Collen McCullough - Angel

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Harriet Purcell tiene veintiún años y acaba de diplomarse como técnica en radiología. Con un sueldo más propio de un hombre en el Sidney de los años sesenta, desoye los consejos de su padre, quien le advierte que «sólo los locos, los bohemios y las prostitutas se atreven a vivir en Kings Cross». Así, decide independizarse y se muda a la casa de huéspedes de la señora Delvecchio, situada en ese barrio de mala nota. Allí descubre que su casera, a parte de los alquileres de sus extraños inquilinos, cuenta con otra fuente de ingresos mucho más provechosa: lee las cartas, el horóscopo y escruta las profundidades de su preiada bola de cristal…
Pero es la pequeña Flo, hija de la señora Delvecchio y médium en las sesiones que esta organiza, quien definitivamente roba el corazón de Harriet. A medida que la jóven se adentra en los secretos de los hombres, el amor y las cartas del tarot, va descubriendo también que seguir los dictados del corazón no siempre resulta fácil, y que proteger a quienes más amamos puede convertirse en la tarea más ardua.
Angel es el luminoso relato del despertar de una joven a la vida adulta. Una tierna y deliciosa historia de amor con los más divertidos y bohemios personajes…

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Es verdad, pero no puedo evitar sentir lo que siento, y eso es lo que Toby no logra comprender. Flo es tan importante para mí que por ella estoy dispuesta hasta a perder mi libertad. No caminaría sobre brasas ardientes por Duncan Forsythe, ni por ningún otro hombre, pero por Flo sí lo haría. Es mi pequeño ángel. Mi niña.

Lunes, 9 de enero de 1961

Llegué al bufete de los señores Partington, Pilkington, Purblind y Hush, en la calle Bridge, exactamente un minuto antes de mi cita con el señor Hush quien, por lo que dijo su increíblemente estirada secretaria, suele no atender clientes a aquellas horas. Eran las cuatro de la tarde. Me disculpé por causar molestias al señor Hush: ¡qué maravilloso es haberme formado en un hospital! Si el asistente que recoge la basura me sermonea porque hay una abolladura en la tapa de mi cubo de basura, me pongo en jarras, lo escucho atentamente y le pido disculpas. Eso es mucho más fácil que intentar una justificación o una excusa. A la increíblemente estirada secretaria le encantó mi respuesta, me dedicó lo más parecido a una sonrisa que le permitía su cara de culo, toda fruncida, y me indicó que me sentara y esperara. Entonces me di cuenta de que los bufetes de abogados no están a la altura de los hospitales. Si hubiera dispuesto de media hora para amaestrarla, podría haber tenido a la señorita Hoojar comiendo de mi mano sin ningún problema. Es interesante que los bufetes de abogados también empleen a solteronas. ¿Cómo iba a funcionar el mundo de los profesionales sin ellas? ¿Qué sucederá cuando mi generación, en la que habrá muchas más mujeres casadas, tome el relevo? Habrá secretarias privadas y jefes tratando de resolver juntos problemas de niños enfermos y maridos que se desentienden, además del trabajo pendiente. ¡Ooooohh!

El señor Hush parece un carnicero. Es corpulento y fornido, y tiene la nariz roja por efecto del alcohol, supongo. De acuerdo, decidí después de echarle la primera mirada, quítale toda la grasa, despelléjale los tendones, y no le ofrezcas nada que no sea carne bien roja. Desplegué mi historia sin agregar una sola palabra innecesaria, despojándola de todos sus colores y sabores.

– Quiero la custodia de Flo, señor Hush -fue lo último que dije.

Era evidente que mi escueta lógica lo había impresionado extraordinariamente. ¡Que nadie venga a decirme que no sé manejar a los hombres!

– Ante todo, algunos datos personales, señorita Purcell. ¿Es usted mayor de edad? ¿Trabaja?

– Tengo veintidós años y soy técnica radióloga diplomada.

– ¿Puede afrontar lo que podría ser un trámite costoso?

– Sí, señor.

– De modo que tiene medios suficientes.

– No, señor. He ahorrado lo suficiente para pagar los costos legales.

– Su respuesta indica que no tiene otros ingresos que no sean los de su empleo. ¿Es así?

– Sí, señor -murmuré, súbitamente deprimida.

– ¿Está casada? ¿O comprometida?

– No, señor -murmuré. Sabía hacia dónde apuntaban sus preguntas.

– Ummm. -Se golpeó los dientes con un lápiz.

Después pasó a explicarme que había tres tipos de custodia legal: la adopción, la tutela y la sustitutoria familia de acogida.

