Michael Lawrence - La inundación

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Transcurre el mes de junio. El río ha salido de su cauce y ha inundado la propiedad de Wíthern Rise. Alaric y Naia se encuentran remando a la deriva en el mismo jardín y parecida inundación que tuvo lugar en junio de 1945. Conocen a Aldous Underwood, que sólo tiene once años y es el hermano mayor de su abuelo. Ahora, en 2005, ofrecen su amistad al mayor de los Aldous, quien sobrevivió al accidente pero permaneció casi los setenta y un años de su vida en coma.

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Los hornos no funcionan debido a la inundación, así que lo siento,

pero no hay pan

Naia acababa de leer el aviso cuando una pequeña sacudida y un cambio de atmósferas compactaron seis décadas en un par de parpadeos. Ya no estaba contemplando la panadería de J. Lee sino hileras de bicicletas tras la luna de un escaparate del Eynesford en el que no le quedaba más remedio que residir en el momento actual. De manera igual de repentina, se encontró tan débil, tan increíblemente débil, que no tenía ni idea de cómo iba a arreglárselas para volver a casa.

Viernes:13

Esta vez Alaric se encontraba tan agotado que pensó que iba a morir si no se acostaba pronto. Se quitó las sandalias de un par de patadas en la sala alargada y dejó un sendero de pisadas húmedas hasta el piso de arriba. En el cuarto de baño, mientras se secaba las piernas con un cansancio infinito, pensó: «Casas la mitad de grandes que ésta tienen dos cuartos de baño. Nosotros no. En un bucle del tiempo, ahí es donde vivimos nosotros.»

Iba hacia su habitación, tanteando el camino como si buscara una sombra en la pared, cuando Alex lo vio desde abajo.

– Alaric, ¿qué diablos…?

Corrió hacia él, cargó con su peso y lo ayudó a llegar a su habitación, sin parar de hacerle preguntas durante todo el trayecto.

– No le des tanta importancia. Me encuentro bien -consiguió decir él, pero Alex no se quedó nada convencida.

– Voy a llamar al médico.

– Es viernes por la tarde -dijo él con un hilo de voz-. No hay consulta.

– ¡No! -exclamó Alex-. ¡Maldición!

Lo acostó en su cama y, muy preocupada, se inclinó sobre él.

– ¿Hay algo que quieras decirme?

– No es nada. De veras.

Alex le tocó la frente con el dorso de la mano.

– ¿Puedo traerte algo?

– Una buena dosis de paz y silencio estarían muy bien -respondió Alaric.

– Estaba pensando en algo de beber.

– Adelante. Sólo cierra la puerta al salir.

Alex fue al piso de abajo, mucho más alarmada de lo que había dejado entrever. No se le ocurría ninguna razón para que Alaric estuviera así; se sentía inútil, incompetente. Una buena madre seguramente sabría qué era lo que andaba mal, y qué debía hacer al respecto, pero ella no tenía ni la menor idea. No podía presionar a Alaric, porque si se entrometía demasiado en su vida quizás él se mostrase más reservado aún. En cualquier caso, eso siempre había estado a punto de ocurrir, hasta hacía poco. Durante las últimas semanas Alaric había sido un chico diferente: más animado y afectuoso que en ningún otro momento desde la escuela primaria. Ella lo había atribuido a la madurez.

Pero ahora… si él había estado haciendo algo para…

No. Alex no quería ni pensar en eso. No se atrevía a hacerlo.

Esa vez Alaric no durmió, a pesar de que el sueño era cuanto su cuerpo anhelaba. Había ocurrido algo que exigía toda su atención.

Lo único de lo que podía estar seguro era de que no había sido transferido al día después de que encontrara a Aldous colgando del árbol, sino al mismo día, el mismo momento. Eso planteaba un problema que parecía imposible resolver. Si era el mismo día y el mismo momento, ¿por qué no se había encontrado a sí mismo allí? Y, ya puestos a pensar en eso, ¿por qué, ayer, no se había encontrado compartiendo una rama con el Alaric de hoy? Sólo una explicación parecía probable. Aldous no debería haber muerto, y a él se le había dado una oportunidad de hacer que las cosas fuesen como debían ser, en otra realidad. Si lo había conseguido esa vez, el muchacho habría vivido allí, sin sospechar jamás que no era eso lo que había hecho en otro lugar.

