Michael Lawrence - La inundación
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Se subió la capucha del chubasquero y enseguida se sintió menos vulnerable, menos visible. Cruzó rápidamente el jardín inundado, impaciente por poner cierta distancia entre su persona y la casa.
Viernes:11
Era como estar sentado dentro de una caverna verde. No podía ver nada más allá de ella, pero Alaric sabía muy bien dónde estaba y creía saber cuándo. Había estado allí mismo ayer, justo antes de descubrir al chico que se debatía por su vida debajo de él. Había otras cosas que lo tenían confuso, sin embargo. ¿Cómo había ocurrido? ¿Por qué había sido transportado o arrastrado hasta allí cuando ni siquiera estaba en su propio árbol?
Buscó con la mirada el álbum familiar que había dejado en las ramas ayer, pero no lo encontró. ¿Había trepado alguien al árbol y se lo había llevado? ¿Había caído a través de las ramas dentro de…?
Notó que algo se movía más abajo de la masa de hojas que lo separaba del agua. Se quedó quieto y escuchó con gran atención.
Un mirlo asomó a través del follaje, no vio ninguna amenaza en Alaric y saltó a la rama. El hizo como que no lo veía, y el pájaro pareció dispuesto a ignorarlo a su vez, con tal de que no hiciera nada brusco o extraño.
El mirlo incluso toleró que Alaric apartase las hojas con cautela para tratar de ver quién o qué estaba allá abajo, pero cuando la rodilla le resbaló y sus manos buscaron a tientas algo a lo que agarrarse, el pájaro se elevó, para alejarse ruidosamente entre las hojas. Hubo un movimiento recíproco abajo, seguido por un grito ahogado. Alaric consiguió crear un agujero para espiar, y miró por él. Un chico colgaba de la rama inferior suspendido por el cuello. ¡Aldous! ¡No estaba muerto! Pero la bolsa de polietileno volvía a cubrirle la cabeza. Una vez más se hallaba suspendido de ese muñón de rama por la cinta de plástico, manoteando por su vida. ¿A qué diablos estaba jugando?
Bueno, ahora no había tiempo para pensar en eso. Se agarró al tronco con una mano, se abrió paso a través de las hojas con las piernas por delante y fue tanteando con los pies hasta que éstos encontraron un apoyo adecuado. Luego descendió y avanzó a lo largo de la rama hasta que se encontró acurrucado encima del frenético muchacho. Aldous alzó la mirada hacia él; tenía los ojos desorbitados por el terror, y el polietileno se pegaba a su boca jadeante, mientras una mano trataba en vano de arrancar la cinta de plástico de su cuello. Alaric no sabía qué hacer primero, si arrancar el polietileno y dejar que Aldous recibiera un poco de aire, o subir al chico hacia él agarrándolo por el cuello para liberarlo. Finalmente Alaric, casi doblado sobre sí mismo, extendió la mano. Sus dedos decidirían en el instante del contacto.
Estaba a escasos centímetros de rozarlo cuando, con la más leve de las sacudidas y una súbita confusión de la luz del día, se encontró tratando de agarrar la nada, inclinándose sobre el agua debajo de su propio árbol, y Aldous llevaba sesenta años muerto.
Viernes:12
El agua del sendero se mezcló con la del jardín cuando Naia agarró el gran aro de hierro y tiró de la puerta de paneles verdes moviéndola hacia atrás. Recordaba una versión astillada, anterior, de aquella puerta. Seguiría hallándose presente hasta mediados de la década de los noventa, cuando se prescindiría de ella en favor de una puerta más ligera que, tres o cuatro años después, sufriría un episodio de vandalismo y se vería sustituida, a su vez, por una puerta mucho más parecida a ésa, pero azul.
Entró en el sendero, cerró la puerta tras ella y se encontró, por primera vez, más allá del entorno un tanto distinto del Whitern Rise de 1945. Al igual que con el jardín, las diferencias eran escasas pero perceptibles; la principal de ellas era el par de casas del siglo XVII que habían sido demolidas antes de que Naia naciera, para hacer sitio al terreno de juegos en el que ella había saltado a la comba y jugado a la rayuela durante sus años de escuela primaria. Las casas no habían tenido nada especial y no eran particularmente bonitas, de modo que no hubo muchas protestas cuando desaparecieron. Los inquilinos habían sido bien compensados y adecuadamente realojados. Lo que Naia no sabía era que la de la izquierda era el hogar del señor Knight al que acababa de conocer, de su insegura esposa Clarice, y de su joven hijo, quien, dentro de muchos años, le daría un gatito blanco al que ella pondría el nombre de su doble del sexo masculino de otra realidad.
