Michael Lawrence - La inundación

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Transcurre el mes de junio. El río ha salido de su cauce y ha inundado la propiedad de Wíthern Rise. Alaric y Naia se encuentran remando a la deriva en el mismo jardín y parecida inundación que tuvo lugar en junio de 1945. Conocen a Aldous Underwood, que sólo tiene once años y es el hermano mayor de su abuelo. Ahora, en 2005, ofrecen su amistad al mayor de los Aldous, quien sobrevivió al accidente pero permaneció casi los setenta y un años de su vida en coma.

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La mente de Naia ya era caprichosa por naturaleza, pero ahora la asaltaron recuerdos del agosto pasado, cuando ella y sus padres habían ido de vacaciones a la isla de Rodas. Se habían alojado en Lindos, un pueblecito asfixiante como un horno que en ese momento del año acogía a los turistas procedentes de todas las partes del mundo. Una mañana, desesperados por una brisa, habían ido a Prasonissi, en el extremo sur de la isla, más allá del cual un banco de arena de un millar de metros de longitud separaba el Mediterráneo del Egeo, con ambos mares convergiendo el uno hacia el otro en largas olas de estrechas crestas. El Egeo se hallaba un poco embravecido a cierta distancia de allí, para el deleite de los practicantes del windsurf, mientras que el Mediterráneo se hallaba prácticamente en calma. Ese día, Naia, contenta de que aquel aire más fresco hacía que el intenso calor azul fuera mucho más soportable, dejó a sus padres en su coche alquilado y fue a dar un paseo a lo largo del banco de arena, disfrutando con la sensación de los finos y cálidos granos entre los dedos de sus pies descalzos. Un poco más allá, la arena se estrechaba en una forma de punta de lanza antes de desaparecer por completo, lo que permitía que los dos grandes mares se encontraran y se confundiesen. Naia se detuvo justo ante el punto de convergencia de ambos, con un pie a cada lado del banco de arena, mientras.comparaba las temperaturas de las aguas. El Mediterráneo, decidió, era unos dos grados más frío que el Egeo.

En tanto que analogía, aquella apreciación no era muy precisa, pero diez meses después, en la sala del río de un Whitern Rise que ella nunca había imaginado en aquel momento, Naia se preguntó si la barrera que mantenía separadas las realidades sería tan distinta del banco de arena entre los dos mares. ¿No podía existir un punto en el que la barrera llegara a volverse tan poco efectiva que las dos realidades se unieran? ¿Podía suceder tal cosa? Dos realidades similares, discurriendo la una al lado de la otra, como la de ella y la de Alaric, que de pronto se entremezclaban sin previo aviso para pasar a ocupar un solo espacio. De pronto había dos de casi todo. De todos. Una inesperada duplicación de la población mundial daría como resultado un planeta bastante atestado, y habría sosias por todas partes, con todos intentando ocupar la misma casa, los mismos empleos, tomar las mismas vacaciones. Los países pobres, en los que ya había multitudes desnutridas o que se morían de hambre, tendrían la mitad de las posibilidades que habían tenido antes. Los asesinos múltiples disfrutarían de lo lindo. Los fundamentalistas religiosos dirían que aquello era obra de Dios, y pondrían todavía más bombas.

¿Y qué había de las guerras? Si la misma guerra estaba siendo librada en ambas realidades durante el momento de la fusión, ¿la destrucción se multiplicaría por dos, junto con el número de las bajas? Y la duplicación de gobiernos, embajadores y dignatarios de todo tipo… ¿qué pasaría con eso? Presidentes gemelos en la Casa Blanca, dos familias reales británicas que se habían echado a perder, déspotas asesinos intentando eliminar a sus dobles en dictaduras militares por todo el mundo… Mejor ni pensar en ello, se dijo Naia.

Pero la cosa no terminaba ahí. Eso sólo eran realidades paralelas. ¿Y si las realidades de distintos períodos temporales pasaran a unirse? Los años 1945 y 2005 ya serían lo bastante peliagudos, pero supongamos que realidades separadas por centenares de años se encontraban compartiendo un…

No, pensó Naia. Alto. Basta. Tenía que tomarse un descanso de sus propios pensamientos. Dejó a un lado su libro y se levantó para ir a la cocina y poner la tetera en el fuego. Necesitaba un buen tazón de té de frutas, de bayas, moras y flores de saúco. Era la combinación ideal para devolver la calma a su mente, que se había convertido en un manojo de nervios. Al menos, eso esperaba ella.

