Michael Lawrence - La inundación

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Transcurre el mes de junio. El río ha salido de su cauce y ha inundado la propiedad de Wíthern Rise. Alaric y Naia se encuentran remando a la deriva en el mismo jardín y parecida inundación que tuvo lugar en junio de 1945. Conocen a Aldous Underwood, que sólo tiene once años y es el hermano mayor de su abuelo. Ahora, en 2005, ofrecen su amistad al mayor de los Aldous, quien sobrevivió al accidente pero permaneció casi los setenta y un años de su vida en coma.

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– Bueno, pues éste sigue en circulación. Todavía monta en su bicicleta a pesar de que ya tiene más de setenta años. Es todo un carácter.

Aldous miró a su alrededor. Un especialista en electricidad y sistemas de iluminación ocupaba el local que había junto a los almacenes Woolworth. Ayer, cuando Aldous había mirado en el escaparate, era una tienda que vendía tarjetas de felicitación. Lo había vuelto a hacer. Acababa de pasar al otro lado sin darse cuenta. Aquí Eric Hobb todavía estaba vivo. Era un anciano. Aquí, no había hecho un alto en el puente.

Lunes:15

Anochecía. Naia estaba sentada en su habitación, con su gato mimado encima del regazo, y pensaba en la otra realidad. Aquel Whitern Rise tenía bastante buen aspecto, pensó. Un poco anticuado, pero còmodo y acogedor. Había reparado en un pequeño cobertizo de chapa que se alzaba en el agua junto a la cocina, con el techo cubierto de tierra. ¿Qué podía ser? ¿Una casita de juegos para niños pequeños? Y el chico en el árbol; obviamente, se dijo, era un Underwood. Se inclinó hacia atrás, sin olvidarse de acariciar al gato. Le había hablado a un Underwood que nunca había existido para ella hasta aquella mañana. Era como la primera vez que apareció Alaric. Hasta entonces ella no había tenido ni la menor idea de su existencia. Empezó a pensar en la familia del chico. ¿Tendría unos padres llamados Alex e Iván, como había sugerido Alaric? ¿O tal vez otra Kate, en lugar de Alex? ¿Y si tuviera una hermana mayor? Quizás una hermana llamada Naia. Se imaginó siendo esa otra Naia. Entonces tendría un hermano, alguien a quien hablar, a quien poder contarle todo con la seguridad de que él no se lo diría a nadie. Naia puso los ojos en blanco. De tener un hermano pequeño, probablemente habría de sobornarlo para que guardara silencio. Aun así, aunque fuese un crío, incluso aquí, con un hermano no estaría tan sola.

Sus pensamientos pasaron a centrarse en la presencia de Alaric en el árbol. Tenía que haber sido el acto simultáneo de subir cada uno a su propio árbol Genealógico lo que los había unido a ambos en el tercer árbol de un Whitern Rise que no le era familiar a ninguno de los dos.

Se preguntó si podía volver a ocurrir, y si ella y Alaric tenían que estar en el árbol al mismo tiempo para que se vieran transportados a esa nueva realidad. Lástima, en el caso de que así fuera. Le gustaría regresar allí, pero no estaba segura de querer encontrarse con Alaric otra vez. Había olvidado que él no era la mejor compañía del mundo. De cualquier mundo.

Lunes:16

Alaric contemplaba el árbol Genealógico desde la ventana de su dormitorio. Él también estaba pensando en la otra realidad. No conseguía quitarse de la cabeza la idea de que podía haber otro Alaric allí. Se dijo que sería muy extraño poder hablar con una versión de sí mismo cuya vida era idéntica a la suya en todos los aspectos.

Bueno, podía haber alguna que otra diferencia. Otro Alaric quizá llevase un corte de pelo distinto, fuera a pescar, figurase entre los primeros de su clase (o entre los últimos), tuviera una novia… Una novia podía ser interesante. Si el otro Alaric tenía una novia, él, el Alaric original, podía haber visto una versión de ella. La chica podía haberle dirigido una mirada invitadora y él no se había dado cuenta, o había sido demasiado tímido para dar el paso siguiente.