– Francamente, señorita Purcell, no cumple usted con los requisitos para ninguna de las tres alternativas -dijo, blandiendo impersonalmente su cuchilla de carnicero-. En este estado, una minuciosa investigación revela que no hay un solo caso de pedido de adopción que haya sido otorgado a una mujer soltera, que trabaje y que no tenga un vínculo de sangre con la criatura. Su juventud también juega en su contra. Tal vez lo más prudente sería que desistiera de la solicitud ahora mismo.

El frío acero me traspasó el alma, y lo miré fieramente, con los ojos encendidos por la furia.

– ¡No, no lo haré! -dije bruscamente-. Flo debe estar conmigo, eso es lo que su madre habría querido. No importa lo que tenga que hacer para recuperar a Flo, y hablo en serio. ¡La recuperaré! ¡La recuperaré, estoy segura!

Él se puso en pie de un brinco, rodeó el escritorio ¡y se inclinó ante mí para besarme la mano!

– ¡Oh, qué hermosa luchadora es usted, señorita Purcell! -exclamó-. ¡Nos divertiremos a lo grande! ¡Me encanta hacer temblar los cimientos de las instituciones! Ahora cuénteme el resto, porque hay mucho más, ¿no es así?

No se lo conté todo, sino sólo lo que me pareció prudente. Sí, aquel hombre me gustaba, pero no tanto como para revelarle que la señora Delvecchio Schwartz era adivina y le seguía dando el pecho a Flo. Mencioné las libretas de ahorros, todo lo que ocurría en el 17 de la calle Victoria, la imposibilidad de encontrar cualquier clase de documentos, desde el acta de matrimonio pasando por la partida de nacimiento hasta los comprobantes de pago de los impuestos. Aquello le gustó tanto que cada vez se parecía más a un carnicero. Pude leerle la mente: parecía estar inventando una nueva receta para hacer salchichas con los funcionarios de Protección de Menores.

Así que quedamos en que el señor Hush se ocuparía personalmente de temas como la búsqueda de un testamento, el rastreo de familiares, el Síndico Público, y de alguna o todas las partes que pudieran ponerse a husmear en busca de trufas como una fortuna bastante considerable y posiblemente ilícita.

Así transcurrió mi primer encuentro con el representante de un bufete de abogados, que no con la policía. Entre el síndrome de aislamiento de Willie , Norm, Merv y los detectives que investigaban el crimen, debo de tener bastante más experiencia con la policía que la mayoría de las chicas de mi edad que no se dedican a hacer la calle.

No se me había ocurrido que las personas que tenían algún poder sobre el destino de Flo pudieran considerarme una tutora inadecuada. Ni que mi edad, mi necesidad de trabajar para ganarme la vida y el hecho de que no estuviera casada fueran más importantes que mi amor por ella. Lo cual demuestra lo dura de mollera que soy. Las pruebas saltaban a la vista en la actitud de esas mujeres de Protección de Menores, a quienes preocupaban más los zapatos que el amor. No, eso está mal: poner en un mismo plano de importancia los zapatos y el amor.

Lo único que sé es que si no puedo traer a Flo de regreso a casa, mi pequeño ángel morirá. Podríamos desaparecer, dejando que los que tienen poder sobre ella se pregunten qué diablos pasó. Porque no llegarían a saberlo. Nunca.

Miércoles, 11 de enero de 1961

La pesquisa tuvo lugar esta mañana. Nada. Todos fuimos llamados a declarar. Trabajé de seis a nueve, tomé un taxi a toda prisa para llegar a tiempo y luego otro taxi para volver a Queens lo más pronto posible. La historia que inventé para la Hermana Agatha fue sobre un interrogatorio policial relacionado con las cartas anónimas, que aceptó sin averiguar nada más.

No, no advertimos ninguna tensión particular entre el señor Warner y su amante, la señora (?) Delvecchio Schwartz. Ni siquiera Pappy pudo aportar un nombre de pila. No, ninguno de nosotros había oído nada. La ausencia de Chikker y Marge fue señalada como correspondía, pero de todos modos la policía no creía que estuvieran involucradas. El veredicto fue: homicidio y suicidio. Caso cerrado. Podíamos disponer del cadáver de la señora (?) Delvecchio Schwartz para enterrarla. ¡Nada de incinerarla! De ese modo podrían exhumarla si aparecían nuevas pruebas; o si quisieran hacerle algún test para investigar algo. Todos estuvimos de acuerdo.

Alguien, posiblemente a través de la «señora», se había enterado del amorío entre Duncan y yo, porque la Hermana de Urgencias me hizo algunas pequeñas y pérfidas insinuaciones. Yo me hice la tonta. Que digan lo que quieran, no tienen suficientes pruebas.

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