Collen McCullough - Angel

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Harriet Purcell tiene veintiún años y acaba de diplomarse como técnica en radiología. Con un sueldo más propio de un hombre en el Sidney de los años sesenta, desoye los consejos de su padre, quien le advierte que «sólo los locos, los bohemios y las prostitutas se atreven a vivir en Kings Cross». Así, decide independizarse y se muda a la casa de huéspedes de la señora Delvecchio, situada en ese barrio de mala nota. Allí descubre que su casera, a parte de los alquileres de sus extraños inquilinos, cuenta con otra fuente de ingresos mucho más provechosa: lee las cartas, el horóscopo y escruta las profundidades de su preiada bola de cristal…
Pero es la pequeña Flo, hija de la señora Delvecchio y médium en las sesiones que esta organiza, quien definitivamente roba el corazón de Harriet. A medida que la jóven se adentra en los secretos de los hombres, el amor y las cartas del tarot, va descubriendo también que seguir los dictados del corazón no siempre resulta fácil, y que proteger a quienes más amamos puede convertirse en la tarea más ardua.
Angel es el luminoso relato del despertar de una joven a la vida adulta. Una tierna y deliciosa historia de amor con los más divertidos y bohemios personajes…

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– No, Duncan. Ayer vi que te lo habías pensado muy bien antes de venir. No me molesta lo más mínimo, siempre y cuando no te moleste a ti.

Pero a él sí que le preocupaba estar casado, como procedió a explicarme con mayor detalle del que yo, sinceramente, hubiera querido escuchar. Qué carga tan pesada, la culpa.

La verdad es que él me buscó a mí. Su esposa es una frígida para la cual él es sólo el hombre que la mantiene. Eso es lo que piensan muchas de las mujeres que se casan con médicos; lo sé porque oí decir a Chris y a la Hermana de Urgencias que él se había casado con la compañera de curso de una de ellas. Era la más bella y llena de vida del curso de enfermería, al igual que Duncan era el soltero más atractivo y codiciado del Queens; y a eso se añade que la familia de él es tremendamente adinerada. Ricos de tradición, aclaró maravillada la Hermana de Urgencias. Una tradición de dinero es algo impresionante en un país que nació ayer, aunque no creo que el concepto sea el mismo en Australia que en Inglaterra.

Cathy y él habían sido bastante felices durante los primeros años, en que él establecía su consultorio y ella tenía a sus dos hijos. Mark tiene trece años y Geoffrey, once. Los adora, pero casi no los ve entre los kilómetros y kilómetros que recorre en su Jaguar y las interminables horas que pasa en quirófanos, consultorios, guardias y visitas a pacientes externos. Estuve a punto de preguntarle por qué todos los médicos se empeñaban en vivir en North Shore, cuando la mayoría de las veces los hospitales quedaban al otro extremo de Sydney; y en tener sus consultorios en la calle Macquarie, lejos de los hospitales y de los residentes. Los jefes de servicio del Hospital Vinnie, que está bien ubicado, son casi todos católicos o judíos y con muy buen criterio viven en la zona residencial del Este.

Pero no dije nada porque la razón que Duncan me daría no era la que yo esperaba. La respuesta que yo tenía en mente es que a sus esposas les encanta vivir en North Shore; se concentran entre Lindfield y Wahroonga, donde pueden conducir sus pequeños y relucientes coches ingleses, reunirse para echar una partida al bridge o al whist, organizar reuniones de comité y jugar al tenis. Sus hijos van a costosas escuelas privadas en la zona, donde hay montones de árboles, como pequeños bosques. North Shore es un lugar idílico para las esposas ricachonas.

De todas formas, Cathy Forsythe me parece una verdadera zorra, aunque Duncan la defienda a toda costa y se culpe a sí mismo de la infidelidad. Tal vez (inconscientemente) también un poquitín a mí.

– Eres una bruja, morena mía -dijo, tomándome la mano por encima de la mesa-. Me has hechizado.

¿Cómo se hace para responder a una cosa así? Ni siquiera lo intenté.

Se llevó mi mano a los labios y la besó.

– No tienes idea de lo que significa tener tanto éxito como yo -dijo-. Mira, la gente que te ama no logra entender que disfrutes del trabajo por el trabajo en sí. Estás atrapado en una imagen que pertenece a todos menos a ti. Por otro lado, la mayor parte de tu trabajo consiste en hacer felices a los demás y en tratar de no levantar olas adversas en el gran estanque del hospital. Mi tío es el presidente del Consejo de Administración del hospital, lo cual ha supuesto un gran incordio para mí con los años. Me gustaba ser un médico común y corriente; tenía más tiempo para investigar y para ocuparme de mis pacientes. Como jefe de Cirugía Ortopédica, dedico una cantidad desproporcionada de mi tiempo a reuniones (la política dentro de un hospital es igual que en cualquier otro lado).

