Baroncelli miró por encima del hombro el rostro en sombras de su cómplice encapuchado y no dijo nada. No le gustaba el penitente ya que había introducido una nota de farisaico fervor religioso en las reuniones, algo a tal extremo contagioso que incluso el mundano Francesco había comenzado a creer que ese día se haría la voluntad de Dios.
Él sabía que Dios no tenía nada que ver con esto; era un acto nacido de los celos y la ambición.
Francesco di Pazzi siseó a su otro lado:
– ¿Qué pasa? ¿Qué ha dicho?
Baroncelli se inclinó para susurrar al oído de empleador:
– Ha preguntado dónde está Juliano.
Observó el rostro de comadreja de Francesco, que se esforzaba por disimular su expresión afligida. Baroncelli compartió su angustia. La misa no tardaría en comenzar ahora que Lorenzo y su invitado, el cardenal, ocupaban sus lugares; a menos que Juliano apareciese en unos minutos, todo el plan acabaría en un desastre. Había demasiado en juego, demasiados riesgos; demasiadas personas involucradas en la conspiración, demasiadas lenguas que podían soltarse. Incluso ahora, micer Iacopo esperaba junto con un pequeño ejército de cincuenta mercenarios perusinos la señal de la campana de la iglesia. Cuando sonase se apoderaría del palacio de gobierno y llamaría al pueblo a alzarse contra Lorenzo.
El penitente avanzó hasta casi situarse al lado de Baroncelli; luego echó hacia atrás la cabeza para mirar a la altísima y enorme cúpula, que se levantaba directamente sobre el gran altar. La capucha de arpillera se deslizó un poco y dejó a la vista su perfil. Por un instante, sus labios se separaron, y la frente y la boca se contorsionaron en una mueca de tanto odio, de tanta repulsión, que Baroncelli se apartó.
Poco a poco, se suavizó el odio en los ojos del penitente; su expresión se transformó gradualmente en otra de beatífico éxtasis, como si estuviese viendo a Dios en persona, y no el redondeado techo de mármol pulido. Francesco se dio cuenta, y observó al penitente como si fuese un oráculo a punto de manifestarse.
– Está en la cama -dijo, y recuperados sus sentidos, se ciñó la capucha cuidadosamente para ocultar de nuevo su rostro.
Francesco sujetó el codo de Baroncelli y susurró una vez más:
– ¡Debemos ir al palacio Médicis de inmediato!
Francesco, sonriente, se llevó a Baroncelli hacia la izquierda, lejos del distraído Lorenzo de Médicis y más allá del puñado de notables florentinos que formaban la primera fila de creyentes. No utilizaron la puerta norte, que era la más cercana que daba a la vía di Servi, para evitar que su salida pudiese llamar la atención de Lorenzo.
La pareja caminó por el pasillo junto al muro que recorría el impresionante largo del templo; pasaron junto a las columnas de piedra marrón que tenían la anchura de cuatro hombres, y que estaban unidas por los altos arcos blancos que enmarcaban los grandes vitrales. La expresión de Francesco fue amable al principio, mientras saludaba a sus conocidos de las primeras filas. Baroncelli, aturdido, hacía todo lo posible por murmurar un saludo a aquellos que conocía, pero Francesco le hacía avanzar con tanta rapidez que apenas conseguía respirar.
Centenares de rostros, centenares de cuerpos. Vacía, la catedral hubiese parecido increíblemente amplia; llena hasta el máximo de su capacidad en aquel quinto domingo después de Pascua, parecía pequeña, atestada, asfixiante. Cada rostro que se volvía hacia Baroncelli parecía expresar alguna sospecha.
El primer grupo de fieles ante el que pasaron lo integraban los ricos de Florencia: resplandecientes mujeres y hombres cargados de oro y joyas, brocados con ribetes de piel y terciopelo. El olor del agua de lavanda y romero se mezclaba con el más volátil y femenino aroma de esencia de rosas, pero todos se confundían con el humo y el incienso que llegaban desde el altar.
