Michael Lawrence - La inundación
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Una pregunta le vino a la mente. Si había visitado un año que era anterior a su nacimiento, y ese año era tan actual para sus habitantes como el suyo lo era para él, ¿qué era el pasado si no otro presente? ¿Iban desprendiéndose fragmentos de historia que luego continuaban existiendo por siempre, inmutables, como burbujas cerradas de existencia? Pequeñas eternidades, podría decirse. Quizás hubiera muchas de ellas, un gran número, algunas conectadas a otras por el equivalente a cuerdas invisibles, o agujeros en el tiempo, a través de las décadas, tal como este junio parecía estar conectado con el de 1945. Pero ¿no convertiría eso también a aquel mes, o una parte de él, en una pequeña eternidad? De ser así, ¿por qué? ¿Y por qué estaría conectado con ese año y ese mes en concreto? ¿Porque algo similar había ocurrido en ambos? ¿Qué? Habida cuenta de que Whitern Rise existía en ambos junios, sólo se le ocurría otra gran similitud: la inundación. Pero en 1947 también había habido inundaciones, mucho peores, así que ¿por qué este hoy no se encontraba conectado con ese año? Quizá la inundación por sí sola no bastaba para unir a dos pequeñas eternidades. ¿Qué más había que pudiera producir ese resultado, entonces? El único otro acontecimiento notable que tuvo lugar en Whitern Rise en junio de 1945, que él supiera, había sido la muerte del joven Aldous Underwood. Pero no había habido ninguna muerte similar este junio, en este Withern. Tenía que estar pasando por alto algo.
Alaric, sumido en sus cavilaciones, apenas reparó en el minúsculo destello, como un rayo de sol que da en una ventana cuando pasas corriendo junto a ella. No pudo evitar darse cuenta, sin embargo, de que ahora ya no estaba de pie en el agua sino sentado en el árbol, entre una profusión de hojas. Hojas más brillantes que aquellas bajo las que se encontraba sólo unos segundos antes.
Viernes:10
La transferencia desde el árbol de Naia hasta el de Aldous había sido tan rápida y carente de esfuerzo como la de Alaric, aunque a diferencia de él Naia estaba preparada para ver cómo se producía. Allí, en el árbol, esperó durante un total de casi veinte minutos con el álbum familiar metido dentro de su chubasquero. Veinte minutos que le parecieron cuarenta. Allí estaba ella, en un Whitern Rise de hacía seis décadas, sin tener ni idea de cuánto tiempo más podría quedarse, y lo único que hacía era permanecer sentada sin hacer absolutamente nada.
Se bajó al agua. También aquí estaba un poco menos alta. Naia se agachó para ver todo lo que pudo de la casa, pero no percibió ningún movimiento en ninguna ventana. Absolutamente ninguna señal de actividad. De hecho, reinaba una atmósfera extrañamente inmóvil y silenciosa en toda la propiedad.
Pero entonces oyó un tenue sollozo. Siguió la pista del sonido hasta la cabaña cubierta de tierra cercana a la cocina, que ahora sabía era uno de los refugios Anderson utilizados durante la guerra. Cruzó el espacio entre el árbol y la cabaña moviéndose lo más deprisa que pudo. Como ahí no estaba lloviendo, dejó que la capucha de su chubasquero cayera hacia atrás. Cuando llegó al refugio, se detuvo y escuchó. La hoja de cuero colgaba sobre la entrada, así que no podía ver quién estaba llorando dentro. Era una voz joven, ligeramente ronca. Apartó uno de los lados del cuero. Dentro no había luz, pero los sollozos se detuvieron de inmediato. Naia apartó un poco más el cuero, y la luz incidió en el delgado rostro del joven Ray; estaba sentado con el cuerpo inclinado encima de un banco o alguna clase de mesa, apenas fuera del agua. El chico la miró con grandes ojos enrojecidos.
– Vete.
– Sólo soy yo -dijo ella afablemente.
– Que te vayas.
– ¿Qué pasa? ¿Por qué lloras?
Ray extendió la mano y le quitó el cuero de entre los dedos, para regresar a la penumbra y excluir a Naia, pero ésta acercó la boca al cuero.
– Me llamo Naia -susurró, articulando su nombre con mucha claridad para que Ray no lo confundiera con ningún otro.
– Me da igual -replicó la voz ahogada de él.
– Algún día no te dará igual -dijo ella.
