Ya que había decidido dónde esconder el álbum, necesitaba también algo para envolverlo, a fin de mantenerlo seco, y encontró una resistente bolsa industrial de polietileno, una especie de saco pequeño, en la alacena que había debajo de la escalera. Era lo bastante grande para contener el libro de manera holgada y disponía de una larga cinta de plástico cuya resistencia, una vez tensada y asegurada mediante un nudo, la mantenía a prueba de agua. Alaric dejó el paquete en la caseta de los botes, en el fondo del estante, y se sintió razonablemente seguro de que nadie lo hallaría nunca.
No obstante, ahora, pasados tres meses, quería recuperarlo. Las curiosas observaciones de Naia acerca del árbol genealógico que había en su álbum habían hecho que Alaric volviera a pensar en su propio álbum. En el suyo no había ningún árbol genealógico, pero de pronto necesitaba volver a tener el libro en las manos y hojear su vida anterior.
Esperó hasta el anochecer, cuando Alex e Iván estaban viendo la televisión. Para bajar a la caseta de los botes tuvo que abrirse paso a través de la cortina de hojas de sauce que pendían sobre la orilla, hasta llegar a cuatro escalones de cemento bastante erosionados. En circunstancias normales los tres primeros habrían estado secos, pero ahora todos los escalones se encontraban debajo del agua y Alaric descendió por ellos con mucho cuidado. Cuando llegó abajo de todo tuvo que agazaparse y entrar de lado en la caseta, donde el nivel del agua había llegado hasta la mitad de la pared; además, el olor allí era bastante desagradable. Dentro estaba oscuro, pero tanteando con las manos debajo del techo encontró lo que había ido a buscar. La bolsa de polietileno estaba perfectamente seca.
Alaric regresó a la orilla y se puso a cubierto detrás del velo de los sauces; luego se aseguró, hasta donde le alcanzó la vista, de que no lo estaban observando desde la casa. Se disponía a salir de su escondite cuando sintió algo cerca. Se dio la vuelta, pero no vio nada extraño. De pronto se acordó de que el abuelo Rayner lo había llevado allí. El abuelo había dicho que cuando bajabas hasta quedar por debajo del sauce, cerca del tronco, el mundo parecía retirarse un poco. Alaric había probado a hacerlo a instancias de su abuelo, y era cierto. Hasta los sonidos naturales parecían quedar disminuidos cerca del tronco. El sitio también tenía de extraño que era el único punto del jardín donde no crecía nada, ni siquiera malas hierbas. El abuelo le había contado que cuando era joven, en verano, solía esconderse allí a esperar que alguien de la casa lo echara en falta. El tamaño que tenía el sauce por aquel entonces no se parecía en nada al actual, pero proporcionaba cobijo suficiente para su pequeña forma acurrucada.
– Cuando estaba aquí trataba de encontrar gusanos, orugas y caracoles -había dicho Rayner-. Pero nunca había ninguno. Era como si el suelo no permitiera que nada viviese en él, o encima de él. Aun así, no parecía importarle que yo estuviera aquí. Y sabes, a veces…
– ¿A veces qué?
– Oía voces.
– ¿Voces?
– No llegaban a ser del todo voces. Otros sonidos, también, que no deberían haber estado presentes aquí.
– ¿No te asustabas?
– Oh, no daba nada de miedo. Era mi lugar secreto. Y ahora es el tuyo.
Alaric no había llegado a decirlo, pero para él sólo era un trozo de terreno yermo. Fue allí en una ocasión después de que Rayner hubiese muerto, para ver si podía oír aquellas voces que no eran del todo voces y esos sonidos suyos, pero no había nada, y nunca regresó. Esta vez tampoco notó nada, salvo aquella sensación un tanto desconcertante de algo huidizo, intangible, y eso fue todo.
