Rafael Fiol Mateos - Pedro Casciaro

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Pedro Casciaro fue uno de los primeros que siguió a san Josemaría en el Opus Dei. Ordenado sacerdote, comenzará el Opus Dei en México, donde impulsará también importantes proyectos de promoción social. El relato de su vida constituye una bella historia de servicio, buen humor y sentido de fidelidad.

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El camión del ejército republicano va circulando por las calles valencianas, cuando a Pedro se le ocurre sacar un pañuelo del bolsillo de su pantalón, sin darse cuenta de que con el mismo movimiento arrastra también su rosario, que cae al suelo del vehículo, a la vista de todos. Llamar embarazosa a esta situación sería quedarnos muy cortos: en esas circunstancias, cualquier señal de religiosidad llevaba consigo un riesgo enorme. En la zona republicana, muchas personas habían sido llevadas al paredón tan solo por pequeños signos de práctica religiosa católica.

El nuevo recluta es plenamente consciente de la gravedad de su situación. Parecía que, de momento, nadie había notado el rosario. Podía ignorarlo y mirar para otro lado, aparentando no tener relación con aquel objeto de piedad, tan acusadoramente situado en medio de la plataforma del camión. Pero se acercó al rosario y, con aparente tranquilidad —solo aparente— lo recogió, lo besó y se lo guardó. Acababa de arriesgar su vida, pero en su interior sentía una gran paz. Había sido fiel a Dios en circunstancias extremas.

ESCAPAR DE LA REPRESIÓN RELIGIOSA

El comienzo de la guerra civil había sorprendido a san Josemaría y a muchos de sus hijos espirituales en Madrid. Algunos fieles de la Obra habían sido detenidos y recluidos en prisión. Los demás, salvo contadas excepciones, debían permanecer escondidos en casas o en sedes diplomáticas.

Al inicio, muchos pensaron que el conflicto se resolvería en poco tiempo. Posteriormente ambos bandos se percataron de que se alargaría muchos meses, si no años, por el desarrollo de la contienda militar y, de modo particular, cuando el general Franco no pudo entrar en Madrid, en noviembre de 1936. Por este motivo, el fundador del Opus Dei había ido perfilando, con varios miembros de la Obra, la manera más conveniente y viable de pasar a la otra zona de España, donde la Iglesia no era perseguida. En efecto, en la capital faltaban las mínimas condiciones de libertad para realizar el apostolado para el que se sabían llamados por Dios.

Realizaron varios intentos de ser evacuados con ayuda de algunas embajadas, pero las gestiones no dieron resultado[20]. Después de valorar diferentes posibilidades, tomaron la decisión de escapar de la zona republicana en una expedición a pie a través de las montañas de los Pirineos. Francisco Ponz relata cómo se sumaron Paco y Pedro a este plan:

En octubre de 1937 Pedro y Paco, que estaban en Valencia como soldados del ejército republicano, en plena guerra, recibieron la visita de Juan Jiménez Vargas[21], médico, del Opus Dei que, procedente de Madrid, les anunció la inmediata llegada de don Josemaría, de paso para Barcelona, desde donde trataría de alcanzar la otra zona de España a través de los Pirineos, por Andorra y Francia. Les animó a mantenerse fieles a la Obra y al fundador y les contó de modo escueto lo más significativo de la etapa de cerca de quince meses últimos de guerra en Madrid.

Y el día 8 de ese mismo mes, Pedro, con muy viva emoción, pudo saludar de nuevo al fundador, en casa de Paco Botella. Don Josemaría, que seguía muy seguro de que la Obra estaba en las manos de Dios y de que saldría adelante, les explicó que, después de rezar mucho, había aceptado el plan para dejar aquella zona de España en la que la persecución religiosa dificultaba extraordinariamente el trabajo apostólico y sacerdotal. Cabía la posibilidad de que ellos, Pedro y Paco, se incluyeran en la expedición. Luego, Juan estuvo paseando con ellos dos, fomentó su sentido sobrenatural y les resaltó la responsabilidad que tenían por la llamada divina recibida, lo que dejó a ambos hondamente impresionados y mucho más conscientes de la misión que les correspondía en la Obra, en aquellas singulares circunstancias.

