Michael Lawrence - La inundación

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Transcurre el mes de junio. El río ha salido de su cauce y ha inundado la propiedad de Wíthern Rise. Alaric y Naia se encuentran remando a la deriva en el mismo jardín y parecida inundación que tuvo lugar en junio de 1945. Conocen a Aldous Underwood, que sólo tiene once años y es el hermano mayor de su abuelo. Ahora, en 2005, ofrecen su amistad al mayor de los Aldous, quien sobrevivió al accidente pero permaneció casi los setenta y un años de su vida en coma.

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El viento sopló y los volvió a hundir.

Pobre viejo Michael Finnegan… a empezar de nuevo.

Había… un anciano llamado…

Existía cierto número de diferencias notables entre sus respectivas versiones de la casa y aquélla. Los perfiles de las ventanas estaban barnizados, había desagües de plomo pintados en vez de los de PVC negro, y aquí no existía ningún porche delantero. La puerta que había entre la entrada principal y la cocina intrigó a Naia, si bien no a Alaric. Tanto en el Whitern Rise de ella como en el de él no había ninguna puerta en ese lugar, sólo una decoloración vertical donde antaño había habido una. Esta puerta era…

Corrió una carrera y creyó haber vuelto a ganar.

Se quedó tan sin aliento que tuvo que entrar de nuevo.

El pobre viejo Michael Finnegan volvió a empezar.

Había… un anciano llamado…

… Era una puerta muy poco llamativa para dar, precisamente, al sitio donde, en las casas de ambos, se alzaba una gran cómoda galesa. Naia recordaba haber oído decir a su padre que los padres de él habían agrandado la cocina, lo cual podía significar que esa puerta daba a un estrecho vestíbulo, donde se guardaban bicicletas, herramientas o trastos por el estilo, desde el cual podía accederse a la cocina a través de una puerta más alejada.

Pasaron ante el cobertizo metálico con el tejado cubierto de tierra, sobre cuya puerta colgaba una lámina de tosco cuero marrón. Naia habría preguntado por el cobertizo si no hubiera sido por el cántico, el cual, a juzgar por la expresión atormentada de su rostro, estaba poniendo bastante nervioso a Alaric.

Se emborrachó por haber vuelto a beber ginebra,

y así volvió a tirar todo su dinero.

Pobre viejo Michael Finnegan… McGinnegan.

La estrofa terminó mientras estaban llegando a un cobertizo de madera con las ventanas cubiertas de tela metálica que ocupaba una parte del espacio donde Naia y Alaric estaban acostumbrados a ver un garaje. Mientras su padre abría la puerta, el niño, que iba sentado sobre sus hombros, se volvió para mirar a Naia, que caminaba justo detrás de ellos. Ahora que lo veía tan de cerca, Naia reparó en que tenía un hoyuelo en la mejilla izquierda y los ojos asombrosamente azules, una combinación que pareció remover algo dentro de ella, algo que luego no fue capaz de precisar antes de que el padre hiciera algún vacuo comentario acerca de la inundación, al que ella se sintió en la obligación de responder.

No habían colocado ninguna barrera para mantener el agua fuera del gallinero, pero había estantes llenos de paja alrededor de las paredes, donde las gallinas se encaramaban, dormían y ponían sus huevos. Naia y Alaric esperaron fuera mientras el hombre y su hijo entraban por la puerta agachando la cabeza. Las gallinas se pusieron bastante nerviosas cuando entraron, pero no tardaron en calmarse. Durante la inundación, habían dado de comer a las aves con regularidad, esparciendo el grano molido diariamente a lo largo de sus lechos, en vez de dispersarlo al azar a través del suelo, así que las gallinas apenas habían notado ninguna molestia.

– Están mejor que nosotros -dijo el hombre-. La casa también se inundó, pero nadie vino a darnos de comer. El agua entró en la vuestra, ¿no?

– Un poco -dijo Naia.

– ¿Sólo un poco? Habéis tenido suerte. Mucha gente del pueblo se ha visto obligada a vivir en el piso de arriba, igual que nosotros. Mi mujer no ha puesto los pies en el de abajo desde que todo esto empezó.

