Rafael Fiol Mateos - Pedro Casciaro

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Pedro Casciaro fue uno de los primeros que siguió a san Josemaría en el Opus Dei. Ordenado sacerdote, comenzará el Opus Dei en México, donde impulsará también importantes proyectos de promoción social. El relato de su vida constituye una bella historia de servicio, buen humor y sentido de fidelidad.

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Aumentaron los gestos de intimidación a sacerdotes y religiosos, como los insultos y las amenazas de muerte. En ocasiones, grupos de revoltosos, pertrechados con bidones de gasolina, incendiaron iglesias y conventos, o irrumpieron en el interior de los templos y profanaron imágenes sagradas y objetos de culto. Por ejemplo, en la noche del 13 de marzo, intentaron asaltar el convento de Santa Isabel, del que san Josemaría era capellán. A pesar de su deseo de quemar la iglesia, los asaltantes solo lograron calcinar parte de la puerta exterior, pues se quedaron sin gasolina y huyeron al ver a una pareja de guardias[24].

En la noche del 3 de mayo corrió el rumor de que unas monjas habían matado a niños, hijos de obreros, con caramelos envenenados. El bulo provocó en las horas sucesivas una oleada de agresiones: «Setenta y ocho personas resultaron heridas, entre ellas al menos ocho monjas, y se incendiaron diez iglesias y colegios religiosos en los distritos obreros de la ciudad»[25].

Cada vez eran más los partidarios de imponer las propias soluciones mediante la fuerza. Entre comunistas y socialistas iba progresando la idea de una sublevación revolucionaria para implantar la dictadura del proletariado. En la derecha se iba abriendo camino la propuesta de recurrir a un alzamiento militar para acabar con la situación de desorden social[26].

Ignacio de Landecho, como otros muchos, «se polarizó totalmente en la lucha político-religiosa» y quería que Pedro lo siguiera. «Junto con otros estudiantes que militaban en la CEDA[27] o en partidos monárquicos, se quedó muchas noches de guardia en la portería de algún convento para proteger a las religiosas que temían una agresión de las milicias marxistas»[28]. Igual actitud adoptaron algunos miembros de la Obra, cada uno según su libre parecer, ya que la pertenencia al Opus Dei en nada disminuye la libertad en materia política, propia de todo ciudadano.

Pedro Casciaro, en cambio, admirando su valentía, consideraba desde otra perspectiva la situación que atravesaba la sociedad española. Más allá de las diversas opciones partidistas de entonces, y teniendo en cuenta que no se sabía que aquella coyuntura desembocaría en una terrible contienda, se planteaba las causas más hondas. Su indiscutible patriotismo y su seria preocupación por la crisis del momento, no le impedían ver también más allá de las fronteras de España.

Los dos amigos intercambiaban sus impresiones, llegando incluso a conversaciones acaloradas, porque ambos se apasionaban. Estaban de acuerdo en lo intolerable de los ataques a la libertad religiosa de los católicos, pero sus reacciones eran diferentes. Pedro, como había aprendido del Padre, deseaba ayudar a todos, también a los pertenecientes a las facciones que empezaban a enfrentarse en aquellos meses previos a la guerra. A Pedro le interesaba acercar a Dios a todos, fueran tirios o troyanos: a los de izquierda, a los de derecha y a los de centro.

Por estos motivos, la tensión social no le hacía perder ni disminuir el anhelo de realizar la labor sin barreras a la que Dios lo había llamado, con todo lo que implicaba, aun en medio de aquellas circunstancias. La diversidad de pareceres entre Ignacio y Pedro no fue obstáculo para que se siguieran tratando con la misma confianza o más que antes, y para que ambos siguieran participando en las actividades de la residencia DYA. Ignacio sentía admiración por don Josemaría y por la Obra, y estos contrastes no enfriaron su amistad con Pedro[29].

LA ALFOMBRA DEL ORATORIO

Una mañana de primavera de 1936, Pedro salía tranquilamente del oratorio de la residencia cuando, en el vestíbulo, encontró a don Josemaría rezando la Liturgia de las Horas, sentado sobre un banco de madera.