Al día siguiente, 9 [de octubre], el Padre celebró la Santa Misa, incluso con cirios y ornamentos, en la casa en que habían dormido, de Eugenio Sellés, un farmacéutico al que conocían de Madrid, aunque Pedro no pudo asistir por sus obligaciones militares.

Los viajeros, con Pedro y Paco, fueron a almorzar a un restaurante muy modesto; estando allí sucedió que llegaron unos milicianos para hacer una ronda rutinaria de revisión de la documentación personal, lo que produjo gran nerviosismo de Pedro, que conocía bien el escaso valor de los documentos de que eran portadores los demás. El Padre, que se dio cuenta, le tranquilizó, diciéndole que encomendara la situación a los Custodios; e inexplicablemente, los milicianos sólo pidieron la documentación a Pedro, que era el único que la llevaba en regla.

Por la noche del mismo día 9, el Padre y sus acompañantes tomaron el tren que les conduciría a Barcelona adonde llegaron a media mañana del 10. Paco y Pedro les despidieron en la estación, muy conmovidos porque nadie sabía cuándo se volverían a encontrar[22].

A los pocos días, ya desde Barcelona, Juan Jiménez Vargas advirtió a Pedro, de parte de san Josemaría, que deseaba verle. Su intención era que se uniera, más adelante, al plan de evasión que estaban organizando. Pedro tenía una confianza total en el fundador. Y «no se sabe si por inconsciencia o por pensar que todo estaba ya arreglado», sin más trámites, simple y sencillamente, «se marchó de su destino militar sin permiso»[23], para unirse a ellos inmediatamente. Sabía que las consecuencias de una deserción del ejército —más aún en tiempo de guerra— eran gravísimas. Las penas oscilaban entre el arresto, ser enviado a un batallón disciplinario o el fusilamiento[24].

«Sin pensárselo dos veces, sustrajo un oficio timbrado en la Dirección General y “se concedió” unos días de permiso imitando la firma de sus superiores en el salvoconducto. Esa misma noche tomó el tren, mientras Botella le despedía pesaroso porque se quedaba solo. Al llegar a Barcelona, el fundador de la Obra aclaró a Casciaro que le había llamado para que conociera “a las personas que podían, en su caso —más adelante—, ponernos en contacto con los enlaces”[25]»[26].

Después de hablar con el Padre y de conocer la fecha estimada de partida, regresó a Valencia. Inexplicablemente lo castigaron con la pena mínima: tan solo dieciséis días de reclusión. Su coronel le había tomado afecto y, aunque semejante falta le supuso una gran decepción, sólo añadió un día a los quince que el reglamento señalaba para ser considerado arresto mayor. Pedro relataba lo que sucedió a continuación:

Resultó que en ningún cuartel de Valencia había calabozo. Tuve que esperar varias horas custodiado por un soldado, en el patio del cuartel de San Antón, hasta que pusieron puerta y cerradura a una especie de pequeño almacén, y también a que tapiaran la única ventana que tenía aquel lugar[27].

Paco Botella acudía a visitarlo. A veces, cuando el cabo de guardia era benévolo, le permitían entrar en la celda o concedían que el prisionero saliera a pasear con él por el patio del cuartel. En cambio, otras veces sólo podían comunicarse a través del único ventanuco de la puerta, por el que el visitante entregaba al detenido un escaso puñado de cacahuates[28].

Lo curioso del caso es que, apenas cumplidos los dieciséis días de arresto, Pedro volvió a desertar. Esto fue lo que ocurrió. El Padre recordaba con pena los grandes deseos de Paco y de Pedro de unirse a la expedición a través de las montañas. Por eso, el día 22 de octubre Juan Jiménez Vargas fue a Valencia para recogerlos. Allí supo que Pedro debía cumplir aún nueve días de calabozo. Entonces Juan decidió llegarse a Daimiel[29], para buscar a Miguel Fisac y proponerle que se uniera a la expedición. Miguel era un estudiante, compañero de Pedro, entonces de la Obra, que llevaba encerrado en un espacio reducido e inhóspito —el falso techo de su casa— casi doce meses[30].

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