Michael Lawrence - La inundación
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– No hacía falta que se molestara. ¿Contiene algo interesante?
– Depende de qué sea lo que estás buscando.
– Cualquier cosa relacionada con el año 1945. Junio, digamos.
Alex le dirigió una mirada interrogativa.
– De pronto concretamos, ¿eh?
Alaric respondió con una evasiva.
– Bueno, ese año me suena vagamente. Algo que oí. De tu boca, tal vez.
– No recuerdo haberlo mencionado -dijo Alex-, pero en junio de 1945 hubo una gran tragedia en la familia.
– ¿Cuál? -preguntó él inocentemente.
Alex cogió las páginas de la traducción y comenzó a examinarlas en busca de una referencia que le había venido a la cabeza. Cuando la encontró, leyó en voz alta:
– «Lunes 18 de junio. Han pasado cuatro días. La casa está silenciosa. Los niños permanecen callados. L. dice que se irá la semana que viene. Mejor, digo yo. Alaric pasa hora tras hora sentado en la sala del río, o se está quieto debajo del maldito árbol, de pie sobre los últimos centímetros de agua. ¿Cómo va a superar esto? ¿Cómo lo superará ninguno de nosotros?»
– ¿Eso es todo? -preguntó Alaric en cuanto Alex se calló.
– Todo lo que es relevante, sí.
– ¿No dice qué sucedió?
– No. Probablemente se sentía incapaz de describirlo. Pobre mujer. Mis investigaciones revelaron que su hijo mayor murió en alguna clase de accidente, pero no dispongo de más datos. Su tumba está en la parte de atrás del cementerio. Junto al muro, si es que quieres verla.
Junto al muro, pensó él. Igual que la tuya.
– ¿Puedo tomar prestadas estas notas?
– Claro -dijo Alex.
Alaric recogió las páginas de la traducción y dejó a Alex, todavía arrodillada, examinando cosas dentro de la maleta. Subió a su habitación. Una vez en ella, cerró la puerta, arrojó las páginas sobre la cama y fue a la ventana lateral desde la que se divisaba el jardín sur. No pudo ver el árbol Genealógico; había demasiadas lágrimas en sus ojos.
Viernes:8
La noche anterior Naia se encontraba demasiado agotada para examinar el álbum familiar recuperado, y esa mañana su primera idea al despertar había sido visitar la guarida de Aldous. No obstante, ahora disponía de tiempo, de modo que sacó el álbum de debajo de su cama y fue directa a la cubierta posterior. Esperaba ver allí el árbol genealógico de la familia Underwood, pero encontró… nada. «Tiene que haberse soltado», pensó, y retrocedió unas cuantas páginas, con la esperanza de que alguien lo hubiera metido entre ellas. En vez de eso, halló una página vacía tras otra, precedida por foto tras foto de Alaric en lugar de ella. Se sentía decepcionada, pues aquél no era su álbum, y a la vez asombrada: ¿por qué estaba el álbum en el lugar donde lo encontró? Lo único que se le ocurrió fue que Alaric había ido allí en algún momento del día anterior con la esperanza de encontrarse con ella y poder enseñárselo como un objeto de interés. Alaric, al descubrir que Naia no se encontraba allí, había metido el álbum entre las ramas y luego se había ido a explorar, pero antes de que pudiera volver a recogerlo se había visto proyectado de regreso a la realidad de la cual había partido (en la que Naia se negaba aunque sólo fuese a pensar como «la realidad de Alaric»)
Examinó el álbum desde el principio, fascinada al ver todas aquellas fotos en las que hasta ahora sólo se había visto a sí misma. Pero, cuán triste, llegar al final. En las últimas fotos, obviamente, no había ninguna pista de que un mundo de caras sonrientes terminaría al final de una página, después de lo cual ya sólo habría vacío e inexistencia. Naia pensó en su propio álbum. I labia desaparecido misteriosamente, pero todavía conservaba las páginas que había sacado de él, las que contenían fotos de una Alex que, para todos en esa realidad, había muerto antes de que se las hicieran. Alaric podía alegrarse de aquellas fotos. Si las tuviera, y las añadiese a su álbum familiar, ya no tendría por qué esconderlo. De todos modos, Naia no pensaba separarse de ellas.
