Michael Lawrence - La inundación

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Transcurre el mes de junio. El río ha salido de su cauce y ha inundado la propiedad de Wíthern Rise. Alaric y Naia se encuentran remando a la deriva en el mismo jardín y parecida inundación que tuvo lugar en junio de 1945. Conocen a Aldous Underwood, que sólo tiene once años y es el hermano mayor de su abuelo. Ahora, en 2005, ofrecen su amistad al mayor de los Aldous, quien sobrevivió al accidente pero permaneció casi los setenta y un años de su vida en coma.

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Pasado un rato Naia se levantó y echó a andar a lo largo de la orilla, deteniéndose ocasionalmente para juguetear en el agua con las manos. Su fatiga anterior la tenía perpleja. Después de los otros viajes se había sentido bastante cansada, pero esa vez había quedado totalmente exhausta. ¿Por qué? Cuando pasó de su realidad a la de Alaric allá por febrero experimentó el dolor más increíble, pero éste había cesado tan pronto como llegó. Antes de aquellas visitas recientes no había sentido dolor y, de hecho, prácticamente apenas notó ninguna sensación, pero ¡oh, cuando regresó! Entonces ¿cuál era la diferencia? Bueno, había una, y no podía ser más obvia. Entre su realidad y la de Alaric no había existido ningún tiempo diferencial. Ambos vivían existencias paralelas, minuto por minuto; pero los últimos viajes habían sido a otro día. Otra década. Sonrió. Naia Underwood. Viajera del Tiempo. Su sonrisa fue efímera, y se dijo que fuera lo que fuese aquello relacionado con los viajes al año 1945 que había traído consigo tan horrible debilidad, no tenía ninguna prisa por volver a experimentarlo. A pesar de toda la curiosidad que sentía por la vida en el Whitern Rise de aquel entonces, durante uno o dos días no volvería a subir al árbol.

El árbol. El sobre dentro del Agujero de los Mensajes. Con todos los últimos acontecimientos se le había ido completamente de la cabeza. Naia dobló la esquina de la casa y entró en el jardín sur. Fue al árbol Genealógico y sacó el sobre. Mientras lo hacía tuvo la extraña sensación de que la estaban observando, y se volvió con el tiempo justo de ver cómo unos binoculares se movían hacia arriba entre los matorrales y los árboles que crecían junto al camino de acceso. Entrevió un rostro. El de un hombre. Un desconocido.

– ¿Disculpe? -dijo en voz alta.

El no dijo nada y se fue a toda prisa. Naia oyó el chapoteo que producían sus pasos al ir hacia la puerta. ¿Qué iría a hacer ahora?

Se encogió de hombros. En verano, la gente solía subir un trecho por el camino de acceso para echar una mirada a la casa, no porque ésta fuese particularmente grandiosa o impresionante, sino sólo porque estaba allí. Esa clase de intrusiones se aceptaban como algo que había que esperar sin que por ello llegaran a ser bienvenidas, pero el que alguien que no tenía nada que hacer allí fuese por el camino de acceso cuando éste se hallaba inundado sugería un nivel de curiosidad todavía mayor de lo habitual. Y, además, aquel hombre tenía unos binoculares. ¿Un mirón? Tendría que advertir a Kate.

Cuando llegó a la casa, Naia trepó por la ventana, una manera de entrar que ya se había convertido en habitual, y se quitó las botas. Un minuto después, en su habitación, rompió el lacre del sobre. Dentro, encontró una hoja de papel mecanografiada que había sido doblada. La misma máquina de escribir antigua de antes, pero Naia se había equivocado acerca del contenido de la nota. Era completamente distinto.

Aviso

Mundos completos, universos enteros, idénticos en la mayor parte de los detalles más visibles, coexisten a un pelo de distancia el uno del otro. Las realidades se dedican a construir sus historias sin ser más conscientes las unas de las otras de lo que lo es una pulga de los satélites de comunicaciones.

Es mejor así.

Imagínate qué ocurriría si todos supiéramos que versiones alternativas de nosotros mismos se estaban lavando el cabello en el mismo instante en que nosotros nos lavábamos el nuestro, comiendo un huevo pasado por agua cuando nosotros estábamos comiendo uno, o, pongamos por caso, se hallaban sentadas en el inodoro mientras nos dábamos una ducha. En su mayor parte, las realidades no se superponen ni interfieren las unas en las otras, pero hay algunas que te atraen hacia ellas. Casi siempre son realidades anteriores que continúan existiendo cuando el tiempo estándar sigue su curso.

