Esa noche acababa de conseguir ponerse cómodo cuando su querida abuela le vino a la mente. Se acordó de cómo solía arroparlo y luego se sentaba junto a su cama para leerle emocionantes historias de gigantes asesinos y muchachos que vivían en la jungla, de invasores vikingos, de búsquedas de santos griales, de aventuras en alta mar. Todavía podía oír la voz de la abuela, con aquel tono melódico que tenía y la risita que se le escapaba cuando leía un pasaje divertido. Se vio a sí mismo, acostado allí, escuchando sus historias con avidez con las cortinas descorridas para permitirle contemplar los reflejos que apenas se movían proyectados por el agua bajo la ventana de su habitación en la esquina de la casa. La voz de la abuela. Las historias de la abuela. Los labios de la abuela sobre su frente.
– Buenas noches, Tommy.
Su agradable somnolencia reventó como un globo que acabase de ser pinchado. ¿Tommy? La abuela nunca lo había llamado Tommy. Él no se llamaba Tommy, así que ¿por qué iba ella a hacer tal cosa? Él era Aldous. Aldous Underwood de Whitern Rise, y tenía once años. Y mañana iba a morir.
Jueves:1
Larissa había dicho a su hermano, su esposa y sus cuatro hijos que fueran a la cocina para anunciarles su decisión. Larissa le tenía mucho cariño a la cocina, con su enorme hilera de fogones y su suelo enlosado, su alacena en la que se podía entrar, la Doncella Sheila instalada en poleas. Solía encontrársela allí, acomodada en la vieja mecedora, con los pies envueltos en medios calcetines de lana (los dedos dispuestos en hileras pulcramente ordenadas) sobre un taburete mientras leía un libro de Austen, de Trollope o de Galsworthy. En una ocasión una ranita había entrado saltando por la puerta abierta mientras Larissa se hallaba así ocupada, lo que hizo que se levantara de un brinco de la mecedora y la persiguiese alrededor de la mesa, sin tener una idea demasiado clara de lo que haría en cuanto la hubiese atrapado. Sin embargo, no hubo de tomar ninguna decisión al respecto, porque en su último circuito la impertinente criatura huyó por la puerta y se alejó a saltos a través del jardín.
– ¿Vas a ir a Francia? -dijo A. E. en cuanto oyó de labios de su hermana la noticia-. Lissa, en Europa ha habido una guerra. ¿Es que no te has enterado?
– La guerra en Europa ha terminado -replicó ella con firmeza-. Así que puedo volver a viajar libremente.
– ¿Por qué Francia?
– Yo tenía una amiga allí, en un pueblecito cerca de Poitiers. Quiero ver si ha sobrevivido a las… hostilidades -dijo Larissa, y pronuncie» esa última palabra con acerado desdén.
– ¿Poitiers? -repitió Marie con un destello de interés-. Poitiers queda a poco más de cien kilómetros de Limoges.
– ¿Y? -dijo Larissa.
– Bueno… yo soy de Limoges.
– Ya estaba al corriente de eso, querida, pero tu lugar de nacimiento no tiene nada que ver con mi razón para ir a un sitio completamente distinto, cualquiera que sea la proximidad.
– No, no, por supuesto que no; yo sólo…
– Desde luego -dijo Larissa, poniendo fin a aquella parte de la discusión.
– ¿No has sabido nada de tu amiga? -le preguntó A. E.
– Hasta que Francia capituló nos escribíamos con frecuencia. Entonces las cartas de ella cesaron de repente.
– ¿Seguiste escribiéndole?
– Durante unos cuantos meses, pero empezó a parecerme que no tenía ningún sentido cuando dejé de recibir sus cartas -dijo Larissa.
– ¿Cuándo regresarás?-preguntó Mimi, con los ojos abiertos de par en par y brillantes.
Su tía estiró un largo brazo, y Mimi dio un paso adelante.
– No sabría decirlo, querida. Escribiré. Los servicios postales no deberían tardar mucho en volver a la normalidad.
Mimi se mordió el labio.