– Déjame en paz. -Ray se puso a llorar de nuevo.
Naia deseó poder darle un abrazo, secar sus ojos, averiguar qué era lo que tanto lo afectaba, calmarlo mejor de lo que lo estaba haciendo. Pero no tenía ningún derecho a hacer tales cosas aquí. Probablemente, de todos modos, no sería nada. Ray era muy joven. Probablemente su madre lo había reñido por alguna travesura y ahora se compadecía de sí mismo. Con todo, le habría gustado reconfortarlo. Recordaba las veces que el abuelo Rayner la había sentado sobre sus rodillas cuando ella era pequeña. No le gustaba nada verla disgustada y se desvivía por hacer que se sintiera mejor cuando Naia se encontraba un poco triste. El abuelo Rayner era un hombre bajito y asmático, y su pecho silbante se lo había hecho pasar muy mal durante sus últimos años, pero incluso entonces casi siempre estaba de excelente humor y era capaz de ver el lado bueno de las cosas. Le gustaba leerle en la cama. A veces se inventaba una historia sobre la marcha. O cantaba alguna canción cómica. El abuelo Rayner, bendito fuese. Cómo le gustaba cantar.
Naia, que aún guardaba en el chubasquero el álbum familiar, siguió caminando y dejó atrás el gallinero; se sentía observada por una hueste de ojos invisibles. Finalmente llegó a la cobertura parcial de un grueso seto de espinos a cuyas flores blancas parecía estar yéndoles muy bien pese a las alteraciones causadas por la inundación. Allí, sintiéndose menos expuesta a las ventanas de arriba de la casa, recorrió el jardín con la mirada. Quizá nunca volviera a haber otra oportunidad de verlo así, y quería grabar aquella imagen en su memoria. Había un pequeño cobertizo de madera junto al muro del cementerio, donde ella estaba acostumbrada a ver un manzano, y ciertas partes del jardín parecían tener una forma distinta debido al emplazamiento de los matorrales y los arbustos que empezaban a emerger del agua. El invernadero en el centro del huerto de la cocina le sonaba. Ellos no tenían un invernadero, pero Naia estaba casi segura de que recordaba uno de cuando era pequeña. ¿Qué había sido de él? ¿Podía haber sido ese mismo invernadero, condenado a caer finalmente dentro de medio siglo a partir de ahora?
Continuó escrutando el jardín desde el seto. Su mirada se sintió particularmente atraída, como lo había sido antes, por los muchos árboles que había en el jardín sur, y la variedad de ellos. En el jardín sur de su experiencia sólo había un árbol; el resto de ellos seguían siendo planos y vacíos, más bien carentes de alma. Ese jardín sur se hallaba lleno de árboles, y qué gran diferencia suponían. Naia no entendía mucho de árboles, pero además del manzano y el peral, con la cuerda de la hamaca extendida entre ellos, reconoció un olmo y tres abedules plateados. Más allá, al fondo y justo dentro del muro divisorio, un par de ejemplares de hoja perenne, tan altos y oscuros como hermosos, se alzaban como enormes árboles de Navidad de los tiempos antiguos. Muchos de aquellos árboles habrían seguido allí en su época si, lin par de años después de la guerra, Withern no hubiera sido vendido a unos bárbaros que prefirieron tener una pista de tenis. Lástima.
– ¿Señorita? ¿Oiga? ¿Quién es usted? ¿Qué la trae por aquí?
Naia salió del seto, sintiéndose culpable. Un hombre, alto y de mediana edad, que calzaba unas botas impermeables muy parecidas a las suyas, se asomó por el hueco de la puerta abierta de la cocina. Era ancho de hombros y tenía un aspecto tirando a hosco.
– Estaba… buscando a Aldous.
Un extraño cambio tuvo lugar en el hombre. Se agarró al quicio de la puerta como para no perder el equilibrio y abrió la boca. Sin duda iba a responder, pero no lo hizo; entonces dio un paso atrás y, tras cerrar la puerta, regresó a la cocina inundada. Mientras contemplaba la desnudez de la puerta, Naia cayó en la cuenta de que había percibido algo familiar en el hombre -la abundante cabellera gris, la nariz de puente muy marcado, la anchura de la mandíbula- y se acordó de que el señor Knight le había contado que su padre fue jardinero en Withern. Bueno, ya lo había conocido, y no había quedado demasiado impresionada.
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