Michael Lawrence - La inundación

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Transcurre el mes de junio. El río ha salido de su cauce y ha inundado la propiedad de Wíthern Rise. Alaric y Naia se encuentran remando a la deriva en el mismo jardín y parecida inundación que tuvo lugar en junio de 1945. Conocen a Aldous Underwood, que sólo tiene once años y es el hermano mayor de su abuelo. Ahora, en 2005, ofrecen su amistad al mayor de los Aldous, quien sobrevivió al accidente pero permaneció casi los setenta y un años de su vida en coma.

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Naia fue por la orilla; calculó que el agua estaba al menos diez centímetros más baja que la última vez que había pasado por allí. Tras cruzar el puente largo, echó a andar por la otra orilla y llegó a los primeros árboles de ramas medio deshojadas; una vez allí, titubeó como si se hallara ante una puerta.

– ¿Hola? -exclamó.

Nadie le respondió, aunque eso no significaba gran cosa. Él podía haber regresado mientras Naia iba desde la casa hasta la verja. Sin embargo, decidió arriesgarse.

Sólo se podía entrar allí agachándose hasta casi tocar el suelo, y atravesar la espesura requería un considerable esfuerzo para evitar el complejo entrelazado de ramas, espinas y tallos que intentaban atraparla o herirla a cada paso del camino. El terreno se hallaba inundado incluso allí, un riesgo adicional del que Naia habría podido prescindir. Mientras se agachaba y sorteaba los obstáculos, al tiempo que recibía pinchazos desde todos los lados y el agua se agitaba ruidosamente alrededor de sus botas, de pronto reparó en el canto de los pájaros. Sin embargo, desde aquella posición y tan incómodamente agachada como estaba, Naia no pudo ver ni un solo pájaro, a pesar de que sonaba como si allí dentro hubiera docenas de ellos. Un instante después hubo terminado de pasar, y se incorporó dentro del pequeño claro que Aldous había convertido en su hogar.

Los pájaros dejaron de cantar.

Viernes: 5

Aldous las llamaba «otras vidas». Había tres en total, aparte de la suya. Nunca había sido su intención entrar en ellas: simplemente sucedía, por lo general cuando estaba distraído o soñaba despierto, o se sentía un poco cansado. Un anochecer volvía al bosquecillo como de costumbre y se encontró con que todo rastro de su presencia había desaparecido, hasta la hamaca. Lo primero que pensó fue que algún visitante hostil había sacado todas sus cosas de allí, pero entonces comprendió que en algún momento de los últimos minutos había entrado en una de las otras vidas. No había manera de saber cuándo sucedería. Nunca había ninguna advertencia. El otro día, por ejemplo. El primer día después de que hubiera dejado de llover. ¿Domingo? ¿Lunes? No estaba seguro. Para él los días siempre eran muy similares. Estuvo dando una vuelta alrededor del pueblo, y pasaba por delante de la iglesia cuando sintió la leve sacudida en la boca del estómago que le decía (cuando estaba prestando atención) que había pasado al otro lado. Había tan pocas diferencias en lo que le rodeaba que siguió caminando en la misma dirección. En cuestión de minutos o una hora -no había ninguna duración claramente definida- volvería al sitio al cual pertenecía, así que, ya puestos, tanto daba que siguiera su camino.

Había entrado en el Coneygeare y estaba dejando atrás aquel feo edificio cuadrado con los ridículos balconcitos, los pisos para las personas mayores, cuando vio a unos chicos que estaban haciendo travesuras cerca del puente que planeaba cruzar. Mientras empezaba a subir por él creyó reconocer a uno de ellos, aunque no habría podido decir de dónde. Unos segundos después volvió a suceder. Levantó el pie y cuando lo bajó se hallaba en el mismo puente de su propia vida, y los chicos habían desaparecido.

Nunca había demasiadas posibilidades de confundir las vidas, aunque a veces se veía engañado por un minuto, como el día en que el señor Knight le contó que Eric Hobb había llegado a viejo. Una puerta roja en una casa en una vida podía ser azul en las otras. Unos trabajadores podían estar poniendo ventanas nuevas en un bungalow en tres vidas pero no en la cuarta. Y las personas, que unas veces lo conocían y otras no, porque en la última ocasión se había encontrado con una versión distinta de ellas. No le gustaba hablar con nadie a menos que le dirigieran la palabra. No era tan atrevido, no estaba tan seguro de sí mismo. Hablar con los adultos suponía un gran esfuerzo para él. La mitad del tiempo no tenía ni idea de qué era lo que le estaban diciendo. De hecho, más de la mitad.

