Collen McCullough - Angel

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Harriet Purcell tiene veintiún años y acaba de diplomarse como técnica en radiología. Con un sueldo más propio de un hombre en el Sidney de los años sesenta, desoye los consejos de su padre, quien le advierte que «sólo los locos, los bohemios y las prostitutas se atreven a vivir en Kings Cross». Así, decide independizarse y se muda a la casa de huéspedes de la señora Delvecchio, situada en ese barrio de mala nota. Allí descubre que su casera, a parte de los alquileres de sus extraños inquilinos, cuenta con otra fuente de ingresos mucho más provechosa: lee las cartas, el horóscopo y escruta las profundidades de su preiada bola de cristal…
Pero es la pequeña Flo, hija de la señora Delvecchio y médium en las sesiones que esta organiza, quien definitivamente roba el corazón de Harriet. A medida que la jóven se adentra en los secretos de los hombres, el amor y las cartas del tarot, va descubriendo también que seguir los dictados del corazón no siempre resulta fácil, y que proteger a quienes más amamos puede convertirse en la tarea más ardua.
Angel es el luminoso relato del despertar de una joven a la vida adulta. Una tierna y deliciosa historia de amor con los más divertidos y bohemios personajes…

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– Debo irme -dijo, y nada más. Pero después de haberse vestido y peinado frente a mi espejo, volvió hasta donde yo estaba, se inclinó y apoyó su mejilla contra la mía-. ¿Puedo volver mañana a eso de las cuatro?

– Oh, sí -respondí.

Oh, sí. Creo que estoy enamorada. Si no, ¿por qué habría permitido que sucediera algo así?

Domingo, 29 de mayo de 1960

Cuando subí para mi sesión con la señora Delvecchio Schwartz, a la una, ya me había encontrado con Toby. No tengo idea de cómo hacen las noticias para correr con tanta rapidez. Toby ya se había enterado. Pero ¿cómo era posible?

– Eres una estúpida-exclamó con los ojos más rojos que marrones-. Más que Pappy, si eso fuera posible.

No me molesté en responder. Lo aparté de mi camino y entré en casa de la señora Delvecchio Schwartz.

– El rey de pentáculos ha llegado -dijo ella mientras me sentaba y tomaba mi copa de brandy.

– Este sitio es increíble -protesté bebiendo moderadamente (mejor no abusar, el señor Forsythe volvería en un par de horas)-. ¿Cómo es que las noticias corren con tanta rapidez?

– Flo -respondió simplemente, a la vez que la hacía brincar sobre su regazo.

La pequeña me dedicó una sonrisa triste, se bajó de la falda de la madre y fue a garabatear la pared.

– ¿No te molesta que esté casado? -preguntó la casera ofreciéndome anguila ahumada y pan con manteca.

Lo pensé y después me encogí de hombros.

– En realidad, creo que prefiero que así sea. No sé muy bien lo que quiero, pero sí lo que no quiero.

– ¿Y qué es lo que no quieres?

– Vivir en una casa elegante y ser la señora del doctor.

– Pues menos mal -dijo con una sonrisa socarrona-, las cartas no dicen que vayas a vivir en un barrio residencial, Harriet Purcell.

– ¿Viviré en Kings Cross? -pregunté.

Pero no me dio detalles, no quería comprometerse.

– Todo depende de lo que pase con eso. -Señaló la Bola de Cristal.

La observé con curiosidad y con más atención que nunca. Aunque no tenía rajaduras ni burbujas, no era perfecta. Apenas unas briznas de vapor tan sutiles como la nebulosa de estrellas que se ve en nuestros cielos sureños. Estaba apoyada sobre una base de ébano que debía de ser cóncava para sostener con tanta firmeza la enorme bola (de al menos unos veinte centímetros de diámetro). Además, me fijé en que sobre los bordes de la base había un trozo de tela doblado. Sí, había tenido que amortiguar el punto de contacto con la madera de ébano para evitar que se rayara. Busqué «cristal de cuarzo» en el Merck de la biblioteca del Queens y encontré que tiene una «suave» dureza. No es apto para joyería, pero sí se puede tallar y lustrar. ¿Por qué habrá dicho «eso»? Se refería a algo, pero ¿a qué?

– Todo depende de lo que pase con la Bola de Cristal -dije.

– Exacto. -Tenía toda la intención de mantener el enigma.

Intenté hacer una pregunta que pareciera ingenua.

– ¿Quién habrá sido el primero al que se le ocurrió redondear una roca de cristal y usarla para predecir el futuro?

– No necesariamente tiene que ser el futuro; podría ser el pasado. No lo sé, pero ya existían cuando Merlín era niño -dijo, decidida a mantener su posición.

