Michael Lawrence - La inundación
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Y ahora había algo más. Sus viajes inesperados ya no estaban limitados a junio de 1945. La noche pasada Alaric había caído, literalmente, del árbol Genealógico a una parte anterior de lo que él imaginaba era su propia pequeña eternidad. Se acordaba muy bien de aquel anochecer. Era domingo. Él estaba en su habitación, contemplando el jardín sur que acababa de quedar inundado, cuando una figura había bajado del árbol y echado a andar hacia la casa. Pero aquella noche no había visto a un Alaric llegado de otra realidad. Se había visto a sí mismo, seis días después.
Domingo:3
Cuatro veces durante los últimos días, Naia había subido al árbol Genealógico con el álbum familiar de Alaric metido en una bolsa de la compra. La única manera de hacerle llegar el álbum era llevarlo a 1945 y esperar que él también acudiera. Naia no iba a dejarlo para que Alaric lo encontrara en algún momento, pues el álbum era un objeto demasiado precioso para que se lo confiara a la casualidad. Y, si tenía que ser sincera, quería ver la expresión en el rostro de Alaric cuando éste comprendiera hasta dónde había llegado el sacrificio de ella. Cada vez que subía al árbol, se sentaba en su rama habitual a esperar que se la transfiriese a la versión más joven, pero siempre bajaba del árbol, después de haber esperado media hora, sin que ello hubiera llegado a hacerse realidad. Al tercer intento empezó a sentirse bastante ridícula, subiéndose a los árboles a su edad. De hecho, se sentía tan ridícula que se juró que lo dejaría correr si no sucedía nada al cuarto intento. Pero tampoco en ése ocurrió nada. Durante el período habitual de espera carente de objeto primero empezó a ponerse de mal humor y luego se enfadó mucho: consigo misma, con el árbol, con todo el estúpido asunto. Estaba mucho mejor antes de que Alaric apareciese la primera vez, allá en febrero. Hasta entonces no había tenido ni idea de que existía más de una realidad, de que el mundo era más complejo de lo que ella nunca habría llegado a soñar. Había sido más feliz en su ignorancia; además, entonces todavía tenía a su madre, su novio y sus verdaderas amistades.
Naia se juró que no volvería a subir jamás al árbol y se conformaría con lo poco que tenía. Cuando se preparaba para descender, se sorprendió al sentir una ligera vibración bajo sus manos, pero la sorpresa fue de corta duración, porque un terrible dolor le recorrió de pronto los brazos e hizo explosión en su pecho. Apenas dejó escapar un grito de agonía cuando el dolor cesó. Se sentía bastante nerviosa, y bajó rápidamente al agua, como si la celeridad fuese a evitar una repetición. En su prisa, un bolsillo de los téjanos se le enganchó. Pasó las asas de la bolsa de la compra por una rama y se liberó el bolsillo con ambas manos antes de completar su descenso.
Se disponía a recuperar la bolsa cuando vio algo que la dejó sin respiración. Las puertas de la casa y del garaje deberían haber sido verdes, pero no lo eran. La madera había sido devuelta a su estado original y se hallaba manchada. Ahora se encontraba en su verdadera realidad, donde su madre estaba viva. No sabía si correr a la casa y reclamarla, o… no tenía ni idea de qué otra cosa hacer.
Entonces un hombre salió por una ventana de la sala alargada. Su padre. Su verdadero padre. Naia no estaba preparada para aquello. Para él. Se apresuró a esconderse detrás del árbol. ¿Qué ocurriría si se encontraba con su papá? ¿Habría un momento de transición en el que la realidad cambiaría alrededor de ambos y ella volvería a formar parte de ese mundo, como si nunca hubiera estado lejos de él? Si eso ocurría, ¿qué pasaría con Alaric? ¿Seguiría teniendo un lugar en esa realidad? Porque ambos no podían estar en la misma, ¿verdad? ¿Y si de pronto pasaban a ser gemelos, hermana y hermano, reconocidos como tales sólo por una madre, un padre? ¿Quién tendría el dormitorio de la esquina, en ese caso?
