brazo con que lo sujetaba.
– Vete -dije en voz baja, poco más que en un susurro-. Ve y dile a tu amo qué has hecho en su nombre. Y dile que voy a por él.
– ¿Y tú quién eres? -preguntó Greenbill con voz rasposa-. ¿Un agente de Melbury o del Pretendiente… o de ambos? Si he de decírselo, tendré que saber de qué hablo.
– Puedes decirle que tendrá que enfrentarse a la justicia muy pronto. No puede esconderse de mí… de nosotros -añadí, no fuera que entendiera mis palabras demasiado bien.
Lo solté y retrocedí unos pasos, para dejar que se incorporara. El brazo con el que le había martirizado colgaba flácido a un lado, pero utilizó el otro para apoyarse en la porquería y ponerse derecho. Una vez en pie, utilizó su mano buena para desatar la venda de los ojos y se esfumó. Lo observé mientras se iba y sentí una considerable tristeza. Antes de conocer todos los hechos tenía la esperanza de hacer algún extraordinario descubrimiento que me permitiera clarificar mi situación y dar una orientación clara y definitiva a mi camino. En cambio, me había encontrado todo lo contrario: órdenes ambiguas y actos cobardes. No sabía por dónde seguir.
La noche siguiente, el viernes, me preparé para corresponder a la invitación de Melbury. Con cierta ironía se me ocurrió que, de no ser un criminal buscado por la justicia, seguramente aquella noche habría acudido a casa de mis tíos a celebrar el sabbat hebreo. Y en cambio, iba a cenar con una mujer que había sido su nuera y que ahora era miembro de la Iglesia anglicana.
Me vestí con el mejor de los trajes que el señor Swan había confeccionado para mí y fui a casa de Melbury; llegué a la hora exacta a la que se me había invitado. Sin embargo, Melbury estaba ocupado y tuve que esperar en la salita de recibir. Llevaba apenas unos minutos allí cuando Melbury salió acompañado de un caballero de más edad ataviado con los colores eclesiásticos. Este individuo caminaba con grandes dificultades, ayudándose de un bastón, y parecía tener una salud muy frágil.
El señor Melbury me sonrió y me presentó enseguida a su invitado, que no era otro que el famoso Francis Atterbury, obispo de Rochester. Incluso yo, que me interesaba por la Iglesia anglicana tanto como por la sodomía en Italia, había oído hablar de tamaña lumbrera, uno de los más elocuentes defensores de la restauración de los antiguos privilegios y el poder de la Iglesia. Sabiendo, pues, quién era, me sentí algo incómodo, pues poco sabía de las formas que corresponden a tan augusto personaje. Me limité a hacer una reverencia y musité algo sobre el honor de conocer a su excelencia. El obispo contestó con una sonrisa forzada y correspondió a mis amables palabras con cierto escepticismo, antes de abandonar la habitación cojeando.
– Me alegra volver a veros -dijo Melbury. Me pasó un vaso de clarete sin preguntarme si quería-. Olvidaos del aspecto taciturno de su excelencia. Padece grandes dolores por causa de la gota y, como sabéis, su mujer ha muerto recientemente.
– No lo sabía, y lamento oírlo. Es un gran hombre -añadí, pues sabía que en general tal era la opinión de los tories.
– Sí, espero que esté de mejor humor para la cena, pues su conversación es muy entretenida cuando está animado. Bueno, nosotros dos tenemos ciertos asuntos que tratar antes de reunirnos con los otros invitados. He leído con interés vuestra aventura. El incidente en el centro electoral nos ha reportado no pocos votos, señor. Ahora se os conoce como el comerciante de tabaco tory, y sois el símbolo viviente de las diferencias entre nuestros dos partidos. Vuestra acción en defensa de la hermana de Dogmill se ha hecho famosa y, aunque defendisteis a una colaboradora de los whigs, habéis beneficiado mucho a vuestro partido. -Hizo una pausa para recobrar el aliento-. Sin embargo, he estado pensando en este asunto, y no acabo de entender qué hacíais buscando votos para Hertcomb.
– No participé realmente en esa actividad -expliqué, sintiéndome como un escolar que ha sido descubierto en alguna infracción absurda-. Me limité a acompañarlos. Después de todo, soy amigo de la señorita Dogmill.
– En política no existen los amigos -me dijo Melbury-. No fuera del propio partido, y desde luego no en época de elecciones.
No debería haberle enseñado los dientes, pero empezaba a cansarme de que me tratara como si yo viviera exclusivamente a su servicio. Haberme visto obligado a aflojar mi bolsa con el recaudador de deudas me había alterado no poco. Y, me dije a mí mismo, nadie salvo un adulador hubiera dejado de manifestar su indignación ante semejante abuso.
– Tal vez no pueda haber amigos en política -dije con suavidad-. Pero os recuerdo que yo no me presento para los Comunes y puedo tener amistad con quien me plazca.
– Por supuesto -concedió Melbury afablemente, temiendo quizá haberse excedido-. Es solo que no querría veros sucumbir ante las artimañas del enemigo, incluso si utiliza a una bella hermana para lograrlo.
– ¿Cómo? -exclamé-. ¿Estáis insinuando que el interés de la señorita Dogmill por mi compañía solo es para servir a su hermano?
Melbury volvió a reír.
– Bueno, desde luego. ¿Qué pensabais? ¿Hay alguna otra razón para que de pronto se acerque a un enemigo tory de su hermano en época de elecciones? Vamos, señor. Sin duda sabéis que la señorita Dogmill es una bella mujer con una bella fortuna. En la ciudad hay un gran número de hombres que desearían haber conseguido lo que a vos se os ha dado sin más. ¿Creéis que no hay ninguna razón para vuestro éxito?
– Creo que hay una razón, sí -dije algo acalorado, aunque no hubiera podido justificar mi reacción. Solo sabía que, por muy absurdo que parezca, me ofendió que Matthew Evans hubiera sido insultado-. La razón es que a esa dama le gusto.
Creo que Melbury pensó que había llevado el asunto demasiado lejos, pues me puso una mano en el hombro y rió con gesto cordial.
– ¿Y por qué no? Solo digo que debéis tener cuidado, señor, no sea que el señor Dogmill trate de utilizar el aprecio que profesáis por su hermana para su provecho.
No era eso lo que había insinuado, pero no tenía sentido que insistiera, así que dejé que se replegara sin acosarlo.
– Sé perfectamente cómo es Dogmill. Y ciertamente tendré cuidado con él.
– Muy bien. -Melbury volvió a llenar su vaso, y bebió la mitad de un trago-. Os he pedido que vinierais esta noche, señor Evans, porque hablando con algunos de los hombres más importantes del partido me ha parecido entender que ninguno de ellos tiene trato con vos. Sé que acabáis de llegar a Londres, así que he pensado que esta cena sería una buena ocasión para que conocierais a ciertas personas de relevancia.
– Sois muy amable -le aseguré.
– Nadie lo negaría. Sin embargo, me gustaría pediros algo a cambio. Cuando nos conocimos, me hicisteis ciertos comentarios en relación a los hombres que trabajan en los muelles y su vinculación con el señor Dogmill. Tal vez no fui muy prudente al desdeñar vuestras palabras, pues entiendo que estos estibadores se han convertido en una fuente de disturbios contra nuestra causa. Pero veréis que ahora sí estoy dispuesto a escucharos.
Era muy generoso que se ofreciera a escucharme, pero yo no tenía ni idea de qué decir. Uno de los inconvenientes de mi personaje era que con frecuencia tenía que inventar información en el momento, y me resultaba difícil no confundirme con tantas mentiras en mi cabeza.
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