Michael Lawrence - La inundación
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Fue directamente al árbol. Podía ser que no necesitara encontrarse cerca de él para que surtiera efecto, pero Alaric quería provocar la transferencia para que el acto pudiera ser llevado a cabo de una vez y él pudiera dejarlo todo atrás. Se quedó de pie junto al árbol durante unos minutos hasta que, harto de esperar, puso la palma de una mano en el tronco, invitándolo a que lo enviara a ese punto del año 1945.
Nada.
Así pues, empezó a trepar.
Ya había recorrido la mitad de la distancia que lo separaba de la rama sobre la que planeaba continuar con su espera cuando sintió alguna clase de movimiento debajo de la corteza, como sangre que fluyese a través de una vena. Completó el ascenso lo más deprisa que pudo y pasó las piernas alrededor de la rama. Entonces metió la mano en el bolsillo y palpó el cuchillo. Estaba preparado. Pero no hubo más movimientos, ningún cambio. Alaric no se vio elevado hacia las ramas. Ninguna alfombra de hojas apareció debajo de él.
Pasó lo que le pareció un siglo sentado allí antes de que la impaciencia hiciera presa en él. Entonces, cuando la luz ya empezaba a desvanecerse, bajó del árbol y echó a andar hacia la casa. Llevaba recorrida menos de una tercera parte de la distancia cuando se dio cuenta de que ahora el agua estaba más alta de lo que lo había estado hacía cuarenta y cinco minutos. No podía estar volviendo a subir de nivel. En busca de una confirmación de que todo estaba como debería estar, Alaric alzó la mirada hacia la ventana de su dormitorio. Para su sorpresa vio a alguien allí, una figura oscura apoyada en el cristal. Se detuvo, entornó los ojos, y… se reconoció a sí mismo.
Lleno de confusión, miró a su alrededor por si descubría algo más que sugiriese una realidad distinta a la suya. Dejando aparte el nivel del agua, todo estaba como debería. Un momento. El nivel del agua. Hacía unos días estaba así. Alaric dio un salto cuando el pensamiento le vino a la cabeza. Entonces hubo movimiento a su alrededor, un ligerísimo cambio atmosférico. Simultáneamente, el nivel del agua bajó. Alaric volvió a alzar la mirada hacia la ventana. No había nadie. Pero de pronto se sintió demasiado cansado para hacerse preguntas, pensar o razonar. Lo único que quería era entrar en casa. Irse a la cama.
Sábado:10
Ya había oscurecido cuando vino a él. Estaba tendido en su hamaca entre los árboles, y un rayo no habría podido sacudirlo más que la súbita revelación de aquella certeza que no había estado dispuesto a creer. La alegre mujercita que lo sentaba encima de la mesa para lavarlo cuando él era pequeño, bañarlo en el barreño de hojalata frente al fuego, cepillarle el pelo y leerle historias a la hora de acostarse… no era su abuela. La abuela Underwood había muerto mucho antes de que él naciera, y él sólo había visto a la grand-mère Montagnier en contadas ocasiones, cuando ella iba a visitarlos desde Francia, y la única vez que fueron con ella a Limoges justo antes de la guerra. Era su madre la que lo lavaba cuando él era pequeño y, probablemente, también le cepillaba el pelo, aunque no podía recordar que lo hiciera, ni siquiera ahora. Maman era afectuosa pero, por lo general, se mostraba un poco reservada, rara vez alegre, y le leía historias con mucha menos frecuencia de lo que lo hacía su padre.
No, aquella mujer encantadora en la que no había dejado de pensar con tanto afecto durante los últimos meses había estado visitando a Tommy, en la clínica. Era la abuela de Tommy, no la suya, y las visitas podían haber tenido lugar cincuenta o más años antes, mientras físicamente él todavía era un muchacho. Aldous recordaba ahora, por fin, cómo cada vez que él despertaba Tommy se veía un poco mayor, y que su abuela, quien no parecía envejecer en absoluto, casi siempre estaba sentada en una silla leyéndole con esa voz tan cálida y melodiosa que tenía, esperando conducirlo así al sueño. Cuando se daba cuenta de que Aldous se había movido, la abuela de Tommy siempre pronunciaba su nombre, con mucha ternura, y desplazaba su silla para incluirlo en la lectura. Generalmente él la correspondía no tardando en volver a conciliar el sueño, con el rostro de ella en la mente y su voz en los oídos. En algún momento, un año, mientras Aldous estaba dormido, se llevaron a Tommy a otro lugar, y él no volvió a ver a la abuela de su compañero de habitación en la clínica. Con el tiempo, mientras se esforzaba por encontrar algo de sentido a su vida, sobre todo mientras dormía, Aldous la había adoptado y la incluyó en su breve y huidizo pasado.