Metió la mano debajo de la cama y buscó la carpeta. Sentada en el suelo con las piernas cruzadas, fue examinando las hojas sueltas que, unos días antes de que ella y su madre se separaran para siempre, le había visto unir a la última remesa del servicio de revelado. Si se las dejaba a Alaric nunca más volvería a verlas. ¿Como cuánto de justo sería eso? Ahora Alaric se encontraba en mejor situación que ella. Mucho mejor. Por otra parte…
Por otra parte, podía escanearlas. Si lo hacía, entonces tendría una copia más o menos aceptable de ellas. Estaba sola en la casa; era el momento perfecto. Fue a la habitación que Iván llamaba su despacho -de hecho, era una de las habitaciones de invitados, la más pequeña-, conectó su ordenador y el escáner, y puso manos a la obra.
En veinte minutos había escaneado todas las fotos que necesitaba y transferido las imágenes a un DVD. Como copia de seguridad, creó una carpeta protegida por una contraseña de acceso en su archivo personal dentro del disco duro. Ni siquiera eso bastó para disipar su reticencia a desprenderse de los originales, pero al final decidió dar el paso decisivo y puso las páginas en el álbum de Alaric. Luego quitó todas las fotos en las que figuraba ella, seis en total. Alaric tendría un problema a la hora de explicar los huecos, pero mejor eso que tratar de encontrar una razón convincente por la que, en algunas fotos, él tuviera el pelo tan largo, luciera lápiz de labios o llevara un vestido.
A pesar de que las había copiado en el disco duro y en un DVD, desprenderse de las fotografías no era tarea fácil. Cierto, su madre, su querida madre perdida recuperaría sus fotos, pero no habría nada de Naia presente en ellas. Nada que sirviera de estímulo a la memoria de su mamá, que le hiciera pensar por un solo instante en la hija que había traído al mundo y con la que había estado tan unida durante más de dieciséis años.
Pero entonces se le ocurrió otra idea. No era ninguna maravilla, aunque contribuiría un poco a aliviar su tristeza al renunciar a las páginas. Naia escribió un mensaje a su madre en media docena de notas autoadhesivas, sólo tres cortas líneas, siempre idénticas, y luego las pegó en los espacios donde habían estado sus fotos. Sabía que serían lo primero en lo que se fijaría Alaric y que las quitaría, pero el acto de escribir las palabras y ponerlas en el libro que estaba destinado a que tocaran las manos de su madre la animó un poco. Naturalmente, cabía la posibilidad de que Alaric creyera que el mensaje iba dirigido a él, pero… bueno. Pensar en ello hizo que Naia sonriese.
Ahora lo único que tenía que hacer era devolver el libro a Alaric. Lo cual significaba la realidad de 1945, donde lo había encontrado. Donde él lo buscaría, sin duda.
Empezó a llover poco antes de que estuviera lista para irse; era una de esas suaves lloviznas que, por lo general, tanto le gustaban; pero se había lavado el pelo un rato antes, y la lluvia se lo dejaría todo ondulado, así que se puso el chubasquero y guardó el álbum dentro. Luego se subió la capucha, se encaramó al alféizar de la ventana y bajó al agua.
Viernes:9
Aquel día no leyó ninguna más de las traducciones del diario de Marie Underwood. Alaric no era un gran lector, ni siquiera por una buena causa. Además, no podía estarse quieto. El jardín tiraba de él. El árbol Genealógico. Llevaba todo el día evitando salir, pero a última hora de la tarde ya no pudo seguir resistiendo el impulso. Poco a poco, al principio a cierta distancia del árbol, fue moviéndose alrededor de él en una serie de círculos cada vez menores. Hoy no tenía ninguna intención de tocarlo, y ni siquiera pensaba subirse a él. Si se encaramaba al árbol éste podía mandarlo de regreso al día siguiente a la muerte de Aldous. Para aquel entonces, ya habrían encontrado su cuerpo y lo habrían bajado del árbol, pero allí estarían ocurriendo cosas de las que Alaric no quería formar parte.
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