Michael Lawrence - La inundación

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Transcurre el mes de junio. El río ha salido de su cauce y ha inundado la propiedad de Wíthern Rise. Alaric y Naia se encuentran remando a la deriva en el mismo jardín y parecida inundación que tuvo lugar en junio de 1945. Conocen a Aldous Underwood, que sólo tiene once años y es el hermano mayor de su abuelo. Ahora, en 2005, ofrecen su amistad al mayor de los Aldous, quien sobrevivió al accidente pero permaneció casi los setenta y un años de su vida en coma.

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– Pensaba que esta vez no iba a funcionar -dijo Alaric.

– Yo también -respondió Naia-. Puede que hoy nos falte algo.

– ¿Un factor?

Estaba burlándose de ella. Naia hizo como si no se hubiera dado cuenta.

– El chico. Aldous. Las otras veces él estaba aquí.

– Bueno, hemos llegado, así que no lo necesitamos.

– Me parece que bajaré -dijo Naia.

– Yo no lo haría -advirtió él-. Podrían verte.

– No te preocupes. No tienes por qué venir conmigo.

– Sólo quería decir que podría ser un poco complicado que se te viera. Que se nos vea.

– Porque entonces tendrías que mostrarte simpático, ¿verdad?

Mientras iba bajando al agua, Naia pensó que sus pies nunca volverían a tocar el suelo. Cuando lo hicieron, el agua casi le llegó a la ingle. Alaric se reunió con ella; sus ingles quedaban a salvo, pero se sintió muy incómodo cuando, al avanzar, el agua le empapó la tela de sus pantalones cortos y la humedad fue subiendo. Se aseguró de mantenerse lo suficientemente alejado de Naia por si ella no cumplía su palabra.

Estuvieron acechando un rato, protegidos por la sombra del árbol, desde donde podían distinguir más diferencias tanto en la casa como en el jardín. Además de los postigos marrones en todas las ventanas superiores de aquel lado, había una ventana extra entre el trastero y la esquina más próxima. En las realidades de ambos, aquella ventana había sido tapiada con ladrillos hacía cosa de unos veinticinco años. Un gran barril para recoger el agua de lluvia estaba colocado junto a la puerta de la cocina allí donde ellos no tenían ningún barril. No había ningún garaje. Ya se habían dado cuenta de que en el jardín sur de aquella realidad había más árboles. No parecía haber muchos más en ningún otro sitio, pero había bastantes más arbustos y matorrales que luchaban por emerger de la inundación. También vieron un par de cobertizos de madera, y un invernadero, y la desvencijada casita de verano en la que había reparado Naia durante su primera visita.

– Viejas fotos -murmuró.

– ¿Qué?

– El otro álbum familiar. El antiguo. Podría haber salido directamente de todo esto.

Había un álbum familiar anterior, tanto en la realidad de él como en la de ella, que contenía fotos en sepia o en blanco y negro; algunas de ellas se habían vuelto bastante borrosas. Mostraban tías y tíos olvidados y bisa-esto y bisa-aquello a los que apenas habían llegado a conocer cuando éstos eran ya muy ancianos, o cuyas vidas se les habían escapado por completo. Varias de las fotos más viejas mostraban a un orgulloso aunque desgarbado hombre joven que vestía uniforme del ejército, un muchacho de ojos brillantes y con un atisbo de bigote. Era Roderick Lyman Underwood. Las madres respectivas de Alaric y Naia habían descubierto, en el curso de sus primeras investigaciones con vistas a confeccionar el árbol genealógico, que Roderick había muerto en Flandes en noviembre de 1917, durante la batalla de Passchendaele. Tenía dieciocho años, y su temprana muerte había supuesto un giro decisivo en la historia de la familia Underwood. Si Roderick no hubiera muerto cuando lo hizo, un año antes del final de la Gran Guerra, Whitern Rise habría terminado yendo a parar a sus manos en vez de a las de A. E., el hermano más joven, y entonces una rama alternativa de la familia habría morado allí a lo largo de los años. Debido a los distintos encuentros, relaciones y conexiones que habrían tenido lugar dentro de la rama de la familia que, en este escenario, no habría ocupado Whitern Rise, Alexandra Bell no habría conocido a Charles Iván Underwood en 19X7 y tenido un hijo suyo un año después; y entonces ni Alaric ni N.ua habrían nacido. A menos, naturalmente, que existieran versiones alternativas de Roderick y sólo una de ellas hubiese sobrevivido.

