– En mi árbol.
– ¿Qué quieres, cobrar un alquiler?
– No le hagas caso. Es un avaro -dijo Naia a Aldous. Aldous rebuscó en su bolsillo y alzó una bolsa de papel.
– ¿Quién quiere una bolita de anís?
Naia sacudió la cabeza por ambos y le preguntó cómo se llamaba. Cuando él se lo dijo, Naia no pudo responder inmediatamente.
– ¿Por qué tanta sorpresa? -dijo Alaric-. Fuiste tú quien dijo que era un Underwood.
– No es eso…
– ¿Por qué no bajáis? -preguntó Aldous entonces.
– ¿Para hacer qué? -dijo Alaric-. ¿Para llevarte a dar una vuelta en esa barquita de nada que tienes?
– Es una embarcación estupenda. La hizo mi papá.
– ¡Oh, sí! Es de quilla plana, ¿no?
– ¿Cómo dices? -preguntó Aldous.
– ¿Tienes un hermano?
– Sí… ¿Por qué?
– ¡Lo sabía! -exclamó Alaric.
Naia volvió a la conversación, pero puso cara de decepción.
– Pensaba que podías tener una hermana -dijo.
– La tengo. Dos -aclaró Aldous.
– ¿Dos? ¿Tienes dos hermanas?
– Sí. Ursula y Mimi.
– ¿Ursula y…?
– Mimi.
Alaric se inclinó hacia abajo, muy interesado.
– ¿Cómo se llama tu hermano? -preguntó a Aldous.
– Ray.
El interés se entibió.
– ¿Ray?
– ¿Cómo se llaman tus padres? -preguntó Naia.
Aldous frunció el ceño.
– ¿Por qué estáis haciendo todas esas preguntas?
– Mera curiosidad.
– La curiosidad mató al gato.
– Ciertamente matará al mío si no tiene un poco más de cuidado -dijo ella-. No se llaman Alex e Iván, ¿verdad?
– ¿Quiénes?
– Tus padres.
– No -dijo Aldous, con los labios súbitamente apretados.
– Bueno, eso ya ha quedado aclarado -masculló Alaric.
Ella lo miró.
– ¿Tienes un árbol genealógico?
– Ya sabes que sí -dijo Alaric-. ¿Cómo piensas que llegué hasta aquí?
– Me refiero al que hizo mamá para poner al final del álbum familiar -explicó Naia.
– Mi madre no llegó tan lejos con el suyo -le recordó él.
– ¿Qué has hecho con él? Me refiero a tu álbum.
– Tuve que esconderlo -dijo Alaric-. ¿Qué hiciste tú con el tuyo?
– Todavía anda por ahí, con unas cuantas páginas menos -respondió Naia.
– ¿Las tiraste?
– No. No pude -dijo Naia-. Están metidas en una carpeta debajo de mi cama.
– ¿Y nadie mira ahí nunca?
– Kate y yo tenemos un pequeño acuerdo. Mi habitación es privada. Nadie entra en ella sin que yo le haya dado permiso para hacerlo. La pega es que he de limpiarla y ordenarla yo misma.
– ¿Por qué no seguís con lo vuestro como si yo no estuviera aquí? -dijo Aldous.
Alaric miró hacia abajo.
– Lo estábamos haciendo.
Una voz de mujer que hablaba con un ligero acento extranjero sonó desde la casa.
– ¡Sólo estaba hablando! -gritó Aldous como respuesta.
– ¿Le hablabas al árbol? -quiso saber la mujer.
– No, a…
– ¡No nos menciones! -siseó Naia.
– Hablaba solo -concluyó Aldous.
– Está bien. Pero ten cuidado -dijo la mujer.
– Ya lo tengo -replicó él.
– Más vale que sigas teniéndolo.
– ¿Tu madre? -dijo Naia mientras Marie se retiraba de la ventana. Aldous asintió-. Suena como si fuese extranjera.
– Es francesa.
– Oh, así que eres mitad francés…
Aldous se encogió de hombros.
– ¿Lo hablas? -preguntó Naia.
– Je parle autant que j'ai besoin autour d'ici - dijo Aldous.
– ¿Eso es un sí o un no? -dijo Alaric.
– Sin duda necesitáis una casa de ese tamaño, con todos esos hermanos y hermanas -dijo Naia.
– Un hermano -corrigió Aldous.
