Michael Lawrence - La inundación
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– Bueno… ya sabe… -balbuceó Naia-. ¿Se apellida Underwood?
– No lo conozco tan bien para saberlo -dijo el señor Knight-. De vez en cuando damos un paseo juntos. En realidad la cosa se reduce a eso. No vamos a pasar las horas en los pubs o a las carreras de perros.
– Pero hablan -dijo ella-. Mientras van andando.
– Oh, sí, somos muy habilidosos…
– Bueno, pues él tiene que haberle contado cosas.
– ¿Cosas? -preguntó el jardinero.
– Acerca de sí mismo -concretó Naia.
El señor Knight la miró desde arriba. Naia era alta, pero él lo era más, con los hombros muy anchos y una abundante cabellera gris, que llevaba recogida hacia atrás, una nariz prominente y una boca que siempre parecía estar a punto de sonreír pero rara vez lo hacía. El suyo era un rostro generoso y lo suficientemente afable, pero también el de una persona que acostumbraba ser bastante reservada.
– ¿Por qué no te dejas de rodeos y me dices de una vez detrás de qué andas, muchacha?
– No sé detrás de qué ando -confesó ella.
– Bueno, eso ya es algo.
El señor Knight siguió caminando por el sendero. Naia se apresuró a alcanzarlo, adaptando su paso al de él por el agua.
– Pero su nombre… -dijo-. Si realmente se llama así, y es de por aquí, ¿no tendría que ser un… pariente?
– Parece probable -respondió el jardinero.
– Oh, por favor, cuénteme lo que pueda.
Él la miró, pero no se detuvo.
– Sea lo que sea lo que puede haberme contado Aldous, no me dio permiso para difundirlo a los cuatro vientos.
– No se lo contaré a nadie -dijo Naia.
– Tal vez no, pero si quieres saber más de él, pregunta al propio Aldous.
– Es que no lo conozco -dijo Naia-. Sólo he hablado con él en una ocasión.
– Es completamente inofensivo -le aseguró el señor Knight.
– Tenía ciertas dudas al respecto.
– No está acostumbrado a tratar con la gente, eso es todo. Es tímido. Ha tenido una vida muy triste.
Eso avivó todavía más el interés de Naia.
– ¿Triste? Cuénteme.
El señor Knight sacudió la cabeza.
– No soy quién para hacerlo. No me parecería correcto. -Habían llegado al final del sendero y el jardinero se disponía a dejarla, pero entonces se detuvo-. ¿Sabes en qué condiciones vive? -dijo, y Naia sacudió la cabeza-. Vive al aire libre. Al otro lado del río, enfrente de tu casa.
– ¿Que qué?
El señor Knight explicó a Naia lo de la hamaca, y dónde estaba colgada. Ella se quedó atónita.
– ¿Tan pobre es que ni siquiera puede permitirse pagar una habitación?
– No creo que viva al aire libre debido a la pobreza -dijo el señor Knight.
– ¿Y por qué vive así, entonces?
– No le gusta sentirse encerrado. Y no está tan mal ahora que los árboles están cubiertos de hojas. Allí se encuentra bastante resguardado.
– Pero toda esa agua -dijo Naia.
– No parece preocuparle.
El jardinero dio media vuelta y, con un gran ademán de despedida, se alejó por la calle del pueblo.
Jueves:4
La biblioteca de Stone, de ladrillo rojo, imponente y elevada sobre el nivel del agua por una serie de escalones, se remontaba a mediados de la época victoriana. No era inmensa pero se encontraba razonablemente bien surtida, y el personal siempre se mostraba dispuesto a ayudar. Alaric fue remitido a una sección en la que encontró toda una serie de libros de información sobre la zona. Entre ellos figuraba un puñado de delgados volúmenes escritos por «autores locales» que versaban sobre las historias de Stone, Eynesford, Eaton Fane y los pueblecitos cercanos. En uno de ellos había un capítulo entero dedicado a las inundaciones del 1945 y 1947. Una de las razones que se daban para explicar la tendencia del río a subir de nivel tan rápida y significativamente durante aquellos años era el puente del pueblo. Había sido construido en un período de menor actividad, cuando se le planteaban menos exigencias, y en aquel entonces el puente se hallaba sostenido por una serie de estrechos arcos que impedían que el río pudiera fluir tan libremente como habría necesitado hacerlo después de unas lluvias copiosas. A principios de la década de 1950 el puente fue reconstruido, con menos soportes, y las inundaciones dejaron de ser una amenaza… hasta ahora.