Naia, que aún llevaba el álbum familiar de Alaric metido en su chubasquero, subió por el camino en dirección al pueblo, curiosa por ver cuál era el aspecto que tenía ahora. La guerra en Europa acababa de terminar. La misma guerra que ella había tenido que investigar para escribir exhaustivamente sobre ella en un reciente trabajo escolar. Entonces el período le había resultado de lo más aburrido, pero ahora que se encontraba en él quería ver y experimentar hasta el más insignificante de los detalles. El señor Ackley, su vehemente profesor de Historia, habría dado un brazo para estar allí, donde Naia.
Desde fuera, el edificio principal de la escuela, de mediados del período Victoriano de ladrillo rojo y grandes ventanales, era idéntico a aquel al que había ido Naia desde poco antes de su duodécimo aniversario. Dentro había sido distinto, sin embargo, todos aquellos años antes. Naia extendió la mano hacia el pestillo de la puerta, con la intención de mirar por un par de ventanas y ver qué aspecto tenía una auténtica clase de la década de 1940.
– ¡Señorita! ¡Por aquí!
Volvió la mirada hacia la voz. Un hombre tocado con un sombrero de pana marrón estaba de pie junto al seto al final del camino.
– Hmmm… ¿Sí?
– No se mueva.
– ¿Qué?
Pero esta vez realmente no había ninguna necesidad de preguntar. Naia vio un trípode de madera puesto en el agua, con una cámara de aspecto anticuado colocada encima de él que se disponía a hacer una foto del sendero inundado, la escuela, ella.
– No se mueva, por favor.
Naia se apartó de la puerta y fue hacia el hombre. No tenía que ocurrir. Se suponía que ella no debía estar allí. Abrió la boca para decir al hombre que no hiciera la foto y alzó la mano para taparse la cara.
El obturador hizo clic.
– ¡Una fotografía que dejará constancia de la inundación! -explicó el hombre-. La semana que viene podrá verla en el periódico. -Sacó el trípode del agua y juntó las patas-. ¿Por casualidad no será usted de Whitern Rise?
Naia no podía hablar. No podía pensar. ¡Las implicaciones de aquella foto, lejos de su tiempo!
– Fue algo terrible. Pobre chico. Pobre familia.
– Lo siento, yo no… -balbuceó Naia.
– Espantoso. Espantoso.
El fotógrafo se alejó, con el trípode goteante apoyado en su hombro igual que un rifle, y se encaminó por el sendero que dentro de cinco años estaría bordeado por las casas que construiría el ayuntamiento. Mientras lo veía alejarse, Naia pensó: «No pasa nada. Nadie reparará dos veces en ella. Sólo será otra foto. Olvídala.»
Se olvidó de la escuela y echó a andar por la calle del pueblo. Si no hubiera estado anegada, se habría dado cuenta de que no había líneas blancas pintadas a lo largo del centro de la calzada ni tampoco una amarilla, sencilla o doble, debajo de cada bordillo; en cualquier caso, las diferencias eran poco importantes. Durante los años que transcurrirían entre ese día y el tiempo de ella, ningún edificio a aquel extremo de la calle cambiaría demasiado. No obstante, cuando ya había recorrido cierta distancia, las pequeñas disparidades se hicieron evidentes. La tienda que en su Eynesford vendía periódicos, revistas y artículos de papelería ahora lucía el cartel «Wm. Forrest, Comestibles», y enfrente, al otro lado de la calle, una puertecita azul permanecía cerrada junto a un modesto escaparate encima del que un delicado letrerito rezaba «J. Lee, Pan y Pasteles recién hechos cada día». A Naia le habría gustado entrar allí y averiguar si el pan recién hecho sabía distinto en la década de 1940, pero no disponía de la moneda adecuada, o de la cartilla de racionamiento que podía necesitar para obtener la barra más barata. A pesar de todo, se acercó un poco más, pero un letrerito escrito a mano que estaba clavado a la puerta le dejó claro que, de todos modos, no habría podido comprar gran cosa.
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