Collen McCullough - Angel

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Harriet Purcell tiene veintiún años y acaba de diplomarse como técnica en radiología. Con un sueldo más propio de un hombre en el Sidney de los años sesenta, desoye los consejos de su padre, quien le advierte que «sólo los locos, los bohemios y las prostitutas se atreven a vivir en Kings Cross». Así, decide independizarse y se muda a la casa de huéspedes de la señora Delvecchio, situada en ese barrio de mala nota. Allí descubre que su casera, a parte de los alquileres de sus extraños inquilinos, cuenta con otra fuente de ingresos mucho más provechosa: lee las cartas, el horóscopo y escruta las profundidades de su preiada bola de cristal…
Pero es la pequeña Flo, hija de la señora Delvecchio y médium en las sesiones que esta organiza, quien definitivamente roba el corazón de Harriet. A medida que la jóven se adentra en los secretos de los hombres, el amor y las cartas del tarot, va descubriendo también que seguir los dictados del corazón no siempre resulta fácil, y que proteger a quienes más amamos puede convertirse en la tarea más ardua.
Angel es el luminoso relato del despertar de una joven a la vida adulta. Una tierna y deliciosa historia de amor con los más divertidos y bohemios personajes…

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Los pasos y las risas se repiten todas las noches.

Lunes, 20 de febrero de 1961

Esta noche cené con Toby: jamón, ensalada de patatas y coleslaw de mi tienda favorita. El tiempo estaba demasiado húmedo y pegajoso para comer algo caliente. No hablamos demasiado, y tampoco parece necesario evitar esos abstractos silencios que sobrevienen de vez en cuando. Cuando hablamos, fue sobre todo de Pappy, que está feliz en el Vinnie. De lo que no hablamos es de mi pequeño ángel; aunque se mostró de acuerdo con mi decisión de adoptarla, sé que en el fondo Toby no aprueba realmente un amor y una pasión tan incondicionales. Así que ese tema me lo reservo para las marchas nocturnas de la señora Delvecchio Schwartz. Siempre llama a la puerta a las tres y diez de la mañana. Y cuanto más se aleja Flo de mí, más me cuesta volver a conciliar el sueño, tal vez porque de todos modos tengo que levantarme a las cuatro y media; así que por un momento me quedo en la cama pensando en ella, trato de enviarle mensajes mentales de amor y cariño, y deseo que alguna visión mía se le aparezca. Sé que es una tontería sin sentido, pero en cierta forma hacerlo me consuela, y supongo que si alguno de mis pensamientos llega a su destino podría consolar a Flo. ¡Cómo la echo de menos!

Esta mañana me quedé tirada en la cama y después preparé café. Marceline, que siempre duerme a mis pies, nunca rechaza un plato de comida, así que ella también se levantó. «Caminar por ahí abrazada a algo suave es un buen recurso contra la soledad», pensé. Pero al cabo de un rato Marceline quiso librarse de mí, y un momento después el minutero del viejo reloj adosado a la pared pareció congelarse: dejó de funcionar. Lo miré y descubrí que se había parado a las tres y media. Cuando volví a mirar, una hora más tarde, seguía marcando las tres y media. Tal vez me esté moviendo a la velocidad de la luz. Inquieta, me senté en la mesa, eché las cartas y consulté mi libro sobre tarot. Lo único que hice fue recordar los significados de cada carta, del derecho y del revés. Tal vez si recuerdo los significados de memoria, cuando las eche vea algo. Al menos es un ejercicio mental, algo en lo que ocupar la mente; hace siglos que no leo un libro, ya nada despierta mi interés. Y el ejercicio funcionó, porque cuando volví a mirar el reloj marcaba las cuatro.

Guardé las cartas en su envoltorio, levanté la seda de la Bola de Cristal y me quedé mirándola. De pronto, recordé una serie de detalles relacionados con la Bola; sobre todo, creo, porque se me apareció la cara de Flo. A principios del año pasado, la señora Delvecchio Schwartz me mostró la Bola de Cristal y me invitó a tocarla. En ese momento Flo, conmovida y asombrada, pareció quedarse sin aliento. No fue algo realmente significativo, pero ahora me doy cuenta de que debí de haber sido la primera persona a la que la señora Delvecchio Schwartz permitió tocar la Bola. Después, más o menos en la época en que yo me había enrollado con Duncan, me dijo algo así como que todo dependía de la Bola de Cristal. No recuerdo qué fue exactamente, aunque tal vez esté registrado en uno de mis cuadernos; en cambio, sí recuerdo claramente lo que dijo esa última noche, cuando Flo y yo llegamos a la habitación convistas a la calle y la hallamos concentrada en la oscuridad ante la Bola de Cristal.

– El destino de La Casa está en la Bola -había dicho en aquella ocasión, y me había puesto las manos sobre el cristal. Flo, obviamente intrigada, lo había observado todo.

