Collen McCullough - Angel

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Harriet Purcell tiene veintiún años y acaba de diplomarse como técnica en radiología. Con un sueldo más propio de un hombre en el Sidney de los años sesenta, desoye los consejos de su padre, quien le advierte que «sólo los locos, los bohemios y las prostitutas se atreven a vivir en Kings Cross». Así, decide independizarse y se muda a la casa de huéspedes de la señora Delvecchio, situada en ese barrio de mala nota. Allí descubre que su casera, a parte de los alquileres de sus extraños inquilinos, cuenta con otra fuente de ingresos mucho más provechosa: lee las cartas, el horóscopo y escruta las profundidades de su preiada bola de cristal…
Pero es la pequeña Flo, hija de la señora Delvecchio y médium en las sesiones que esta organiza, quien definitivamente roba el corazón de Harriet. A medida que la jóven se adentra en los secretos de los hombres, el amor y las cartas del tarot, va descubriendo también que seguir los dictados del corazón no siempre resulta fácil, y que proteger a quienes más amamos puede convertirse en la tarea más ardua.
Angel es el luminoso relato del despertar de una joven a la vida adulta. Una tierna y deliciosa historia de amor con los más divertidos y bohemios personajes…

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Bien, Harriet Purcell, saca la artillería pesada: tu Gran Berta.

– Ya no soy virgen -declaré.

– ¿Qué?

– Lo que has oído. No soy virgen.

– ¡Es una broma! ¡Me estás mintiendo!

Me eché a reír.

– ¿Por qué te cuesta tanto creerlo, David?

– ¡Porque no serías capaz! ¡Jamás lo harías!

– Claro que soy capaz y claro que lo hice. Es más, disfruté de lo lindo. -¡Lánzale la bomba de diez toneladas, Harriet!-. Y además, no era precisamente un hombre blanco, aunque tenía un bonito color.

David se puso en pie y se marchó sin pronunciar una palabra más.

– Al fin me he librado de David para siempre -le conté a Toby más tarde-. Aunque sospecho que fue más porque mi amante era indio que por el hecho de haber tenido uno.

– No. De todo un poco -replicó con una sonrisa socarrona-. ¡El muy imbécil! Debería haberlo visto venir hace algunos años. Son las mujeres las que eligen a su pareja. Si un hombre está interesado, lo único que tiene que hacer es esperar, sombrero en mano, hasta que ella se le acerque. Y si ella decide mandarlo a paseo, lo siento. Pasa en todo el reino animal, desde los perros hasta los pajaritos. Y las arañas, ¿qué? -Se estremeció-. Las hembras devoran a los machos.

– ¡Yo no soy una perra en celo, perdona! -protesté.

Se echó a reír.

– Tal vez no, Harriet, pero sin duda tienes cierto efecto sobre nosotros, pobres perros viejos. -Entrecerró los ojos y me observó como un francotirador a su blanco-. Eres sensual. No es cuestión de etiquetas, lo llevas bajo la piel.

– Yo no frunzo los labios, no meneo el trasero ni saco la lengua.

– Estás confundiendo la publicidad con la esencia. Si un hombre dice que una mujer es sensual, quiere decir que piensa que podría ser buena en la cama. Algunas de las mujeres más hogareñas que conozco son sensuales. La señora Delvecchio Schwartz, por ejemplo. Es fea con ganas, pero apuesto a que ha tenido hombres revoloteando a su alrededor desde que tenía doce años. A decir verdad, yo mismo me siento un poco atraído por ella. Siempre me gustaron las mujeres más altas que yo; será que tengo sangre de sherpa.

Se acercó lentamente hasta mi silla y colocó la mano en el respaldo. Después, se inclinó sobre los apoyabrazos, comprimiéndome fuertemente con las rodillas.

– En mi experiencia, las mujeres verdaderamente sensuales son buenas en la cama.

Lo miré desconfiada.

– ¿Es una indirecta o una invitación?

– Ni una cosa ni la otra. Perdona, pero no pretendo que me abraces a estas alturas. Lo cual no quiere decir que yo no vaya a besarte, ojo.

Y lo hizo, con tanta fuerza que me resultó doloroso, hasta que pude levantar la cabeza del respaldo de la silla y girarla para acomodar la suya. Entonces su boca se acomodó lujuriosamente en la mía y comenzó a juguetear con mi lengua.

– Esto es lo más lejos que pienso llegar-dijo, dejándome libre.

– Esto es lo más lejos que te dejaré llegar -repliqué.

Interesante este Toby Evans. Está enamorado de Pappy, pero se siente atraído por mí. Bueno, a mí él también me atrae, aunque no estoy enamorada. ¿Por qué todo en esta vida parece reducirse al sexo?

Este fin de semana Pappy se quedó en casa otra vez. Según me dijo cuando la invité al piso a comer algo y a conocer a Marceline, la esposa de Ezra se esta poniendo tremendamente difícil.

– Con siete hijos, no es para menos -dije mientras colocaba la ternera estofada sobre la mesa para que pudiéramos comer cuanto quisiéramos.

Noté que Pappy fruncía el ceño y empezaba a separar las zanahorias y las patatas de la carne.

– ¿Qué pasa? -pregunté.