Me marché un poco más temprano para estar en casa cuando llegara el señor Forsythe. Sin embargo, había cosas que no iban a cambiar porque él existiera. Flo vendría a pasar dos horas conmigo como de costumbre, le gustara a él o no. La señora Delveechio Schwartz puso reparos, pero la convencí. Cuando llegara Harold, Flo vendría conmigo.

Harold estaba fuera, en la oscuridad. Esperando. Tenía la mirada cargada de odio. Yo lo ignoré y comencé a bajar la escalera.

– ¡Puta! -susurró-. ¡Puta!

El señor Forsythe llegó puntualmente. Yo estaba sentada en el suelo con Flo y sus lápices de colores porque se niega a jugar con cualquier otra cosa. Yo había traído algunos de mis viejos juguetes de Bronte, una muñeca con todo su guardarropa, un triciclo minúsculo, cubos con las letras del alfabeto en cada una de sus caras; pero ni siquiera los miró. Siempre con los lápices de colores.

– ¡Está abierto! -exclamé.

Así que lo primero que vio el pobre hombre fue a su novia sentada en la alfombra trenzada con una niña de cuatro años, jugando con lápices de colores. Me miró perplejo y yo no pude evitar reírme.

– No, no es mía -dije, me levanté y me acerqué a él.

Coloqué las manos a los costados de su cuello y traje su cabeza hacia mí hasta poder apoyar los labios y la nariz sobre el cabello nevado de su sien. Olía muy bien, a jabón del caro, y no embadurnaba con aceite su maravilloso pelo. Lo tomé de la mano y lo conduje hasta Flo, que miró hacia arriba sin un atisbo de temor y le sonrió de inmediato.

– Es Flo, la hija de la casera. La cuido todos los domingos de cuatro a seis, así que me temo que, si no tienes mucho tiempo, lo único que podremos hacer es hablar.

Se puso en cuclillas y, sonriendo, le acarició el pelo.

– ¿Cómo estás, Flo?

Los ortopedas siempre son simpáticos con los niños, porque gran parte de sus pacientes lo son. Sin embargo, por más que se esforzó, no logró que Flo hablara.

– Parece muda -dije-, aunque su madre dice que habla. No te lo vas a creer, pero una amiga mía y yo pensamos que se comunica con ella sin palabras, mediante una especie de telepatía.

No se lo creyó…

Bueno, es cirujano. Los cirujanos no tienen demasiada imaginación, al menos en lo que respecta a telepatía y comunicación extrasensorial. Para eso hace falta un psiquiatra, y mejor si viene de alguna parte de Asia.

Harold, por su parte, duró poco hoy. Flo no llevaba más de media hora en casa, cuando la señora Delvecchio Schwartz irrumpió en la habitación por la puerta que todavía estaba abierta.

– ¡Oh, estás ahí, angelito! -chilló con una voz artificial, como si la hubiera estado buscando por toda La Casa. Después se detuvo exagerando su sorpresa como una actriz de pacotilla, como si jamás hubiera visto un hombre hasta esa milésima de segundo-. ¡Ohhhh, el rey de pentáculos! -exclamó con voz profunda y cogió a Flo, que la miraba perpleja-. Vamos, angelito, no molestes. Démosles un poco de intimidad, jo, jo, jo.

Le lancé una mirada que le dio a entender que era la peor actuación que había visto en mi vida y dije:

– Señora Delvecchio Schwartz, éste es el doctor Duncan Forsythe. Es uno de mis jefes en Queens. Señor, ella es la madre de Flo y mi casera.

La vieja horrorosa le hizo una reverencia.

– Encantada de conocerlo, señor -Se colocó a Flo bajo el brazo y se fue profiriendo otro jo, jo, jo.

– ¡Dios mío! -dijo el señor Forsythe, mirándome fijamente-. ¿Es la madre biológica de Flo?

– Eso dice ella, y yo la creo.

– Debía de estar menopáusica cuando tuvo a esa criatura.

– Me dijo que ni siquiera se había dado cuenta de que estaba embarazada.

Esas fueron las últimas palabras que dijimos durante al menos una hora. ¡Es un hombre tan encantador…! Estamos hechos el uno para el otro.

– Tendrás que dejar de pensar en mí como el señor Forsythe y dejar de llamarme así -fueron las primeras palabras que se escucharon pasada esa hora-. Me llamo Duncan, supongo que ya lo sabes. Me gustaría escuchártelo decir, Harriet.

– Duncan -dije-. Duncan, Duncan, Duncan.

Eso llevó a un nuevo interludio tras el cual calenté el cuello de cordero estofado que había preparado por la mañana y herví unas patatas para acompañarlo. Comió como si se estuviera muriendo de hambre.

– ¿No te importa que esté casado? -preguntó mientras rebañaba el plato con un pedazo de pan.

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