– Debe de ser insoportable -dije con ternura. Después de todo, me fascinaba que no se hubiera arrastrado ante su tío. Duncan Forsythe es exactamente lo que aparenta: un hombre absolutamente agradable, decente, educado y brillante-. No te preocupes Duncan. Serás bienvenido en el 17c de la calle Victoria siempre que tengas tiempo.

Por supuesto, ésa no era la respuesta que esperaba escuchar. Quería que le dijera que lo amaba con locura, que movería montañas por él, que le lavaría los calcetines y que le haría una felación. Bueno, la verdad es que podría lavarle los calcetines y estoy de acuerdo con la semifelación, si es que ese es el término correcto para decir «no del todo». Sin embargo, no estoy segura de querer darle la llave de mi corazón. Siento mucha lástima por él y me gusta enormemente. Adoro la forma en que hacemos el amor y tenemos un lazo más que nos une: el compañerismo profesional.

Pero ¿amor? Si significa darle la llave de mi corazón, no.

Cuando se marchó, a eso de las nueve de la noche, me quedé una hora pensando en nosotros. Pero, al cabo de ese tiempo, todavía no estaba segura de amarlo ciegamente. Ni loca renunciaría a mi libertad. Como dije a la señora Delvecchio Schwartz, no quiero vivir en una casa elegante y ser la señora del doctor.

Volví a leer lo que había escrito el sábado y descubrí lo rápido que ha cambiado mi actitud. Antes pensaba que aquello tenía que ser amor. Ahora, creo que es cualquier cosa menos amor.

¿Qué me hizo cambiar tanto en tan sólo veinticuatro horas? Debe de haber sido oírlo hablar de su vida y de su esposa. ¡Fue ella la que se las arregló para conseguirle el puesto de jefe de servicio!

Lunes, 30 de mayo de 1960

Me recogió en el semáforo de la calle Cleveland cuando volvía caminando a casa en la oscuridad, pero aunque me dedicaba esa enternecedora sonrisa y su mirada resplandecía, advertí al momento que no estaba pensando en el sexo. Eso me hizo sentir un poco mejor acerca de nuestra relación; quería decir que para él yo era más que un apetecible cuerpo femenino.

– No tengo mucho tiempo -dijo mientras conducía-, pero hoy me he dado cuenta de que no me he esforzado nada por cuidar de ti, Harriet. ¡Qué cosa más extraña!

– ¿Cuidar de mí?

– Sí, cuidar de ti. O tal vez debería preguntarte cómo te cuidas tú.

Cayó el penique. Se encendió la bombilla.

– ¡Ah! -dije-. ¡Eso! Pues ni se me ha pasado por la cabeza. Mi carrera como amante acaba de empezar, ¿sabes? Pero, por el momento, creo que estoy a salvo. Mañana me tiene que venir la regla, y en eso soy como un reloj.

Percibí un suspiro de alivio, pero en cuanto se sintió más tranquilo al respecto guardó silencio hasta que llegamos a mi piso. Una vez dentro, alzó a Marceline y la acarició. Después, apoyó su pequeño maletín negro sobre la mesa. Hasta ese momento, no me había percatado de que lo llevaba; así es como me tiene.

Extrajo un estetoscopio y un esfigmomanómetro y me auscultó el corazón y los pulmones. Me tomó la presión, me examinó las piernas en busca de varices, deslizó hacia abajo el párpado inferior de ambos ojos e inspeccionó cuidadosamente las puntas de los dedos y el color de los lóbulos de las orejas. Después sacó el recetario del maletín y garabateó algo en él, arrancó la primera hoja y me la entregó.

– Éste es el mejor anticonceptivo oral de última generación, mi querida Harriet -dijo mientras lo volvía a guardar todo en el maletín-. Empieza a tomarlo apenas finalice tu próximo período.

– ¿La Píldora? -exclamé.

– Así es como lo llaman. No creo que tengas ningún problema. Estás en óptimas condiciones de salud. Pero si llegaras a sentir algún dolor en las piernas, falta de oxígeno, mareos, náuseas, dolores de cabeza o hinchazón en los tobillos, interrumpe la toma de inmediato y házmelo saber ese mismo día -ordenó.

Miré los incomprensibles garabatos de la receta y después a él.

– ¿Cómo es que un ortopeda conoce la Píldora? -pregunté con una sonrisa socarrona.

Se echó a reír.

– Todos los médicos, desde los psiquiatras hasta los gerontólogos la conocen, Harriet. Como la mayoría de los especialistas nos enfrentamos a alguna de las consecuencias de los embarazos no deseados, nos sentimos aliviados frente a esta pequeña maravilla. -Me tomó de la barbilla y me miró seriamente-. No quiero causarte más problemas de los necesarios, mi tesoro. Y si lo único que puedo hacer es recetarte el método anticonceptivo más efectivo que existe hasta el momento, al menos habré hecho algo.

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