Es posible que, en esa forma críptica y oblicua, ella hubiera decidido resolverlo todo de una vez: me dijo que tenía autorización oficial para usar la Bola de Cristal y que yo era la heredera elegida para desvelar sus misterios.

Me levanté, apagué todas las luces y volví a sentarme a la mesa con la vista clavada en aquella esfera ligeramente enturbiada aprovechando la poca luz que llegaba desde fuera para poder ver algo. Fijé la vista en el interior de aquel cristal y no la aparté durante un buen rato.

– El destino de La Casa está en la Bola de Cristal -había dicho ella. Si así fuera, yo no estaba en condiciones de comprender cómo, porque después de media hora de mirar, mirar y mirar, no logré ver nada que no estuviera en la habitación. Ninguna visión, ninguna cara; nada.

La tapé, y empecé a prepararme para ir a trabajar.

Esta noche, como ya dije, cené con Toby. Habíamos terminado de comer y yo estaba guardando los restos en la nevera mientras él lavaba los platos, cuando sonó el timbre. Toby se secó las manos y fue a abrir. Desde la muerte de la señora Delvecchio Schwartz sólo Toby, Klaus o Jim abrían la puerta. Sin ella, La Casa se había vuelto de pronto muy vulnerable.

Pasó un buen rato, tanto tiempo que empecé a preocuparme. Luego escuché unos pasos que se acercaban. Eran él y otra persona. Escuché el murmullo de dos voces masculinas.

– El doctor Forsythe quiere verte, Harriet -dijo Toby con el ceño fruncido. Oh, ¡ojalá Duncan no le cayera tan mal!

Entró exhibiendo esa expresión distante que los médicos adoptan como si fuera parte de su indumentaria. Me saludó con la cabeza y una fugaz sonrisa, pero no vi la menor señal de sentimiento en sus ojos. Le pedí que se sentara y fulminé a Toby con la mirada, que me ignoró y se quedó junto a la puerta.

– No, gracias, no puedo quedarme. Como sabrás -siguió, sin abandonar su mejor estilo clínico-, en el Queens circulan algunos rumores que nos vinculan. -Abrí la boca, pero él me hizo callar con un ademán-. Por eso hoy uno de los funcionarios de admisión del pabellón de psiquiatría vino a verme para preguntarme por mi Harriet Purcell. Había visto el nombre en un informe policial y en otro de Protección de Menores, y quería saber si la Harriet Purcell de los rumores podía ser la misma Harriet Purcell. Le pregunté por qué me había venido a ver a mí en lugar de a ti, y me dijo que no le había parecido prudente buscarte antes de haberse asegurado de que eras la misma persona que se mencionaba en el informe, sin haberlo consultado -esbozó una pequeña y sardónica sonrisa- a un hombre sensato.

– Flo -dije yo, cuando él hizo una pausa-. Se trata de Flo.

– Está en el pabellón de psiquiatría, Harriet. Lleva dos días internada allí, adonde fue derivada desde un centro de Protección de Menores.

Me temblaron las piernas, tanto que me senté y me quedé mirándolo azorada.

– ¿Qué le pasa a Flo, Duncan?

– No me lo dijo, y tampoco se lo pregunté. El hombre se llama Prendergast, John Prendergast, y me pidió que te dijera que mañana estará todo el día en el pabellón de psiquiatría. Tiene mucho interés en hablar contigo.

Empecé a llorar, eran las primeras lágrimas que derramaba desde que me habían quitado a mi angelito. Tal vez si Duncan no se hubiera sentido incomodado por la presencia de Toby, o Toby por la presencia de Duncan, uno de los dos, o los dos, habrían tratado de consolarme. Pero dadas las circunstancias, cuando me tapé la cara con las manos para llorar a lágrima viva, no movieron un dedo.

Antes de que se cerrara la puerta, escuché lo que Toby lo dijo a Duncan.

– ¿No es curioso que no nos ame a ninguno de los dos ni la mitad de lo que ama a esa niña?

Ángel, angelito, ¡estás a punto de volver a casa! Ahora que sé dónde estás, nadie podrá separarnos. Los de Protección de Menores te han puesto en mi territorio, y ese sitio está mucho más cerca de casa que Yasmar.

Martes, 21 de febrero de 1961

Es bastante novedoso que un hospital general cuente con una sección de psiquiatría. Sólo los grandes hospitales universitarios tienen una y los enfermos no son esos pobres y lúgubres epilépticos crónicos, sifilíticos tardíos, seniles, ni esa clase de dementes que se encuentran en sitios como Callan Park y Gladesville. Son todos pacientes cuyos síntomas no se basan de manera tan categórica en daños cerebrales orgánicos. Por lo general, se trata de esquizofrénicos maníaco-depresivos. De todos modos, no estoy muy al tanto de las enfermedades psiquiátricas. Cuando hacía controles rutinarios de tórax, alguna que otra vez atendía a una muchacha con anorexia nerviosa, pero eso es todo.

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