Volvió a la casa tan rápido como las aguas se lo permitieron y al llegar subió por la ventana que había junto a la puerta del porche, se quitó las sandalias y se apresuró a ir a su habitación. Se disponía a desenvolver el álbum cuando Alex lo llamó desde el final de la escalera. Alaric guardó el álbum en su armario, poniéndolo al fondo de todo, para examinarlo más tarde. Cuando ese momento hubo llegado, decidió que la cosa podía esperar hasta mañana. Sin embargo, por la mañana se quedó dormido hasta más tarde de lo habitual, y se olvidó de ello.
COMPETIR CON MÁSCARAS
Miércoles:1
Iván negó saber nada acerca del paradero del álbum.
– ¿Qué quieres decir? -preguntó Naia-. Tienes que saber dónde está. Kate te vio con él.
– ¿Lo hizo? -dijo Iván-. Bueno, si lo tenía no sé dónde lo puse. ¿Para qué lo quieres, de todas maneras?
– Sólo quiero mirarlo. Tengo derecho a hacerlo, ¿verdad?
– Si me tropiezo con él tú serás la primera en saberlo.
– Oh, gracias. Estoy segura de que te quedaré muy agradecida.
Eso había sido la noche anterior, y Naia pasó el resto de la velada buscando el álbum, sin dar con él. La única vez que lo necesitaba y no había manera de encontrarlo…
Aquella mañana, todavía enfadada, salió de la casa diez minutos antes de lo necesario, con la intención de desahogarse un poco chapoteando por el jardín. Salió por la ventana con las botas todavía mojadas y se sorprendió al ver que alguien se alejaba del árbol Genealógico anegado y atravesaba los arbustos en dirección al camino de acceso. Era el anciano del cementerio; aquel al que había conocido el primer día de su exilio y que dijo llamarse Aldous Underwood. ¡Otro Aldous! Entonces, también, aquel primer y horrible día, el nombre la había pillado por sorpresa, porque tres días antes había encontrado una curiosa carta, firmada «Aldous U., Whitern Rise», en el árbol Genealógico de la realidad que le correspondía a ella. Desde su primer encuentro con aquel hombre, Naia sólo lo había visto en tres ocasiones más, pero siempre en la lejanía, una vez apoyado en la barandilla del largo puente del río, otra paseando por el pueblo con el señor Knight, y la última ayer, en el sendero que discurría entre el cementerio y su antigua escuela. Pero ahora el anciano había entrado en el jardín, seguía en él, de hecho, y presumiblemente había estado en el árbol Genealógico. ¿Por qué? ¿Por qué razón? ¿Podría ser que…?
Naia ya se había convencido de que era una variación de aquel hombre quien había dejado la carta dentro del Agujero de los Mensajes de su árbol Genealógico original. Las dos realidades eran idénticas en la mayoría de los detalles, pero a veces las cosas sucedían en momentos distintos. El señor Knight había dado fe de ello al presentarse para ofrecer su ayuda en el jardín actual algún tiempo después de que su doble hubiera ofrecido sus servicios en el anterior. Bien. Entonces, quizás, el hombre que se hacía llamar Aldous Underwood había metido una carta en el Agujero de los Mensajes de ese árbol Genealógico, cuatro meses después de que su doble hubiera puesto la misma carta en el otro.
Naia se dirigió hacia el árbol y miró en el agujero. El interior estaba oscuro, pero cuando metió la mano para buscar por debajo del borde tocó algo. Sacó de allí un sobre toscamente hecho de alguna tela que parecía haber sido tratada con aceite o cera, probablemente para impermeabilizarla. Era muy similar, si es que no idéntico, al que ella había encontrado -y luego dejado donde estaba- en su antigua realidad. Incluso llevaba la misma inscripción, «Para el que lo encuentre», y, al igual que el otro, estaba sellado con lacre rojo en el que se había dejado impresa la letra «A».
Pese a que ansiaba abrirlo para cerciorarse de que contenía el mismo documento, Naia decidió dejar el sobre para más tarde, cuando podría estudiarlo a placer, en su habitación. En vez de correr el riesgo de que se le cayera de la chaqueta, lo devolvió al agujero del árbol y empezó a trepar por el tronco.
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