– Las cartas no serán lo mismo -dijo la niña.
Entonces Larissa hizo algo que los dejó muy sorprendidos a todos. Puso las manos sobre la cabeza de Mimi, la atrajo hacia sus labios y la besó tiernamente en la frente. Luego tomó a la niña entre sus brazos y la estrechó contra su pecho, al tiempo que le acariciaba delicadamente el pelo. Semejantes muestras de afecto por parte de aquella mujer tan segura de sí misma, y ocasionalmente tan temible, carecían de precedentes. Nunca antes había besado a uno de los niños en público, ni siquiera a Mimi. Nadie sabía dónde mirar, excepto A. E., quien se volvió hacia la ventana. Quería mucho a su hermana mayor. Ella siempre lo había mimado cuando era pequeño.
– ¿Cuándo te irás? -le preguntó.
– Dentro de uno o dos días -respondió Larissa-. He de tramitar el pasaje.
A. E. se aclaró la garganta.
– Te echaremos de menos.
– Ya lo superaréis -dijo Larissa.
Jueves:2
La Biblioteca Pública de Stone no era un sitio que Alaric frecuentase con regularidad, pero hoy tenía una misión: debía averiguar cuanto pudiese acerca de la vida en Eynesford a mediados de la década de 1940. Habría podido obtener más información en Internet, pero la conexión de banda ancha de Iván había dejado de funcionar, y Alaric no tenía ordenador; nunca había querido uno, ya tenía más que suficiente con los malditos trastos en la escuela. En la biblioteca había ordenadores, naturalmente, pero Alaric detestaba buscar información en los lugares públicos. Nunca sabías quién podía aparecer de pronto a tu espalda. No hacía falta que estuvieras examinando pornografía para que te preocupase la posibilidad de que se te observara.
Para ir a la biblioteca tuvo que atravesar el pueblo, entrando en Parable Road por Santa Cecilia, dejando atrás el patio de un cantero, un pequeño estudio de diseño gráfico y una magnífica residencia georgiana que había sido convertida recientemente en la sede de un bufete de abogados. A su izquierda, allí, el estrecho afluente que antes había proporcionado agua al almacén de maderas quedaba contenido por una escarpada orilla de tierra y hierba. Otras partes del pueblo no habían estado tan bien protegidas. Al final, donde la carretera giraba bruscamente hacia la derecha en dirección al cruce con High Street, Alaric se detuvo ante una gran losa de pizarra gris incrustada en la pared junto a los escalones del puente del puerto deportivo. Talladas en la pizarra había líneas que indicaban cuáles habían sido los niveles alcanzados por las aguas en junio de 1945 y marzo de 1947. El último nivel excedía un poco al anterior, lo cual significaba que la inundación de 1945, que había llegado más arriba que la suya, se vería superada sólo dos años más tarde.
Siguió su camino hacia la biblioteca.
Jueves:3
Naia no tenía ni idea de dónde buscar al anciano. Podía estar en cualquier parte. Lo único que podía hacer era dar vueltas por ahí y abrigar la esperanza de cruzarse con él. Hoy el nivel del agua estaba un poco más bajo. Plantas que habían quedado completamente cubiertas se esforzaban por volver a revelarse. Después de haber ido alrededor del huerto y salir por la puerta lateral, se disponía a subir por el camino que llevaba al pueblo cuando fue interpelada por una voz.
– ¡Naia! ¿Tomando las aguas?
Miró atrás. El señor Knight había doblado la esquina, allí donde hacía unos días estaba el camino del río. Naia titubeó. El señor Knight era encantador, pero a veces costaba pensar en algo que decir a alguien tan mayor. La razón por la que no salió corriendo era que lo había visto con el hombre al que estaba buscando, así que, sin pensárselo mucho, fue directamente al grano cuando el señor Knight se reunió con ella.
– ¿Te refieres a Aldous? -dijo el señor Knight en cuanto Naia le hubo formulado su primera pregunta.
– Sí. Si ése es su verdadero nombre.
– ¿Por qué no debería serlo?
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