Y, sí, lo había conseguido.

Alaric ya había fracasado en dos ocasiones a la hora de evitar la fatalidad que él mismo había causado sin darse cuenta. En ambas ocasiones se había visto bruscamente alejado antes de que pudiera conseguirlo. ¿Alejado? ¿Qué lo había sacado de allí? ¿Qué lo había enviado allí? Era como si dos fuerzas incompatibles estuvieran compitiendo entre sí para estabilizar, cada una a su manera, ese punto del año 1945; esa pequeña eternidad. Una quería que él impidiese que Aldous muriera antes del momento en que le correspondía hacerlo; la otra lo sacaba de allí tan pronto como podía, porque él no pertenecía a ese período.

Empezó a pensar en ello. Si había entrado dos veces en el mismo momento del tiempo, y por dos veces no había conseguido salvar al chico, quizás habría una tercera oportunidad. Y de pronto, quiso tener otra oportunidad. Aquellos pequeños viajes en el tiempo no le estaban haciendo ningún bien a su salud, pero fuera cual fuese el coste que ello tuviese para él, sabía que si se le presentaba la oportunidad tenía que hacer un tercer intento de salvar a Aldous. Se lo debía. Sí, realmente se lo debía. Y la próxima vez estaría preparado. La próxima vez no se quedaría sentado entre las hojas mientras las primeras escenas de la muerte se representaban debajo de él.

SÁBADO

Sábado:1

A Aldous le dolía la espalda: la hamaca se le clavaba por todas partes, y además sus huesos ya no eran los de antes. Y, como si eso no fuera suficiente, había despertado con una idea fija en la mente; era algo relacionado con su abuela. Lo que quiera que fuese aquello no había ido con él al mundo de la vigilia, pero aquella verdad intangible lo inquietaba. ¿Verdad? No. No podía ser. La apartó de su mente. No querría tener nada que ver con ella si empañaba los escasos recuerdos de la abuela que con tanto cariño atesoraba. Su rostro vino a él. Ancho, carnoso, con el pelo siempre un poco fuera de su sitio y los ojos inquietos, las gafas suspendidas en el precario puente de su nariz mientras les leía histo… le leía historias. A él. A él. A la hora de acostarse.

Se puso el abrigo, aunque el día ya era cálido y, al parecer, aún lo sería más. Se subió el gran cuello del abrigo y se ordenó a sí mismo no permitirse ni por un solo instante hacer caso a semejantes susurros maliciosos acerca de cosas impensables.

Sábado:2

El nivel del agua había bajado tanto que Naia pudo, con cierto alivio, prescindir de las nada favorecedoras botas impermeables. En vez de ellas se calzó unas de goma verde más bajas y, luego, se dirigió por el terreno mojado hasta el inicio del Coneygearc. Ahora parecía un inmenso pantano, con brotes de hierba asomando aquí y allí. Naia estaba preguntándose si atravesarlo o dar un rodeo e ir en otra dirección completamente distinta cuando vio a Aldous, sentado en un banco en el centro. Titubeó. Sólo habían hablado una vez, y entonces ella no se había mostrado demasiado agradable con Aldous, pero quería hablar con él. Sí, y cuanto antes mejor.

Aldous estaba mirando un cómic que había encontrado en el recipiente de la basura fuera del recinto. Era un ejemplar de Beano. Le gustaban los comics. Pero en cuanto oyó un ruido de pies que avanzaban por el suelo mojado, se apresuró a esconderlo. Se suponía que él, un anciano, no debía leer comics. Cuando vio quién era, se apresuró a levantarse del banco con la intención de salir huyendo.

– ¡No, espere! -lo llamó Naia.

Él suspiró. Volvió a sentarse.

– ¿Puedo sentarme aquí un momento? -preguntó Naia.

– Es gratis -dijo él de mala gana.

Naia se sentó en el extremo más alejado; ahora eran dos personas invisibles, a cierta distancia la una de la otra.

– ¿Se acuerda de mí? Nos hemos encontrado antes.

– Me acuerdo -respondió Aldous.

– Quiero preguntarle una cosa.

– Oh, sí.

– ¿Realmente se apellida usted Underwood? -inquirió Naia.

– ¿Dije que me apellidaba así?

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