Michael Lawrence - La inundación
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Todavía no se había movido de la ventana cuando Aldous salió de su escondite y se echó encima un poco de agua en la otra orilla. Naia no tenía ninguna explicación que dar a eso, viendo como veía que estaba completamente vestido, y no buscó una. Lo había visto allí, y eso era lo que importaba. Era extraño que no hubiera reparado en él antes, o, pensándolo bien, que no hubiera percibido ningún movimiento sospechoso por allí. De pronto sintió una gran pena por él. Vivir en los árboles a su edad, igual que un mono. Eso no estaba nada bien.
Él alzó la mirada y, al ver que Naia lo observaba, se apresuró a retroceder. Las hojas se cerraron como un telón alrededor de él. Naia no se movió de la ventana, y pasados unos minutos lo entrevió mientras se movía por la espesura. Lo vio salir de ella y empezar a avanzar a lo largo de la orilla. El sauce entre su esquina y el agua le impidió ver más. A partir de ese punto Aldous podía seguir cualquiera de varios caminos, en tres direcciones distintas a través de los Meadows, o hacia el puente, lo que lo traería al lado del río en el que se encontraba Naia. De pronto, ahora que sabía que él estaba «fuera», le entró curiosidad por ver los dominios del anciano. Se apresuró a ponerse unos téjanos y un jersey, y bajó sigilosamente. En el recibidor se calzó las fieles botas impermeables del abuelo Rayner, subió sin hacer ningún ruido a la ventana de costumbre en la sala alargada y salió por el alféizar.
Viernes:3
Después de haber cruzado el puente y descender una vez más al agua, Aldous siguió el sendero que discurría a lo largo del río en dirección a Whitern Rise. El estrecho camino torcía hacia la derecha justo antes de llegar al muro divisorio del sur, para dejar atrás la puerta de cinco rejas abierta. Aldous vadeó el terreno inundado, con su acostumbrada mirada a lo largo de la carretera, y después de haber dado unos cuantos pasos ya estaba torciendo hacia la izquierda en dirección al viejo cementerio. Una vez en él, constató que todas las tumbas eran visibles de nuevo. El suelo mojado cedía levemente bajo sus pies, pero ya no se hallaba anegado. Una neblina temprana se pegaba a los árboles y los monumentos conmemorativos, deslizándose despacio a través de la hierba empapada. Aldous fue hacia el viejo muro de ladrillo que separaba la casa de lo que había sido campo santo.
El único lugar desde el que se podía divisar claramente Withern en aquella época del año era el otro lado del río, pero esa visión de la casa no tenía nada de impresionante, ahora que los postigos habían desaparecido y la hiedra crecía tan pareja. Además, Aldous veía Withern desde ese ángulo continuamente. Había más satisfacción en observar a través del huerto desde la puerta lateral, puesto que echar un vistazo le costaba un duro esfuerzo desde allí, atisbando por encima de los muros, a través de las ramas enredadas y los huecos en el follaje. Cuando se ponía de puntillas o asomaba la cabeza o se estiraba hacia delante para mirar dentro, volvía a ser un muchacho, a punto de echar a correr por el sendero y abrir la puerta de un manotazo, para ser recibido por su abuela con abrazos acompañados de risillas. Pero su familia ya no vivía allí. Si se le ocurriera ir a la casa y llamar, ¿qué diría a los desconocidos que abrirían la puerta? Incluso si eran unos Underwood, como el señor Knight aseguraba, no eran su hermano pequeño y sus hermanas, su padre y su madre, su tía. Tía Larissa… ¿qué había sido de ella? ¿Qué había sido de todos ellos? ¿Estarían vivos todavía? Y si lo estaban, ¿por qué lo habían dejado en la clínica, dándole la espalda y apartándose de él como si estuviera muerto?
Pero esa mañana no andaba buscando fugaces atisbos de la casa, revolcándose en fragmentos de nostalgia con la esperanza de poder arañar más recuerdos. Su sueño había guardado relación con el árbol que llevaba su nombre. Aldous ya lo había visto lo bastante a menudo desde su regreso, a lo lejos, y más recientemente muy cerca, espiando a través de los arbustos que crecían a lo largo del camino de acceso. A pesar de ello, ahora que tenía una ligera idea del papel que había desempeñado el árbol ese último día, necesitaba volver a verlo.