El viejo álbum familiar contenía fotos del exterior de la casa, o de algunas partes de ella. Nunca parecían ser más que un telón de fondo fragmentado que se había utilizado para tomar instantáneas de personas en el jardín. Pero Naia tenía razón. Lo poco de la casa que mostraba el álbum se parecía más a ésta que a las de ellos.

– No lo entiendo -dijo Alaric.

– Si se trata de lo que estoy pensando, yo tampoco lo entiendo -convino Naia.

– ¿Qué estás pensando?

– Ya te he dicho que primero quería comprobar el árbol genealógico.

– Bueno, ¿y no lo hiciste?

– Mi álbum ha desaparecido -dijo Naia-. Tu padre lo perdió.

– Ahora es tu padre -replicó Alaric.

– No me lo restriegues por las narices.

– No podemos quedarnos aquí -dijo Alaric-. Cualquiera podría vernos.

– Quizás hayan salido de casa -sugirió Naia.

– ¿Los siete?

Ella se encogió de hombros.

– ¿Una excursión de familia a algún sitio? -dijo.

– ¿Desplazándose por el agua? -replicó Alaric.

– ¿Quién sabe? ¿Y si llamamos a la puerta?

– ¿No habías dicho que habían salido?

– Dije que podrían haber salido.

– Si están en casa, no van a abrir la puerta y dejar que entre toda el agua.

– Acerquémonos a una ventana, entonces; a ver si descubrimos a alguien dentro.

– Bien -dijo Alaric-. Llamamos a la ventana y alguien responde. ¿Y entonces qué? ¿Nos presentamos? ¿Les decimos que formamos parte de la familia y que venimos de un par de dimensiones distintas, y todos nos estrechamos la mano?

– No podemos decir de dónde venimos -dijo Naia-. De todos modos no nos creerían. No, entablamos una conversación banal y así averiguamos qué es lo que podemos…

– ¿Puedo ayudarlos en algo?

Un hombre acababa de asomarse por una ventana del piso de arriba.

– Es hora de probar suerte -masculló Naia, y echó a andar hacia la casa.

Después de una pausa, Alaric la siguió, aunque de mala gana.

Miércoles: 4

Larissa ya los había llevado hasta el puente del pueblo y un poco más allá cuando fue hacia la orilla y amarró el bote en un semicírculo de juncos.

– Estas cosas me recuerdan al delta del Nilo -dijo mientras sacaba unas tijeras de podar de una bolsa de cuero-. Moisés y todas esas paparruchadas.

Cortó una docena de juncos y los dejó en el fondo del bote, advirtiendo a sus pasajeros de que tuvieran cuidado con dónde ponían los pies.

La orilla del lado del puente que quedaba en el Great Parr era un poco más alta, así que el agua no la cubría tanto. De haberlo deseado, habrían podido subir a ella y andar por terreno seco para variar, pero optaron por permanecer en el bote. Justo cuando Aldous y Mimi empezaban a preguntarse qué haría su tía a continuación, ésta mostró un bolsito de muselina que, una vez abierto, reveló varias docenas de brillantes bayas verdes.

– Las recogí la semana pasada, justo antes de la inundación -dijo al tiempo que las distribuía-. Desde entonces han estado tomando el sol en la repisa de mi ventana. -Partió una por la mitad mordiéndola con los dientes de delante y la saboreó-. Oh, adoro las bayas tempranas. No están todo lo maduras que a uno le gustaría, pero… probadlas. -Se tragó la otra mitad con deleite-. Duras, amargas y velludas. Me recuerdan al padre de Edwin, pero prefiero una baya.

Aldous y Mimi probaron una cada uno. Larissa rió suavemente cuando se les ahuecaron las mejillas. Después de sentir el primer sabor las mordisquearon con educación en vez de metérselas enteras en la boca, como a buen seguro harían dentro de un mes.

– No sé si sabéis que a veces a las bayas se las llama moras de las hadas -les explicó su tía mientras tragaba otra con un estremecimiento de placer-. Moras de las hadas, moras de las hadas, porque en tiempos lejanos se creía que las hadas las escondían en los matorrales espinosos para mantenerlas a salvo de depredadores como nosotros. Mi abuela Elvira me informó a una muy tierna y crédula edad de que yo había nacido bajo los arbustos de bayas de Whitern Rise. Tardé años en darme cuenta de que había un pequeño problema con eso. Probablemente me dejó marcada para toda la vida.

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