Michael Lawrence - La inundación
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Todo eso dependía de su habilidad para llegar a la realidad anterior en el mismo punto. Quizás él no fuera capaz de llegar hasta allí sin Naia, o Naia sin él. Ella podía haber estado en lo cierto cuando sugirió que a lo mejor hacía falta más de una persona para efectuar la transición. Alaric abrigaba la esperanza de que los pensamientos de Naia estuvieran siguiendo el mismo curso en aquel momento. Aflojó la cinta de plástico que rodeaba el álbum en la bolsa, se lo echó al hombro para poder tener las manos libres y empezó a trepar.
Jueves:8
Aldous remaba por la calle del pueblo, mucho más ancha ahora que las aceras estaban bajo el agua. Un majestuoso cisne de cuello blanco navegaba por el centro de aquel nuevo río y movía el pico hacia uno y otro lado. Había un par de botes más, cuyos ocupantes saludaron a los Underwood, al igual que lo hizo un grupo de devotos del paseo que calzaban botas impermeables.
– ¡Mirad, un pez! -dijo Ray al tiempo que señalaba por encima de la borda.
La gente los saludaba con la mano desde las ventanas de los pisos de arriba, no porque fuesen amigos sino porque ellos también se veían sometidos a los dictados de la inundación.
Semejantes desastres, siendo raros, tenían su propia manera de suscitar aquella camaradería, cuando lo habitual, en épocas «normales», era que nadie asomara la cabeza por la ventana para saludar. Tres inviernos antes se habían producido grandes cortes de electricidad en toda la zona. En Eynesford, los que habían acumulado una buena cantidad de velas las repartían sin esperar dinero a cambio. Un anochecer, un par de horas después de que se diera el aviso, hubo una reunión como no había tenido lugar en años, cuando docenas de personas que llevaban palmatorias o lámparas para los huracanes se congregaron en la calle, y el propietario de The Sorry Fiddler se encargó de suministrarles gratis cerveza y vino caliente. Todos cantaron y bailaron.
Desde el bote todo era interesante, especialmente para los niños pequeños. Para ellos toda clase de cosas que en circunstancias normales parecían obvias o no eran particularmente llamativas de pronto adquirían nuevas y asombrosas cualidades. Pero fue lo que había en el escaparate de la tienda de periódicos y revistas lo que atrajo la mirada de Larissa: una elaborada promoción publicitaria para un entretenimiento que habría debido estar con ellos aquella semana. A esas alturas el Circo de Willy Bright ya habría tenido que transformar el Coneygeare. Un circo habría sido una diversión muy bien acogida después de toda la austeridad y las privaciones de los últimos años. Se había planeado organizar una fiesta callejera para que le sirviera de acompañamiento. Casi todas las casas habían ofrecido sillas y mesas, que serían colocadas formando hileras a lo largo de Main Street. Pero entonces el Gran Ouse se salió de madre y todo acabó. Aunque tanto el circo como la fiesta se habían cancelado, el anuncio seguía en el escaparate y la tienda se hallaba abierta. Su propietario, el señor Bettany, había insistido en mantener el horario comercial normal desde que irrumpieron las aguas hacía unos días, y permanecía de pie detrás del mostrador con su atuendo de pesca (excepto el sombrero) a la espera de que llegaran los clientes.
Larissa y los tres niños pequeños admiraron el aparatoso anuncio, una parte del cual declaraba que se entregaría una máscara gratis con cada entrada para el circo que fuera adquirida en la tienda.
– ¡Máscaras! -exclamó Mimi, y suspiró.
Su tía metió la cabeza por el hueco de la puerta y preguntó si las máscaras se hallaban a la venta. El señor Bettany le dijo que si compraba suficientes golosinas él les daría una máscara a cada uno.
– ¿Cuántas he de comprar? -quiso saber Larissa.
– ¿Cuántos cupones tiene?
– Toda mi cuota. Y la de mi hermano. También tengo dinero.
Llegaron a un trato, y el señor Bettany sacó las golosinas escogidas de sus enormes recipientes de cristal y las distribuyó en cuatro papeles a los que luego les retorció las puntas. Las cuatro máscaras de payaso que les proporcionó eran todas distintas, con un intenso colorido y absurdamente exageradas.
