David Liss - La Conjura

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Una vez más, el aclamado autor David Liss combina su conocimiento de la historia con la intriga, atractivas caracterizaciones y un cautivador sentido de la ironía, que le permite sumergir al lector en una vivida recreación del Londres de la época y componer un colorido tapiz de las intrigas políticas, los contrastes sociales y la picaresca reinante.
«Los lectores de El mercader de café, y los amantes de la novela histórica y de intriga disfrutarán con la fascinante ambientación, los irónicos diálogos y la picaresca de un héroe inolvidable.»
Benjamin Weaver, judío de extracción humilde, ex boxeador y cazarrecompensas, es acusado injustamente de haber cometido un asesinato, y que se convertirá en un improvisado detective con imaginativos recursos. Conforme avance en su investigación, comenzará a emerger el turbio mundo portuario, la corrupción política y la sed de poder.

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Sin embargo, a pesar de mi determinación, no estaba del todo convencido de que pudiera descubrir gran cosa yendo a aquella taberna. Ya sabía que Dogmill sobornaba a los funcionarios de aduanas. Todo el mundo lo sabía, y no le importaba. Entonces, ¿qué podía descubrir? Podía descubrir la identidad de la persona que pagaba a los funcionarios de aduanas, que muy bien podía ser la mano derecha de Dogmill, el tipo que ejecutaba las órdenes violentas. Tenía la débil esperanza de descubrir esa misma noche la identidad del hombre que había matado físicamente a Yate.

Me instalé en un rincón oscuro y pedí una jarra de cerveza, intentando llamar la atención lo menos posible. Fue sencillo, pues los guardias estaban ocupados con sus cosas.

Empezaron a llegar a las ocho, como se les había pedido. Era evidente que los utilizaban; aquel era un ardid en el que se hacía caer con frecuencia a los trabajadores. Los sueldos rara vez llegaban a las ocho como les habían prometido, sino a las once, así que mientras esperaban no podían hacer más que comer y beber. Por este favor, el pagador recibía una recompensa del tabernero.

Después de casi dos horas, empecé a impacientarme y hasta consideré la posibilidad de abandonar mi posición, pero mi paciencia iba a ser recompensada. Unos minutos después de las diez, llegó un hombre que fue recibido entre vítores por los de aduanas. Bebieron una jarra entera en su honor, y cuando hubo repartido los salarios, otra más. Hasta le llevaron una bebida y lo trataron como si fuera un rey y no un simple subordinado que hacía un servicio a su señor.

Era Greenbill Billy. El cabecilla del grupo de trabajadores estaba al servicio del mismo hombre a quien decía oponerse.

Mi encuentro anterior con Greenbill empezaba a tener sentido. Me había preguntado qué sabía de la implicación de Dogmill, no porque necesitara la información, sino para ver qué sabía realmente. Me había animado a vengarme de Dogmill, no porque deseara que lo hiciera, sino para poder informar a su amo de mis intenciones.

Lo observé entre los oficiales de aduanas. Tuvo el detalle de dejar que lo invitaran a unas rondas, pero después quiso marcharse enseguida. Se ladeó la gorra y les deseó buenas noches. Yo no perdí el tiempo y salí tras él. Para mi alivio, no tomó un carruaje; pareció que prefería caminar. Podía haberlo seguido para saber adónde iba, y luego según me conviniera. Pero ya había esperado demasiado. No pensaba esperar más.

Cuando Greenbill pasó delante de un callejón, eché a correr y lo golpeé con fuerza en la nuca con las dos manos cruzadas. Reconozco que confié un poco en la suerte. Esperaba que cayera de bruces y no pudiera verme; esta vez los dados me favorecieron. Greenbill cayó sobre los desperdicios del callejón -el contenido de orinales, pedazos de perros muertos roídos por ratas hambrientas, corazones de manzanas y conchas de ostras- y lo empujé contra el suelo con fuerza, haciendo que su cabeza se hundiera en la tierra blanda. Desesperado por mantener mi anonimato, le arranqué la lazada del cuello y se la puse a modo de venda sobre los ojos. Ayudándome con la rodilla para sujetarle los brazos, le até la venda con fuerza y entonces le di la vuelta para sacarle la cara del cieno.

– Parecías muy satisfecho en esa taberna, con los guardias de aduanas -comenté con acento irlandés. Con ello pretendía proteger mi identidad y hacerle creer que el atacante era un agente jacobita-. No pareces igual de satisfecho ahora, ¿eh, amigo?

