– ¿Es un niño de mamá?
La visión radiológica entró en acción.
– ¿Conque ahora eres adivina? Sí, a decir verdad, sí. Ella era lo que yo llamo una inválida profesional: se quedaba acostada en la cama mientras Harold la atendía día y noche. Cuando ella murió, andaba como pollo sin cabeza. No sabía qué hacer. Lo que es peor, ella dejó todo lo que tenía a un primo de su país natal al que no veía desde que eran niños. El primo vendió la casa y Harold no tuvo dónde caerse muerto. Cada centavo que ganaba se lo había gastado en esa vieja egoísta. Así que, cuando vino a preguntarme si tenía alguna habitación para alquilar, me dio lástima. Años atrás había tenido como inquilino a uno de los tipos que enseñan en esa elegante escuela privada donde él trabaja; así fue como Harold se enteró de la existencia de La Casa. Eché las cartas y vi que aquí tenía una tarea importante que desempeñar, por eso lo acepté. Después -dijo con una mirada lasciva-, me enteré de que no sólo parecía una vieja solterona por su forma de ser. Sí, ¡era virgen! Créeme, princesa, tienes que acostarte con un virgen antes de morir.
Yo me moría por decirle que pensaba que Harold era un hombre muy enfermo pero, últimamente, la lengua tiende a meterme en problemas, así que me la mordí y no dije ni una palabra, ni siquiera acerca de cómo me acosaba y cómo me miraba. En cambio dije:
– Está harta de él.
– Estoy hasta la coronilla, princesa.
– Entonces, ¿por qué no se deshace de él?
– No puedo. Las cartas dicen que todavía tiene un trabajo importante que hacer en La Casa y no puedo desobedecerlas. -Llenó el vaso hasta el borde, dio un mordisco al pan con anguila y, mascullando, dijo-: ¿Así que el rey de pentáculos regresó a la Tierra del Curry?
– Hace ocho días. La semana pasada estuve en Bronte.
– ¡Guapísimo, el muchacho! Me recuerda al señor Delvecchio, sólo que él era italiano y no tenía ese toque moreno que tenía el tuyo. ¡Pero era orgulloso y apuesto! El rey del mundo, así era el señor Delvecchio. -Suspiró tratando de contener el llanto-. Yo me tendía en la cama y veía cómo se pavoneaba. -Con uno de sus pálidos ojos se burlaba de mí mientras cerraba especulativamente el otro-. ¿Tu primer rey de pentáculos era un hombre de pelo en pecho?
– No. Más bien era como una escultura de marfil.
– Lástima. El señor Delvecchio estaba cubierto de vello. Solía peinarle el pecho y «ya sabes dónde» -rió con ganas-, ¡se le enredaba y se le hacían nudos, princesa, nudos! Una jungla. ¡Me encantaba husmear por esa zona! Lo peinaba con la lengua.
De alguna manera logré mantener la cara seria.
– ¿Hace cuánto fue eso?
– ¡Oh, es como si hubieran pasado cien años! Unos treinta, en realidad. Pero, ¡ahhhhh, lo recuerdo como si hubiera sido ayer! Una siempre se acuerda de hombres así. Ya verás cuando empieces a sumar. Sí, como si hubiera sido ayer. Eso es lo que te mantiene joven.
– ¿No tuvieron hijos? -pregunté.
– No. ¿No es extraño? Un hermoso hombre de pelo en pecho como él y ningún hijo. Supongo que fue por mí. Flo llegó con las hormonas.
– ¿Qué sucedió con el señor Delvecchio?
Se encogió de hombros.
– No lo sé. Un día agarró y se marchó. Ni siquiera se llevó una maleta. Lo esperé unos días, pero como no volvía éche las cartas y ellas me dijeron que se había ido para siempre. La torre. Los amantes al revés. El ahorcado. El nueve de espadas. El cuatro de bastos invertido. Significa la ruina de la casa, ¿sabes? Pero la reina de espadas (o sea, yo) estaba bien ubicada, así que me quedé tranquila. Una vez lo vi en la Bola de Cristal, bastante tiempo después. Se le veía bien y contento, rodeado de niños. La primera vez que estuvimos juntos me regaló un tapete azul en forma de conejito para el hijo que nunca tuvimos. En fin…
La historia me conmovió profundamente, aunque en su relato no había ni un atisbo de tristeza o autocompasión.
– ¡Lo lamento mucho! -dije.
– No tienes por qué, princesa. Cada cosa tiene su fin, eso es todo. Deberías saberlo después de tu semana con la estatua de marfil.
