Collen McCullough - Angel

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Harriet Purcell tiene veintiún años y acaba de diplomarse como técnica en radiología. Con un sueldo más propio de un hombre en el Sidney de los años sesenta, desoye los consejos de su padre, quien le advierte que «sólo los locos, los bohemios y las prostitutas se atreven a vivir en Kings Cross». Así, decide independizarse y se muda a la casa de huéspedes de la señora Delvecchio, situada en ese barrio de mala nota. Allí descubre que su casera, a parte de los alquileres de sus extraños inquilinos, cuenta con otra fuente de ingresos mucho más provechosa: lee las cartas, el horóscopo y escruta las profundidades de su preiada bola de cristal…
Pero es la pequeña Flo, hija de la señora Delvecchio y médium en las sesiones que esta organiza, quien definitivamente roba el corazón de Harriet. A medida que la jóven se adentra en los secretos de los hombres, el amor y las cartas del tarot, va descubriendo también que seguir los dictados del corazón no siempre resulta fácil, y que proteger a quienes más amamos puede convertirse en la tarea más ardua.
Angel es el luminoso relato del despertar de una joven a la vida adulta. Una tierna y deliciosa historia de amor con los más divertidos y bohemios personajes…

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¿Por qué no me conformo con darme un baño en el piso de abajo? Será porque tengo una fuerte veta testaruda, o tal vez sería más correcto decir que porque temo más a la cobardía que al propio Harold. Si me doy por vencida y me quedo sin ducha, le estoy diciendo a Harold que le tengo demasiado miedo corno para invadir su territorio, y eso le da cierta ventaja sobre mí. Deja mi poder en sus manos. Eso sí que no, no puedo permitirlo. De manera que subo a ducharme y hago como si Harold no estuviera agazapado en la oscuridad y como si yo no fuera el único blanco de su maldad.

Domingo, 1 de mayo de 1960

Cuando entré, la Bola de Cristal estaba descubierta sobre la mesa de la sala. El verano ha acabado y empieza a notarse el fresco. Supongo que por eso la señora Delvecchio Schwartz ya no se sienta en el balcón. Además, hoy llueve.

Flo corrió a abrazarme, con el rostro encendido y, cuando me senté, se subió a mi regazo. ¿Por qué tengo la sensación de que es carne de mi carne? A medida que pasa el tiempo, la quiero cada vez más. Mi pequeño ángel.

– La Bola de Cristal debe de ser muy valiosa si tiene mil años -dije a la señora Delvecchio Schwartz, que había puesto la mesa y preparado nuestro menú habitual.

– Podría comprar el Hotel Australia si la vendiera, pero nadie vende una Bola de Cristal, princesa. Sobre todo si funciona.

– ¿Cómo la consiguió?

– Me la legó su última dueña en su testamento. Las bolas pasan de unos videntes a otros. Cuando yo me muera, también se la legaré a otro.

De pronto, Flo se estremeció, bajó a toda prisa de mi regazo y se metió debajo del sofá.

No había pasado ni medio minuto cuando Harold se deslizó sigilosamente a través de la puerta entreabierta. ¿Cómo sabía Flo de su venida? No tengo ningún problema auditivo, pero no oí el menor rumor de pasos.

La señora Delvecchio Schwartz lo fulminó con la mirada.

– ¿Qué diablos haces aquí? -gruñó-. No son las cuatro, sino la una. No eres bienvenido, Harold, así que ¡fuera!

Me miraba fijamente, con expresión de odio, pero enseguida desvió la mirada hacia ella, sin ceder terreno.

– ¡Es una vergüenza, Delvecchio!

¿Delvecchio? ¿Acaso era ése su nombre de pila?

Dejó con un golpazo la botella de brandy y lo miró. Lamentablemente, yo estaba sentada en el ángulo equivocado para ver exactamente qué clase de mirada le lanzaba.

– ¿Una vergüenza? -preguntó ella.

– ¡Esas dos depravadas del piso de arriba nos han robado el dinero del medidor de gas del cuarto de baño!

– ¿Tienes pruebas? -preguntó.

– ¿Pruebas? ¡No necesito pruebas! ¿Qué otra persona de esta casa haría algo así? ¡Fuiste tú quien me pidió que recolectara el dinero de los medidores de gas todos los domingos! -Hizo una mueca-. Eres demasiado alta para llegar hasta allí abajo, me dijiste, ¡pero soy yo quien padece el mal del pato!

La señora Delvecchio emitió un sonido de alborozo y me miró.

– ¿Sabes qué es el mal del pato, princesa?

– No -respondí, deseando que se estuviera mofando de Harold.

– Pues tener el culo demasiado cerca del suelo. -Se puso de pie con mucho esfuerzo-. Vamos, Harold, echemos un vistazo.