Por mucho que se pusiera de puntillas y estirara el cuello, era muy poco lo que podía ver del roble desde el cementerio, no obstante. Había demasiadas otras cosas que se interponían entre él y el árbol. Un manzano ocultaba parcialmente el muro. Las manzanas eran pequeñas, todavía no maduras y salpicadas de rocío. Aldous arrancó urta de la rama y la limpió frotándosela en la manga, al tiempo que reflexionaba en que cuando él vivía en Withern había un cobertizo de madera allí, pegado al muro. Entonces, de pronto, se acordó del jardinero y de que éste le mostraba el interior del cobertizo como si fuera el escondite de un tesoro secreto. Allí dentro estaba oscuro, con un intenso olor a moho y tierra, y había telarañas, y macetas de todos los tamaños, y una enorme regadera, y azadones y rastrillos y horcas de jardinería. También recordaba -¡de todas las cosas posibles!- que el coadjutor de la iglesia se había quejado de que el cobertizo quedaba horrible visto desde el cementerio. Finalmente alguien en la casa tuvo que tomar nota de ello y había hecho que lo quitaran, después de lo cual había mandado plantar el manzano allí.
Mordió la manzana. Estaba fría y crujiente, aunque no del todo madura, pero aquel sabor le recordó el de otra manzana, otro día. Rememoró una tarde, cuando tenía nueve o diez años, en la que él y unos cuantos amigos habían asustado a algunas de las reses en Cow Common, aplastado luego la cabeza de un conejo con una piedra en el Coneygeare y, para poner punto final a un buen día, habían entrado por la brecha que había en el seto de la señora Kellaway y arrancado manzanas de su árbol. Mordieron una manzana tras otra y escupieron los bocados, con la esperanza de que ella los vería desde la casa, cosa que hizo. Y de la casa salió, blandiendo un rodillo de amasar y llamándolos de todo. Corrieron como almas que lleva el diablo al tiempo que le tiraban manzanas. Mientras corrían Aldous mordió una, con ganas; le pareció que sabía raro y se detuvo a mirarla. Su mordisco había partido por la mitad a un gusano, y la mitad que quedaba en la manzana aún se retorcía. Entonces la señora Kellaway alcanzó a Aldous y empezó a atizarle con el rodillo de amasar. Él puso pies en polvorosa y logró huir con unos cuantos morados, pero pudo sentir el sabor de aquel gusano durante el resto del día; de hecho, tuvo que transcurrir casi un año antes de que pudiera decidirse a morder otra manzana.
Aldous se apartó del muro y sus ojos se posaron en la única lápida que nunca podría pasar por alto. Se sabía de memoria la inscripción y las fechas, a pesar de que Alexandra Underwood había vivido toda su vida en ausencia de él. Pero esta vez encontró el epitafio cambiado. Era el otro. La manzana que todavía no había madurado se le escurrió de entre los dedos mientras leía lasfamiliares palabras y fechas.
ALDOUS UNDERWOOD
amado hijo y hermano 1934-1945
Había vuelto a suceder. Cuándo, no tenía ni idea. De todos modos, eso no importaba. No realmente.
Viernes:4
Naia abrigaba la esperanza de que no encontraría a nadie con quien hubiera de hablar. Tenía el mal aliento habitual de las mañanas, y ni un caramelo de menta en el bolsillo. Pero parecía estar sola en el mundo: una bendición de aquella hora temprana. Seguía sin haber ni rastro del anciano, y eso a Naia le pareció preocupante, habida cuenta del plan de inspeccionar su hábitat que se había trazado. Él podía sorprenderla cuando estuviera husmeando por allí. De hecho, aunque ninguno de ellos lo sabía, Naia había salido de Withern por la puerta principal justo cuando Aldous pasaba por ella. Ninguno de los dos reparó en la presencia del otro porque él había entrado en una realidad vecina media docena de pasos atrás, mientras pensaba en el sueño de la noche anterior.
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