Collen McCullough - Angel

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Harriet Purcell tiene veintiún años y acaba de diplomarse como técnica en radiología. Con un sueldo más propio de un hombre en el Sidney de los años sesenta, desoye los consejos de su padre, quien le advierte que «sólo los locos, los bohemios y las prostitutas se atreven a vivir en Kings Cross». Así, decide independizarse y se muda a la casa de huéspedes de la señora Delvecchio, situada en ese barrio de mala nota. Allí descubre que su casera, a parte de los alquileres de sus extraños inquilinos, cuenta con otra fuente de ingresos mucho más provechosa: lee las cartas, el horóscopo y escruta las profundidades de su preiada bola de cristal…
Pero es la pequeña Flo, hija de la señora Delvecchio y médium en las sesiones que esta organiza, quien definitivamente roba el corazón de Harriet. A medida que la jóven se adentra en los secretos de los hombres, el amor y las cartas del tarot, va descubriendo también que seguir los dictados del corazón no siempre resulta fácil, y que proteger a quienes más amamos puede convertirse en la tarea más ardua.
Angel es el luminoso relato del despertar de una joven a la vida adulta. Una tierna y deliciosa historia de amor con los más divertidos y bohemios personajes…

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Ésta fue la primera buena noticia desde el día de Fin de Año, y todos necesitábamos algo así desesperadamente. Pappy es rara, muy mística. De todas formas, aun después de oír lo que tenía que decir, me niego a creer que a quien escuché en el piso de arriba era la verdadera señora Delvecchio Schwartz. Más bien pienso que algún efluvio de mi perdido angelito se apoderó de nuestras mentes e hizo que nos confundiéramos.

¿Dónde estás, Flo? ¿Estás bien? ¿Te comprenden? No, por supuesto que no estás bien; me perteneces, y moveré cielo y tierra para que no te envíen a un orfanato. Si no puedo traerte a casa, morirás. Tu destino está en mis manos porque tu madre así lo quiso. Ese es el mayor misterio de todos.

Sábado, 7 de enero de 1961

Hoy vino una mujer de Protección de Menores. La vi esperando en la galería cuando volvía de hacer la compra. Era una mujer de unos cincuenta años, vestida sin la menor gracia y con todas las señales de una soltería inveterada, desde la ausencia de un anillo de compromiso en la mano izquierda hasta las patillas que asomaban en sus mejillas. ¿Por qué nunca se las depilan o se las afeitan? Uno podría pensar que una perdonable vanidad las alentaría a hacerlo, pero al menos la mitad de ellas parecen preferir conservarlas, como si fueran un emblema. Es una suerte que la guerra haya dado a estas mujeres la oportunidad de trabajar; de lo contrario, ¿qué habría sido de ellas? De todas formas, supongo que la guerra también habrá reducido la oferta de maridos. Pero también es cierto que no hay tantos solteros de mi edad como de la generación de Chris o Marie. Ojo, que es difícil atrapar a los hombres australianos y aún más difícil conservarlos. Como han descubierto Chris y Marie, los «nuevos australianos» son una pequeña porción de la torta (de casamiento) comparados con los viejos.

Este espécimen de solterona se presentó, y yo, por mi parte, le expliqué quién era. Señorita Farfer, o Arthur, o Farfin, algún nombre que sonaba a Arf-Arf en su voz estrangulada. De modo que la llamé señorita Arf-Arf, y ella pareció no darse cuenta. Abrí la puerta y la hice pasar, pero no pude ver su reacción ante los garabatos, la parte fea de los sitios comunes de La Casa. Después, quiso la suerte que atravesáramos el corredor lateral en el preciso instante en que Madama Fuga sermoneaba a Verdad.

– ¡Tú, estúpida de mierda, puta de mierda! -Gracias a Dios fue lo único que se oyó, aunque sospecho que fue más que suficiente.

– ¿Qué es esa casa? -preguntó mientras yo abría la puerta de mi piso.

– Un hotel -dije, y la hice pasar a mi acogedor piso pintado de rosa. Una vez allí, me informó de que había venido a inspeccionar el sitio en el que solía vivir Florence Schwartz. En el que solía vivir.

– He venido cada día desde el martes, pero nunca encuentro a nadie -dijo de mala manera.

Oh, Dios mío. Empezamos mal y vamos a peor. No dejó de chasquear la lengua mientras le contaba cómo eran La Casa y sus inquilinos, con qué nos ganábamos la vida, cuánto tiempo llevábamos viviendo allí y hasta qué punto conocíamos a la señora Delvecchio Schwartz y a Flo, a quien la señorita Arf-Arf insistía en llamar Florence. Por las preguntas que hacía era obvio que ya había hablado con las otras dos mujeres que se habían llevado a Flo. ¿Flo andaba siempre descalza? ¿Por qué no hablaba? ¿Qué horarios tenía? ¿Qué le daba de comer su madre? Doy gracias a Dios por el aplomo de Pappy cuando me dijo que me llevara toda la parafernalia ocultista de la señora Delvecchio Schwartz, porque la señorita Arf-Arf recorrió minuciosamente todo el lugar y no dejó cobertor sin levantar ni cajón sin abrir. ¿Qué habría dicho si se hubiera enterado de que hasta poco antes de la muerte de su madre Flo había seguido tomando el pecho? Ese, como la profesión de adivina de la señora Delvecchio Schwartz, es nuestro secreto.