– Supongo que sí.
– ¿Tienes roto el corazón?
– Ni siquiera está mellado.
– ¿Lo ves? El mar está repleto de peces, mi pequeña Harriet Purcell. No eres de las que sufren penas de amor, sino de las que las causan. No te pareces en nada a mí, excepto en esto. La vida es demasiado buena y el mar está repleto de peces para las que son como nosotras, pequeña Harriet Purcell. Irrompibles.
El brandy de Willie ya no me parecía repugnante y, a decir verdad, cuanto más lo bebía, más me gustaba. Así que, a esas alturas, ya estaba lo bastante desinhibida para seguir con las preguntas.
– ¿El señor Delvecchio y usted se divorciaron?
– No fue necesario.
– ¿Quiere decir que no estaban legalmente casados?
– Yo no sabría expresarlo mejor. -La señora Delvecchio Schwartz rellenó las copas.
– Pero con el señor Schwartz sí se casó.
– Sí. Gracioso, ¿verdad? Y bastante antes de Flo. ¿Sabes?, con los años una se va haciendo vieja y llega un momento en el que siente frío sin un marido que le caliente los pies.
– ¿Eran parecidos el señor Schwartz y el señor Delvecchio?
– Como la noche y el día, princesa, como la noche y el día. Así es como debe ser. ¡Nunca caigas en los mismos errores! Nunca elijas dos veces la misma clase de hombre. En la variedad está la sal de la vida.
– ¿Era apuesto?
– En un sentido poético, sí. Ojos oscuros y pelo muy rubio. Una cara linda, fresca y joven. Flo se parece bastante a su papá.
Me invadió una agradable sensación de embotamiento y, tal vez por eso, de pronto en la imagen borrosa de la señora Delvecchio Schwartz entrevi cómo había sido treinta o cuarenta años atrás. Ni bella ni hermosa, pero sí atractiva. Los hombres debían de sentirse como sir Edmund Hillary en la cima del monte Everest al escalar sus alturas.
– Lo quería mucho… -afirmé.
– Sí. Siempre se ama a los que no van a llegar a viejos -dijo con ternura-. El señor Schwartz no llegó a viejo. Era veinticinco años menor que yo. Un agradable caballero judío.
Quedé boquiabierta.
– ¿Murió?
– Sí. Una mañana ya no se despertó. Una excelente manera de terminar, princesa. Insuficiencia cardíaca, dijeron los investigadores. Tal vez. Pero las cartas dijeron que, de no haber sido por eso, habría sido por otra cosa. Un autobús o una picadura de abeja. No puedes escapar de la vieja dama de la guadaña cuando te llega la hora.
Aparté mi vaso.
– Si no me marcho ahora, señora Delvecchio Schwartz, empezaré a armarme un lío. -Después se me ocurrió una pregunta más-. Harold la llama Delvecchio, pero ése no es su nombre de pila. Si me permite la pregunta, ¿cuál es su nombre?
– Extraña forma de referirse al nombre, teniendo en cuenta que la mayor parte del mundo no es cristiana -dijo sonriendo socarronamente-. Dejé de usar mi nombre hace años. Mi encanto está en Delvecchio Schwartz.
– ¿Y el mío está en Harriet Purcell? -pregunté.
Me pellizcó la mejilla.
– Todavía no lo sé, princesa. -Se estiró-. ¡Ah, qué alivio! ¡Nos libramos del cretino de Harold esta tarde!
Bajé a mi piso, me desplomé en la cama y dormí dos horas. Cuando me desperté, hace un rato, me sentía estupenda. Hoy he aprendido mucho de mi casera. ¿Flo? ¿Hormonas? ¡Rayos! Sabía que me olvidaba de algo.
Miércoles, 11 de mayo de 1960
Esta tarde vino un pobre viejo con lesiones por aplastamiento en las dos piernas, de la pelvis para abajo. Uno de esos accidentes insólitos que nunca se supone que ocurren. Iba el hombre caminando tranquilamente cuando, de pronto, un bloque de cemento se desprendió de la vieja cornisa de una fábrica. Si se le hubiera caído encima, habría quedado hecho polvo. Pero lo que lo golpeó fue la lámina de hierro que llevaba enganchada, que le aplastó las piernas bastante antes de que el bloque tocara el suelo, rebotara y lo liberara; lo cual permitió que fuera trasladado de inmediato al Queens. Por supuesto, no tenía ninguna esperanza a su edad. Tenía ochenta años.
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