Pensó en Naia. El que ella estuviera allí al mismo tiempo que él probablemente había sido una casualidad. Naia podía no pertenecer a otro tiempo. Pero también cabía la posibilidad de que sí. Y la próxima vez ella podía conseguir tocarlo. Un contacto y él volvería al lugar del que provenía, una vez más sin madre, con Kate Faraday ocupándose de todo, con una existencia miserable, sin nada -o casi nada- por lo que vivir, por lo que esperar el futuro.

A pesar de la amenaza que planteaba el contacto con Naia, Alaric se sintió tentado de regresar a la nueva realidad. Pero sólo tentado. Se retiró de la ventana y decidió que lo consultaría con la almohada. Ya vería cómo se sentía por la mañana

MARTES

Martes:1

Aldous había preguntado a su madre si ese día podía ir un poco más lejos, pero ella se mostró inflexible. Ya había completado dos circuitos del jardín y empezaba a sentirse aburrido cuando volvió a pasar junto al árbol, lo que hizo que se acordara de los visitantes del día anterior. Se aproximó un poco más y preguntó en voz baja: «¿Hola? ¿Estáis ahí?» Le habría sorprendido que volvieran a encontrarse allí arriba, pero la falta de una respuesta le dijo lo que necesitaba saber: disponía de su árbol para él solo, tal como le gustaba que fuese.

Se puso de pie en el bote y apoyó la espalda en el tronco. Desde allí podía ver la mayor parte de la propiedad, aparte del jardín del norte. Aldous, que había nacido en la casa, al igual que su padre, al igual que Ursula y Ray, aunque no Mimi, había visto sus primeras cosas dentro de los muros de aquellas lindes, de modo que la sensación de confinamiento no le era extraña. Durante la mitad de su vida el mundo exterior había sido un escenario de continuos conflictos que en casi nada afectaban a Whitern Rise. Apenas podía recordar un solo momento en el que la radio no estuviera puesta ritualmente para escuchar las noticias de las siete, cuando se esperaba que hubiera silencio mientras el sombrío locutor de voz impecable iba comunicando las últimas bajas, triunfos, declaraciones patrióticas. Él nunca había prestado demasiada atención a las noticias. Mimi y Ray tampoco lo hacían. Sólo Ursula había escuchado, últimamente al menos. Desde que tenía ocho años había adquirido la costumbre de situarse de pie cerca de su padre cuando daban las noticias, y se inclinaba hacia delante con él para captar cada matiz de los sonoros tonos que salían del altavoz. En cuanto el boletín principal concluía, asentía ligeramente con la cabeza, como para decir que había entendido todo lo que acababa de oír, antes de volver a sus asuntos de niña, igual de importantes.

Lo más cerca que había llegado Withern de verse afectado por el conflicto fue cuando el Heinkel alemán cayó en el Coneygeare la primavera de 1941. Le habían fallado los motores, dijo padre. Unos muchachos fueron los primeros en llegar al escenario. Corrió el rumor de que el piloto todavía estaba vivo entonces, por los pelos, y de que Jed Cronyn le dio un puñetazo en la boca y le extrajo un diente como recuerdo. Lo único que nadie llegó a saber con certeza fue que el piloto ya estaba muerto para cuando llegó la policía. Retiraron el cuerpo, y niños y adultos llegados de todas partes se congregaron junto a lo que quedaba del extraño avión extranjero; se llevaron hasta la menor pieza que estuviera suelta o pudiera ser desprendida fácilmente: trofeos que contemplar en años posteriores con el orgullo de guerreros que lo habían arriesgado todo.

– Así que ha funcionado.

Aldous dio un respingo. Acababa de oír una voz que provenía de lo alto del árbol.

– Acabas de subir, ¿verdad? -preguntó una segunda voz.

– Pues sí. Quería comprobar si volvería a ocurrir.

– Grandes mentes.

– No tengas tan buen concepto de ti mismo.

– Es la misma realidad, ¿no?

– Si no lo es, el crío tiene un doble en alguna otra.

Naia se inclinó hacia abajo.

– Hola.

– ¿Cómo dices? -dijo Aldous.

– ¿Planeas repetir ese numerito tuyo? -le preguntó Alaric.

– ¿Qué numerito?

– Lo sabes muy bien.

– No, no te preocupes.

– ¿Cómo lo sé?

– Porque te lo estoy diciendo. Cuando doy mi palabra hago honor a ella.

– Haced como si yo no estuviera, ¿de acuerdo? -dijo Aldous. -Estamos manteniendo una conversación privada -le informó Alaric.

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