Michael Lawrence - La inundación

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Transcurre el mes de junio. El río ha salido de su cauce y ha inundado la propiedad de Wíthern Rise. Alaric y Naia se encuentran remando a la deriva en el mismo jardín y parecida inundación que tuvo lugar en junio de 1945. Conocen a Aldous Underwood, que sólo tiene once años y es el hermano mayor de su abuelo. Ahora, en 2005, ofrecen su amistad al mayor de los Aldous, quien sobrevivió al accidente pero permaneció casi los setenta y un años de su vida en coma.

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Mientras daba la patada, Aldous reparó en algo a su izquierda. Podría haber mirado en cualquiera de las dos direcciones, pero miró hacia la izquierda, y eso fue su perdición. Si hubiera mirado hacia la derecha se habría quedado tan sorprendido que habría caído del árbol para terminar en el agua. Luego se habría levantado, tosiendo y escupiendo, para regresar a la casa con cierta prisa por secarse. Lo que habría visto en esa fugaz mirada hacia la derecha habría sido una mano, inmóvil junto a la suya con la palma vuelta hacia abajo. La mano se hallaba unida al brazo de un chico, sentado en una rama muy similar y completamente inconsciente de que su mano, sólo su mano, había pasado, brevemente, de su propia realidad a otra. Había otra cosa relacionada con la mano desunida del cuerpo que habría dejado perplejo a Aldous si hubiera reparado en ello.

Era verde.

La mano verde se esfumó mientras Aldous centraba toda su atención en algo que sí había notado: la bolsa de polietileno que colgaba del muñón de rama un metro a su izquierda.

Jueves 16

Entre las risas y la frivolidad, Ursula volvió la mirada hacia el árbol al que se había subido su hermano. Las hojas lo ocultaban, pero estaba en algún lugar allí, entre la fronda, y Ursula quería hacerle saber que no estaba nada complacida con él.

– ¡Aldous es un aguafiestas! -gritó.

Jueves:17

Alaric oyó la burla, pero la atribuyó a algún juego infantil. Permaneció completamente inmóvil, con la espalda apoyada en el tronco y las rodillas bajo la barbilla. Un mirlo que iba y venía entre las hojas evidentemente no lo percibió como una amenaza, y de pronto se detuvo, a cierta distancia de él, mientras volvía la mirada de un lado a otro con rapidez como si estuviera diciendo: «Qué lugar más agradable, ¿verdad?» Se produjo un ligero movimiento debajo, pero como su origen no podía averiguarse a través del follaje, el pájaro tampoco se sintió intimidado por él. A Alaric se le ocurrió pensar que tal vez se tratara de Aldous, pero no podía apartar las hojas para mirar, por si se diera el caso de que no fuera él. Tampoco, por la misma razón, podía levantar la voz. Así que se quedó donde estaba.

Sin mover un músculo.

Hasta que le dio un calambre.

Jueves:18

– ¡Aldous es un aguafiestas!

Tras oír el grito de su hermana, Aldous se sintió todavía más avergonzado. Si Ursula pensaba eso de él, entonces los demás, probablemente, también eran de la misma opinión. Incluso su tía. No se sentía nada cómodo con aquel parecer, de modo que quiso demostrarles que, en realidad, él no era así.

Y tenía una idea de cómo hacerlo.

Descolgó la bolsa y la examinó. Nunca había visto un material semejante. Grueso, sólido, transparente. Pero perfecto. Cogió un puñado de hojas, las introdujo en la bolsa y luego la abrió un poco más y metió la cabeza dentro de ella. Apretó la cinta de plástico justo lo suficiente para evitar que las hojas cayesen fuera, se pasó el lazo de la cinta por encima de un hombro igual que si fuese un chal, y miró a su alrededor. Todo se volvía un poco borroso visto a través de aquel extraño material y cuando inspiraba y espiraba sobre él, éste seguía los movimiento de su respiración y se le pegaba a los labios. Aldous deseó tener un espejo. ¡Oh, cómo se reirían cuando lo vieran con todas aquellas hojas en el pelo y la cabeza metida dentro de aquella extraña bolsa!

Bajó la mirada hacia el agua. Había una distancia considerable, pero resultaría todavía más divertido si producía una buena salpicadura y luego surgía del agua como alguna criatura fabulosa venida de las profundidades, haciendo una mueca dentro de la bolsa y agitando los brazos mientras arremetía contra ellos dentro del bote. Las chicas se pondrían a chillar. Con un poco de suerte, tía Larissa también gritaría. Esperaba que luego Ray no tuviera pesadillas, pues de ser así, maman nunca se lo perdonaría.