Las únicas personas con las que realmente charlaba eran los señores Knight. En dos de las vidas no había señores Knight, a menos que se le hubieran pasado por alto, pero era mejor así. Distinguir a dos costaba menos que distinguir a cuatro. Aldous había hablado durante largo rato con ambos. A veces les había contado lo mismo. En ocasiones, sólo por divertirse, le había explicado una historia completamente distinta a uno de ellos. Cuando hacía eso, luego tenía que ir con cuidado de no cometer ningún error. Si bien a veces no tenía demasiado claro quién pertenecía a cuál de las vidas, nunca le cabía la menor duda acerca de cuál le pertenecía a él. Su vida era la única donde no había una lápida en la que estuviera escrito su nombre.

Viernes:6

Allí dentro olía fatal. Como un lavabo público que no hubiera sido limpiado o desinfectado en meses. Restos de desperdicios flotaban en el agua, y una caja de metal abierta, que contenía fruslerías personales, colgaba de una rama. Naia se fijó en el espejito para afeitarse y las tijeras que descansaban sobre la hamaca. No había pensado en ello antes, pero el anciano no iba muy bien afeitado. No era que fuese exactamente barbudo, pero su rostro distaba mucho de estar rasurado. A juzgar por su aspecto no poseía una navaja de afeitar, y se limitaba a recortarse la barba todo lo cerca de la piel que podía con unas tijeras. Naia no se sentía con derecho a observar las reliquias y detritos de la vida de un hombre, y se disponía a irse cuando se acordó de las cartas que él y su contrafigura en la antigua realidad habían dejado dentro del Agujero de los Mensajes. Habían sido escritas con una máquina de escribir manual. ¿Dónde estaba esa máquina, entonces? Miró un poco por allí, incluso llegó a meter las manos en el agua, pero no pudo encontrarla y decidió que el anciano tenía que guardarla en algún otro sitio.

Nuevamente a punto de irse, Naia se acordó de que hubo un tiempo en que aquella extensión encharcada había pertenecido a Whitern Rise. Quedaba justo en el corazón de los doscientos metros de terreno que el abuelo Rayner había arrendado para salvaguardar la vista desde la casa. El municipio planeaba limpiar los canales de juncos y destinar el terreno a usos públicos. Si Rayner no hubiera arrendado aquel lugar abandonado, el paisaje desde mediados de 1970 hasta comienzos de 1990 habría llegado directamente hasta Withy Meadows, con sus bancos y árboles nuevos, sus puentecillos impolutos, gente que había ido de picnic y perros que corrían. Rayner puso en arriendo su vista preferida por treinta años; justo el tiempo suficiente porque, al final de ese período, los Meadows quedaron ocultos a lo largo de todo el río, ya que se había permitido que el verdor volviese a crecer y floreciera a su antojo.

Naia salió de la espesura para echar un vistazo a la casa. Llevaba mucho tiempo sin verla desde aquel lado. Años. Ver lo poco atractiva que parecía desde allí casi supuso una conmoción para ella. Antes, seguramente, tenía que haber parecido más imponente. No era ni mucho menos tan bonita como siempre se la había imaginado, y también era más pequeña. Era como estar viendo una casa distinta. Desde luego, era una casa distinta a aquella en la que había crecido Naia, pero debería parecer la misma, en todos los aspectos esenciales. Quizá fuera un efecto de la edad. De la edad de ella, no de la de Withern. Desde que su infancia quedó atrás Naia había seguido pensando en la casa, y viéndola, con el aspecto que le había parecido que tenía cuando ella era más joven e impresionable, menos alta. La vista desde aquel ángulo confería una perspectiva distinta al lugar. No la mejor, desde luego. Podía tener unas palabras con Kate acerca de ello. Kate sólo llevaba cuatro meses en WhiternRise, pero lo amaba de una manera tan honesta como absoluta. Naia sabía que se mostraría abierta a sugerencias sobre cómo mejorarlo. En cuestión de cinco minutos probablemente ya estarían hablando de una remodelación completa. Iván alzaría las manos y se embarcaría en su numerito habitual del «¿Tenéis-alguna-idea-de-lo-que-costaría-eso?».

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