No quise decirle nada para no turbar su recogimiento pero, al pasar, me hizo una señal con la mano, sin levantar los ojos del libro, y me indicó que lo esperase un instante. Terminó el Salmo, puso el dedo sobre el breviario señalando el lugar en que se había detenido y, mirándome con afecto, me preguntó algo que no me esperaba en absoluto: «Pedro, ¿estarías dispuesto a ser sacerdote, si recibieras la llamada?». Me quedé de una pieza: era lo último que me esperaba escuchar en aquel momento. Pero le respondí enseguida: «Pienso que sí, Padre».

Volví al oratorio. Poco después entró el Padre. Se puso de rodillas a mi lado y me señaló la alfombra roja que cubría la tarima del altar: «El sacerdote —me dijo en voz baja— tiene que ser como esa alfombra; sobre ella se consagra el Cuerpo del Señor; está en el altar, sí, pero está para servir; más aún, está para que los demás pisen blando, y ya ves, no se queja, no protesta... ¿Comprendes cuál es el servicio del sacerdote? Ya verás que más adelante, en tu vida, reflexionarás sobre esto».

Desde aquel día, hice muchas veces la oración contemplando primero el Sagrario y, luego, aquella alfombra: no necesitaba más tema[30].

COLABORAR EN LAS TAREAS DE LA CASA

«Una de las características del espíritu del Opus Dei, desde el comienzo, es el amor a la libertad. El fundador enseñaba a los estudiantes a respetar las ideas de los demás. En DYA la variedad de opiniones era un hecho». Por eso, «mientras en las calles de Madrid se sucedían huelgas, manifestaciones y enfrentamientos armados entre exaltados de distinto signo», en la residencia de estudiantes de la calle Ferraz «se respiraba un ambiente de paz, de estudio, de oración y de fraternidad». San Josemaría animaba a aquellos jóvenes «a seguir santificando el trabajo ordinario y a realizar un intenso apostolado personal»[31].

Durante el curso 1935-1936 —narra el doctor Francisco Ponz— Pedro y Paco[32] andaban muy atareados con sus estudios superiores de tercer año de Ciencias Exactas y los correspondientes de la carrera de Arquitectura, a la vez que ayudaban a la labor apostólica que se desarrollaba en y desde la residencia de Ferraz 50. Su trabajo era sin duda muy intenso y se pasaban el día entre [la Facultad de Ciencias, en la calle] San Bernardo y la Escuela [de Arquitectura]. Cuando ya vivían en la residencia, salían muy temprano, regresaban justo a la hora de comer y volvían a sus clases hasta alrededor de las 7 de la tarde.

Pronto se dieron cuenta de que el logro del ambiente de hogar digno, cuidado y alegre que ofrecía la residencia requería del fundador un enorme trabajo personal, también material, ya que la estrechez económica no permitía contratar al personal de servicio imprescindible, lo que le obligaba a realizar personalmente bastantes tareas domésticas, como tender las camas de los residentes, la limpieza de las habitaciones y aseos, lavar por la noche cubiertos y otro material de cocina, etc.

Los dos estudiantes se apresuraron a ofrecerle ayuda. Como eso suponía perder clases, se turnaban uno y otro de manera que asistieran siempre, al menos uno de ellos, para poder tomar apuntes y seguir los dos la marcha del curso[33].

Paco y Pedro no tuvieron inconveniente en apretarse el cinturón, haciendo estos turnos para ayudar al Padre, que estaba siempre atareado, llevando el peso de la Obra y una labor pastoral abundantísima. El gran afecto que tenían al fundador y la alegría de poder apoyarle compensaba con creces el aumento de trabajo.

En junio de 1936, san Josemaría les dio una noticia: Isidoro Zorzano[34], uno de los primeros miembros de la Obra, que trabajaba en Málaga como ingeniero en los ferrocarriles, se trasladaría a Madrid para ser el nuevo director de la residencia[35].

* * *

A los pocos días, Pedro salió de Madrid para pasar un par de semanas con su familia. En DYA quedaban todavía muchos estudiantes que estaban terminando sus exámenes y algunos otros que estaban ayudando al Padre en el traslado de la residencia a una nueva sede: del número 50 al número 16 de la calle de Ferraz, pues la anterior se había quedado pequeña y la nueva permitiría disponer de más plazas[36].

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