– Pero dos hermanas, y tus padres. Seis en total.
– Siete.
– ¿Siete?
– Si incluyo a mi tía Larissa. Y somos ocho cuando su amiga Vita viene a pasar unos días en casa. Vita no me gusta nada. Fuma continuamente.
– ¿Por que tu tía está viviendo con vosotros? -preguntó Alaric.
– No tiene ningún otro sitio al que ir. -Aldous se sentó de golpe en el bote-. Ya nos veremos -añadió.
Y se fue.
– Pregunta -dijo Alaric mientras Aldous se alejaba remando.
– ¿Sí?
– Si son unos Underwood, ¿por qué son tan diferentes?
– Necesito echar una ojeada al árbol genealógico antes de responder a esa pregunta -dijo Naia.
– ¿Qué te dirá esa ojeada?
– Eso habrá que verlo.
– ¿Por qué no te limitas a decirme lo que estás pensando? -pidió Alaric.
– ¿Para que luego te burles de misi estoy equivocada? No, gracias.
El árbol se movió muy ligeramente en torno a ellos.
– ¿Qué Ha sido eso? -dijo Alaric, un tanto nervioso.
Naia tenía pocas dudas al respecto, de modo que se preparó. -Vuelve mañana, a las diez -dijo a Alaric. -¿Volver? -repitió él. -Sube a tu árbol a las diez de la maña… Naia se había ido. Alaric, también. Cada uno a su punto de partida, donde sus fuerzas los abandonaron instantáneamente. Tuvieron que recurrir a todas sus reservas de energía para llegar a la casa.
Martes:2
Aquélla fue la mañana en que el señor Knight llevó las botas a Aldous.
– Tuve que adivinar tu talla -dijo-. Espero que te vayan bien, porque son las últimas que quedaban en la tienda. Ha habido una gran demanda de ellas.
– ¿Son para mí? -dijo Aldous.
– Sí. Pruébatelas.
Habría sido una extraña estampa para el observador casual. Un hombre, con unas botas que le quedaban bastante apretadas, de pie en el agua ofreciendo un par de botas a otro, sentado en una hamaca. El señor Knight sujetó la hamaca mientras Aldous se ponía una de las botas.
– Está bastante rígida -dijo cuando su pierna hubo quedado cubierta.
– Tendrás que aflojarlas un poco. Mueve los dedos de los pies.
Aldous obedeció.
– Sobra espacio -dijo.
– ¿Demasiado? -preguntó el señor Knight.
– No, sólo el justo.
– Prueba con la otra.
Aldous se calzó la segunda bota impermeable. Sus piernas quedaron rígidamente extendidas ante él.
– ¿Estás seguro de que se doblarán? -preguntó.
– Unos cuantos días de uso deberían bastar -respondió el señor Knight.
Aldous se disponía a bajar de la hamaca cuando el jardinero lo cogió del brazo para ayudarlo.
– Puedo arreglármelas.
– Seguro que sí.
Un instante después Aldous estaba de pie en el agua, con las piernas rígidas en sus altas botas verdes; los dos se pusieron a contemplarlas como si esperaran que bailasen.
– ¿Seguro que no te aprietan demasiado? -dijo el señor Knight.
– Parece que me van bien -respondió Aldous.
– Porque en cuanto hayas caminado con ellas ya no podré volver a quedármelas.
– No, no. Me van bien.
– Entonces da unos cuantos pasos con ellas.
Aldous así lo hizo.
– Me siento como un espantapájaros.
– Tenía intención de hablarte de eso -dijo el señor Knight.
– ¿Eh?
– He pensado que podríamos ir a la tienda de Sue Ryder.
– ¿La tienda benéfica? -preguntó Aldous.
– La beneficencia es cuando consigues algo a cambio de nada. Allí venden cosas. Como ropa.
– No necesito ninguna prenda -dijo Aldous.
– Esa chaqueta parece haber conocido días mejores.
– Cosa que no tiene nada de sorprendente. La obtuve de un vagabundo.
– ¿Un vagabundo? -repitió el jardinero.
– Él tenía dos chaquetas y yo tenía frío, así que me dio una.
– Muy decente por su parte.
– Yo no se la pedí -dijo Aldous.
– Estoy seguro de que no lo hiciste.
– Y ahora tampoco lo estoy haciendo. Es una chaqueta estupenda.
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