Naia se apoyó en el árbol y sintió un ligero movimiento bajo las manos. Oh, no. ¡No! Miró alrededor del tronco, hacia la casa. Las puertas eran verdes. Había dejado escapar su oportunidad; Naia quiso gritar. No era justo. ¡Maldición, no era justo! Sin embargo, consiguió no perder el control, aunque por los pelos. Era algo en lo que había llegado a ser bastante hábil. En eso y en lo de soltar mentiras. Extendió la mano hacia la bolsa que había colgado de la rama. No estaba allí. Todavía estaba en la otra realidad, donde el usurpador de Alaric sin duda la encontraría.
Pasó el resto de la mañana sin hacer nada, incapaz de quitarse de encima la sensación de fracaso y decepción. Estuvo casi todo aquel tiempo metida en su habitación para evitar las preguntas. Finalmente, tras haber decidido que la actividad era la respuesta, salió y fue al bote de remos puesto del revés junto a la sala del río. Metió las manos en el agua, deslizó los dedos por debajo del borde de la embarcación y trató de levantarla, aunque sin demasiado éxito.
– ¿Necesitas ayuda ahí abajo?
Naia vio a Kate, asomada a la ventana del dormitorio que compartía con Iván.
– Yo diría que no -le respondió.
– Entonces espera un momento.
Kate rara vez llevaba nada en los pies dentro de la casa ahora que hacía más calor, así que ya estaba medio preparada cuando salió por la ventana de la sala del río un minuto después. Sus pantalones de loneta azul, ya bastante descoloridos y cortados a la altura de las rodillas, completaban el atuendo de vadear las aguas.
– ¿Adónde pensabas ir? -preguntó a Naia, mientras juntas tiraban del bote hasta dejarlo apoyado de costado.
– A dar una vuelta por el jardín, mientras puedo.
Kate rió.
– Buena idea.
– Ven conmigo -dijo Naia. La compañía tal vez fuera mejor que la soledad.
– Lo haría, pero tu padre acaba de decirme que vaya a la tienda.
– ¿Qué quiere?
– Una opinión sobre unos cuantos objetos de art déco que ha recibido hace poco. Cree tener unos cuantos Clarice Cliff de la colección Griffin. Si es así, podrían terminar en la casa, pero eso él aún no lo sabe.
– No sé cómo se las arreglaba antes sin ti -dijo Naia mientras se preparaban para bajar el bote al agua.
– Él tampoco lo sabe, pero nunca lo admitirá.
El bote pesaba demasiado para que pudieran bajarlo con facilidad, así que, de común acuerdo, retrocedieron para dejar que cayese. La quilla chocó con el agua, que se alzó en una ola y las dejó empapadas a ambas; primero chillaron las dos, pero al instante se rieron a carcajadas. Después se miraron la una a la otra: tenían el pelo en los ojos, y pegado a las mejillas y el cuello; también la ropa mojada se les adhería al cuerpo.
– Eso es obsceno -dijo Naia.
Kate bajó los ojos hacia la camiseta que acababa de quedar convertida en una segunda piel. En la parte de delante había la imagen de un ordenador, y debajo de él se leía la frase «¡Diviértete pulsando mis teclas!».
– ¿Qué es obsceno?
– El adorno.
La mirada de Kate fue de un pezón al otro.
– Oh, no sé -dijo-. Me parece que completa bastante bien el motivo. -Y sacó pecho como para subrayar sus palabras.
Una vez más compartieron las carcajadas antes de entrar a cambiarse. Veinte minutos después, Kate se puso en camino (calzada con botas impermeables) hacia la tienda de Iván en el pueblo. Naia, que lucía por primera vez su nuevo biquini de Next, subió al bote. Hacía un día magnífico para remar por el jardín yendo medio desnuda.
Domingo:4
Alaric había planeado salir en el bote antes de que terminara la mañana, pero Alex le había pedido que la ayudara a cambiar los muebles de sitio: una de sus aficiones favoritas. Lo de mover los muebles llevó a otras tareas, éstas se ramificaron en pequeñas labores suplementarias y el día fue transcurriendo, de tal manera que no fue hasta ya bien entrada la tarde cuando Alaric por fin pudo ir al bote.
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