Rafael Fiol Mateos - Pedro Casciaro
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«Supongo que ofrecerás la Misa por la conversión de tu padre y para que el Señor le dé muchos años de vida cristiana». Me quedé profundamente sorprendido: realmente yo no había ofrecido la Misa por esa intención; es más, estaba poco concentrado y con la atonía natural de quien se ha levantado muy temprano y aún se encuentra en ayunas. Me impresionó además que el Padre, precisamente en esos momentos en que con tanto fervor se disponía a dar gracias a Nuestra Señora, y que tantas cosas iba a encomendarle, tuviera el corazón tan grande como para acordarse de mis problemas familiares. Conmovido, le contesté en el mismo tono: lo haré, Padre. Entonces, en voz baja, añadió: «Hazlo, hijo mío; pídelo a la Virgen, y verás qué maravillas te concederá». Y comenzó la Misa[39].
Apunto un recuerdo de mi bisabuela Mamá Elisa, que era muy bondadosa. Cuando una persona se olvidaba de felicitar a otra, en el cumpleaños o en otros aniversarios, y alguien la disculpaba diciendo «es que se le habrá olvidado», ella matizaba: «Eso es lo malo, que se le olvidó». San Josemaría no olvidaba esos detalles. Era extraordinaria la agudeza y la finura de su cariño. Todos los que lo tratamos, guardamos recuerdos inolvidables de su afecto.
Enseguida tomaron de nuevo el camino hacia España. El 12 de diciembre, fiesta de nuestra Señora de Guadalupe, llegaron a Fuenterrabía y, al día siguiente, a San Sebastián. San Josemaría aconsejó a Pedro que hiciera una detallada relación escrita, para entregarla a la oficina de información, en la que constaran las acciones de su padre para salvar muchas vidas y para evitar sacrilegios, valiéndose del puesto que ocupaba en la Comisión Provincial de Monumentos Históricos y Artísticos de Albacete. También «había logrado esconder en unos almacenes en Albacete y en el pueblo de Fuensanta, ignorados por las masas, muchos vasos sagrados, custodias, imágenes religiosas, etc.». El Padre insistió: «Es justo que el día de mañana se sepa el bien que ha hecho tanta gente buena, independientemente de sus opiniones políticas»[40].
Paco Botella y Pedro Casciaro, después de presentarse a las autoridades militares, fueron destinados al Regimiento de Minadores-Zapadores de Pamplona, adonde llegaron el 17 de diciembre. Aquella primera Navidad en libertad la celebraron en el cuartel, donde recibieron la visita de san Josemaría y de José María Albareda, que comieron con ellos el día 25.
Paco y Pedro estaban otra vez juntos y al lado del Padre, en Pamplona, en los días siguientes a la llegada a la llamada «zona nacional». Los demás expedicionarios del paso de los Pirineos se habían incorporado a sus nuevos destinos, propios de tiempo de guerra. El Padre se alojaba en el palacio episcopal, por invitación del arzobispo de Pamplona, don Marcelino Olaechea, buen amigo suyo que le demostraba gran aprecio.
Por entonces tuvieron que enfrentarse con un enemigo tan pequeño como insidioso: una de las más de tres mil especies de neópteros, llamada ftirápteros o sencillamente piojos. Ya los habían conocido en los bosques de Rialp, en la «cabaña de san Rafael», y desde entonces se habían convertido en “amigos inseparables”. Lo tomaron con buen humor[41] pero les daban una lata tremenda, como rememora Pedro:
Cuando tiritábamos de frío en el cuartel, teníamos que movernos continuamente, y cuando estábamos en un lugar caliente —en ese caso en el palacio episcopal— los piojos empezaban a picar, por lo que siempre estábamos en movimiento continuo. Comencé entonces a tratar de matar los que pudiera. En ese momento nos sorprendió el Padre. Más que risa, esto le producía pena al Padre. Para animarnos, comentó entonces lo del Cristo de los piojos de santa Teresa[42].