Las inundaciones de verano nunca habían sido algo que ocurriera demasiado a menudo, pero hasta tiempos modernos el Gran Ouse crecía más allá de sus orillas durante muchos inviernos. El invierno de 1947 presenció una inundación de proporciones épicas. La abundancia de nevadas y la acumulación del hielo desde enero en adelante hicieron que la actividad quedara prácticamente paralizada en una gran parte de la zona. Pero entonces, a mediados de marzo, se inició un deshielo muy veloz. La nieve y el hielo se derritieron con gran rapidez y el nivel del río subió de manera dramática, y en cuestión de dos días el área quedó severamente inundada. Las aguas de aquella inundación y la de dos años antes lograron entrar en más de la mitad de los edificios de Eynesford y Stone. Tiendas y locales comerciales hubieron de ser cerrados, y los propietarios tuvieron que buscar refugio en los niveles más altos de sus hogares. El agua llegó a alcanzar tal altura que en un lugar (una casita en un prado cerca de la iglesia en Eaton Fane) una anciana, una tal señora Grieves, oyó un sonido de golpecitos en la ventana de su dormitorio y, al volverse, se encontró con que un cisne estaba picoteando el cristal. Fue necesario traer carros de granja con ruedas enormes tirados por caballos para transportar a la gente a las distintas partes del pueblo, y entre las aldeas. Allí donde las aguas eran algo menos profundas, se utilizaban camiones como autobuses. Muchas personas se desplazaban en barca. Los tenderos iban de casa en casa a bordo de esquifes, chalanas y botes de remos, haciendo sonar campanas para que la gente acudiera a las ventanas de los pisos de arriba. Las provisiones eran remolcadas o elevadas mediante pértigas, escobas u otros utensilios que pudieran ser utilizados para dicho fin. Un panadero emprendedor subía sus mercancías dentro de un capacho que le había pedido prestado a su cuñado, que se ganaba la vida como albañil.
El capítulo dedicado a la inundación estaba ilustrado con una serie de pequeñas fotos en blanco y negro. La plaza del mercado de Stone era claramente reconocible en la más grande. Alaric también reconoció varias de las entradas de las tiendas, a pesar de los cambios que se habían llevado a cabo en ellas desde la década de 1940. Casi todas las fotografías le resultaron interesantes, pero una de ellas llamó su atención en particular. La instantánea mostraba el camino que pasaba por delante de la escuela primaria de Eynesford junto al río. El camino, al igual que el terreno de juegos, se hallaba inundado, y una chica caminaba por él, hacia la cámara. Mantenía un brazo cruzado sobre el estómago, con el que sostenía algo que llevaba metido dentro de su chaqueta a juzgar por el aspecto, mientras que el otro estaba medio levantado, ligeramente borroso, como si estuviera indicando al fotógrafo que quería que se marchase. La forma de su boca sugería que estaba hablando o gritando en el instante en que se cerró el obturador. Pero lo que atrajo la mirada de Alaric fue que la chica era una doble perfecta de Naia. Ninguna de las muchas caras que había estudiado en el viejo álbum familiar se parecía tanto a la suya. No había ningún nombre debajo de la foto en el libro de la biblioteca, pero con semejante aspecto, aquella joven había tenido que ser una Underwood. La pregunta era cuál. ¿Y por qué no había fotos de ella en el viejo álbum?
Jueves:5
Naia pasó buena parte de la mañana y casi toda la tarde buscando al anciano que, ahora ya no le cabía ninguna duda, se llamaba Aldous Underwood. El único sitio que evitó deliberadamente fue su «hogar» enfrente de la casa. Incluso si él estaba allí, presentarse habría sido una intrusión excesiva. Después de todo, no era como llamar a una puerta.
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