– Ezra detesta la carne. Los animales son inocentes y nosotros los sometemos a horribles torturas en los mataderos -explicó-. El hombre no nació para comer carne.

– ¡Gilipolleces! -exclamé-. En sus orígenes el hombre era cazador, y en las encías tenemos la misma cantidad de dientes para desgarrar carne que para masticar verduras -proferí-. Los mataderos están controlados por funcionarios del gobierno y todos esos animales que van a parar allí ni siquiera existirían si no los consumiéramos. ¿Quién te dijo que las zanahorias que estás triturando con tus dientes omnívoros no fueron sometidas a terribles torturas cuando las arrancaron de la tierra, las decapitaron, las fregaron con fuerza para pelarlas, las cortaron cruelmente en pedazos y las cocinaron vivas a fuego lento? Y eso no es nada comparado con lo que tuvo que pasar la patata que estás saboreando ahora mismo. No sólo la desollé: además, cogí un cuchillo afilado, se lo clavé en la carne y le quité los ojos. La ternera te hace bien. Estás tan delgada que seguramente quemas proteínas de los tejidos. ¡Cómetelo todo!

¡Cielos! Me estoy volviendo una arpía. Pero funcionó. Pappy se sirvió carne y disfrutó de su sabor sin pensar en el estúpido cretino de su enamorado.

Por suerte, le gustó Marceline y a Marceline también le agradó ella, pues se subió a su regazo y allí se quedó ronroneando. Entonces aproveché para tratar de sonsacarle acerca de Ezra. Averigüé varias cosas interesantes; por ejemplo, cómo hace para mantener a una esposa y siete hijos y a la vez tener un piso en Glebe y comprar algunas sustancias bastante costosas, prohibidas por la ley. Tiene una cátedra, pero los académicos no ganan lo mismo que los gerentes de empresas, porque el intelecto y la educación no son rentables. Según Pappy, su sueldo va para la familia, pero ha escrito un par de libros que se venden bien y esos ingresos se los guarda para él. ¡Ay, cuanto más sé de Ezra, menos me agrada! Es absoluta, total y completamente egoísta.

Sin embargo, Pappy está muy contenta y cada día de felicidad es para ella un día menos de infelicidad. No tiene ni pizca de sentido práctico, pero supongo que no todos son como yo.

Sábado, 28 de mayo de 1960

Un animal es una buena compañía. Hoy fue uno de esos sábados verdaderamente tranquilos. Jim y Bob se lo pasaron dando vueltas con su Harley Davidson por las Montañas Azules; Klaus, en Bowral; Chikker y Marge del piso de laplanta baja que da a la calle, durmiendo la mona. Toby salió con su cuadernillo de dibujo y una lata de acuarelas a un sitio en Iron Cove que lo tenía fascinado. La señora Delvecchio Schwartz estuvo lidiando con una horda de dientas de pelo azul (les encanta venir los sábados) y Pappy en algún lugar de ensueño en Glebe. Harold estuvo aquí, por supuesto. No sé qué hace cuando no está en la escuela, pero lo que es seguro es que no sale. La señora Delvecchio Schwartz le lava la ropa cuando lava la suya, así que una parte de la casa donde sé a ciencia cierta que no voy a encontrarlo es en el lavadero y patio trasero. Nunca oigo ruidos que provengan de su habitación, aunque está justo encima de la mía. Ni música, ni un chirrido sobre mi techo. Y cuando estoy fuera y levanto la vista para mirar su ventana, las persianas están cerradas a cal y canto. Sin embargo, en algún lugar de mi mente, estoy permanentemente pendiente de él. Antes solía ser sólo cuando subía a ducharme, pero estas últimas semanas he notado que cada vez que voy al piso de arriba a ver a alguien, al bajar pienso que, de un momento a otro, oiré el murmullo de sus pies descalzos detrás de mí. Me vuelvo, pero no hay nadie. Y si voy a visitar a la señora Delvecchio Schwartz, cuando salgo, siempre me lo encuentro en la puerta, inmóvil, mirándome fijamente.

Hacia las seis alguien llamó a mi puerta. Los días son más cortos, así que a esa hora ya está oscuro y, últimamente, me he acostumbrado a correr el pestillo de la puerta desde dentro cuando sólo quedamos Harold y yo en la parte de atrás de La Casa. Un indicador aún mayor de mi creciente paranoia son los clavos de quince centímetros que fijé desde los marcos de las ventanas hasta el arquitrabe, que me permiten mantenerlas abiertas arriba y abajo, pero no demasiado a lo ancho, para impedir así que alguien pueda deslizarse hacia el interior. En Sydney no hace tanto frío como para tener que cerrar del todo las ventanas en invierno. El viento y la lluvia no golpean de este lado del pasaje. Y en verano, no entra el sol. Si estoy dentro y el enorme pestillo está cerrado, me siento segura. Cada vez que lo pienso me estremezco. Ese horrible hombrecillo de arriba me está haciendo la guerra psicológica y, gracias a mi horrorosa cobardía, la está ganando en algunos aspectos. Sin embargo, no se lo puedo decir a nadie. Cuando se lo comenté a Toby, se rió de mí. Paranoica.

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