Se cuenta que hubo una epidemia en el monasterio de San José, en Ávila, hacia el año 1565, y que estos animalitos se instalaron en los hábitos de las monjitas. La santa les sugirió realizar una rogativa a una imagen de Jesucristo crucificado, ubicada en el coro, que llevaron en procesión. Acompañaron sus rezos con pitos, tambores, sonajas y otros instrumentos improvisados que tenían para sus recreaciones. Teresa compuso unos versos, entre piadosos, ingenuos y jocosos, que alternaban varias estrofas y un estribillo. La madre recitaba:
Pues vinistes a morir,
no desmayéis;
y de gente tan cevil[43]
no temeréis.
Remedio en Dios hallaréis
en tanto mal.
Las monjas contestaban:
Pues nos dais vestido nuevo,
Rey celestial,
librad de la mala gente
este sayal[44].
Y así continuaban otras estrofas igualmente joviales. En adelante, cuenta la historia, no hubo más piojos en este monasterio ni en ningún otro Carmelo. Esta es la causa por la que desde entonces se conoce a esta imagen con el nombre de «Cristo de los piojos».
EN BURGOS
El 8 de marzo de 1938 Pedro fue a Burgos, ciudad castellana del Cid Campeador. Se instaló en la misma pensión en la que residían el fundador, José María Albareda y Paco Botella, en la calle Santa Clara. A los pocos días se trasladaron a una habitación del pequeño Hotel Sabadell[45]. Pedro fue destinado a la Dirección General de Movilización, Instrucción y Recuperación. Cuando los jefes militares se enteraron de que tenía casi terminada la licenciatura en Ciencias Exactas, lo adscribieron al Gabinete de Cifra, dependiente de la Secretaría del General Orgaz[46], y le encargaron cifrar y descifrar los telegramas que se enviaban y recibían en clave.
San Josemaría dedicaba mucho tiempo a escribir cartas a los antiguos de Ferraz. Desde que inició el conflicto armado, se había interrumpido la relación con la mayoría. Al poco de atravesar las montañas, cuando pasaron por San Sebastián y por Pamplona, comenzó a elaborar un fichero con las señas de cada uno y a cartearse con ellos. Los que estaban con él lo ayudaban en esta tarea. Cuenta Botella que «desde que estábamos en Santa Clara 51, habíamos conseguido saber de muchos chicos de san Rafael[47]. Ya teníamos la dirección de muchos y se les escribía con regularidad, estábamos haciendo mucho apostolado epistolar. Solamente con escribir a todos ya teníamos las horas libres ocupadas»[48].
Por entonces, recuerda Casciaro, «se logró establecer contacto y correspondencia con Ignacio [de Landecho]. Ya en el primer número de Noticias que se envió desde Burgos, en de marzo [de 1938], el Padre redactó estas palabras: LANDECHO, Ignacio. Sabemos muchas cosas de este gran hombre, pero no las queremos decir hasta que nos vuelva a escribir otra carta de seis pliegos. Es Alférez de Caballería (...). Pienso ahora que, si Dios no se lo hubiera llevado siendo aún muy joven, finalmente —aun después de tantos percances— habría seguido el camino que Dios señaló con su Obra»[49].
La etapa burgalesa fue fundamental para Pedro, como él mismo nos explica:
Puedo afirmar sin ningún género de duda que ese tiempo fue para mí el más decisivo y más estimado de mi vida. La razón de ello es única: la proximidad y convivencia tan excepcionales que tuve con nuestro fundador.
Fuimos muy pocos los que entonces usufructuamos muchas horas suyas, conviviendo en una misma habitación de pocos metros cuadrados de superficie. Aún más que pobreza, fue la verdadera miseria de medios materiales lo que privó al Padre de la más indispensable independencia personal para vivir el recogimiento, para trabajar y rezar; sin embargo, el ejemplo maravilloso que nos dio fue precisamente de recogimiento, de presencia de Dios, de trabajo intenso y de oración constante.
Aquel ocultarse y desaparecer tan suyos no pudieron ser entonces tan absolutos; durante muchas horas al día tenía “testigos”; desgraciadamente por lo que a mí toca, no fui siempre un testigo prudente y discreto (...).
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