– ¿Y yo qué? -preguntó Larissa-. ¿O es que también he de comprar golosinas para mí?
El señor Bettany sonrió y le dijo que escogiera la que más le gustase. Larissa señaló a través del cristal una particularmente grotesca, y el tendero se la dio. Ella se la colocó de inmediato. Ursula, Mimi y Ray, que ya se habían puesto las suyas, trataban de comerse las golosinas a través de las bocazas de cartón. Aldous todavía no había tocado sus ojos de toro, a pesar de que eran sus favoritos después de las bolitas de anís. También se negó a ponerse su máscara.
– No podré ver lo bastante bien para remar -se excusó, pero lo cierto es que se sentía un poco avergonzado ante la idea de llevar algo semejante en público. Pensó que algún amigo suyo podía llegar a verlo. Que el amigo probablemente no fuera a reconocerlo mientras él llevaba puesta una máscara de payaso no cambiaba nada.
Desde la tienda de periódicos y revistas, Aldous remó para doblar la esquina y tomó el camino que los llevaría a la puerta lateral de Withern.
– No pasará por la puerta -le recordó la voz ahogada de Ursula.
– Ya lo sé. Bajaré hasta el río y desde allí subiré al jardín.
Mientras Larissa y los niños hacían el bobo con sus máscaras, meciendo peligrosamente el bote de vez en cuando, Aldous siguió remando hasta dejar atrás las parcelas, el cementerio y el muro norte de Withern. Desde allí pasó por encima de la orilla sumergida del río y a la parte más ancha del cauce, donde viró y remó en paralelo al jardín y el embarcadero hasta que llegó al gran sauce que se alzaba en la esquina del jardín sur.
Faltaban veinte minutos.
Jueves:9
La esperanza de Alaric de que se diera alguna clase de sincronización psíquica entre él y Naia no iba a hacerse realidad. A las cinco y cinco, mientras él trepaba por el tronco del árbol, ella estaba sentada en el sofá de la sala del río; teóricamente estaba leyendo un libro, aunque en la práctica tenía la mente en otra parte, acosada por infinidad de preguntas. Una de las más insistentes era la de por qué ellos dos eran capaces, de pronto, de zambullirse en el pasado sin proponérselo siquiera. Cualquiera que fuese la razón, y tenía que haber una, supongamos que les hubiera ocurrido lo mismo a otros. ¿Cuántos podían haberse encontrado inesperadamente en una realidad-del-tiempo que no era la suya? Algunos podían no haber vivido en la era moderna y ser de cualquier época. Allí estaban, ocupándose de sus propios asuntos en el siglo XIV, y un minuto después se veían proyectados al XVI o XVIII. A su regreso, asustados y perplejos, contarían su historia a todas las personas con las que se encontrasen, a expensas suyas. Lo más normal es que los tomaran por lunáticos, pero en algunos siglos, algunas culturas, a personas como aquéllas se las metería en una mazmorra o serían ejecutadas por subversivos por la oligarquía o el régimen del momento. Menos mal que ella vivía ahora, y aquí. Aunque, de todos modos, no tenía ninguna intención de soltar su historia al par de oídos más próximos.
Una pregunta todavía más pertinente que la de por qué ella y Alaric eran capaces de pronto de viajar a otro período de tiempo era la de por qué siempre se trataba del mismo período. ¿Por qué, tres días seguidos, al subir a los respectivos árboles Genealógicos, habían sido transferidos a una misma versión del árbol, sesenta años atrás? El árbol. ¿Qué era? ¿Alguna clase de conducto que permitía acceder a otros días de la existencia del árbol? De ser así, ¿por qué se hallaba activo ahora, cuando no había mostrado semejante capacidad en las numerosas ocasiones en que ella y Alaric, sin duda, habían trepado a él cuando eran más jóvenes? ¿El árbol Genealógico era un punto de embarque con destino a otros días? ¿Qué sería lo próximo? Un momento, se dijo Naia. Quizá no se tratara de eso. Puede que el árbol no fuera un puesto de aduanas no oficial entre el presente y el pasado, sino una especie de barrera que ahora no estaba funcionando demasiado bien. En aquellos momentos el árbol no tenía muy buen aspecto. La inundación podía haberlo debilitado; reducido su efectividad en tanto que una barrera…
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