Un búho se mofó de él no muy lejos de allí. Aquella noche transcurrió un buen rato antes de que Aldous pudiera conciliar el sueño.
DOMINGO
Domingo: 1
El gato había vuelto a salir para dar un paseo. O para ir a nadar por ahi. Naia lo buscó en todas partes, llamándolo por su nombre por todo el jardín. El último sitio en el que probó fue el sauce que había en la orilla, encima de la vieja caseta de los botes.
Hacía años, el abuelo Rayner la había llevado allí. Naia recordaba que le contó que aquél era su escondite secreto cuando él era un muchacho. Antes de que su padre muriese y su madre vendiera Withern a unos desconocidos, Rayner solía acurrucarse dentro del sauce y luego reía alegremente cuando ellos lo llamaban desde la casa. En una ocasión estuvo allí durante una hora, le contó, y ellos ya estaban desesperados para cuando salió de su escondite, luciendo una gran sonrisa en el rostro. Su madre le dio una buena azotaina en las piernas, pero había valido la pena.
El abuelo Rayner contó a Naia algo más acerca de aquel lugar: le dijo que si te ponías pegado al tronco, y te quedabas completamente inmóvil, a veces podías oír cosas. La única vez que la llevó allí con la esperanza de poder hacerle una demostración de aquello, y la única otra vez que Naia había estado allí, poco después de la muerte del abuelo, no oyó absolutamente nada. Pero hoy se había embarcado en una misión distinta: encontrar al dichoso gato.
Se disponía a atravesar la espesa cortina de hojas cuando se acordó -como solía necesitar recordarse a sí misma- de que no estaba en la realidad dentro de la que había crecido. En ésta, algunas cosas eran diferentes. No muchas, pero sí algunas. El pequeño Ray de esa realidad quizá no se había escondido en aquel árbol, no había oído cosas allí. Las hojas la rozaron suavemente cuando entró, se le engancharon en el pelo y se adhirieron a su mejilla por un instante. Un velo verde la cubrió. La luz se atenuó, y el mundo, ya callado, se quedó completamente silencioso, como si una puerta hubiera sido cerrada en secreto.
– ¿Alaric? Alaric, ¿dónde diablos estás?
No podía ver gran cosa. Ciertamente, ninguna bolita de pelo blanco escondiéndose (o flotando). Se acercó un poco más al tronco inclinado del sauce, sin dejar de llamar al gato, y entró en el círculo de terreno donde no crecía nada. Estaba de pie allí, con el agua hasta las pantorrillas, cuando oyó un maullido lastimero.
– ¡ Alaric, sal de una vez!
El gato no apareció. Pero sus chillidos cesaron.
Naia sintió que se quedaba helada y se apresuró a apartarse del sauce. El diablillo podía regresar a casa sin su ayuda. O no. Eso era cosa suya.
Domingo:2
Las barreras entre las distintas realidades estaban cayendo. Para él, al menos. Alaric estaba seguro de ello. Esa mañana, en el jardín, había oído cómo alguien pronunciaba su nombre, una y otra vez, y no había visto a nadie allí. Reconoció la voz de Naia, tenue y distante, si bien indudablemente era la suya. Había intentado localizar de dónde provenía aquella voz, pero ésta parecía moverse sin cesar, de un lado a otro, hasta que se desvaneció del todo. Alaric habría podido pasar sin ello después de haber permanecido despierto durante la mitad de la noche pensando en las dos clases de realidad sobre las que había tenido experiencias. Creía que para entrar en la clase paralela tenía que haber algún nivel de inversión emocional. Las realidades-del-tiempo, las pequeñas eternidades, eran otra cosa. Lo cual,.por otra parte, no tenía nada de sorprendente porque, a diferencia de las realidades paralelas, éstas no se encontraban muy próximas las unas de las otras, sino que permanecían fijas en el tiempo pasado; en el tiempo futuro también, por lo que él sabía. Si te llamaban, no tenías más remedio que ir, y después te veías totalmente borrado de ellas; un poco más cada vez.
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