Jueves:19

El mirlo volvía la cabeza de vez en cuando para mirar al inmóvil Alaric. Sólo los movimientos bruscos eran una amenaza, pero mantenerse alerta nunca estaba de más. Alaric, en cambio, no se sentía tan satisfecho. El calambre iba empeorando, de modo que, no sin cautela, estiró la pierna.

Jueves:20

Con la bolsa de polietileno y las hojas de roble pegándose a sus mejillas y sus cabellos, Aldous, que respiraba con dificultad pero estaba resuelto a iniciar su broma, se preparó para saltar del árbol.

Jueves21

Cuando Alaric sacudió el pie, el mirlo se alarmó, desplegó las alas y salió volando a toda prisa a través de las hojas. Debajo del árbol, sobresaltado por el repentino rumor, Aldous miró hacia arriba… y perdió el equilibrio. La bolsa que cubría su cabeza estaba empañada por su respiración, y las hojas que contenía le dificultaba aún más la visión. No logró agarrarse a nada. El ágil descenso que se había propuesto llevar a cabo se convirtió en una zambullida oblicua, que lo habría hecho precipitarse torpemente dentro del agua si la cinta de plástico de la bolsa no se hubiera quedado enganchada en el mismo muñón de rama del que la había descolgado hacía unos minutos. El plástico se deslizó hacia abajo a lo largo del muñón, y aguantó, pero el peso del cuerpo de Aldous lo tensó y la boca de la bolsa pasó a quedar rígidamente ceñida. Un instante después, Aldous se encontró balanceándose bajo la rama suspendido por el cuello, los pies a unos centímetros del agua, sin que pudiera llegar a emitir más que un sonido casi imperceptible.

Jueves:22

La sacudida del árbol y los sonidos ahogados que llegaban desde abajo eran tan inesperados que Alaric se olvidó por un instante de su calambre. Se inclinó y apartó la fronda. Al principio no vio nada, pero luego descubrió algo: un brazo, que se agitaba frenético. Se agarró a la rama para no caer, se inclinó un poco más hacia fuera y vio a Aldous, que se movía sin parar, con una especie de capucha sobre la cabeza, traslúcida como… el polietileno.

Alaric se quedó perplejo y perdió unos cuantos segundos mientras decidía qué hacer; sin embargo, enseguida colocó el álbum familiar en un nido de ramitas y bajó a la rama inferior. Fue cautelosamente a lo largo de ella hasta que tuvo a su alcance el muñón de la rama rota y entonces, inclinándose hacia fuera del tronco, extendió la mano hacia el cuello del muchacho, con la intención de elevarlo lo suficiente para aflojar la cinta de la bolsa y arrancar el polietileno de su…

La luz cambió con la eficiencia de una bofetada, el nivel del agua bajó y el muchacho suspendido del cuello, a un minuto de la muerte, se esfumó.

Jueves:23

Fue el señor Knight quien lo encontró. Había ido a inspeccionar lo que pudiera del jardín que quedaba fuera de su alcance hasta que la inundación se hubiera retirado. Marie se desmayó nada más ver el cuerpo. Ursula y Mimi se mostraron inconsolables. El pequeño Ray sólo podía mirar a su alrededor con ojos inexpresivos, tratando de encontrar algún sentido a todo aquello. ¿Su hermano? ¿Muerto? ¿No vería nunca más a Aldous? ¡Imposible!

Larissa se echaba la culpa de lo ocurrido; nadie la había visto nunca tan afectada. «No debería haberlo dejado, no debería haberlo dejado… ¿Por qué lo dejé, por qué lo dejé solo? ¡Deberían matarme! ¡No merezco vivir!» En otras circunstancias, su hermano la habría consolado. Hoy no. Alaric Eldon Underwood ya era lo que seguiría siendo hasta su propia muerte prematura el año siguiente: un hombre roto.

Después, el señor Knight contó a su esposa y a todas las personas con las que se encontraba cuando éstas pedían detalles, que «faltó poco para que me muriese cuando vi a ese chico». El hallazgo del cuerpo sería un tema del que se hablaría durante muchos años en Eynesford y Stone y, en menor medida, en Great Parr, Eaton Fane y otros pueblos de los alrededores. No era tanto por la muerte como por la causa de ésta: aquel material que envolvía su cabeza, la cinta de plástico tensada alrededor del cuello que lo ceñía con tal firmeza que había resistido incluso el peso muerto del chico.

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