Rafael Fiol Mateos - Pedro Casciaro

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Pedro Casciaro fue uno de los primeros que siguió a san Josemaría en el Opus Dei. Ordenado sacerdote, comenzará el Opus Dei en México, donde impulsará también importantes proyectos de promoción social. El relato de su vida constituye una bella historia de servicio, buen humor y sentido de fidelidad.

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En las primeras semanas de la contienda se desató una represión despiadada contra la Iglesia en la zona que quedó bajo las autoridades de la República[3]. Muchos obispos, sacerdotes, religiosas, religiosos y fieles laicos fueron asesinados por odio a la fe; numerosas iglesias y conventos fueron profanados e incendiados[4].

En Albacete triunfó el alzamiento militar. «El padre de Pedro Casciaro fue detenido junto con otros conocidos republicanos de la ciudad». Sin embargo, «el 4 de agosto Albacete fue cercada por las tropas leales a la República y, con la ayuda de la Infantería de marina y de milicianos venidos de Cartagena, fue conquistada»[5]. Enseguida se establecieron tribunales populares que comenzaron a actuar[6]. Pedro Casciaro Parodi fue liberado de la cárcel y nombrado presidente del Frente Popular en la provincia[7].

Las actuaciones contra la Iglesia de algunos milicianos y de determinados mandatarios del Frente Popular encresparon al padre de Pedro, quien procuró ayudar a los perseguidos. De hecho, en los meses siguientes «logró salvar varias vidas, especialmente de sacerdotes y religiosas». Como recuerda Pedro: «Mi padre, a pesar del cargo que ocupaba en aquella nueva coyuntura política, tan confusa y caótica, deploraba con toda el alma el dramático desarrollo que habían tomado los acontecimientos»[8].

Es más, permitió que en su casa quedara reservada la Eucaristía. Las autoridades eclesiásticas de la diócesis pensaron que era un lugar seguro para guardar el Santísimo, porque la posición del señor Casciaro ofrecía protección. En un armarito de la sala de recibir, que quedó cerrada durante ese tiempo —cerca de dos años—, se custodiaron las especies sacramentales. Pedro recuerda que, «gracias a esto, el bibliotecario del Instituto —que acababa de llegar destinado a Albacete y nadie sabía que era sacerdote—, protegido por mi padre, pudo atender a muchos enfermos administrándoles el Viático»[9]. La señora Casciaro tenía permiso para «comulgar directamente todos los días que lo deseara, y así lo hizo»[10].

Pedro Casciaro Parodi también fue nombrado presidente de la Junta de Defensa del Patrimonio Artístico. En el ejercicio de este cargo, salvó valiosas obras de arte religioso: entre otras, la imagen de la Virgen de los Llanos, Patrona de la ciudad[11].

JUGARSE LA VIDA

Al estallar el conflicto, Pedro fue llamado a filas. Se presentó en el ayuntamiento de Alicante para este fin, pero en el reconocimiento médico fue declarado no apto para el servicio militar porque necesitaba usar lentes; de manera que regresó a Los Hoyos, en Torrevieja.

A partir de entonces, por ser coherente con su fe, corrió con frecuencia el riesgo de ser detenido y llevado a prisión. «En las primeras semanas de la guerra se recrudeció el anticlericalismo», escribió Pedro, «y tuvo lugar una tremenda persecución contra la Iglesia. Recordaré únicamente una cifra particularmente expresiva: en sólo un día, el 25 de julio, fiesta de Santiago, Patrón de España, fueron asesinados 95 eclesiásticos en todo el país. Recuerdo muy bien aquel día, porque fue el último en el que pude asistir a Misa en Torrevieja, en unos locales provisionales de la parroquia, que había sido incendiada»[12].

Para muchos, esas circunstancias hubieran justificado un «¿qué se le va a hacer?, ad impossibilia nemo tenetur»[13]. Pero Pedro, que deseaba ir a Misa diariamente, no se encogió ante el peligro. A sus 21 años, cada mañana tomaba una bicicleta y recorría siete u ocho kilómetros de camino hasta Torrelamata, un pueblo vecino, donde un sacerdote seguía celebrando Misa: una acción desafiante, valiente. «Llegar hasta aquel lugar no era nada sencillo: necesitaba un salvoconducto» y debía mostrarlo «sin cesar en los numerosos puestos de control que había en las salidas de las carreteras»[14]. Resultó que «el párroco de aquel pueblecito era un sacerdote anciano, que había regresado recientemente desde México, después de muchos años de ministerio sacerdotal en ese país. Tenía gran devoción a Nuestra Señora de Guadalupe, advocación mariana que yo desconocía. Lo habían llevado, pocos días antes, al Comité Revolucionario del pueblo, pero no se arredró: acudió con gran confianza en su interior a la Guadalupana y lo dejaron, sorprendentemente, en libertad. Poco después le prohibieron celebrar Misa»[15].

