Michael Lawrence - La inundación

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Transcurre el mes de junio. El río ha salido de su cauce y ha inundado la propiedad de Wíthern Rise. Alaric y Naia se encuentran remando a la deriva en el mismo jardín y parecida inundación que tuvo lugar en junio de 1945. Conocen a Aldous Underwood, que sólo tiene once años y es el hermano mayor de su abuelo. Ahora, en 2005, ofrecen su amistad al mayor de los Aldous, quien sobrevivió al accidente pero permaneció casi los setenta y un años de su vida en coma.

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Jueves:24

El reloj Westminster dio las siete sobre la repisa de la chimenea. Naia volvió los ojos hacia la esfera color oro pálido, los numerales romanos y las serias manecillas, tan imponentes en aquella posición. Hazlo, parecía decir el reloj. Ahora es el momento. Y Naia ya se había decidido, sin recordar el juramento que había hecho el día anterior.

No había parado de pensar en el pequeño Ray durante toda la tarde. En Aldous también, y en Whitern como era en aquel entonces; pero en Ray por encima de todo. Ahora que sabía con toda certeza quién era él, quería volver a verlo, y pronto, incluso si después eso significaba sufrir otro de aquellos súbitos bajones de energía que la dejaban prácticamente incapacitada. Esta vez podría presentarse a sí misma. No le diría quién era realmente, o de dónde provenía, pero no había ningún peligro en decirle cómo se llamaba. Su nombre de pila, en todo caso. Sonrió para sí misma. Si ella le decía cómo se llamaba, tal vez él se acordaría del nombre y quizá, cuando llegara a ser abuelo años después, podía sugerir «Naia» como un nombre para la niñita que les acababa de nacer a mamá y papá.

Se puso las botas impermeables que luego el chico compraría en vida, salió por la ventana y echó a andar a través del jardín sur. Una vez en posición en el árbol, se sentó a esperar que ocurriera «aquello», sin estar completamente segura de si sucedería o no. Pero ocurrió, y bastante pronto. Una leve sacudida, un ajuste de la luz y se encontró en el roble de días ya pasados. Oyó voces. No consiguió entender qué era lo que estaban diciendo, pero las voces sonaban demasiado cercanas para que pudiera estar tranquila, así que trepó a través de las hojas hasta el siguiente nivel, donde aquellas personas no podrían verla si se aproximaban más. Fue allí donde descubrió algo muy sorprendente alojado en un nido de ramitas. Se lo quedó mirando. No era de extrañar que no hubiera podido encontrar el álbum familiar si había estado ahí durante todo el tiempo. Pero ¿cómo podía estar ahí? ¡Era imposible!

Sin embargo, estaba demasiado contenta de haber dado con él para preocuparse por nada; ya habría tiempo para los misterios más tarde. Las voces estaban alejándose. Naia se puso el álbum debajo del brazo y regresó a la rama inferior, donde intentó decidir qué hacer. No quería que volvieran a sorprenderla dando vueltas alrededor del jardín. Quizá si la vieran salir del camino no les parecería una intrusa. Dependiendo de con quién se encontrara, y de la historia que se le ocurriera, podría ingeniárselas para mantener una pequeña conversación con Rayner, si todavía no estaba acostado.

Las voces se desvanecieron. Naia esperó otro minuto antes de bajar al agua, donde se quedó inmóvil mirando a su alrededor para asegurarse de que no había nadie cerca antes de echar a andar hacia los arbustos que crecían a lo largo del camino de acceso. Sólo había dado cuatro pasos cuando oyó nuevas voces, esta vez procedentes de la casa. Eran voces cargadas de inquietud. Se detuvo. Aguzó el oído. Sollozos, gimoteos, salidos de más de una garganta. ¿Habría sucedido algo? Tal vez alguna discusión familiar. Bueno, fuera lo que fuese, los visitantes no serían bienvenidos mientras esas personas se hallaran en aquel estado de ánimo. Naia dio media vuelta y volvió a subir al árbol. Vaya, se dijo; aunque la misión, después de todo, no había sido un completo fracaso. No había vuelto a encontrarse con el joven Rayner, pero había recuperado el álbum familiar.

Jueves:25

Alaric, una vez emergió del sueño fruto del agotamiento, quedó impresionado por la cualidad y la intensidad del silencio. Alex e Iván llevaban desde mediados de la tarde dando un paseo en bote con unos amigos, pero aquello no era meramente el silencio de la ausencia o la soledad. Era el silencio del shock. O de la pena. Imaginaciones suyas, por supuesto, pero era así como lo sentía. En el recibidor la sensación era todavía más intensa. La casa se hallaba impregnada de ella. Mientras tomaba asiento en el suelo, todavía débil, para apoyarse en la pared, el rostro del chico volvió a su mente tal como lo había visto antes, con idéntica desesperación en los ojos que alzó hacia él. Vio de nuevo el polietileno adhiriéndose a las mejillas de Aldous, cubriendo su boca abierta. Casi podía sentir el estrangulamiento causado por la cinta de plástico. Unos cuantos segundos más y habría podido salvarlo. Pero no había habido ningún segundo más.

