Michael Lawrence - La inundación

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Transcurre el mes de junio. El río ha salido de su cauce y ha inundado la propiedad de Wíthern Rise. Alaric y Naia se encuentran remando a la deriva en el mismo jardín y parecida inundación que tuvo lugar en junio de 1945. Conocen a Aldous Underwood, que sólo tiene once años y es el hermano mayor de su abuelo. Ahora, en 2005, ofrecen su amistad al mayor de los Aldous, quien sobrevivió al accidente pero permaneció casi los setenta y un años de su vida en coma.

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Con todo lo faltas de jugo y ácidas que eran las bayas, para Aldous y Mimi, en un bote lejos de casa, eran un raro don. Mientras las mordisqueaban y torcían el gesto en las aguas inmóviles, bajo un frío sol blanco y un cielo opaco, también experimentaron una sensación de calma que parecía intemporal y completa, hasta que fue rota por el susurro apremiante de Larissa.

– ¡Ardilla!

Una pequeña criatura roja de tupida cola había bajado de un pino para mordisquear una piña que sujetaba entre las patas.

– Es un roedor, ya lo sé -susurró Larissa mientras Aldous y Mimi se inclinaban hacia delante para poder verla mejor-, pero tengo bastante cariño a esas pequeñas alimañas. Viví durante un tiempo en Ontario, como sabéis, en una cabaña de troncos al lado de un lago. Era paradisíaco hasta que llegaba el invierno, y entonces me iba al sur, a Florida, hasta que regresaba el calor. Por aquellas fechas tenía una compañera llamada Tallulah, una moza magnífica con un pelo precioso, que estaba escribiendo un libro sobre las mujeres británicas que se establecieron en Canadá a finales del siglo XVIII. Una primavera en el lago, mientras Lulah estaba conmigo, encontré a una cría de ardilla en la hierba. Era minúscula; hacía tan poco que había nacido que todavía tenía los ojos cerrados. Recogí del suelo a aquella cosita, la llevé a mi dormitorio y la alimenté, y su nueva vida le sentó muy bien. Llegó a cogerme mucho cariño. La llamaba Bribonzuela, o Bribona, para abreviar.

»Ese otoño -continuó diciendo Larissa, que hablaba en voz muy baja para no asustar a la ardilla que mordisqueaba su piña-, llevé a Bribona fuera, la puse en un árbol y le dije que partiera en busca de los de su propia especie. Sin embargo, no quiso marcharse; se negó a hacerlo. Lo intenté un montón de veces, pero ella se resistía a partir y prefería acomodarse dentro de mi camisa o debajo de mi brazo. Probé a llevar una rama al interior de la cabaña para acostumbrarla a los árboles, pero Bribona no se sentía interesada a menos que yo estuviera sobre la rama con ella. ¡Lulah lo encontraba tremendamente divertido! Cuando tenía ocasión de hacerlo, Bribona dormía dentro de mi cajón de los jerséis. A veces yo sacaba uno y ella iba a parar al suelo. En el exterior, correteaba a mi alrededor como si yo fuera un árbol y me saltaba a los hombros (también a los de Tallulah, cuando ella estaba trabajando) y hurgaba dentro de nuestros bolsillos en busca de piñones y bellotas.

»Afortunadamente, justo antes de que nos fuéramos al sur ese año, Bribona por fin se habituó a los árboles. Desapareció sin un solo meneo de despedida de la cola. Fue sorprendente lo mucho que me dolió eso. Pero la primavera siguiente cuando volví allí (sin la preciosa Lulah), hablé con un vecino ya bastante mayor que vivía al otro extremo del lago y me contó que una mañana estaba sentado fuera, desayunando, cuando una ardilla roja le saltó al hombro y trató de hurgar en su bolsillo. Sólo podía haber sido mi Bribona.

Cuando Larissa concluyó su historia, la ardilla de la orilla reparó en que había unos ojos que la observaban. Lanzó la piña al aire y trepó por el árbol tan deprisa como si le hubieran disparado un cañonazo. Larissa miró a Aldous y Mimi. Nunca habían visto una sonrisa semejante en el rostro de su tía. Un pálido día de junio, cuando el agua estaba alta, un muchacho y su hermana menor estuvieron sentados entre los juncos en un pequeño remanso de paz que seguiría con ellos de por vida. Vidas que podían prolongarse hasta una edad avanzada, o terminar mañana.

Miércoles:5

Naia fue hacia la casa, y Alaric la siguió.