Pedro contaba que, cuando ese sacerdote fue conducido ante el Comité Revolucionario, vestía un sombrero negro de seglar, dentro del cual había colocado una pequeña estampa de la Virgen del Tepeyac, para que lo protegiera. Esta fue la primera noticia que tuvo Pedro sobre la Virgen de Guadalupe, a quien visitaría con frecuencia en su Basílica años después.

A Torrevieja llegaban informaciones confusas, que lo inquietaban: «Se hablaba de miles de asesinatos en Madrid; y las cifras iban aumentando de boca en boca, creando un clima de gran desasosiego»[16]. Esto lo llevó a rezar constantemente por el Padre y por los demás que habían quedado allí. Por fin en septiembre pudo saber de ellos, gracias a una tarjeta postal que le mandó san Josemaría[17].

En la finca de Los Hoyos, Pedro

se fue convirtiendo en el brazo derecho de su abuelo Julio, encargándose entre otras cosas de gestionar la obtención del pasaporte inglés del anciano pariente. En efecto, Julio Casciaro había nacido en Cartagena, pero su padre, que tenía la nacionalidad inglesa por haber nacido en Gibraltar, le había inscrito al poco tiempo en el consulado inglés de Cartagena. Al comienzo de la guerra, ese consulado se había trasladado a Alicante. Pedro viajó a la capital alicantina, regresó con el pasaporte inglés de sus abuelos y diseñó una bandera inglesa que fue puesta en lo más alto de la finca; de ese modo, teóricamente, Los Hoyos pasaba a ser territorio británico[18].

Con esa bandera colocada en lo más alto de un antiguo palomar y teniendo en cuenta que la finca estaba apartada de las zonas con población, «los Casciaro disfrutaban de la paz que ofrece una propiedad rural alejada de los problemas de abastecimiento o de inseguridad personal. Solo sufrieron algunas requisas de ganado y de alimentos por parte de los milicianos»[19].

Pedro gozaba de este pacífico aislamiento hasta que, a causa de la evolución de la guerra, el ejército republicano se vio obligado a realizar un nuevo reclutamiento, y Pedro, que al principio del conflicto armado había sido declarado no apto, fue llamado a una nueva revisión en julio de 1937.

De la caja de reclutas de Albacete lo transportaron, junto con los demás conscriptos, a un campo de concentración que era un verdadero caos. Se formaron tres grupos: los tuberculosos, los que padecían tracoma —una enfermedad infecciosa de los ojos— y la compañía del vidrio, es decir, los que llevaban lentes. Pedro pertenecía a esta aventajada categoría, comparada con las otras dos. Pero estaban todos completamente revueltos, a pesar de que tanto el tracoma como la tuberculosis son enfermedades contagiosas.

Después de un somero reconocimiento médico, Pedro fue declarado apto para trabajar en oficinas militares. Fue destinado a Valencia, a la Dirección General de los Servicios de la Remonta, una sección del arma de caballería que se encargaba de proveer de caballos al ejército. En la misma ciudad estaba Paco Botella, su alma gemela: eran compañeros de carrera en Madrid, habían respondido a la llamada de Dios al Opus Dei con pocos días de diferencia y ahora volvían a encontrarse en la capital levantina, donde se veían diariamente en casa de Paco.

En esta etapa se enmarca otro episodio en que el joven Casciaro se jugó la vida, y que se lo oí contar en más de una ocasión. Se hallaba con otros soldados en la caja de carga de un camión militar. Estaba rodeado del ambiente del Frente Popular: carteles de propaganda en favor de la revolución comunista, marchas encendidas de ardor castrense, etc. La fuerte carga ideológica que se encontraba en el origen de aquella guerra explica en buena parte el odio y la violencia brutal que desencadenó. Tal vez, con nuestra perspectiva actual, resulta difícil de comprender.

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