Jueves 10

Cuando Alaric se subió al árbol, al principio no ocurrió nada. Imaginó que aquello se debía a que Naia no se encontraba también en el árbol. Pero después de llevar unos minutos sentado allí sintió un leve estremecimiento y, un segundo más tarde, supo que no era preciso que Naia tomara parte en aquello. Estaba en el árbol de 1945, solo, pensando que, ya puestos, bien habría podido dejar que el álbum familiar se quedara en su sitio. Naia todavía podía aparecer, no obstante, y ahora mismo podía estar trepando a su árbol para, en un minuto, aparecer junto a él. Alaric esperó. El minuto pasó. Y varios más. Después de que hubieran transcurrido cinco, ya se había hartado. ¿Qué debía hacer? ¿Quedarse allí, quieto, o bajar del árbol y ponerse a chapotear por el jardín? Si hacía eso, algún desconocido podía verlo. Esa idea no le hacía ninguna gracia. A diferencia de Naia, él no tenía respuestas para todo.

Así que decidió que se quedaría donde estaba. Era menos arriesgado. No tenía ni idea de cuánto tiempo tendría que permanecer allí, o si tenía que hacer algo para regresar. Lo único que podía hacer era esperar hasta que sucediera. Para pasar el tiempo aflojó la cinta de plástico del cuello de la bolsa de polietileno y sacó el álbum de ella. De todas maneras, iba a examinarlo tarde o temprano. Miró a su alrededor en busca de algún sitio donde poner la bolsa temporalmente. En el tronco, a cierta distancia, había un muñón allí donde una rama se había roto en alguna fase del crecimiento. Alaric colgó de él la cinta de plástico de la bolsa, se sentó con la espalda apoyada en el tronco y, lentamente, empezó a pasar las páginas del registro visual de su vida.

Jueves:11

Aldous estaba harto de todas las risas y el buen humor, del modo en que no paraban de hacer oscilar el bote. Remar era una cuestión muy seria. Mientras entraba en el jardín sur, planeó pasar un rato dando vueltas por entre los árboles antes de volver a la casa. Si querían seguir fuera después de eso, uno de ellos podía remar. Pero cuando vio su propio árbol, tan majestuoso, alzándose en el agua, sintió un súbito impulso de estar en él. Mientras los niños seguían con sus payasadas, y su tía no hacía nada para tratar de calmarlos, remó hacia el roble de Aldous.

Jueves:12

Alaric levantó la vista de las fotografías. Voces. Jóvenes y llenas de excitación, pero también reconoció la voz de una mujer. Cerró el álbum, se lo colocó debajo del brazo y trepó un poco más arriba, adentrándose donde el follaje era más abundante. Luego se quedó sentado allí, escuchando sin apenas atreverse a respirar. Ahora las voces estaban justo debajo de él.

Jueves:13

Debajo del árbol, Aldous ofreció los remos.

– Bueno, ¿quién los quiere?

– ¿Ya has tenido suficiente? -dijo Larissa.

– Sí.

Su tía los aceptó, y Aldous se levantó.

– ¿Qué estás haciendo? -preguntó Mimi a través de su máscara de payaso.

– Voy a trepar al árbol -respondió Aldous.

– Oh, ¿puedo trepar yo también? -inquirió Ray, muy excitado.

– No.

Aldous se agarró a la rama más baja, que aun así quedaba a una buena distancia por encima del agua, alejó el bote empujándolo con los talones y se izó hacia arriba.

Jueves:14

Cuando el árbol se estremeció Alaric pensó, con cierto alivio, que iba camino de salir de aquella realidad. Pero nada cambió. Era alguien que estaba trepando por el tronco allá abajo, entre la fronda de hojas.

Jueves 15

Aldous, que se había sentado a horcajadas sobre la rama, oyó las voces llenas de alegría de sus hermanas y de su hermano mientras iban en el bote por el jardín. Larissa remaba describiendo una serie de círculos vagamente concéntricos, para el inmenso deleite de los niños. Ahora que estaba lejos de ellos, Aldous empezó a tener un pésimo concepto de sí mismo. Hoy los demás habían hecho un esfuerzo porque su tía no tardaría en irse. Incluso Ursula se había unido al espíritu del momento. Y Larissa… En el pueblo, su tía había insistido en hacerse con aquellas máscaras para ellos. En contra de su habitual temperamento, había tratado de hacer que la excursión fuese lo más entretenida y memorable posible para sus sobrinos y sobrinas. ¿Y él? Él había fruncido el ceño y puesto mala cara; se había negado a participar o a hacer nada que no fuese remar. Furioso consigo mismo, levantó un pie y le dio una patada al árbol como si lo culpara de su propio egoísmo.

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