Michael Lawrence - La inundación

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Transcurre el mes de junio. El río ha salido de su cauce y ha inundado la propiedad de Wíthern Rise. Alaric y Naia se encuentran remando a la deriva en el mismo jardín y parecida inundación que tuvo lugar en junio de 1945. Conocen a Aldous Underwood, que sólo tiene once años y es el hermano mayor de su abuelo. Ahora, en 2005, ofrecen su amistad al mayor de los Aldous, quien sobrevivió al accidente pero permaneció casi los setenta y un años de su vida en coma.

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– En mi árbol.

– ¿Qué quieres, cobrar un alquiler?

– No le hagas caso. Es un avaro -dijo Naia a Aldous. Aldous rebuscó en su bolsillo y alzó una bolsa de papel.

– ¿Quién quiere una bolita de anís?

Naia sacudió la cabeza por ambos y le preguntó cómo se llamaba. Cuando él se lo dijo, Naia no pudo responder inmediatamente.

– ¿Por qué tanta sorpresa? -dijo Alaric-. Fuiste tú quien dijo que era un Underwood.

– No es eso…

– ¿Por qué no bajáis? -preguntó Aldous entonces.

– ¿Para hacer qué? -dijo Alaric-. ¿Para llevarte a dar una vuelta en esa barquita de nada que tienes?

– Es una embarcación estupenda. La hizo mi papá.

– ¡Oh, sí! Es de quilla plana, ¿no?

– ¿Cómo dices? -preguntó Aldous.

– ¿Tienes un hermano?

– Sí… ¿Por qué?

– ¡Lo sabía! -exclamó Alaric.

Naia volvió a la conversación, pero puso cara de decepción.

– Pensaba que podías tener una hermana -dijo.

– La tengo. Dos -aclaró Aldous.

– ¿Dos? ¿Tienes dos hermanas?

– Sí. Ursula y Mimi.

– ¿Ursula y…?

– Mimi.

Alaric se inclinó hacia abajo, muy interesado.

– ¿Cómo se llama tu hermano? -preguntó a Aldous.

– Ray.

El interés se entibió.

– ¿Ray?

– ¿Cómo se llaman tus padres? -preguntó Naia.

Aldous frunció el ceño.

– ¿Por qué estáis haciendo todas esas preguntas?

– Mera curiosidad.

– La curiosidad mató al gato.

– Ciertamente matará al mío si no tiene un poco más de cuidado -dijo ella-. No se llaman Alex e Iván, ¿verdad?

– ¿Quiénes?

– Tus padres.

– No -dijo Aldous, con los labios súbitamente apretados.

– Bueno, eso ya ha quedado aclarado -masculló Alaric.

Ella lo miró.

– ¿Tienes un árbol genealógico?

– Ya sabes que sí -dijo Alaric-. ¿Cómo piensas que llegué hasta aquí?

– Me refiero al que hizo mamá para poner al final del álbum familiar -explicó Naia.

– Mi madre no llegó tan lejos con el suyo -le recordó él.

– ¿Qué has hecho con él? Me refiero a tu álbum.

– Tuve que esconderlo -dijo Alaric-. ¿Qué hiciste tú con el tuyo?

– Todavía anda por ahí, con unas cuantas páginas menos -respondió Naia.

– ¿Las tiraste?

– No. No pude -dijo Naia-. Están metidas en una carpeta debajo de mi cama.

– ¿Y nadie mira ahí nunca?

– Kate y yo tenemos un pequeño acuerdo. Mi habitación es privada. Nadie entra en ella sin que yo le haya dado permiso para hacerlo. La pega es que he de limpiarla y ordenarla yo misma.

– ¿Por qué no seguís con lo vuestro como si yo no estuviera aquí? -dijo Aldous.

Alaric miró hacia abajo.

– Lo estábamos haciendo.

Una voz de mujer que hablaba con un ligero acento extranjero sonó desde la casa.

– ¡Sólo estaba hablando! -gritó Aldous como respuesta.

– ¿Le hablabas al árbol? -quiso saber la mujer.

– No, a…

– ¡No nos menciones! -siseó Naia.

– Hablaba solo -concluyó Aldous.

– Está bien. Pero ten cuidado -dijo la mujer.

– Ya lo tengo -replicó él.

– Más vale que sigas teniéndolo.

– ¿Tu madre? -dijo Naia mientras Marie se retiraba de la ventana. Aldous asintió-. Suena como si fuese extranjera.

– Es francesa.

– Oh, así que eres mitad francés…

Aldous se encogió de hombros.

– ¿Lo hablas? -preguntó Naia.