No le permití inspeccionar el piso de Jim y Bob ni la habitación de Klaus, porque no estaban en La Casa. Mi negativa no le gustó nada, aunque mucho más le desagradó la reacción de Toby cuando quiso subir a interrogarlo.

– ¡Vayase al infierno! -gruñó, y cerró la puerta de un golpe.

Dejé la habitación que da a la calle para lo último, esperanzada contra toda esperanza; pero por supuesto la señorita Arf-Arf no se iba a perder la escena del crimen. Muy decepcionante, por supuesto. La habíamos limpiado escrupulosamente, tanto que hasta los garabatos que Flo había hecho con lápices de colores casi no se notaban, De lo que había pintado con los dedos empapados en sangre no quedaba ni rastro.

– De todas formas, he visto las fotografías policiales -dijo con aire de suficiencia.

Me moría por mandarla al infierno yo también, pero no me atreví. Mientras no se decidiera el destino de Flo, todo lo que dijera a los de Protección de Menores debería ser amistoso, candoroso, razonable y equilibrado. Así que terminé el recorrido invitándola a una taza de té. La señorita Arf-Arf aceptó.

– Considerando lo insalubre de la ubicación de esta propiedad y el estado del lugar en el que vivía la madre de Florence, mi querida señorita Purcell, usted ha arreglado muy agradablemente su rincón-dijo, masticando una de mis galletas Anzac. ¡Ni se le ocurriría remojarlas en el té!

Le dije que iba a pedir la custodia de Flo.

– ¡Oh, jamás se la concederán! -dijo.

Le pregunté qué quería decir con ello, y me explicó que Florence estaba muy bien atendida donde se encontraba (no mencionó el sitio, y por cómo hablaba bien podía ser en Melbourne o en Tombuctú), de modo que la custodia no sería una opción mientras no se supiera si había un testamento o un pariente cercano que pudiera hacerse cargo de ella.

– Y eso podría llevar muchos meses -dijo finalmente.

Traté de penetrar en sus acuosos ojos azules y comprendí que si comenzaba a argumentar elocuentemente con toda la carga afectiva que ello implicaba, si trataba de decirle que Flo moriría a menos que volviera pronto a casa, las posibilidades de lograr que me devolvieran a Flo quedarían muy mermadas.

– No es que sean inhumanos, ni siquiera crueles -le dije a Toby más tarde en su espacioso y aireado ático-, sino que tienen que ajustarse a las reglas, y por eso no tienen en cuenta las circunstancias personales.

– Por supuesto -gruñó, mientras pintaba uno de esos cuadros que ponen en los hoteles, en el que se veía un eucalipto azul en el claro de un bosque-. Son funcionarios del Estado, Harriet, y los funcionarios del Estado no son los que gobiernan el barco. Todo lo deciden fantasmas grises en comité. El informe de la señorita Arf-Arf será incorporado al expediente de Flo junto con todos los demás informes, y cuando dicho expediente tenga unos diez centímetros de grosor lo enviarán a los de arriba. Allí decidirán.

– Para entonces Flo ya habrá muerto -dije, parpadeando para no llorar.

Dejó a un lado los pinceles, acercó una silla para sentarse frente a mí, y luego se inclinó y me apartó un pequeño mechón de pelo de la frente.

– ¿Por qué la quieres tanto? -preguntó-. Me refiero a que es una niña buena, un poco extraña sin duda, pero cualquiera que te oyera hablar pensaría que es hija tuya. Tú dices que soy obsesivo, y sin embargo para ti Flo es una obsesión mucho más seria que cualesquiera de las cosas que a mí me puedan fascinar.

¿Qué clase de respuesta le haría ver lo especial que es Flo?

– Es difícil para los demás entender las cosas del corazón cuando no les afectan, pero la verdad es que en cuanto la vi me enamoré de ella -dije.

– No, no es difícil -dijo, y se encogió de hombros-. Es fácil, de alguna manera yo estoy afectado. -Me dedicó una sonrisa encantadora y me volvió a apartar el mechón de pelo-. Si crees que debes hacerlo, Harriet, pues hazlo con toda esa energía y ese entusiasmo espectaculares que logras reunir, incluso en momentos como éste. Pero hazme un favor: piensa en tu vida. Si adoptas a Flo, nunca volverás a ser libre.

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