Alaric deseaba liberarse de aquella imagen, de aquella escena, de modo que animó a su mente a que vagara a su antojo, pero entonces lo asaltó un nuevo pensamiento. Era tan insoportable, pero tan cierto a la vez que lo estremeció hasta la misma médula de los huesos; Alaric fue consciente de haber proporcionado personalmente al hermano mayor de su abuelo el instrumento de su muerte, cuarenta y tres años antes de que él, Alaric, naciera.

TERCERA PARTE

EL LEGADO DE UN POETA

VIERNES

Viernes:1

Fue sólo hacia el final del sueño cuando por fin llegó a entender que no había sido tal, sino un recuerdo que acababa de volver a su memoria. Llevaba algo encima de la cabeza, algo que se le pegaba a la cara y le limitaba la visión. No podía respirar. La opresión que notaba en la garganta crecía conforme el peso de su cuerpo tiraba de él hacia abajo. El horror de estar suspendido de un árbol colgando del cuello lo dejó completamente despierto y con los ojos muy abiertos bajo la luz cetrina de un nuevo día. Allí, pendiendo sobre un vacío repleto de hojas, chilló asustado, se inclinó hacia un lado y cayó al agua. Ésta no lo cubrió, pero el corazón le dio un vuelco mientras se incorporaba, atormentado por las imágenes y las sensaciones que lo habían despertado. No obstante, éstas se desvanecieron pronto, cuando la incomodidad física prevaleció. Miró a su alrededor y olisqueó el aire; apestaba. El agua era viscosa y oscura en aquella zona de aguas poco profundas, puntuada como estaba aquí y allí por latas metálicas, otros restos de basura y el cuerpo de una gran rata marrón a la que hizo seguir su camino empujándola con una rama rota.

Se levantó, se alejó de su hamaca y se inclinó para lavar de sus manos y de su ropa una suciedad sólo imaginada. Luego volvió a erguirse y dirigió la mirada hacia la otra orilla. El nivel del agua había descendido un poco durante la noche, pero el embarcadero, los escalones y la pendiente que conducía hacia la casa todavía se hallaban cubiertos.Dirigió la mirada hacia su antigua habitación, allá en lo alto de la esquina. Había alguien en la ventana. Retrocedió. Las hojas se doblaron en torno a él.

Viernes:2

Naia despertó temprano sin que hubiese otra razón para ello que la de que había luz. Fue un despertar delicioso; un ir entrando sin prisas en ese segmento de tiempo entre la noche y la mañana cuando el mundo contiene el aliento, y los mirlos, los petirrojos y los abadejos, y todos esos otros hambrientos buscadores de atención, anuncian su presencia, las noticias y el día. Entonces empezaron a oírse los chillidos y graznidos de las aves acuáticas, y Naia abrió los ojos y, porque había dormido sin correr las cortinas, contempló cómo la luz se arrastraba lentamente a lo largo de las paredes y los reflejos del agua bailaban a través del techo. Durante un rato, mientras estaba tendida allí, fue como si los últimos cuatro meses no hubieran sido más que una ficción de una sola noche. Su madre dormía al final del pasillo y un buen día estaba a punto de empezar.

Pero entonces fue consciente de dónde se hallaba y un súbito sentimiento de pena creció en ella, aunque al instante lo reprimió, para mantenerlo en su sitio. «Esto es lo que hay. Ahora es mi mundo, y podría ser peor. Puedo hacerle frente. Al menos tengo la casa. Al menos está Whitern Rise.» Se concentró en esos tres aspectos positivos, impuso una perspectiva necesaria a su vida tal como era ahora y, de una patada, hizo a un lado el edredón. Se arrodilló sobre la cama para mirar fuera. La ventana estaba abierta, tal como le gustaba que permaneciera por la noche, excepto en los días realmente más crudos del invierno. El aire que dejaba entrar aquella mañana era tan suave y delicado como la mejor de las sedas. Naia reparó en que el nivel del agua había bajado un poco. El mundo iba regresando a la normalidad. A pesar de lo fascinada que se había sentido por los cambios que trajo consigo la inundación, no lo lamentaba. Le gustaba que su mundo fuera normal. Incluso ése.

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