Michael Lawrence - La inundación

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Transcurre el mes de junio. El río ha salido de su cauce y ha inundado la propiedad de Wíthern Rise. Alaric y Naia se encuentran remando a la deriva en el mismo jardín y parecida inundación que tuvo lugar en junio de 1945. Conocen a Aldous Underwood, que sólo tiene once años y es el hermano mayor de su abuelo. Ahora, en 2005, ofrecen su amistad al mayor de los Aldous, quien sobrevivió al accidente pero permaneció casi los setenta y un años de su vida en coma.

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Jueves:6

Larissa estaba exultante, un estado de ánimo que a todos pareció raro, excepto a su hermano. Sólo él la había conocido como una muchacha capaz de emocionarse por algo y una mujer joven impulsiva. Para él, la razón de aquella súbita animación era obvia. Se disponía a irse. Larissa había crecido en Whitern Rise, pero ya hacía años desde la última vez en que quiso permanecer allí durante algún tiempo. «Apesta a infancia», había dicho en una ocasión. Cuando se le preguntaba acerca de su necesidad de permanecer siempre en movimiento, aseguraba que la «estupidizaba» la idea de pasar noche tras noche en la misma cama. Lo que hacía que se le acelerase el pulso era el pensar que no sabía dónde iba a descansar una noche, determinada o no.

Cuando A. E. dijo que echaría de menos a su hermana, hablaba en serio. Su esposa no compartía el sentimiento, aunque hacía todo lo que podía para ocultarlo. Tan aliviada se había sentido Marie al saber que su cuñada por fin se iba que se apresuró a dar su aprobación a la salida que proyectaba hacer Larissa en bote, con los cuatro niños, al Coneygeare y aún más allá. Hasta Ursula tenía ganas de participar en aquella expedición. Al igual que su madre, Ursula no sentía demasiado afecto por su tía (quien nunca había demostrado quererla mucho), pero ahora Larissa se disponía a marcharse, y le parecía descortés no ir con ella en ese paseo en bote.

A. E. llevó a sus hijos, uno por uno, a la embarcación, pero no llevó a su hermana. Larissa, sin botas y sin medias, se había remetido las faldas en las bragas para recorrer la corta distancia hasta el porche.

– Ya veo que no hay sitio para mí -dijo A. E. cuando los cinco estuvieron a bordo.

– Esto es una excursión para quienes viven libres de preocupaciones -le informó su hermana.

– ¿Para quienes viven libres de preocupaciones? ¿En qué me convierte eso?

– Tú tienes una casa en la que pensar, mi querido muchacho. Eres un esposo, un padre, un patrono. El peso del mundo descansa sobre tus hombros.

– Intento que no se me note -dijo él en tono lastimero.

– Inténtalo todo lo que quieras, pero la realidad es ésa. Venga, danos un empujón.

A. E desató la embarcación, proporcionó el empujón solicitado y se quedó de pie al lado de las cristaleras cerradas de la sala del río, contemplando su partida. Esta vez Larissa permitió que Aldous remara.

En un momento dado de su paseo en bote, Ray pidió que se le dejara remar. Aldous no estuvo de acuerdo, pero Ursula, al ver que Ray iba a ponerse de mal humor, le ordenó que le pasara los remos. Aldous sabía que no debía llevarle la contraria a su hermana, por mucho que ella tuviera un año menos que él, y se los entregó. Durante los minutos siguientes Ray luchó por controlar el bote, y Aldous no tardó en perder la paciencia.

– ¡Estamos yendo en círculos! -gritó.

– ¡Yo no tengo la culpa! -chilló Ray a su vez.

– ¡Tú tienes los remos!

– Nunca había remado -dijo Ursula-. Podrías explicarle cómo se hace en vez de reñirle.

– Dejad de discutir, todos vosotros -pidió Mimi.

– Sí, dejad de discutir -dijo Larissa sin perder la calma, y ella yMimi intercambiaron una rápida inclinación de cabeza como si estuvieran sellando un pacto.

Ray devolvió los remos, y Aldous se apresuró a cogerlos. Para dejar claro quién de los dos era más habilidoso, remó rápida y eficientemente alrededor del Coneygeare. Había menos embarcaciones que la última vez que hizo aquello, con su padre. La novedad de estar yendo en un bote por aguas que normalmente eran terrenos comunales empezaba a perder su atractivo inicial. Incluso para aquellos cuyas propiedades habían resistido la incursión, ahora la inundación era más una molestia que una fuente de diversión. Unos cuantos todavía disfrutaban de ella, no obstante.

– Mira, ahí está el señor Knight -señaló Ursula.

A unos ochenta metros de distancia, su jardinero remaba de un lado a otro llevando de paseo a su esposa y su hijo pequeño. Una familia que había salido a pasar un rato en las aguas.