– Estamos buscando a Aldous -dijo al hombre de la ventana.

– Pues se os ha escapado. Ha salido a dar una vuelta en el bote con su tía y su hermana. ¿Hay algo que yo pueda hacer?

– En realidad no. Sólo íbamos a dar una vuelta por ahí.

– ¿Dar una vuelta?

– Pasar el rato.

Otro rostro apareció en la ventana, debajo del primero: un niño pequeño que no quería perderse nada.

– Me parece que no os conozco -dijo el hombre.

– No. Probablemente no.

– Sois un poco mayores para ser amigos de mi hijo, ¿verdad?

Naia miró a Alaric cuando éste se reunió con ella, aunque se mantuvo a la calculada distancia de un brazo. Él no le ofreció ninguna inspiración.

– Estábamos pasando unos días con unos parientes cuando hubo la inundación -dijo al hombre-, y entonces ya no podíamos ir a casa. Conocimos a Aldous hace un par de días. Estaba en su bote.

– No tenía permiso para ir más allá de la verja -dijo el hombre, que no acababa de creer a Naia.

– Lo conocimos junto a la verja. Pasábamos por allí. Él dijo que debíamos venir aquí y saludarlo la próxima vez que… ya sabe.

Incluso a ella le sonaba más bien poco convincente, pero el hombre evidentemente decidió creerla, porque dijo:

– Esperad un momento y bajaré. De todos modos iba a recoger los huevos.

– Papá, papá, yo también -dijo el niño.

El hombre se rió.

– ¿Podríais haceros cargo de esto? Por lo visto he de llevar conmigo a mi chico.

Una cesta de mimbre descendió desde la ventana, y Naia, tras hacerse a un lado, perdió pie. Trataba de esquivar la cesta, de modo que extendió automáticamente los brazos para ponerse a salvo; entonces agarró del brazo a Alaric antes de que éste pudiera apartarse. Se la habría sacudido de encima, pero ella lo apretaba con fuerza para recobrar el equilibrio.

– Preferirías ver cómo me ahogo, ¿verdad? -dijo Naia.

– Te he sujetado, ¿no? -replicó Alaric.

– Fui yo la que se agarró a ti. Pero al menos ahora sabemos que aquí no pasa nada si nos tocamos.

– Eso sí.

– ¡Lo siento! -dijo Naia en dirección a la ventana, y levantó del suelo la cesta mojada.

– Tranquila, no hace falta que esté seca -dijo el hombre mientras pasaba una pierna por encima del alféizar. Se acomodó con cautela en la escalera, con su pequeño firmemente agarrado al cuello, y fue bajando poco a poco, peldaño tras peldaño.

– ¿Y ahora qué hacemos? -susurró Alaric.

– Vamos a comportarnos como si tuviéramos todo el derecho del mundo a estar aquí -replicó Naia-. En esta realidad.

El hombre, que llevaba unas botas impermeables tan altas que se unían en la entrepierna y le llegaban por encima de la cintura, puso los pies en el agua.

– Éste es Ray -dijo al tiempo que palmeaba la rodilla a su hijo.

Naia sonrió.

– Hola, Ray. ¿Cómo estás?

– Muy bien, gracias -dijo el niño-. ¿Y tú?

– Yo también estoy muy bien.

– ¿Y tú cómo estás? -preguntó a Alaric.

– Asombrosamente bien -gruñó Alaric.

– Qué raro… -dijo el hombre.

Alaric siguió la mirada del hombre hasta llegar a su camisa de algodón y sus pantalones cortos mojados, dos prendas que no podían ser de lo más corriente.

– ¿El qué es raro?

En vez de explicarse o hacer algún otro comentario, el hombre preguntó si les gustaría llevarse a casa unos cuantos huevos.

– Oh, no creo que necesitemos ninguno -replicó Naia.

– Claro que sí. Todo el mundo necesita huevos. Por aquí.

Alaric miró con una estudiada indiferencia a su alrededor mientras seguían al hombre y su hijo hasta la fachada delantera de la casa. A Naia, más curiosa, fue poco lo que se le pasó por alto. Estaban ante la puerta principal cuando el hombre se puso a cantar.

Oh, había un anciano llamado Michael Finnegan.

Volvió a dejarse crecer los pelos en la barbilla…

Los visitantes intercambiaron miradas divertidas. La diversión pasó a convertirse en consternación cuando la vocecita chillona del niño se unió al cántico.

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