– Je parle autant que j'ai besoin autour d'ici - dijo Aldous.

– ¿Eso es un sí o un no? -dijo Alaric.

– Sin duda necesitáis una casa de ese tamaño, con todos esos hermanos y hermanas -dijo Naia.

– Un hermano -corrigió Aldous.

– Pero dos hermanas, y tus padres. Seis en total.

– Siete.

– ¿Siete?

– Si incluyo a mi tía Larissa. Y somos ocho cuando su amiga Vita viene a pasar unos días en casa. Vita no me gusta nada. Fuma continuamente.

– ¿Por que tu tía está viviendo con vosotros? -preguntó Alaric.

– No tiene ningún otro sitio al que ir. -Aldous se sentó de golpe en el bote-. Ya nos veremos -añadió.

Y se fue.

– Pregunta -dijo Alaric mientras Aldous se alejaba remando.

– ¿Sí?

– Si son unos Underwood, ¿por qué son tan diferentes?

– Necesito echar una ojeada al árbol genealógico antes de responder a esa pregunta -dijo Naia.

– ¿Qué te dirá esa ojeada?

– Eso habrá que verlo.

– ¿Por qué no te limitas a decirme lo que estás pensando? -pidió Alaric.

– ¿Para que luego te burles de misi estoy equivocada? No, gracias.

El árbol se movió muy ligeramente en torno a ellos.

– ¿Qué Ha sido eso? -dijo Alaric, un tanto nervioso.

Naia tenía pocas dudas al respecto, de modo que se preparó. -Vuelve mañana, a las diez -dijo a Alaric. -¿Volver? -repitió él. -Sube a tu árbol a las diez de la maña… Naia se había ido. Alaric, también. Cada uno a su punto de partida, donde sus fuerzas los abandonaron instantáneamente. Tuvieron que recurrir a todas sus reservas de energía para llegar a la casa.

Martes:2

Aquélla fue la mañana en que el señor Knight llevó las botas a Aldous.

– Tuve que adivinar tu talla -dijo-. Espero que te vayan bien, porque son las últimas que quedaban en la tienda. Ha habido una gran demanda de ellas.

– ¿Son para mí? -dijo Aldous.

– Sí. Pruébatelas.

Habría sido una extraña estampa para el observador casual. Un hombre, con unas botas que le quedaban bastante apretadas, de pie en el agua ofreciendo un par de botas a otro, sentado en una hamaca. El señor Knight sujetó la hamaca mientras Aldous se ponía una de las botas.

– Está bastante rígida -dijo cuando su pierna hubo quedado cubierta.

– Tendrás que aflojarlas un poco. Mueve los dedos de los pies.

Aldous obedeció.

– Sobra espacio -dijo.

– ¿Demasiado? -preguntó el señor Knight.

– No, sólo el justo.

– Prueba con la otra.

Aldous se calzó la segunda bota impermeable. Sus piernas quedaron rígidamente extendidas ante él.

– ¿Estás seguro de que se doblarán? -preguntó.

– Unos cuantos días de uso deberían bastar -respondió el señor Knight.

Aldous se disponía a bajar de la hamaca cuando el jardinero lo cogió del brazo para ayudarlo.

– Puedo arreglármelas.

– Seguro que sí.

Un instante después Aldous estaba de pie en el agua, con las piernas rígidas en sus altas botas verdes; los dos se pusieron a contemplarlas como si esperaran que bailasen.

– ¿Seguro que no te aprietan demasiado? -dijo el señor Knight.

– Parece que me van bien -respondió Aldous.

– Porque en cuanto hayas caminado con ellas ya no podré volver a quedármelas.

– No, no. Me van bien.

– Entonces da unos cuantos pasos con ellas.

Aldous así lo hizo.

– Me siento como un espantapájaros.

– Tenía intención de hablarte de eso -dijo el señor Knight.

– ¿Eh?

– He pensado que podríamos ir a la tienda de Sue Ryder.

– ¿La tienda benéfica? -preguntó Aldous.

– La beneficencia es cuando consigues algo a cambio de nada. Allí venden cosas. Como ropa.

– No necesito ninguna prenda -dijo Aldous.

– Esa chaqueta parece haber conocido días mejores.

– Cosa que no tiene nada de sorprendente. La obtuve de un vagabundo.

– ¿Un vagabundo? -repitió el jardinero.

– Él tenía dos chaquetas y yo tenía frío, así que me dio una.

– Muy decente por su parte.

– Yo no se la pedí -dijo Aldous.

– Estoy seguro de que no lo hiciste.

– Y ahora tampoco lo estoy haciendo. Es una chaqueta estupenda.

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