– Quizá no -dijo-, pero en la taberna no tenía los ojos vendados ni estaba bañándome en mierda. Es difícil sentirse uno satisfecho cuando tienes eso en tu contra.

– Tú nadas en cosas mucho peores que la mierda, amigo, he estado observándote, y conozco tu secreto.

– ¿Y cuál es ese secreto? Tengo tantos que dudo que los hayas descubierto todos.

– Que estás al servicio de Dennis Dogmill. Creo que esa revelación podría arruinar tu reputación entre los estibadores.

– Y lo haría, hombre de la lluvia -reconoció-, pero al menos Dennis Dogmill tendría que darme un puesto más digno. Crees que me asustas diciéndome eso, pero me estarías haciendo un favor. Así que venga, pórtate todo lo mal que puedas, irlandés. Ya veremos quién sale ganando y quién acaba con un miserable plato de avena hervida.

En un movimiento que había aprendido en algunas de mis actuaciones menos honorables como luchador, le di la vuelta, le agarré el brazo y se lo doblé con fuerza a la espalda, hasta que aulló de forma lastimera.

– Son los escoceses los que comen avena -le dije-, no los irlandeses. Y lo de portarme mal, bueno, retorcerte el brazo no es ni remotamente tan malo como lo que tenía pensado. Así que, ahora que ves que no estoy de humor para tonterías, a lo mejor te apetece contestarme unas preguntillas. ¿O necesitas otra demostración? -Y le retorcí más el brazo.

– ¡Qué! -gritó-. ¡Pregunta, maldito seas!

– ¿Quién mató a Walter Yate?

– ¿Tú qué crees, idiota? -gruñó-. Yo lo maté. Le pegué con una barra de metal y lo maté como se merecía.

Estaba perplejo. Llevaba tanto tiempo buscando la respuesta a aquella pregunta que no podía creer lo que acababa de oír. Una confesión. Una confesión de culpabilidad. Los dos sabíamos que no podía hacer nada con ella. Sin dos testigos, la confesión no tendría validez ante un tribunal, y eso suponiendo que pudiera encontrar a un juez honrado. Pero para mí era importante haber descubierto por fin la respuesta a aquella apremiante pregunta.

– ¿Lo hiciste por orden de Dogmill? -pregunté.

– No exactamente. Las cosas no son siempre tan claras.

– No te entiendo.

Tragó aire.

– Dogmill me dijo que me ocupara de él, y yo me ocupé de Yate. No sé si quería que lo matara o no. Ni sé si se enteró de que había muerto. Lo que sabía es que el tipo que quería que le quitara de en medio ya no estaba y eso le bastó. Dogmill es un gran comerciante, y a él le da lo mismo si los que son como nosotros nos morimos o no. Para él no somos personas, solo somos gusanos que puede pisar o apartar del camino… lo que sea. Lo único que le interesa es si lo molestamos.

– Pero mataste a Yate sin remordimientos.

– Eso lo dirás tú que sin remordimiento, pero no lo sabes seguro. Hice lo que tenía que hacer para conservar mi trabajo. Nada más. No puedo decir si hice bien o mal, yo solo sé que me renumeraron.

– ¿Y por qué Benjamin Weaver? -pregunté-. ¿Por qué Dogmill quiso culparle a él?

Si mi pregunta le hizo sospechar que estaba en las manos de Weaver, no se notó.

– Eso no puedo decírtelo. A mí también me pareció raro. Y yo no me hubiera metido con un hombre así por nada. Pero nunca se me ha ocurrido preguntarle a Dogmill. Sus misivos son suyos, así que será mejor que se los preguntes tú mismo.

– ¿Y qué hay de Arthur Groston, el vendedor de pruebas, y los hombres que testificaron en el juicio de Weaver? ¿Los mataste tú también?

– Dogmill me dijo «haz que parezca que el judío está defendiéndose», y eso es lo que hice. Nada más. No tenía nada en contra de esos tipos.

No dije nada. No se oía nada, salvo nuestra respiración, pesada y espesa en el aire de la noche. No había ninguna salida fácil para mí. No podía llevar a aquel hombre ante un juez o un guardia, pues la opción de la honradez me estaba vedada. Bien podía ser que un juez honrado investigara estos asuntos, pero era una vana esperanza. Por tanto, podía matar a Greenbill por lo que había hecho e impartir mi propia justicia o dejar que se fuera con la esperanza de encontrar una mejor ocasión para limpiar mi nombre, aun a riesgo de que él quedara impune del crimen de asesinato. Lo primero me parecía lo más satisfactorio; lo último, lo más práctico.

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