Jeanne Kalogridis - El secreto de Mona Lisa

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La apasionante vida de la mujer que inspiró La Gioconda, en una intrigante trama llena de amor, traición y luchas de poder. La joven y hermosa Lisa di Gherardini es conducida por su padre al palacio Médici, donde la espera Lorenzo el Magnífico. Allí conoce a Leonardo da Vinci, con quien mantendrá una relación muy especial, y a Giuliano, el hijo menor de Lorenzo, de quien se enamorará perdidamente. Lisa y Giuliano se casan en secreto, pero al poco tiempo estalla una rebelión contra los Médici y Lisa da a su marido por muerto. Comienza una época turbulenta marcada por el terror religioso. La joven florentina tendrá que tomar partido en la contienda.

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Ya había sido muy duro para Lorenzo perder a su padre y verse forzado a asumir el poder cuando era muy joven. Era verdad que tenía talento para ejercerlo, pero Juliano podía ver el desgaste. Después de nueve años, el esfuerzo era evidente. Las arrugas surcaban su frente; las bolsas debajo de los ojos eran cada vez más profundas.

Una parte de Lorenzo se regocijaba con el poder y se deleitaba aumentando la influencia de la familia. El banco de los Médicis tenía sucursales en Roma, Brujas, y la mayoría de las grandes ciudades europeas. Sin embargo, Lorenzo a veces se sentía abrumado por las exigencias de ser el gran maestro. En ocasiones, se quejaba: «No hay nadie en esta ciudad que quiera casarse sin mi bendición». Algo muy cierto. Aquella misma semana había recibido una carta de una congregación rural de Toscana que suplicaba su consejo. Los monjes habían decidido encargar la estatua de un santo; dos escultores pretendían conseguir el trabajo. ¿El gran Lorenzo tendría la amabilidad de dar su opinión? Estas misivas se amontonaban en grandes pilas todos los días; Lorenzo se levantaba con el alba y las respondía de su puño y letra. Se preocupaba por Florencia como haría un padre por un hijo tonto, y dedicaba todo el tiempo necesario a fomentar su prosperidad y los intereses de los Médicis.

Pero era muy consciente de que nadie lo quería, salvo por los favores que podía otorgar. Solo Juliano quería de verdad a su hermano, por sí mismo. Únicamente él intentaba hacer que Lorenzo olvidase sus responsabilidades; solo él podía hacerle reír. Por todo ello, Lorenzo lo quería con locura.

Eran las repercusiones de ese amor lo que más temía Juliano.

Ahora, mientras miraba a su hermano, Juliano se irguió en toda su estatura y se aclaró la garganta.

– Me voy a Roma -anunció con un tono de voz un tanto alto.

Lorenzo enarcó las cejas y alzó la mirada, pero permaneció inmóvil.

– ¿Por placer, o por algún asunto que deba saber?

– Me voy con una mujer.

Lorenzo exhaló un suspiro; su entrecejo fruncido se relajó.

– Entonces que te diviertas, y piensa en mí, que seguiré sufriendo aquí.

– Me voy con madonna Anna -manifestó Juliano.

Lorenzo levantó la cabeza bruscamente al escuchar el nombre.

– Es una broma. -Lo dijo en tono ligero, pero al mirar atentamente a su hermano, en su rostro apareció una expresión de incredulidad-. Tiene que ser una broma. -Su voz se convirtió en un susurro-. Es una locura… Juliano, ella es de buena familia. Está casada.

Juliano no se amilanó.

– La quiero. No puedo vivir sin ella. Le he pedido que venga conmigo a Roma.

Los ojos de Lorenzo se abrieron como platos; la carta se deslizó de su mano y cayó al suelo, pero no se movió para recogerla.

– Juliano… A veces nuestros corazones nos conducen por el camino equivocado. Te dejas llevar por la pasión; créeme, lo comprendo. Pero pasará. Otórgate un plazo de dos semanas para reconsiderar esta idea.

El tono paternalista de Lorenzo solo sirvió para reforzar la decisión de Juliano.

– Ya tengo el carruaje y el cochero, y he mandado un mensaje a los sirvientes de la casa romana para que la preparen. Debemos conseguir la anulación. No lo digo a la ligera. Quiero casarme con Anna. Quiero que sea la madre de mis hijos.

Lorenzo se reclinó en la silla y miró fijamente a su hermano, como si quisiera descubrir que se trataba de un impostor. Cuando se convenció de que sus palabras habían sido sinceras, Lorenzo soltó una breve y amarga carcajada.