Son peligrosas. Resístete a ellas si puedes

Aldous U.

Whitern Rise

Naia leyó el documento varias veces. A diferencia del primero, éste parecía ir específicamente dirigido a ella. Y la referencia a las realidades no-paralelas, realidades anteriores, sonaba como si la persona que había escrito la nota supiera que ella había estado en una. ¿Quién había escrito aquello? Obviamente, el anciano que había dicho llamarse Aldous Underwood. Por si el nombre no fuese suficiente, Naia lo había visto dejar el árbol justo antes de que ella descubriese el sobre. La única vez que se encontró con él no le había parecido particularmente inteligente. ¿Cómo era posible que alguien como él llegara a cavilar de ese modo, menos aún, que supiera tanto? Tenía que haber más en él de lo que se percibía a primera vista, o más de lo que él dejaba traslucir. ¿Y qué había pretendido exactamente con aquella advertencia? ¿Qué daño podía haber en aquellas… realidades-del-tiempo?

Naia necesitaba preguntarle aquellas cosas a la cara, oír de sus propios labios lo que él sabía; y averiguar por qué versiones de él en dos realidades estaban escribiendo semejantes notas y las metían en el árbol Genealógico. También esperaba llegar a saber, en el curso de una charla con él, si era el niño con el que ella y Alaric se habían encontrado en 1945, y si lo era, de quién era, entonces, la tumba en el cementerio de la antigua realidad de Naia.

Miércoles:10

Durante casi todo el día, Aldous se había asegurado de caminar por donde la inundación había llegado más arriba. A diferencia de Naia, no se le ocurrió que podía resbalar o perder pie y terminar en el agua. Las nuevas botas impermeables le daban la seguridad en sí mismo necesaria para ir por donde quisiera, aparte del río propiamente dicho, y tenía intención de sacarles el máximo partido posible. Antes de la inundación cada día caminaba kilómetros, con la energía de un hombre joven, redescubriendo partes y lugares de los que no se acordaba hasta que volvía a verlos. El pueblo terminaba allí donde antaño había habido una floreciente feria semanal de ganado. Su padre solía llevarlo a ella para que viera cómo se pujaba por caballos, ovejas, cerdos o aves de corral, e imaginó que podía sentir el olor de la feria incluso ahora, aunque en la actualidad el terreno se hallaba ocupado por un gran edificio de oficinas. Luego dejo atrás un cercado para reses y realmente estuvo fuera del pueblo, en Cow Common, donde el ganado aún pastaba, aunque ya no era tan numeroso como cuando él iba allí con su padre o con maman. El sendero que atravesaba el terreno comunal iba hasta la vieja fábrica de papel, que ahora estaba en proceso de ser demolida para dejar sitio a una zona industrial. Cosa de un kilómetro más adelante, en un pequeño tramo del viejo Great North Road, iría a campo traviesa hacia Eaton Fane, Great Parr o alguno de los otros pueblecitos que, desde su época, se habían convertido en autovías repletas de coches circundadas por anodinas viviendas modernas.

Sin embargo, ahora, ya bastante entrada la tarde y después de tanto caminar a través del agua, empezaba a sentir la edad que aparentaba. Salir del agua y acomodarse en la hamaca nunca resultaba fácil, pero con las botas nuevas costaba todavía más que antes. Suverse a la hamaca y quitarse las botas sin mojar su lecho era toda una tarea; no obstante, lo consiguió y metió las botas entre las ramas que había a la derecha de su cabeza, como había hecho la noche anterior; luego se tumbó para esperar la llegada del sueño. No tener miedo a quedarse dormido todavía era una novedad para él, y de vez en cuando despertaba durante la noche temblando a causa de una pesadilla que lo había devuelto a la clínica y todo lo que ella representaba. La pasada noche había despertado así, y casi se cayó de la hamaca al vislumbrar, a la tenue claridad, la forma de algún monstruo que se disponía a abalanzarse sobre él. Eran las botas, pero sus nervios necesitaron unos cuantos minutos para poder calmarse.

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