– Nunca había visto al pequeñín del señor Knight -dijo Mimi-. ¿Podemos ir hacia ellos para darles las buenas tardes?

– A la señora Knight no le hará demasiada gracia -replicó Aldous.

– Me da igual. Quiero ver al pequeño.

Aldous protestó, pero se vio superado en número de votos por sus hermanas. Su tía, a la que tampoco entusiasmaban demasiado los niños pequeños, se guardó sus objeciones.

La señora Knight era el reverso exacto de su esposo. Él era alto, y ella, menuda; él era esbelto, y ella, regordeta; él era jovial, pero ella mostraba una expresión y unas maneras resueltamente abatidas. Mientras el señor Knight daba la bienvenida a los Underwood, su esposa dio la impresión de sentirse más bien disgustada por tenerlos cerca.

La casa de los Knight quedaba justo enfrente de la puerta lateral de Withern, pero en los tres años y medio que habían transcurrido desde que se casaron, cuando ella se trasladó de Eynesford a Great Parr, la señora Knight no había hecho ningún esfuerzo para trabar amistad con los patronos de su esposo; o con sus hijos. La razón para ello era un vínculo familiar ligeramente dudoso descubierto poco antes del nacimiento de su bebé. Un vínculo que ella no iba a admitir por nada del mundo, mucho menos ante los Underwood, y que había prohibido a su esposo que mencionara a nadie.

Los dos botes sc encontraron y empezaron a mecerse el uno al lado del otro mientras Mimi extendía la mano y tocaba la mejilla regordeta del niño. A éste no pareció importarle. De hecho, le dirigió una gran sonrisa. La expresión de la madre, que lo idolatraba, se dulcificó. Adorar a su hijo era la manera más rápida de llegar al corazón de Clarice Knight.

– ¿Cómo se llama? -inquirió Mimi.

– Tiene dos nombres -dijo el señor Knight al tiempo que dirigía una mirada taimada a su esposa.

Ella lo miró con cara de pocos amigos.

– Nosotros lo llamamos John.

– No tiene el menor sentido de la herencia -murmuró maliciosamente el señor Knight. Mientras Clarice volvía a hacer objeto de sus atenciones al pequeño, quien estaba absorto en una especie de diálogo con Mimi, se dirigió a Larissa-. He oído decir que nos deja, señorita Underwood.

– Las noticias corren muy deprisa por aquí -dijo Larissa.

– Lo que no sé es adónde va a ir.

– A Francia. Inicialmente.

– ¿Francia? Oh, yo no iría allí ni loco. Hay muchas cosas que poner en orden por Francia -dijo el señor Knight-. Montones de rencores y odios.

– Correré el riesgo.

– ¿Estará allí mucho tiempo?

– No sabría decírselo -respondió Larissa-. Depende de a quién encuentre.

El jardinero asintió como si comprendiera, aunque sólo estaba siendo cortés. A aquellas alturas Ursula y Ray también se habían puesto a hablar con el pequeñín. Sólo Aldous permanecía callado, con la mirada perdida en la llanura acuosa del Coneygeare y deseando que los otros no tardaran mucho en darse cuenta de que estaba impaciente por seguir su camino. Cuando los demás dejaron de hablar y de mirar al niño, volvió la proa del bote hacia la aldea.

Eran las cuatro y veinticinco. Le quedaban cincuenta y cinco minutos de vida.

Jueves 7

Después de su regreso de la biblioteca, Alaric hizo todo lo que pudo para no acordarse de lo que sentía que debía hacer. No fue hasta las cinco cuando por fin reunió el valor necesario. «De acuerdo -se dijo-, sé que después me veré expulsado de golpe, pero ¿con qué frecuencia se te presenta la ocasión de entrar en el pasado de tu familia, por el amor de Dios?»

Pero ésa no era la razón por la que quería acceder a la realidad de 1945. Lo cierto era que deseaba ver a Naia, y ése era el único sitio en el que había una probabilidad de que se tropezara con ella. Tenía consigo su álbum familiar, todavía en la bolsa de polietileno pero ya desenvuelto desde que lo había recuperado de la caseta de los botes. Planeaba enseñárselo a Naia, si se encontraban, con la esperanza de que las hojas patéticamente vacías del final tirarían de los hilos de su corazón y la persuadirían de que se desprendiera de las páginas llenas de fotos que habían sido quitadas de su álbum. Si Naia le daba aquellas páginas, entonces Alaric podría añadirlas al suyo y, por fin, podría mostrárselo a Alex. Tendría que quitar cualquier instantánea en la que apareciese Naia y explicar los huecos de alguna manera, pero cada cosa a su tiempo.

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