Mientras su padre recogía los huevos, el chico apenas les quitó los ojos de encima a Naia y Alaric ni por un solo instante. Alaric detestaba que lo observaran, incluso si era un niño pequeño el que lo hacía, y apartó la vista. Sin embargo, Naia estaba devolviendo aquella mirada llena de curiosidad, obligándose a esbozar una sonrisa, cuando comprendió qué era lo que había de raro en el niño.

– Dios mío -dijo, y acto seguido varias piezas encajaron para ella en aquel rompecabezas.

El padre se volvió hacia Naia y la miró con las cejas enarcadas.

– ¿Cómo has dicho?

– Nada. Acabo de acordarme de que prometimos que a estas horas ya habríamos vuelto a casa.

– Bueno -dijo el hombre-, vayamos a la cocina y encontraré algo en lo que poner unos cuantos de estos huevos. -Cerró la puerta tras de sí-. Adiós por ahora, bonitas -dijo a las gallinas, y echó a andar hacia la casa por el jardín inundado.

Mientras lo seguían, Naia miró a su alrededor con ojos nuevos, ojos muy abiertos que tomaban nota de cada detalle visible.

Oh, había un anciano llamado Michael Finnegan.

– Por todos los diablos -masculló Alaric mientras el niño volvía a unirse al cántico.

Fue a pescar otra vez con un imperdible,

cogió un pez y lo volvió a tirar al agua.

Pobre viejo Michael Finnegan… McGinnegan.

El hombre abrió la puerta de la cocina y entró. El agua estaba tan alta dentro como en el exterior. Una vez más, Naia y Alaric se quedaron fuera; él mostraba su acostumbrada falta de interés mientras ella todavía se encontraba demasiado aturdida por el destello de intuición que acababa de experimentar en el gallinero para darse cuenta de que se había puesto de puntillas y estiraba el cuello hacia el interior a fin de poder mirar dentro. La cocina no se parecía gran cosa a la que ella conocía. No había ningún mueble o alacena empotrada; en vez de ello, descubrió estantes en la pared y armarios separados unos de otros. El fregadero era una gran estructura de porcelana blanca con escurridores de madera a cada lado, y había unos fogones, enormes y negros, en vez de un modelo moderno a gas o eléctrico. Ni rastro de una nevera o congelador.

– ¿No podemos irnos? -susurró Alaric.

– ¿Qué?

– Vayámonos -siseó él.

– ¿Adonde? -exclamó Naia.

– No lo sé. A cualquier parte. ¿El árbol?

– ¿Para hacer qué? ¿Para esperar a que se nos vuelva a transportar al sitio del que hemos venido?

– ¿Qué si no?

– No tienes ni idea, ¿verdad? -dijo Naia.

– ¿Acerca de qué?

Naia señaló con la cabeza al hombre que estaba clasificando los huevos en la cocina, con su hijo todavía encima de los hombros; se había inclinado hacia delante para contarlos dentro de una pequeña bolsa.

– ¿No has notado nada en el chico?

– ¿Como qué? -dijo Alaric.

– Me refiero a si no te recuerda a nadie -dijo Naia, y la expresión de Alaric le proporcionó la respuesta-. Cuando salgan -añadió-, fíjate bien en él.

Alaric frunció el ceño.

– ¿Por qué siempre haces esto? Me das una sola pista y luego me pides que resuelva el enigma. Contigo siempre tiene que haber alguna clase de prueba, ¿verdad? Si sabes algo, dímelo.

– De acuerdo -dijo Naia-. Creo que es el abuelo Rayner.

– ¿Qué? -exclamó Alaric.

– Creo que el niño es el abuelo Rayner. ¿Quieres que lo repita?

– ¿El abuelo Rayner? Pero… él era un anciano.

– No tenía tantos años.

– Y murió.

– Sí.

– Pero para que ese crío fuese Rayner, entonces esto tendría que ser…

Alaric podría haber completado la frase, y ciertamente habrían seguido discutiendo el asunto, de no haber sido por un cambio en la luz y una sustitución de entornos. Dos sustituciones.

– Henos aquí -dijo A. E., saliendo de la cocina con la bolsa de huevos. Miró a su alrededor. El pequeño Ray también lo hizo. Sus visitantes habían desaparecido.

– ¡Mirad arriba! -gritó una voz antes de que pudieran expresar sorpresa.

Padre e hijo alzaron la vista.

– ¡Atrás! -ordenó la voz.

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