Los escarpines de terciopelo de Francesco susurraban contra el mármol; su expresión se volvió más severa en cuanto dejó atrás a la aristocracia. El aroma a lavanda se hizo más intenso cuando los dos hombres pasaron junto a las hileras de hombres y mujeres vestidos con sedas y lanas finas, embellecidas con algo de oro aquí o plata allá, incluso con el brillo de algún diamante. Francesco saludó sin sonreír a un par de socios comerciales de inferior rango. Baroncelli luchaba por respirar: la sucesión de rostros -todos ellos potenciales testigos- le provocaba un pánico cerval.
Francisco no aminoró el ritmo. Cuando pasaron junto a los artesanos y comerciantes de clase media, los herreros y los panaderos, los artistas y sus aprendices, el grato olor de las hierbas cedió paso al olor agrio del sudor, y las finas telas a las lanas y sedas más bastas.
Los pobres estaban de pie en las últimas filas; los cardadores de lana, incapaces de contener la tos, y los tintoreros, con las manos impregnadas con los tintes que usaban. Sus prendas eran poco más que harapos de lana y arrugado lino, y perfumadas con sudor y suciedad. Involuntariamente, Francesco y Baroncelli se taparon la nariz y la boca.
En cuanto cruzaron las enormes puertas abiertas, Baroncelli respiró profundamente.
– ¡No hay tiempo para la cobardía! -le espetó Francesco, y lo arrastró a la calle, entre los brazos suplicantes de los mendigos sentados en la escalinata del templo, y dejando el esbelto campanario a su izquierda.
Caminaron a través de la gran plaza y dejaron atrás el baptisterio octogonal de San Juan, empequeñecido por la catedral. La tentación de correr era grande, pero demasiado peligrosa, aunque aun así avanzaban a un paso que hacía jadear a Baroncelli a pesar de que sus piernas eran el doble de largas que las de su empleador. Después de la penumbra de la catedral, la luz del sol parecía cegadora. Era un espléndido y luminoso día de primavera, sin una sola nube en el cielo, pero así y todo a Baroncelli le parecía agorero.
Se desviaron hacia el norte para seguir por vía Larga, que algunos llamaban «la calle de los Médicis». Resultaba imposible pisar una de sus gastadas lajas y no sentir el puño de hierro de Lorenzo sobre la ciudad. La ancha calle estaba flanqueada por los palacios de sus partidarios: Michelozzo, el arquitecto de la familia; Angelo Poliziano, poeta y protegido. Más allá, fuera de la vista, se alzaban la iglesia y el convento de San Marcos. El abuelo de Lorenzo, Cosme, había reconstruido la ruinosa iglesia y fundado la famosa biblioteca del convento; a cambio, los monjes dominicos no solo lo colmaban de bendiciones, también disponía de su propia celda para aquellos momentos en que deseara dedicarse a la contemplación.
Cosme incluso había comprado los jardines cercanos al monasterio, y Lorenzo los había transformado en un jardín de esculturas, un soberbio campo de entrenamiento para los jóvenes arquitectos y artistas.
Francesco y Baroncelli se acercaron a la esquina con vía di Gori, donde la cúpula de la iglesia más antigua de Florencia, San Lorenzo, dominaba el horizonte por el oeste. También había estado en ruinas, y Cosme, con la ayuda de Michelozzo y Brunelleschi, había restaurado su belleza. Ahora descansaban allí sus huesos, debajo de la lápida de mármol, delante del altar central.
Finalmente, los dos hombres llegaron a su destino: el enorme edificio rectangular gris del palacio Médicis, sombrío y severo como una fortaleza; el arquitecto, Michelozzo, había recibido instrucciones estrictas de que el edificio debía carecer de ornamentos, para no dar ningún motivo para que los ciudadanos pensaran que los Médicis se consideraban por encima de los demás. Sin embargo, el sencillo diseño aún transmitía la suficiente magnificencia como para recibir dignamente a reyes y príncipes; Carlos VII de Francia había cenado en el gran salón.
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