Sabía que era inútil tratar de convencer a Flo de que saliese de su escondite. Existía la posibilidad de que Harold volviese y, sin duda, ella lo sabía. Percepción extrasensorial. Leí en alguna parte que la están investigando. ¡Maldito Harold! No era más que una treta para echar a perder mi encuentro con la señora Delvecchio Schwartz. ¿Jim y Bob robando monedas del medidor de gas? Ridículo.

Muchas cosas me indicaban que ese viejo reprimido y lleno de odio era un torbellino de emociones negativas. De pronto, recordé una clase impartida por un psiquiatra. Nos habló de los «niños mimados», hombres solteros que se aferraban a sus madres hasta que éstas fallecían, momento en el cual, condenados por su propia ineptitud, caían en las garras de otra mujer dominante. ¿Acaso Harold era un niño mimado? Se ajustaba al modelo. Lo único que esa teoría no explicaba era el odio hacia mí. Por lo general, se trataba de personas bastante inofensivas, y si alguno se ponía violento, solía dirigir la violencia hacia sí mismo; aunque en ocasiones la emprendía con la mujer dominante. Eso según el tipo que nos dio la clase. Lo que había sucedido horas antes indicaba que el odio de Harold no estaba dirigido sólo a mí. Esta vez sus objetivos eran Jim y Bob. Y Jim era otra reina de espadas.

Oí que la señora Delvecchio Schwartz había regresado. Reía a carcajadas.

– ¡Cariño! -exclamó irrumpiendo en la sala. Harold venía tras ella con expresión inmutable-. ¡Esto es increíble!

– ¿El qué? -pregunté de inmediato.

– Los muy cabrones robaron las monedas del medidor del cuarto de baño; pero no rompieron el candado, sino que cortaron con una sierra las bisagras de la puerta trasera. ¡Parecía intacta! Lo que más me fastidia es que esos gilipollas se tomaran tantas molestias por unos pocos centavos.

– ¡Insisto en que eches a esas mujeres, Delvecchio! -exclamó Harold.

– Escúchame -dijo la señora Delvecchio Schwartz entre dientes-. No fueron Jim y Bob, sino Chikker y Marge, del piso de la planta baja que da al frente. Tienen que haber sido ellos.

– Son personas decentes -replicó Harold fríamente.

– ¡A ver si te enteras, gilipollas! ¿No oyes cómo la muele a palos cuando vuelve borracha todos los viernes a la noche? ¡Decentes, y una mierda! -Agitó los hombros-. ¡Mira que tomarse toda esa molestia por unas miserables monedas! Ni siquiera puedo hacer que carguen con la culpa; es más, no quiero hacerlo. Al menos no se dedican a la prostitución y, excepto los viernes por la noche, son buenos inquilinos.

– Si tú lo dices -murmuró Harold, a quien estaba claro que Chikker y Marge le traían sin cuidado-. De todos modos, insisto en que te deshagas de ese par de lesbianas. ¡Hasta se atreven a andar en moto! Son muy desagradables, y tú eres una tonta.

– ¡Y tú -respondió la señora Delvecchio Schwartz como quien no quiere la cosa-, tú no podrías organizar una orgía gratuita en el 17d! ¡Vete a tomar por culo! ¡Que te vayas te digo! Y no te molestes en volver a las cuatro. No estoy de humor.

Hizo caso omiso de la orden de marcharse. Estaba demasiado ocupado mirándome con hostilidad. Y yo, incómoda y consciente de que, en realidad, no tenía por qué oír nada de aquello, no quitaba ojo a la enorme Bola de Cristal y a su reflejo invertido de la habitación.

– ¿Estás instruyendo a otra charlatana? -se burló Harold.

La señora Delvecchio Schwartz no respondió. Se limitó a agarrarlo del cuello y de la parte trasera de los pantalones para arrojarlo sin esfuerzo al otro lado de la puerta, puesto que no pesaba nada. Oí el ruido que hizo al aterrizar y casi me pongo en pie de un brinco para ir a ver si se había hecho daño, pero desistí. Un buen golpe quizá lo calmaría un poco.

– ¡Vete a tomar por culo! -gritó hacia el vestíbulo, y se sentó radiante de satisfacción. Después, dirigiéndose al sofá, dijo-: Ya puedes salir, Flo, Harold se ha ido.

– ¿Por qué le tiene tanto miedo? -pregunté mientras sorbía mi brandy y Flo, subida al regazo de su madre, mamaba de su pecho.

– No lo sé, princesa.

– ¿No puede convencerla de que se lo cuente?

– No quiere. Y yo no estoy segura de querer saberlo.

– Él no se habrá… No se habrá metido con ella, ¿no? -pregunté.

– No, Harriet, él no haría una cosa semejante. No soy estúpida, de verdad. Es algo espiritual.

– No sabía que hubiera nadie en La Casa al que le molestaran Jim y Bob.

– A Harold le molestan todos.

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