– ¿Una anulación? ¿Una cortesía de nuestro buen amigo el papa Sixto? Preferiría vernos expulsados de Italia. -Se apartó de la mesa y se levantó para acercarse a su hermano. Su tono se suavizó-. Esto es una fantasía, Juliano. Sé que es una mujer maravillosa, pero… lleva casada algunos años. Incluso si yo pudiese conseguir la anulación, habría un gran escándalo. Florencia nunca lo aceptaría.

La mano de Lorenzo estaba a punto de tocar el hombro del joven, que se movió para apartarse del contacto conciliador.

– No me importa lo que Florencia pueda o no aceptar. Nos quedaremos en Roma, si es necesario.

Lorenzo exhaló un agudo suspiro de frustración.

– No conseguirás que Sixto te conceda la anulación. Así que abandona tus románticas ideas. Si no puedes vivir sin ella, sé su amante, pero, por amor de Dios, hazlo con la mayor discreción.

– ¿Cómo puedes hablar de ella de ese modo? -preguntó Juliano, furioso-. Conoces a Anna. Sabes que nunca consentirá el engaño. Si no puedo tenerla, no tendré a ninguna otra mujer. Ya puedes abandonar ahora mismo todos tus esfuerzos para buscarme una esposa. Si no puedo casarme con ella…

Incluso mientras hablaba, sabía que su argumentación fallaba. En los ojos de Lorenzo había aparecido un brillo peculiar -furioso, feroz, rayano en la locura-, un brillo que le hizo pensar que su hermano era capaz de ser malvado. Había visto esa mirada en los ojos de Lorenzo en contadas ocasiones, pero nunca dirigida a él, y le provocó escalofríos.

– ¿Que harás qué? ¿Te negarás a casarte? -Lorenzo sacudió la cabeza con vehemencia; su voz sonó más fuerte-. Tienes un deber, una obligación con tu familia. ¿Crees que puedes marcharte a Roma sin más y dar nuestra sangre a una camada de bastardos? ¿Mancharás nuestro nombre con una excomunión? Porque eso es lo que ocurrirá, lo sabes, ¡a los dos! Sixto no está de humor para ser generoso con nosotros.

Juliano no replicó; le ardían las mejillas y el cuello. Esperaba aquella reacción, aunque había tenido la esperanza de que fuera otra.

Lorenzo continuó; la mano que había buscado a su hermano se había convertido ahora en un dedo acusador.

– ¿Tienes alguna idea de lo que le sucederá a Anna? ¿Cómo la llamará la gente? Es una mujer decente, una buena mujer. ¿De verdad quieres arruinar su vida? Te la llevarás a Roma y te cansarás de ella. Querrás volver a tu casa en Florencia. Entonces, ¿qué le quedará a ella?

La rabia abrasó la lengua de Juliano. Quería replicar que preferiría morir antes que vivir sin amor como Lorenzo, que se había casado con una arpía, y que nunca se rebajaría a engendrar hijos con una mujer a la que despreciase. Pero permaneció callado; ya era bastante infeliz. No tenía sentido hacer sufrir también a su hermano diciéndole aquella verdad.

– Nunca harás eso -declaró Lorenzo, furioso-. Recuperarás la cordura.

Juliano lo miró largamente.

– Te quiero, Lorenzo -manifestó en voz baja-. Pero me marcho. -Se volvió y dio un paso hacia la puerta.

– Si te marchas con ella -lo amenazó Lorenzo-, ya puedes olvidar que soy tu hermano. No creas que bromeo, Juliano. No querré saber nunca más nada de ti. Márchate con ella, y no volverás a verme jamás.

Juliano miró a su hermano por encima del hombro, y de pronto tuvo miedo. Él y Lorenzo nunca bromeaban cuando discutían asuntos importantes, y ninguno de los dos era capaz de dar marcha atrás cuando tomaba una decisión.

– Por favor, no me hagas escoger.

– Tendrás que hacerlo -contestó Lorenzo con expresión severa y mirada fría.

Más tarde, Juliano esperaba en el apartamento de la planta baja hasta la hora de reunirse con Anna. Había reflexionado durante todo el día acerca de las palabras de Lorenzo sobre las consecuencias que tendría para Anna marcharse a Roma. Por primera vez, se permitió considerar cómo sería la vida de Anna si el Papa se negaba a concederles la anulación.

Conocería la desgracia y la censura; se vería obligada a renunciar a su familia, a los amigos, a su ciudad natal. Sus hijos serían llamados bastardos, y les negarían su herencia como hijos de un Médicis.

Había sido egoísta. No había pensado más que en sí mismo cuando le hizo esa propuesta a Anna. Había hablado con excesiva ligereza de la anulación, solo para convencerla de que se fuese con él. Tampoco, hasta este momento, había considerado que ella pudiese rechazarlo: la posibilidad de un desengaño era demasiado dolorosa para contemplarla.

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